Entrevistas

14-04-2020


Kike Guaza

 

“Etiquetamos al de enfrente para estar tranquilos”

 

El artista madrileño sigue de gira con la obra ‘Juguetes rotos’ tras recibir por ella el premio de la Unión de Actores en la categoría de revelación

  

LUIS MIGUEL ROJAS NAVAS

Tras sus primeros pasos en la escuela de Cristina Rota, Kike Guaza ha convivido con personajes que le han sumado años de vida interpretativa. Por eso, pese a su juventud, su carta de presentación atesora tal madurez que supera las expectativas de cada proyecto que empieza. 

 

   Cuando era pequeño dejó Madrid para nutrirse de la experiencia de vivir un tiempo en EEUU, viajar, aprender idiomas y entrenar el oído hasta conseguir que pocos acentos se le resistieran. Por eso muchos compañeros de profesión van hoy en busca de su buena mano como coach

 

   Guaza atrapa al interlocutor con confianza en su discurso, sin temor a equivocarse, con disposición a aprender del ensayo-error. Y lo acompaña con una sonrisa contagiosa que cuenta una pequeña parte de su mundo.

 

– ¿Cuándo le picó el gusanillo de la interpretación?

– De pequeño. Yo lo he tenido claro siempre. Con cuatro años me preguntaban qué quería ser de mayor y contestaba que actor. No sé si a esas alturas sabía bien lo que significaba, pero lo decía. Luego empecé a notar que esa respuesta generaba tensión a mi alrededor y decía: “Actor y no sé que”. Quería dejar tranquilos a los adultos.

– Lo cierto es que no es la profesión más estable. ¿Eso le hizo dudar? 

– Todos tenemos ese sentimiento de debilidad, desde el momento de nervios antes de salir a escena hasta el día en que te ves en el paro. He tenido la suerte de poder ir con paso firme hacia delante. Ha sido lento, pero ahí he seguido. Y todos los actores tenemos momentos en los que nos planteamos distintas realidades. Yo hago también otras cosas, soy coach para actores. Y salen bastantes proyectos. Pese a tanto ajetreo que llevo, a veces me aburro incluso de mi propia vida, así que imagínate si tuviera otro trabajo… No sería feliz. Lo mío es muy vocacional.

– En los momentos de vulnerabilidad, ¿se compara con gente que haya iniciado el camino al mismo tiempo que usted y esté en su mejor racha?

– La sociedad está educada en la comparación. Nos educan para la competición. Sin embargo, hace mucho que lo entendí. Llega un momento en el que te das cuenta de que es algo interminable y que la mejor solución es reírse y hacer bromas con ese pensamiento, sin herirte. ¿Qué significa ser el mejor? Eso no te da la felicidad, estoy seguro.



– ¿Cuándo decidió que era el momento de hacer realidad lo que balbuceaba de pequeño? 

– Empecé a hacer improvisación en la escuela de Pablo Pundik con 19 o 20 años. Ahí empecé a jugar, hasta que supe que quería profesionalizarlo y me puse a investigar qué escuelas me venían bien para seguir creciendo, siempre teniendo en cuenta que debía trabajar y pagarme yo esa formación.

– ¿Considera que quien se dedica a esto debe sustentarse sobre ciertos pilares básicos?

– Para mí el talento es esencial, y va unido a la vocación. Si hay esas dos cosas, el trabajo sale solo. Yo sí creo profundamente en la formación del actor, y no me refiero solo a salir de una escuela, sino a leer, observar, encontrar inspiraciones…

– Vive un momento dulce sobre los escenarios gracias a Juguetes rotos. La Unión de Actores le ha distinguido este año como actor revelación por su interpretación en ese montaje. ¿Cómo se cruzó en su camino?

– Ya había trabajado con Carolina Román en una obra titulada Luciérnagas y en algún proyecto más. Un día me llamó porque estaba dirigiendo a Nacho Guerreros en un monólogo y quería que le echara una mano para preparar el personaje. Una tarde improvisamos durante cuatro horas bajo la batuta de ella. Después de aquello me llamó para comentarme que había pensado en convertir el monólogo en una obra de dos y que contaba conmigo. 

– ¿Cómo se gestó ese cambio?

– Carolina es una directora, dramaturga y actriz que entiende el trabajo desde mi mismo punto de vista, así que nuestra comunicación es muy buena. Ella me lanza a sitios desconocidos y me muevo bien en esos terrenos. Hicimos una concienzuda labor de investigación acerca de los personajes de principios de los sesenta, sobre todo del sur de Extremadura, además de recabar mucho testimonio de personas transexuales. Es una obra cocida a fuego lento.

– ¿Qué ha extraído después de semejante trabajo? 

– Me he dado cuenta de que tenemos interiorizados micromachismos y posturas homófobas de las que deshacernos. Pero no debemos ir culpando por ello; debemos permitir la equivocación para construir algo mejor. En la fecha en que se enmarca Juguetes rotos las cosas eran muy difíciles, y aunque hayamos avanzado hasta ahora, todavía queda mucho camino por recorrer.

– Teniendo en cuenta el contexto que vivimos, ¿dónde está el punto positivo? 

– Ahora caminamos por la calle vestidos con la ropa que queremos, vamos de la mano con quien queremos. Podemos hacerlo, al menos en principio. Y no en todos los sitios puede hacerse, pero aquí hemos dado pasos grandes. No quiero dar fuerza a los que intentan que esto se tambalee, porque eso va a caer por su propio peso. Además, abogo por la revolución personal, donde el cambio empieza por uno mismo para trasladarlo a la sociedad.

– ¿Tienen que irrumpir estos temas en escena?

– Sí. Es necesario contar este tipo de historias. Era la primera vez que en teatro se hacía algo como Juguetes rotos. Mi compañero Nacho Guerreros decía en una entrevista que “la obra emociona hasta a los votantes de Vox”. Yo juro que no es mentira: vino a vernos al Español una votante de ese partido y me volví con ella en el bus porque casualmente vivimos en el mismo barrio. Estaba conmocionada. A mí eso me hace ilusión porque, de alguna manera, ella se preguntará cosas.



– Ya había dado muestras de su talento en Absolutamente comprometidos. ¿Cómo afrontó el reto simultanear más de 30 personajes? 

– Fueron concretamente 38 [risas]. ¡Una locura! Me partí de risa cuando me llegó porque de niño ponía voces por el teléfono fijo y hacía bromas. Tener ese texto delante me recordó aquello. Hacía de todo en escena. Lo bueno era que todo el mundo me decía que lograba ver en escena a todos esos personajes y podía imaginar las distintas situaciones. 

– Técnicamente requirió mucho trabajo, ¿no?

– ¡Uf! El nivel de concentración era altísimo. Llevo muchos años haciendo yoga y recuerdo que en ese momento fue esencial para mí. Hice mucho trabajo con el cuerpo para que me respondiera, al igual que con la voz. Había algunos personajes trabajados desde fuera, con una voz y una postura corporal creada, y otros más internos. Los días de función eran intensos: la obra duraba algo más de una hora y la preparación me llevaba tres o cuatro.

– El comisario o Cuéntame son algunas de las series de su currículum. ¿Cómo se defendió al llegar al audiovisual?

– Siempre me he movido en teatro, pero cuando salí de la escuela estuve en Mis adorables vecinos. Luego pasé por El comisario Cuéntame. Esta última fue guay: mi personaje era un yonki de los ochenta que se llamaba Luismi y me dejaron total libertad para que lo llevase a mi terreno. En esa serie noté mucho respeto por el trabajo del actor y mucho trabajo en equipo, y eso me encanta. 

– Su experiencia más reciente en cine se la debe a Altamira. ¿Conserva alguna anécdota del rodaje? 

– Aunque me tocó un papel cortito, tenía cierto peso en la historia. Uno de los días lo pasé metido en una cueva junto a Antonio Banderas y tengo un recuerdo muy bueno porque hablé mucho con él y fue un gran compañero. Me contó muchas cosas y yo le conté más [risas]. Me sorprendió su cercanía.

– En la película Sobreviviré, su debut ante la cámara, se hablaba de la bisexualidad.

– Sí. Me encanta que el mundo de la cultura apueste por la visibilidad. Yo es que siempre he tenido mucho respeto por los demás, no me atrevo a opinar sobre lo que le gusta a la gente. Me encanta España, pero no nuestra manía de opinar sobre la vida del otro



– Tenemos también tendencia a encasillar.

– Eso es para quedarnos tranquilos. En Juguetes rotos he aprendido mucho de eso. La bisexualidad, la intersexualidad, qué es ser una cosa u otra… Al final te das cuenta de que es algo social: etiquetar al de enfrente para estar tranquilos. Categorizamos las cosas porque no estamos acostumbrados a vivir en la incertidumbre, pero debemos entender ya que la vida es incertidumbre todo el rato.

– Y hoy las redes sociales son fábricas de etiquetas.

– Intento usar mucho el modo avión. Para mí es fundamental la desconexión para no entrar en un modo de saturación y toxicidad que no sé hasta qué punto será bueno a corto plazo. Yo necesito mucho la cercanía humana. ¿No te ha pasado eso de hacerte una idea de alguien por las redes y que luego la persona sea completamente distinta? Por eso veo esencial la comunicación real. En EEUU se está recuperando al actor misterioso, del que nadie sabe cómo es él y su vida. Ahora la mayoría de los actores tienen redes sociales y todo el mundo sabe mucho de ellos como individuos. Lo que están empezando a hacer en EEUU es buscar a gente que apenas deje rastro virtual.

– Suena curioso cuando la industria se aprovecha cada vez más del número de seguidores. 

– Da mucha pena. El otro día escuché a un guionista decir que no le aceptaban su propuesta porque habían comprobado sus redes y no tenía un número significativo de seguidores. Ya no hablo de actores, sino de otros creadores implicados en esto. Me da miedo algo así porque, ¿de qué sirve mi trabajo entonces?

– Si tuviera que dar vida a Kike Guaza, ¿cómo lo haría? 

– Sería imposible: los personajes más difíciles son los que están más próximos a mí. No sabría cómo hacerlo, qué punto de referencia tomar. Creo que tendría que grabarme en mi día a día. Le pediría a gente que me grabara en diferentes momentos para luego imitar eso que veo.

– ¿Qué necesita hacer ahora, qué historia quiere contar? 

– No tengo expectativas. Cada vez creo más que la vida me encuentra a mí, y lo que me dé es lo correcto. Aquello que venga será lo que tenga que venir. Afortunadamente, he tenido grandes personajes.

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