Entrevistas

03-11-2023


Alberto Marini
“Hacer películas es bonito, pero ya. No somos cirujanos”


Este italiano llegó a España sin saber que iba a hacerse fuerte en el cine de terror. Desde ‘[REC]’ a ‘Mientras duermes’. Tampoco se queda corto en el ‘thriller’, como demostró con la exitosa ‘El desconocido’. En una adaptación de esa historia escrita por él vamos a ver muy pronto a Liam Neeson como protagonista


FRANCISCO PASTOR

FOTOS: PAU FABREGAT

La película de Dario Argento Rojo oscuro (1975) está ambientada en Turín. Y el guionista Alberto Marini, que había nacido en la misma ciudad, creció viendo la cinta en VHS. Era un largometraje de suspense, del llamado giallo italiano, así que lo veía a trozos. Le costó mucho acabarlo: al alcanzar el final creyó que había superado una prueba. “Sentí mucha envidia. ¡Que alguien pudiera provocar tantas emociones en los demás solo a través de la pantalla! Soñaba con dirigir algo así, que diera tanto miedo”, rememora. Aquel sueño tuvo que esperar un poco.

 

   Por contentar a sus padres, Marini cursó Derecho. Y por seguir al amor de su vida, una española que pasó la beca Erasmus en Italia, renunciaría a sus estudios de cine en Roma. Se mudó a Andalucía y se formó en producción. Después se trasladó a Barcelona, donde le esperaba todo un golpe de suerte: en aquel momento, a finales de los noventa, la productora Filmax apostaba firmemente por las películas de terror. El resto lo puso él. Ha dedicado la mitad de sus 51 años a la escritura de guiones inquietantes. Desde la mítica Mientras duermes (2011) hasta El desconocido (2015), de la que ya se han filmado tres versiones en el extranjero. La última de ellas llega a las salas este mismo otoño con Liam Neeson como protagonista.

 

– Antes de consolidarse como guionista fue productor ejecutivo. Entre otras, de la película [REC] (2007). 

– Todavía me pasa que, cuando alguien descubre que trabajé ahí, se sorprende mucho. Es una de las películas de terror más rentables de la historia. Jaume Balagueró y Paco Plaza querían levantar algo sencillo, para lo que no hiciera falta pedir dinero. Todo nació entre obstáculos, con la agenda muy marcada, pero la libertad era absoluta. Leí el guion y descubrí a la niña Medeiros. Yo pensaba en una cría, claro. Y me presentaron a Javier Botet, quien haría el personaje: un hombre que medía casi dos metros. ¿Cómo aquel hombretón iba a encarnar a una niña? No entendía nada.


 ¿Fueron aquellos tiempos los mejores del terror español?

– Sin duda. Nuestro cine entonces era muy personal. Eso no se ha repetido, porque solemos jugárnosla poco. Yo mismo escribí La niña de la comunión (2022), que salió bastante bien, pero seguía fórmulas norteamericanas. Como apelar a esa cierta nostalgia de los años ochenta, que está tan de moda.



 ¿Cuál es su toque personal a la hora de escribir?

– Mientras duermes ha sido lo más personal que he escrito. Una vez, mi pareja y yo pensamos en vivir en Nueva York. Aunque no lo podríamos pagar, llegamos a mirar algunos pisos. Nos hablaban del portero como si este fuera el pilar de la vivienda. Allí se implican mucho en la vida de los vecinos, incluso les ayudan con los niños. Me pareció una idea por explorar. Lo mezclé con algunas ideas de Nietzsche y creé un personaje que acabó encarnando Luis Tosar. Sufría y hacía sufrir al resto. Aquella fue mi última película de autor. Yo no quería vivir de esa manera, escribiendo por mi cuenta y colocando proyectos. Me convertí en un guionista de encargo. Así que no hay un toque personal, solo la voluntad de cumplir, de hacer bien mi trabajo.


 Pero en 2015 dirigió el largometraje Summer Camp. ¿Rodar no es más personal que escribir un guion?

– Aquello también nació de Mientras duermes, concebida al principio para que la dirigiera yo mismo. Pero cuando acabé el guion, Jaume Balagueró estaba libre. Con mucho cariño me preguntó si se la prestaba, si le dejaba ponerse detrás de la cámara. Yo acepté, pues era él quien mejor aprovecharía mi trabajo, aunque me quedé con las ganas. Y más tarde salió aquella otra oportunidad, que además era con un estudio norteamericano. Recuerdo que lo pasé mal porque los productores trataban de cambiarlo todo. Se empeñaron en borrar el toque de comedia que yo quería agregar al terror. No he vuelto a dirigir desde entonces, aunque no considero que haya sido una decisión mía.



 Hablemos de alegrías. ¿Por qué ha dado tantas vueltas al mundo El desconocido

– Primero hubo una adaptación alemana y luego surgió la de Corea del Sur, que llegó a liderar la taquilla. Siento mucha curiosidad ante la versión británica. Como guionista, apenas me he implicado en las producciones extranjeras de esta película. Hay un relato universal: un secuestro, una situación trepidante y de thriller, pero requiere adaptación a la realidad de cada país. En la cinta original todo partía de la estafa de las preferentes en Galicia. Había un detonante concreto, con un discurso social, que yo no sabría sacar fuera de España. Así que los productores me mantienen al tanto, pero eso es todo. La adaptación que protagoniza Liam Neeson va muy bien donde ya se ha estrenado. Esperemos que aquí también.


 A menudo escribe con otros guionistas, pero sus mayores triunfos los firma en solitario. Ese fue el caso de El desconocido

– Aunque firme yo solo, los guiones son parte de proyectos colectivos. Redactar por mi cuenta o con otros cuatro guionistas es lo de menos. Siempre pienso en el conjunto de la película. Me gusta reescribir, dar soluciones, satisfacer a las personas con las que trabajo. Cuando me vuelco en un proyecto, si no logro compartir mi visión con los demás, separamos los caminos. No pasa nada. Esto le hará gracia: en Turín somos muy fríos, así que me cuesta escribir guiones muy emocionales, me resulta difícil imaginar explosiones de sentimientos creíbles. Si me toca algo de ese tipo, pido ayuda a mi mujer.



 ¿Ha logrado parecerse a Dario Argento, su ídolo de juventud? 

– No, no. Para nada. Él es un maestro indiscutible. Además, yo llevo unos 25 años trabajando en esto y he desmitificado el audiovisual. Cuando era joven lo vivía todo con una presión que nadie debería llevar encima. Y mi labor sigue apasionándome, ¿eh? Hacer películas es bonito, pero ya. No somos cirujanos. Para bien o para mal, esa ansiedad se ha marchado. Cuando he conocido a Argento no me he puesto nervioso ni me he echado a llorar.


 Este es el momento en que más se intelectualiza el cine de terror.

– Claro, porque en el terror siempre hay una metáfora de algo distinto. De los zombis se dice que retratan una sociedad alienada, de gente que acude al supermercado incluso después de morir. [REC] habla de una infección. Apela a ese miedo, a que los vecinos, los migrantes, nos traigan la enfermedad. Muchos recordarían esa película cuando llegó la pandemia, ¿verdad? Pues yo me acordé más durante el ébola. La enfermera Teresa Romero se contagió en su intento de salvar vidas. Y los demás hicieron por joderle la suya. Hasta mataron a su perro. En Extinction (2015) escribí sobre el género humano acorralado por los zombis. Aun así, los hombres eran incapaces de unirse contra el enemigo común. Seguían anclados en sus rencillas del pasado.

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