Entrevistas

05-10-2021


Cultura LGTBI



Carlos González
“En la actuación he encontrado mi sitio. Y mi mayor miedo es perderlo”


 

Impaciente por sacudirse las etiquetas. Repleto de temores, pero con la sonrisa siempre en marcha. No hay mejor amuleto que las croquetas de la abuela


FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Hay varios motivos por los que Carlos González es afortunado. Creció entre dos pueblos, así que ahora, que vive en Madrid, cuenta con dos lugares donde volver: uno es el navarro Cintruénigo; el otro, Cervera del Río Alhama, riojano. De tres pruebas a las que ha acudido, en todas ha conseguido el papel. Le hemos visto en Señoras del (h)AMPAVeneno y, ya como protagonista, en los seis capítulos de Maricón perdido. Durante aquella grabación, al ver lo duro que resultaba ser gay hace unas décadas, González conoció otro de los motivos de su fortuna: a sus 24 años, ha crecido sin muchas de esas trabas.

 

   Esa libertad le acompaña durante la sesión de fotos. Da cabriolas, juega con la ropa, incluso mete en su bolso al perro de una paseante. Sansón, se llama el pequeño desconocido, que no tarda en volver junto a su dueña. “Soy impulsivo. Eso a veces sale muy bien. Y otras, pues no tanto”, ríe el actor. Será que creció en una familia de artistas en la que uno de sus abuelos hacía de figurante. Su padre también soñó con actuar, pero acabó ganándose la vida entre los fogones de un restaurante.

 

   Tiempo al tiempo. González ha llegado a escribir un guion para que lo interprete su padre. Y prepara un cortometraje en el que actuarán los jóvenes Pablo Capuz y Manuel D’Ocon. “Me queda mucho por aprender antes de actuar y dirigir a la vez. Hasta hace algunos años, cuando empecé a formarme, yo era un actor pésimo”, admite.

 

— ¿Por qué se recuerda a sí mismo con tanta dureza?

— Cuando llegué a Madrid no sabía dónde me metía. Me interesaba el cine de Pedro Almodóvar y de Eloy de la Iglesia, y creí que aquello se me daría bien, pero ya en mi primera clase, con Juan Carlos Corazza, descubrí que me quedaba mucho recorrido. Me sentía cómodo y veía que aquello era para mí, pero no sabía levantar un personaje o una escena. Me faltaba cultura del teatro. Mi técnica era la de un caballo desbocado: sobre las tablas hacía todo y nada. Mis profesores me pedían que parase, que respirase.



— Se le ve un tipo inquieto.

— Y para actuar hay que estar tranquilo. En clase aprendí a conocerme a mí mismo. Allí supe que, si me paraba a respirar, me pasaban cosas que no esperaba. Aparecían miedos que no había resuelto. Esto no significa trabajar desde el dolor. Al revés: la escuela respetaba mucho mis límites. Pero yo no. Intentaba vencer todo el rato mis obstáculos y mis bloqueos. Dos o tres veces a la semana me entregaba al ejercicio de la silla. Me sentaba y trataba de relajarme por completo, desde la punta de la coronilla hasta los dedos de los pies. Alineaba las emociones, la cabeza y los instintos. Hay que quitarse mucha mochila y acabar también con la vanidad. Si tengo ego, solo me veo a mí mismo. Pero los actores trabajamos con la empatía.


— ¿De dónde le viene el ego? ¡Si acaba de empezar en esto!

— Del personaje que me construí en la adolescencia, supongo. Aquel chico sociable, fuerte, el risueño del grupo. Ahora me veo dando las gracias a ese muchacho, porque me ayudó a sobrevivir durante años, pero también le estoy diciendo adiós. Para empezar a trabajar hay que dejarse a uno mismo a un lado. O al menos, encontrar un equilibrio. Alguna vez me ha pasado lo contrario: he reservado demasiado hueco para el actor y me he olvidado de mí mismo, de Carlos. Y lo he pasado mal.


— ¿Qué le ocurrió?

Durante el rodaje de Maricón perdido pasé tres meses en Barcelona. Al acabar me di cuenta de que me había aparcado a mí mismo por completo. Había descuidado mi salud, mi alimentación, mis rutinas. Cuando regresé a Madrid, mi psicólogo me pidió que dejara al actor fuera de la sala, que solo quería ver a Carlos. Poco a poco empecé a hacer deporte y fui recuperando mi día a día. Para mí eso es fundamental. Cuando no estoy rodando, por ejemplo, trato de seguir con mi formación.



— ¿Sintió pudor en algún momento de la grabación? Aparece una versión extrema del mundo gay.

— Más que pudor, sentí miedo porque era mi primer protagonista y me imponía decepcionar al resto del equipo. También a Bob Pop, a quien me tocaba encarnar, y que había escrito esa historia autobiográfica. Me inquietaba desnudarme, incluso físicamente. Antes de Maricón perdido me costaba quitarme la camiseta en público. Ahora, hasta me siento más cómodo al acostarme con alguien. Y temía también las etiquetas: al fin y al cabo, soy un chico gay en la piel de un personaje gay.


— ¿Existen esas etiquetas en nuestro país en 2021?

— ¿En nuestro país? ¡Si me da miedo salir a la calle con las uñas pintadas o que me den una paliza y que me maten! Nuestro gremio está a salvo de todo esto, pero no quiero quedarme en papeles relacionados con la homosexualidad, quiero vivir otras vidas, empatizar con otras personas. Y mejor cuanto más alejadas de mí. Actuando he encontrado mi sitio. Y mi mayor miedo es perderlo.



— ¿Qué le resultó más difícil a la hora representar pasajes de la vida de Bob Pop ante la cámara?

— Recuerdo la secuencia en la que mi madre me comunicaba por teléfono la muerte de mi padre. Y yo no podía conectar con nada mío, puesto que adoro a mi familia, una noticia de ese tipo me habría dejado destrozado. Pero no era el caso de mi personaje… A veces lloraba antes o después de las tomas para no llenarlo todo con mis propias emociones.


— ¿Pertenece a la escuela del menos es más?

— Creo que no. Conozco a mucha gente que siempre da más, todo el rato, y no resulta menos natural por hacerlo. Hay muchas señoras en los pueblos donde crecí que no podrían hacer más aspavientos. Y yo me las creo. A mí el pueblo me sabe a raíces y a tierra. En Madrid voy corriendo a todas partes, pero allí voy paseando.


— Y ese abuelo suyo que actuaba de figurante, ¿ve sus trabajos?

— Sí, claro. En mi familia se ha visto mucho cine, también del oeste. Aunque mis abuelos son muy exigentes conmigo, se sorprenden cuando me ven actuar, me dicen que lo hago bien. Y me animan a que no interprete siempre al mariquilla. Fíjese: exactamente lo mismo que pido yo.



Aquellas primeras veces

“De mi llegada a Madrid recuerdo el momento de despedirme de mi madre. Lloramos tanto que parecíamos dos vírgenes. Los compañeros con los que estudiaba se convirtieron en mi segunda familia. Pasábamos horas ensayando juntos, y al final comíamos y dormíamos también juntos. Nunca he trabajado tanto como en la escuela. Jamás olvidaré mi primera prueba, que fue para Señoras del (h)AMPA. Solo sabía sobre mi personaje que comía croquetas, por lo que le pedí a mi abuela que me preparase algunas, así podría llevarlas conmigo al casting. Daba por hecho que los demás harían lo mismo. Luego descubrí que no, que nadie más llevó croquetas. Así que las saqué del táper e invité al equipo. Creo que aquel papel, en realidad, me lo consiguieron mi abuela y sus recetas. Para Veneno me llamaron convencidos de que era andaluz. Hubo un equívoco. Tuve que trabajarme el acento de un día para otro. Durante toda la noche repasé el deje con un amigo de Málaga… y lo conseguí”.

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