Entrevistas

05-10-2023


David Luque

“Todavía hoy debo recordarme el abecé de este oficio: lo más importante es lo más básico”



Iba para filólogo, y en inglés hizo sus pinitos como actor. En 2019 fue el primer español en la Royal Shakespeare Company, pero la pandemia interrumpió ese sueño. Regresó a Madrid y la agenda laboral no le da tregua. En la actualidad representa dentro y fuera de nuestras fronteras ‘La vida es sueño’, con la Compañía Nacional de Teatro Clásico y dirección de Declan Donnellan 



BEATRIZ PORTINARI

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

David Luque (Madrid, 1972) tiene el honor de ser el primer actor español que entró en la Royal Shakespeare Company y también el primero en protagonizar una salida casi cinematográfica de la misma, al grito de: “¡Taxi! ¡Corra al aeropuerto!”. Era el jueves 19 de marzo de 2020 y España estaba en estado de alarma. No sabía si volaría de vuelta. Tuvo que guardar en tiempo récord todas las pertenencias de una estancia en Inglaterra que iba a durar ocho meses. Consigo llevaría dos maletas y un atril de clarinete. Pausado quedaba su sueño de actuar en Stratford-upon-Avon, la ciudad natal de Shakespeare, aunque nuevos retos le esperaban. Tras haber resistido a lo peor de la pandemia, el artista no ha parado: series, cine, tango-opereta, el recital Vano fantasma de niebla y luz (a partir de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer), su príncipe Segismundo en La vida es sueño (a las órdenes de Pablo Viar) y su Clotaldo en otra versión de esa misma obra (con dirección de Declan Donnellan para la Compañía Nacional de Teatro Clásico). Tras levantar el telón en Madrid y el Barbican de Londres, con aforo completo y público entregado, la gira de La vida es sueño continúa con éxito por escenarios nacionales y extranjeros. 

 

– ¿Qué ha significado para su carrera ser el primer actor español en formar parte de la Royal Shakespeare Company?

–  Supuso cumplir un sueño. Percibía que mi trabajo gustaba. Y vivía en una casita con chimenea que encendía al volver de los ensayos y tras tomar una pinta en el pub Dirty Duck, decorado con fotos de los famosos artistas que han pasado por el local. Estaba preparando tres montajes para un proyecto muy bonito llamado Europa. Tres semanas después de que la Royal suspendiera sus actividades por la pandemia nos comunicaron que el proyecto había sido aplazado. No tenemos novedades sobre cuándo se retomará.


– ¿Cómo fue la audición para alcanzar ese olimpo actoral?

– Contrarreloj. Como todo en mi vida… [ríe]. Era diciembre de 2019. Estaba en Tenerife, de gira con Nekrassov, para La Abadía. Un sábado me llegó un correo de mi representante en Londres: “Tienes prueba este miércoles con la Royal Shakespeare”. Me quedé petrificado. Recuerdo que el lunes me enviaron lo que debía hacer, el martes lo preparé y el miércoles tomé el vuelo a primera hora, a las cinco de la madrugada. Cuando me vi en la sede de la Royal Shakespeare, en New Oxford Street, rodeado de libros, me entró el nervio. Pero pensé: “A por todas. Has llegado hasta aquí”. Y pasé la audición.



– Ha trabajado en obras en inglés, alemán, lunfardo [jerga popular hablada en Argentina y Uruguay]… ¿Cuál es su secreto con los idiomas y acentos?

 Tiene truco. Yo iba para filólogo. Elegí alemán como segunda lengua en la carrera de Filología Inglesa; lo domino menos que el inglés. Pero cuando surgió la oportunidad de hacer una beca Erasmus, no quedaba ninguna plaza para Inglaterra, así que opté por irme a Heidelberg, la Salamanca de Alemania. En aquella universidad formaron un grupo teatral y me metí. Así empezó todo.


– Así que su trayectoria empezó en inglés antes que en castellano.

 Sí. Yo empecé a ser actor en inglés. Además, a mi regreso a Madrid, entré en el English Theatre Workshop, compañía que tenía alquilado el Pavón. Trabajábamos en inglés y una correctora me pulía continuamente el acento. A los 25 años, cuando ya llevaba un lustro de trabajos como actor, pensé que, si quería dedicarme a ello, tenía que formarme. Empecé con Mar Navarro y dos o tres años más tarde entré en el Teatro de La Abadía.


– ¿Cómo fue su etapa de formación en la técnica de Jacques Lecoq?

 Fue una época de romper límites. Jacques Lecoq y Mar Navarro me abrieron los ojos a posibilidades que antes no consideraba. En la juventud crees que el teatro es una cosa concreta. Ellos fueron ampliándome el campo de ideas: “Puedes expresarte de una forma u otra, puedes hacer esto o aquello”. Luego La Abadía también influyó en mi manera de entender la actuación. Con el tiempo, cada actor se hace su librillo con las cuestiones que más le interesan. Por ejemplo, las enseñanzas de Michael Chéjov, plasmadas en su libro Lecciones para el actor profesional.


 Ese es uno de los libros que usted se ha encargado de traducir. Compagina esa labor con la de actor. 

– Ese libro de Chéjov va por su quinta edición. Es muy gratificante. La traducción es una faceta que no quiero dejar porque me enriquece. Recientemente he traducido Diferente cada noche, de Mike Alfreds, publicado por Alba Editorial. Antes de zambullirte en la tarea debes leer el texto y considerar si te interesa a ti y si tendrá interés también para la editorial. Diferente cada noche me llevó un año. La última revisión me coincidió con el rodaje de una película de Costa-Gavras [Comportarse como adultos] y fue una locura: por las mañanas me iba a rodar y por las noches me ponía con el libro al llegar al hotel. Me animé a traducir porque quería hacer los textos accesibles a mis compañeros, que pudieran leerlos en su propio idioma. Mi labor como actor me ayuda a traducir mejor porque sé bien de lo que hablan esos textos.



– En 2022 estrenó en Suiza la obra María de Buenos Aires, peculiar por representarse en lunfardo. ¿Cómo fue esa aventura?  

– Lo cierto es que ha sido una experiencia extraordinaria y me siento afortunado por haber participado. El compositor Astor Piazzolla califica María de Buenos Aires como tango-opereta, así que no es una ópera al uso, pero sí figura en el repertorio de los mejores teatros de ópera del mundo. En este caso, la hemos representado en el Konzert und Theater St. Gallen, conmigo como coprotagonista en el papel de Duende. Yo ya había trabajado en Alemania con Elena Mendoza y Matthias Rebstock en ópera contemporánea. Pero María de Buenos Aires es diferente porque tiene música de tango. 


– ¿Cómo construyó ese personaje?

–  Yo tenía un texto precioso de Horacio Ferrer, con lenguaje muy poético, muy sonoro, lleno de imágenes, que en cierto modo me recordaba a Lorca. Tuve que consultar diccionarios en internet para comprender lo que decía en lunfardo. Trabajé mucho el acento porque sabía que vendrían espectadores argentinos a la función. ¡Y no se creían que yo fuese gallego! [como se refieren en Argentina a los nacidos en España] Eso fue muy gratificante. Otro momento especial fue la primera vez que ensayamos los actores y cantantes con toda la orquesta. Ponía los pelos de punta.


– Aterriza en España y comienza su retiro en el bosque con el director Declan Donnellan para la preparación de La Vida es Sueño. ¿Qué ocurrió en ese bosque?

– Lo que se puede contar es que era una casa rural muy aislada en tierras segovianas. Me acerqué a la valla de la finca y miré a mi alrededor. “¿Dónde estamos? ¡Necesito un sitio por donde dar una vuelta!”, dije [risas]. Reconozco que el proceso fue bonito e interesante: te vas una semana con todo un equipo a investigar un texto.



– Allí salieron a la luz sus años de trabajo en interpretación gestual. 

– Lo he comentado con Mar Navarro, mi maestra de Lecoq. Es muy curioso que 20 años después se pongan en marcha cosas que aprendiste en ejercicios cuando eras joven. De repente, entiendes las cosas o vienen a ti porque las tienes incorporadas. Hace poco tiempo me sorprendió la pregunta de una alumna en la escuela de Darío Facal, en Madrid, en la que estoy impartiendo clases de inglés para actores: “¿Te queda algo por aprender después de tantos años?”. Y me he dado cuenta de que, todavía hoy, debo recordarme el abecé de este oficio: que lo más importante es lo más básico, todo lo que aprendes al principio. Tienes que deshacerte de hábitos adquiridos, de trucos que solo tú crees que te funcionan…


– ¿Cuál es ese abecé del que habla?

 Escuchar, hablar con dirección, observar el espacio, la situación… El aprendizaje continuo es volver siempre a la raíz: tienes que ser genuino, estar presente, trabajar conectado con el otro. Con el paso de las décadas uno se hace perro viejo, pero el perro viejo también tiene que estar abierto, ser generoso, estar con el otro de verdad. 


– ¿En este momento de su trayectoria artística prefiere el teatro antes que el cine o la televisión?

– He sido muy afortunado porque he trabajado mucho en proyectos diferentes. Tengo mi hueco en los escenarios, me siento cómodo ahí, pero también doy gracias por cada oportunidad en el audiovisual. Como cuando colaboré con Costa-Gavras en la película Comportarse como adultos. La última prueba de castingconsistía en enviar una entrevista personal grabada. Lo hice con un amigo en Madrid, hablando durante 20 minutos sobre mi vida, mi visión política de Grecia… Aquello fue incluso más decisivo que las pruebas previas. Así decidió que yo formaría parte de su reparto. En cada proyecto aprendes de la profesionalidad y la cercanía de grandes actores. Cuando trabajé para Milos Forman en Los fantasmas de Goya me temblaban las canillas porque iba a conocer a Javier Bardem. Sin embargo, es tan buena persona que, al hablar con él, tuve la impresión de que éramos colegas del barrio de toda la vida. Hice buenas migas también con Willem Dafoe. Y te diré más: tenía una escena con Natalie Portman. ¿Te lo puedes creer? Ella me saludó. Bueno, pues esa escena fue eliminada y jamás salió [risas].


– Cada vez es más frecuente su rostro en las plataformas como Netflix y HBO. 

– La visibilidad de las plataformas es indudable. Llego a espectadores que quizá no me conocían por el teatro. Recientemente tuve la suerte de estrenar en Netflix la serie Feria: la luz más oscura, con Jorge Dorado en la dirección. Con él había trabajado en The Head [serie para HBO Max] y Teresa. El reparto de Feria… es de lujo, con Isak Férriz o Patricia López Arnaiz, y en él hago de malo. Me gustan esos personajes. Después llegó a los cines El comensal, de Ángeles González-Sinde, sobre una familia que sufre el azote del terrorismo. Y por último, he participado en el largometraje Objetos, nuevamente con Jorge Dorado.



– ¿Cómo es su proceso de elección de personajes?

Todos son interesantes. Pero hacer de malo o de alguien muy turbado resulta más interesante [ríe]. Si ya en la vida intentas obrar bien, en la ficción puedes investigar sobre los bajos instintos del ser humano. Yo me planteo el personaje como un reto que abordo de distintas maneras: a veces, con un trabajo más físico; a veces, con un enfoque más psicológico.


– ¿Qué consejo daría a los jóvenes que se plantean su futuro en esta profesión?

– Me lo preguntaron cuando mi nominación como mejor actor en los Offies [The OffWestEnd Awards] de Londres por The swallow / La golondrina, que dirigieron Paula Paz y Jorge de Juan en el Cervantes Theatre con la Spanish Theatre Company. Esa fue la primera obra que representé en la escena londinense, y tuve la suerte de que me nominaran de entre los 800 montajes que formaban parte del circuito off. El caso es que yo les decía a aquellos chavales: “Está bien formarse en Londres, pero volved a España, pues el grueso de vuestra carrera lo vais a hacer en vuestra lengua materna”


– ¿Entonces hay más oportunidades aquí que fuera?

– Mucha gente tiene el maravilloso instinto de estudiar en el exterior, pero a largo plazo puede ser una trampa: allí siempre vas a ser un extranjero por la cuestión idiomática. Te darán papeles puntuales, marginales, porque el idioma es otro. ¿Cuántos franceses o ingleses trabajan en el Centro Dramático Nacional o en películas españolas? Pocos o ninguno. ¿Por qué? Porque el actor al final traza su carrera en su lengua materna. No somos bailarines, que cruzan fronteras sin ningún límite. Tengo claro que puedo trabajar en Alemania, Suiza o Inglaterra, pero donde me he criado como artista es en mi país de origen. 


– ¿Y qué hay de Bardem o Cruz en Hollywood?

– Ojalá tuviésemos movilidad profesional real, pero si te vas a Los Ángeles a estudiar y luego quieres quedarte allí, te lo pones demasiado difícil. ¿Cuándo se marcharon Javier Bardem y Penélope Cruz? Cuando tenían una carrera consolidada aquí. Por eso, si me encuentro con españoles jóvenes en otros países, los animo a regresar tras su formación. Así establecen su carrera en España desde los 20 años: crean contactos, relaciones, se meten en la industria. Si te pierdes todo eso, al llegar aquí con los 30 ya cumplidos, no se te conoce. Otra cosa distinta es que seas hablante nativo de los dos idiomas, sin problemas con el acento, pero no suele suceder.


– Para bien o para mal, ¿cree que la pandemia influyó en su carrera?

– Lo que sucedió con la Royal fue un golpe, se truncó algo que superaba todas mis expectativas. No esperaba que ese sueño se acabara prematuramente. Ahora me he dado cuenta de que quizá habría sido distinto si me hubiera pillado con 20 años. Pero no me cogía de nuevas, antes hice multitud de cosas. Más allá de decir que formaba parte de la Royal, en realidad ese trabajo podía ser tan maravilloso como si hubiera estado en otro sitio, como ocurriría con los proyectos que me surgieron posteriormente. No considero que hubiera un corte, sino continuidad, además del enorme orgullo de haber pasado por la Royal, algo que nadie me podrá quitar.

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