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05-11-2025
Gentes de película
Ignacio Sánchez Mejías, siempre puntual a las cinco El rodaje de nuestra película solo puede empezar en la plaza de toros de Manzanares (Ciudad Real) aquella tarde del 11 de agosto de 1934 sobre la que Federico García Lorca escribiría en su célebre elegía: “¡Eran las cinco en todos los relojes!” PEPE RUBIO (@PepeRubioM) Aquella tarde manchega y calurosa dicen que en Manzanares murió el hombre y nació el mito que hoy pervive por los versos uno de los más reconocibles poemas de Federico García Lorca. Pero ¿por qué el de Fuente Vaqueros sintió tanto la muerte de un torero? ¿Por qué a Sánchez Mejías le escribieron y le lloraron también otros poetas como Rafael Alberti, Jorge Guillén o Miguel Hernández? Este no será un biopic de un matador, qué va, sino la historia de un genio que, de haber nacido en otra época, no se la hubiese jugado en el albero.
Ignacio Sánchez Mejías nace a finales del XIX en el centro de Sevilla, miembro de una familia de 18 hermanos e hijo de un cirujano. Podría haber sido un niño bien, pero con tanta gente a la mesa se tuvo que buscar la vida. Desde pequeño fue inquieto: se escapaba por los tejados desnudo y volvía disfrazado de monaguillo. En la Alameda hispalense jugaba al toro con el que un día sería su camarada, compañero y cuñado, Joselito El Gallo. Pero quería volar, y con 17 años escapa con su amigo Enrique Ortega ‘El Cuco’ y se cuelan de polizones en un barco que creían que los llevaría a México. Terminaron en Nueva York, donde los detuvieron y llegaron a acusar de terroristas. Un familiar de Ignacio, empresario taurino, los rescata y propicia que el chaval emprenda su carrera de novillero en México y luego en España, hasta que toma la alternativa en marzo de 1919. La gran estrella de entonces, su cuñado El Gallo, muere en 1920 por una cogida con nuestro protagonista como testigo. La trayectoria taurina de Sánchez Mejías, brillante e intermitente, terminaría siendo su principal fuente de ingresos. Se retiraba con frecuencia y volvía a los ruedos cuando necesita dinero para financiar todos sus proyectos personales y colectivos.
Porque Ignacio Sánchez Mejías fue empresario teatral y aeronáutico, presidente del Betis y de la Cruz Roja, piloto, actor, conferenciante, flamencólogo, mecenas, periodista y escritor. Y en todo lo que se metía lo hacía bien.
Empezó escribiendo brillantes crónicas de sus propias faenas, pero en las letras su fuerte fue el teatro. Dejó cuatro obras para la posteridad, las dos primeras estrenadas en Madrid y Santander por la prestigiosa compañía de María Guerrero. Cuando estrenó la primera, Sinrazón, en el Teatro Calderón, todos supusieron que sería una obra costumbrista y de poca monta escrita por un torero, pero se encontraron un texto sobre la salud mental que llevó por primera vez a Freud a los escenarios. Siempre sorprendía: como cuando, tras una corrida en Valladolid, por la noche leyó capítulos de su novela La amargura del triunfo en el Ateneo de la ciudad castellana.
Su ya intensa vida se acelera cuando se convierte en el amante de Encarnación López ‘La Argentinita’ en 1922. La relación le lleva a los mundos del flamenco, el cancionero y la poesía. Entabla amistad con Federico García Lorca y Manuel de Falla. Con el poeta granadino coincide en Nueva York y juntos hacen las armonizaciones de las canciones populares que nos han llegado a través de la voz de la propia Argentinita. De la mano de ella y a don Manuel, por su parte, pone en marcha la Compañía de Bailes Españoles.
Todos estos movimientos le llevan a moverse entre Sevilla y Madrid, y en la capital va entablando amistad con los grandes poetas del 27, que todavía no tenían concepto de grupo. El verano del año que les unirá para la posteridad, nuestro protagonista se entera de que la ciudad de Córdoba ha renunciado a organizar el homenaje del tricentenario de la muerte de Luis de Góngora. Y ahí llega el gran momento que lo encumbrará como personaje clave en la edad de plata de la cultura española.
A Sánchez Mejías se le ocurre trasladar el homenaje a Góngora a Sevilla. Habla con su amigo José María Romero, responsable literario del Ateneo, y le promete que, si ellos ceden el espacio, él convocará a todos los poetas de Madrid y correrá con los gastos. Dicho y hecho. “Subió a Madrid, los convenció a todos y los metió en un tren destino a Sevilla”, nos resume hoy su biógrafo, Andrés Amorós. Los eventos poéticos se celebraron los días 16 y 17 de diciembre de 1927 en el Ateneo de Sevilla, y durante la clausura tiene lugar el gran momento de la primera mítica foto de la generación del 27, con Ignacio Sánchez Mejías en el centro.
Poetas navegantes en Sevilla El torero-literato-mecenas se convierte así en el pegamento de toda la generación. No era poeta, pero aportó la amistad, el dinero y hasta su casa. Sí, en su domicilio sevillano de la casa Pino Montano tuvieron lugar las grandes fiestas de aquellos días. Fueron noches de poetas navegando por el Guadalquivir, disfrazados de moros y recitando de memoria, como Dámaso Alonso, los más de mil versos de las Soledades de Luis de Góngora o experimentando con la quiromancia, como Fernando Villalón.
Todo lo que ocurrió aquellos días y noches de diciembre del 27 está recogido en La arboleda perdida, las memorias de Rafael Alberti. Fue una locura, pero, como advierte Andrés Amorós, “además de grandes poetas, eran hombres muy jóvenes y con muchas ganas de divertirse”.
De allí nacen amistades entre unos poetas que ni pensaban igual ni en todos los casos se llevaban bien, pero a los que Sánchez Mejías cautivó y logró galvanizar. Los mejores amigos de nuestro prohombre fueron Rafael Alberti y Federico García Lorca. Al primero, con su espíritu bromista, lo llevó al límite. Un día que necesitaba dinero lo metió como banderillero vestido de morado en su cuadrilla. Cuenta el propio Alberti que, del puro, susto no salió del burladero. Otra vez lo encerró en la habitación de un hotel hasta que escribiera un poema de homenaje a su cuñado El Gallo. Lo hizo, qué remedio: puede verse el original en el Museo Archivo Sánchez Mejías de Manzanares, en Ciudad Real.
Pero con el que más compartió inquietudes fue con Federico García Lorca. A los dos les unía la pasión por el teatro, la canción popular, el flamenco y, sin saberlo, el destino. Los dos murieron trágicamente con apenas dos años de diferencia. Ignacio llevaba años retirado de la muleta cuando decidió volver en 1934. Había facturas que pagar. Aquella tarde del 11 de agosto ni siquiera le correspondía saltar a la arena, pero acudió a Manzanares a sustituir a un accidentado Domingo Ortega.
Como narra la elegía lorquiana, a las cinco en punto de la tarde fue empitonado por un toro de nombre Granadino. Concluye Andrés Amorós que en aquel Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías Lorca “elogia al héroe, al ser humano, no al torero; de ahí su universalidad”. Luis García Montero va más allá y cuenta que muchos lectores identifican versos del llanto con la muerte, dos años después, del poeta: “Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace / un andaluz tan claro, tan rico de aventura / Yo canto su elegancia con palabras que gimen /y recuerdo una brisa triste por los olivos”.
Así fue Ignacio Sánchez Mejías, el mito permanente que creó Federico García Lorca. Sin duda, una vida de película. Lecturas adicionales![]() "IA: una historia muy real". Un artículo de la actriz María Estévez-Serrano ![]() #AluCineEnREDes: El clamoroso silencio solidario de los artistas con las víctimas del accidente ferroviario ![]() #LeerSientaDeCine: "No mires atrás, tropezarás", las lecciones de vida de Michael Caine ![]() "Ídolos": heroicidad y amor para gustar a todos ![]() |
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