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19-05-2020

Esta noche puede pasar

algo maravilloso

(En la muerte de

Jesús García de Dueñas)

FERNANDO MÉNDEZ-LEITE (Director y escritor cinematográfico)



A comienzos de los setenta veía a Jesús García de Dueñas, que ya entonces era el admirado crítico de cine de Triunfo en aquel inolvidable tandem con el gran César Santos Fontenla, una noche sí y la otra también. Éramos insultantemente jóvenes y estábamos apasionados por todo e indignados por mucho más. Y, aunque trabajábamos mucho en todo lo que nos salía, principalmente en TVE (en donde nos disputábamos el puesto de Pepito Grillo y los guiones o la realización de los programas más golosos, lo que nos obligaba a madrugar), no permitíamos que se nos escapara una noche viva. Íbamos a cenar, al cine o al teatro y luego a tomar una copa y a hablar por los codos y hacer valer nuestro ingenio y nuestra brillantez oratoria recién descubierta frente a la de los demás, hasta que cerraban aquellos locales en donde siempre encontrabas amigos y algún que otro enemigo. También aparecía puntualmente cada noche alguno de aquellos plastas que se te pegaban con la pretensión de darte la murga. 

 

   En Oliver, en el Teide y el Gijón, en el Comercial de la Glorieta de Bilbao, en el Pub de Santa Bárbara y, ya mediada la década, cuando Franco agonizaba, en el Dickens o en el bailongo de El Junco, nos disputábamos la palabra, los gin tonics y las chicas. Los del cine nos mezclábamos con los escritores, los periodistas o los pintores; los actores de Tamayo con los de Layton, los del diario Madrid –reclamando ya la piqueta– con los abogados de los despachos laboralistas. Nos mezclábamos mucho y mi amigo Sámano, que llamaba a aquel conglomerado tan heterogéneo Los cuarenta principales, afirmaba con buen criterio que todos éramos cuñadosJesús y yo nos movíamos en círculos muy próximos porque, además de ir de copas, íbamos juntos al cine a la sesión de las cuatro y a cenar a Los Arcos. Por allí merodeaban Brasó y Julieta Serrano, Alfonso Ungría y Celia; Augusto, Ricardito Franco y Vicente Molina, Nieves Martín y Jesús Martínez León; Julia, Marisa, Juby y Miguel Ángel Aguilar; Chamorro, Sarrión, Benet y el joven Marías, la Caldeiro y Enrique Nicanor; Chávarri, Aute y Marichu, Massiel y Sámano, en una suerte de laberinto de terrazas veraniegas que abríamos en cuanto dejaba de llover. De mesa en mesa se podía acceder a otros círculos concéntricos de los representantes de una generación unida por el deseo de vivir intensamente, la afición por sus respectivas profesiones, el ansia de leer, de ver películas, de ligar, a veces sin excesiva exigencia. La cultura venerada. Y todos estábamos en la lucha contra el franquismo ya declinante; no muy épica por entonces, puesto que –todo hay que decirlo– íbamos ganando, y por eso ya no nos daba miedo. Aunque algún susto ya nos dieron.

 

   En esos tiempos y en ese mundo que se fue deshaciendo al paso del tiempo y ahora muere a un ritmo implacable, por incomparecencia de tantos y tantos amigos que nos han dejado –Diego, Eduardo, José, Analía y Emma, Carlos Suárez y el Cuerda en menos de un año–, Jesús García de Dueñas era una presencia luminosa. Era un tipo bastante guapo, siempre muy cuidadoso de su elegante indumentaria, simpático aunque un poco impertinente, energético y vitalista; sarcástico y chungón, pero en el fondo muy cariñoso. Era un hombre abierto a los demás y, en cuanto le conocías, era muy fácil acceder a su intimidad. Era generoso y atractivo, muy empeñado en sus amores y dolido en sus fracasos, que remontaba con un espíritu que mucho admirábamos quienes nos resistíamos a levantarnos tras un desencanto sentimental. Lo encontrabas en Conde de Xiquena, a la salida del Oliver, cuando ya la noche te había sentenciado y estabas decidido a cerrar la tienda, y Jesús te pasaba la mano por el hombro y decía bien fuerte: “¡Esta noche puede pasar algo maravilloso!”. Y no solía pasar. Pero allí seguíamos unas horas más largando sobre todo lo divino y lo humano y discutiendo si John Ford era o no un fascista o si Antonioni planificaba mejor que escribía.

   Luego fuimos entrando en la zona templada de los matrimonios, los hijos y los trabajos más serios. A propuesta suya llegamos a colaborar una temporada en los guiones de un ambicioso proyecto suyo de una serie sobre la Generación del 27, del que yo me bajé por imposibilidad del ritmo de trabajo que él me exigía. Cuando abordaba un proyecto –una película, un programa, uno de sus magníficos libros de investigación; ya sobre Bronston, ya sobre los cineastas españoles que fueron a Hollywood en los 30, ya sobre Ángeles Rubio Argüelles– solo vivía para ello. Las otras conversaciones, las otras aficiones, los otros amores palidecían ante aquella nueva pasión que le absorbía. 

 

   La vida nos ha ido separando y últimamente sólo nos veíamos en algún encuentro fortuito en una asamblea de la Academia de Cine o en el homenaje casi siempre merecido a algún compañero. Pero nos seguíamos queriendo, y su desaparición tan inesperada –que me comunicó la noche de este domingo 17 con mucho dolor la que fue su primera mujer, Charo López– me ha dejado sin palabras. Precisamente en el momento en que me llegó el mensaje de Charo estaba viendo en el canal de Cerezo El vil metal, el episodio que, con el gran Juanjo Otegui y Virginia Mataix, Jesús dirigió en Cuentos eróticos, una interesantísima película generacional que se inventó Augusto a fines de la década. Pensé que era un aviso: seguiremos viendo las películas y programas de García de Dueñas, seguiremos leyendo sus libros y aprendiendo de lo que Jesús estudió con tanto afán. A Teresa Pellicer y a sus hijos les hago llegar el sentimiento de un amigo lejano. A Jesús García de Dueñas le debo, entre otras muchas cosas, el que en una de aquellas sesiones de las 4 en el cine Coliseum me presentara a su excuñada, Marisa López, que hasta hoy mismo ha sido una de mis más queridas amigas. Y un regalo así no se olvida.

 

Jesús García de Dueñas (Cáceres, 1939) falleció a los 80 años este pasado 17 de mayo, en la Clínica del Rosario de Madrid, tras una larga enfermedad. Fue uno de los grandes pioneros de la crítica cinematográfica en España, sobre todo a través de las páginas de la revista 'Triunfo', y promovió diversos proyectos culturales y documentales en el seno de TVE. También se atrevió a colocarse tras la cámara para 'El asesino no está solo' (1975), un heterodoxo mano a mano entre Lola Flores y Teresa Rabal, así como en uno de los episodios de la controvertida obra coral 'Cuentos eróticos'. 

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