Entrevistas

21-07-2020

 

Miguel Rellán, el hombre 

que desayunaba poemas

 

El mítico actor y director, de 76 años, ha sobrevivido a la covid-19, que le mantuvo más de 20 días hospitalizado. Ahora nos abre las puertas de su casa… y las del corazón. “Seguirá habiendo gente buena y gente que no”

 

ENRIQUE CIDONCHA (@enriquecidoncha)

Texto y fotos

Miguel Rellán (Tetúan, 1943) abre la puerta descalzo y con mascarilla. Prefiere el saludo oriental, inclinando el cuerpo y juntando las manos a modo de oración, en lugar del habitual choque de codos, instaurado hace pocos meses. Es un hombre reflexivo, inteligente, preparado, crítico. De espíritu y constitución quijotescas, a pesar de que ahora se muestra visiblemente más delgado, fruto los efectos de la Covid-19 en su cuerpo. Fueron 20 días largos de ingreso en el hospital: una cosa muy seria.

 

“Empecé a encontrarme mal, fui a urgencias y a partir de ahí lo tengo todo borroso”, afirma. “No podía levantar siquiera el brazo, era como si me hubieran dado una paliza, aunque estaba convencido de que no me iba a morir”.

 




 

Cuatro días después de su ingreso, tendría que haber estrenado como director Contar para olvidar, de modo que, poco a poco, se fueron enterando muchos compañeros de profesión. Se llena de orgullo al saber que cuenta con muchos amigos “de verdad”, ya que, durante toda su estancia en el hospital, no cesaban de sonar los pitiditos del whatsapp con mensajes interesándose por su salud. Todavía hoy le llegan frases de aliento. Se ganó incluso el cariño y la simpatía de las enfermeras que le atendían, que le dibujaron un cartel a los pies de su cama con un mensaje inequívoco: “¡Ánimo, Miguel!”.

 

Miguel Rellán desarrolla una actividad frenética, a pesar de esos 76 años que le contemplan desde el pasado mes de noviembre. Además de su estreno en el Teatro Español, la pandemia truncó los bolos que quedaban de Yo, Farinelli, una obra dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón; los ensayos de El portero, en el Teatro Bellas Artes, y El ataque, que dirigirá próximamente en los Teatros del Canal. “Como decía Alfredo Landa en El Crack: duermo poco, ando mucho y, lo que veo, no me gusta nada”.

 

Durante estos días de recuperación, recorre seis o siete kilómetros cada mañana mientras se aprende un poema. Lo hace porque le gusta y porque sabe que la memoria es un músculo que también ha de ser ejercitado. “Cuando hacía la serie Compañeros, me pidieron que dijera algo para la prueba de sonido y se me ocurrió recitar un cuarteto. Entonces me retaron a si podía llevar preparado uno distinto cada día, y así lo seguí haciendo durante cinco años”.

 



 

Y, como todo hijo de vecino, también ha invertido su riguroso confinamiento tras la recuperación para hacer limpieza de papeles, recortes, guiones, libros… ¿Mucho legajo inservible, maestro? “¡Me han sacado a hombros tres veces del punto limpio!”, bromea.

 

Durante la conversación, se detiene unos segundos y reflexiona: “Los hay que piensan que esto significará un antes y un después, pero yo creo que no. Seguirá habiendo gente estupenda y gente que no. Cambiará la economía, empezando por los pequeños negocios que no han podido resistir. Pero cuanto antes pudiéramos olvidarnos de esta pesadilla, mejor. Han sido terroríficas las imágenes del mundo vacío y de quienes no pudieron despedirse de sus seres queridos”. 

 

 

Se manifiesta impaciente por retomar sus compromisos profesionales, aunque sabe de sobras que la cultura, ¡ay!, figurará entre las grandes damnificadas durante esta crisis. “Los gobiernos nunca cuentan con ella. No existe. Sin embargo, durante estos meses había música por todas partes, empezando por el Resistiré del Dúo Dinámico. Y todo el mundo leyendo, o viendo series y películas. En fin, no lo entiendo. Si se conoce a España en el mundo, a excepción del fútbol, es por la cultura. Pedro Almodóvar, Antonio Banderas o Javier Bardem han hecho más por España que la Marca España. Nuestro mejor reclamo al resto del mundo es el cine y la televisión. España es un plató increíble, desde Almería hasta Galicia”.

 

Durante la sesión fotográfica muestra el rincón donde pasa largas horas escuchando música, junto a una gran fonoteca que abarca diversos estilos musicales. Se reconoce fiel a Schubert, Joe Bonamassa o Los Beatles; pasando por el flamenco, el blues o el jazz. Entre sus secretos mejor guardados, reconoce su debilidad por Luis Aguilé. “Tenía mucha gracia el tipo”, confiesa. Para demostrarlos, se nos pone a canturrear Con amor o sin amor. Y se la sabe entera, claro. Menudo es Miguel Rellán, el hombre que desayunaba poemas.

Contenidos Relacionados

www.aisge.es :: 2020