Entrevistas

14-07-2022


Josele Román

“Un crítico dijo que era como Peter Sellers en mujer. Me gustó esa comparación”

 


Con un centenar de películas en su haber, Josele Román es una actriz inconfundible en el cine español desde hace décadas, pero cree que interpretar tanto papel de mujer frívola y descarada le ha pasado factura



PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

En la biografía de María José Peralt Román, conocida como Josele Román (Valencia, 1948), su nombre de guerra artístico, es imposible hallar el término medio. De comenzar su carrera como bailarina en los cuadros de ballet de la ópera, incluida aquella hada Flor de Guisante para El sueño de una noche de verano que aún aletea en su memoria, a ser un rostro fijo en el coro de chicas sin complejos de las comedias y el primer destape de los setenta. De no parar de sonarle el teléfono con propuestas de rodajes, hasta convertirse así en uno de los rostros más populares del cine, a tener lo justo para vivir. De estar a todas horas rodeada de gente, llevando el ritmo incluso a la cabeza de grupos de rock, a compartir su soledad con una gatería en una casa perdida en pleno campo. La niña que comenzó por casualidad en el mundo del espectáculo no mira hacia atrás con ira, pero sí con cierto fastidio por no haber podido dar todo lo que bulle en su interior. Aunque le consuela el convencimiento de que aún tiene “energía” suficiente para seguir al pie del cañón. Por no hablar de que ya no hay quien le quite “lo bailao”.

 

– ¿Cómo lleva la postpandemia? ¿Ha vuelto al trabajo?

– Me encuentro bien. No me puedo quejar. Y la verdad es que me salen trabajos. Por ejemplo, una obra de teatro documental junto a otros actores veteranos para el Teatro Español. También tengo pendiente una película con Chus Gutiérrez y la posibilidad de representar otra obra teatral. Lo último que he hecho ha sido la versión de Yerma que ha montado Rafael Amargo. Me dio el papel de la hechicera. No iba a hacer de madre buena, claro [risas].

 

– ¿Está cansada de las etiquetas?

– Esto es un trabajo y debes aceptar lo que venga. Pero es como si tuviera un cartel encima y, por ejemplo, nunca he hecho de ingenua, de novia dulce… “Con esa voz ronca y esa cara, ¿qué otra cosa vas a hacer”, me decían. Al final hay papeles que se repiten, que te van tocando más por costumbre y se acaban quedando contigo.



– Y eso que sus comienzos fueron casi de cuento, de bailarina en la ópera. ¿Cómo los recuerda?

– Lo que recuerdo es que desde muy pequeña quise trabajar en el mundo del espectáculo. Y no especialmente como actriz. Lo que me gustaba era bailar y cantar. Cuando me fui a Madrid con mi familia recibí clases de un profesor ruso, Dimitri Konstantinov, y pronto conseguí hacer galas con su grupo de ballet. Luego le encargaron las coreografías de unas óperas en el Teatro de la Zarzuela y varios alumnos suyos formamos parte de los cuadros de bailarines. Empecé por todo lo alto, con grandes figuras de la lírica y la danza en FaustoLa cenicientaLa flauta mágica o Don Giovanni, y también en la ópera española Pepita Jiménez (1964). Allí estaban Alfredo Kraus, Teresa Berganza, Sesto Bruscantini… Lo mejor de lo mejor.

 

– ¿Y cómo pasó de ahí al mundo del cine?

– Fue por la obra de teatro que me ofrecieron gracias a una periodista que era amiga de mi madre. Esa periodista entrevistó a Conchita Montes, que iba a estrenar La dama de Maxim’s (1966) con 29 personajes, así que le dijo: “La hija de una amiga mía quiere hacer teatro”. Conchita me aceptó y me dio un papelito de provinciana que imitaba lo que hacía la protagonista, la propia Montes. El público se fijó mucho en mí. También ahí conocí a mucha gente del teatro, como Alonso Millán, quien tenía un guion titulado Pecados conyugales. Al final lo dirigiría José María Forqué [en 1969]. Esa fue mi primera película. La rodé en Valencia.

 

– Y a partir de ese momento fue un no parar.

– Hice más teatro, como El sirviente, de Luis Escobar, El alma se serena o La marquesa Rosalinda. Pero me llegaron sobre todo muchas películas. Vicente Escrivá o Tito Fernández siempre contaban conmigo, escribían papeles para mí, aunque fueran cortitos. Y a veces me juntaba hasta con tres guiones a la vez.

 

– Don erre que erre¡Vente a Alemania, Pepe!Manolo, la NuitEl señor está servido… Las comedias más populares de los setenta siempre la tenían a usted en el cartel. Eso sí, los personajes eran repetitivos. ¿Qué tal lo llevaba?

– Era lo que buscaban en mí. Yo cumplía con mi papel de graciosa, de respondona… No era guapa ni atractiva, pero tampoco tenía complejos. Aunque llegó un momento en el que me cansé. Siempre era lo mismo: provocar la risa. Así es imposible no sentirse insatisfecha. No puedes dar todo tu talento y tu energía. Por eso me dediqué a la música cuando llegaron los ochenta. No me fue bien y volví a mi trabajo de actriz.



 También tuvo la oportunidad de adoptar roles diferentes, como el de ama de casa abandonada en el corto de Almodóvar Tráiler para amantes de lo prohibido (1985).

– Aquello fue divertidísimo, sobre todo trabajar al lado de Bibiana Fernández. Es un encanto. Me llegué a hacer la ilusión de que Pedro me llamaría para trabajar en alguna de sus películas. Por desgracia, la cosa no pasó de aquello.

 

– Después de regresar a la interpretación, le fue mejor en la tele que en el cine. ¿Por qué?

– Participé en Los ladrones van a la oficinaCamera CaféLa que se avecina o La isla de los nominados. Lo pasé muy bien. Y en cuanto al cine, el problema es que cada vez se producen menos largometrajes. Antes se hacían más con menos dinero. Pero ahora no se hacen sin un presupuesto alto. Parecemos americanos [risas]. Además, todo seguía siendo muy repetitivo para mí, en determinado punto ya nadie te cree en otro papel. 

 

– ¿Con qué tipo de personajes considera usted que se le vería creíble?

– Hay papeles para actrices mayores que, por lo que sea, no se escriben. Una política con mucho poder, una empresaria montándoselo como puede, una estafadora, una asesina loca… Esos personajes yo los haría encantada, y muchas como yo, pero no se tocan.



– ¿Guarda de manera especial en su memoria algún trabajo?

– Es curioso. Aunque claramente he aparecido más en la pantalla, ha sido en el teatro donde me han dado los mejores personajes y me he sentido más cómoda. Porque el cine o la televisión son más fríos. A mí me encanta el directo. Que la gente te observe, que vea tu empeño. Y que tú los puedas observar a ellos.

 

– Con aproximadamente 100 filmes en su currículum, ¿de verdad no hay ninguno del que le queden recuerdos reseñables?

– Tras haberme visto en El señor está servido, un crítico dijo que era como haberse encontrado con Peter Sellers en mujer. Haciendo los mismos disparates. Y oye, me gustó esa comparación. Eso sí que es un buen recuerdo.

 

“No gustan las chicas duras y cañeras”

Josele Román se define como “heavy y salvaje”. Y no es postureo. Si le dieran a elegir entre la interpretación y el rock, le costaría decidirse. Aunque hubo un momento en que lo tuvo clarísimo. En los ochenta dejó el cine, cansada ya de hacer siempre los mismos papeles, para dedicarse en cuerpo y alma a la música. “Fue mi vía de escape. Así liberé toda la energía que tengo, el talento, algo que no me permitía hacer un papelito de criada”, recuerda. Esta veterana actriz lo invirtió todo en poner en marcha diversas bandas femeninas, aunque no logró cosechar demasiado con esas aventuras. “Las chicas no triunfan en el rock”, explica. “Escribir, componer, tocar, cantar… es una cosa extraña, asusta. En general, no gustan las mujeres duras y cañeras”. Tuvo que volver a aceptar trabajos en cine y televisión para saldar sus deudas. Pero sus sueños continúan estando en el rock: “Me encantaría hacer un musical, pero con mucha caña. Sería maravilloso”.

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