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22-07-2020

#LecturasEnDesescalada


Historias mínimas en 

la generación de Daniel Jiménez

‘La vida privada de los héroes’ es el retrato colectivo y sin épica de unos artistas treintañeros, además de un homenaje tácito al voyeurismo de ‘La ventana indiscreta’

ANTONIO ROJAS (@mapadeutopias)

Quizá habría que empezar por definir qué entendemos por héroes. O dilucidar si el heroísmo exige que, en la defensa de una idea, empuñemos las armas o pongamos nuestras vidas en juego. Seguramente, bastante tenemos en la mayor parte de los casos con enfrentar la vida a diario para sentirnos héroes, aunque solo sea por un momento y de forma anónima, como transcurre la existencia del común de los mortales. A fin de cuentas, como asegura el escritor francés Emmanuel Carrère, “los héroes no son forzosamente los que se piensa”.

 

Antes que escritor –son tres novelas ya en su catálogo–, Daniel Jiménez (Madrid, 1981) fue estudiante de Historia, repartidor, camarero, dependiente, librero o becario de canal televisivo. Nada extraño en una generación que, a pesar de su amplia formación académica (se ha dicho que la mejor preparada de nuestro país), no ha tenido nada fácil incorporarse al mercado de trabajo. 

 

Son precisamente hombres y mujeres como él, que ahora transita por la treintena, quienes protagonizan esas narraciones mínimas que conforman La vida privada de los héroes y que, en conjunto, constituyen una crónica colectiva, un retrato de grupo. Ellos son Eduardo, Teresa, Marta, Alfonso, Carolina, Mario, Rocío, Ricardo, Eva… Sus existencias se detienen en un momento, como si pulsáramos el botón de pausa en la película de sus historias personales. Y así, en apenas unos pocos fotogramas literarios, averiguamos qué les ha sucedido, por qué se encuentran en la situación actual, cómo es posible que les hayan ocurrido ciertas cosas o qué les deparará un futuro siempre incierto y nada evidente. 


Mientras transita de un relato a otro, y al tiempo que conoce avatares, detalles íntimos y sentimientos ajenos, el lector se convierte en un voyeur, en un James Stewart inmerso en su particular La ventana indiscreta, de Hitchcock. Por unos instantes, a través de los cristales sin visillos de sus habitaciones, quedan al descubierto las desavenencias matrimoniales de unos, la adicción a las drogas de otros, los sueños rotos de muchos de ellos, las ruinas que deja el amor cuando se rompe, el tedio que se apodera de la convivencia, la extensión del fracaso o lo insustancial que puede llegar a ser el sexo. Es como si ninguno quisiera estar en el lugar en que se ha visto colocado. Porque si insatisfecho se siente el aspirante a actor, guionista, fotógrafo o novelista, que ha de desenvolverse como camarero de noche o taxista, tampoco quien ha alcanzado una posición social teóricamente envidiable se siente contento con su suerte.

 

Estos héroes nada épicos, agrupados en categorías como “conocidos”, “olvidados”, “encontrados y “perdidos“, se mueven mayormente por las calles de Madrid y por el territorio literario o mítico de La Majada, un lugar próximo a la capital. El autor reserva también un espacio para los “anónimos”, aquellos que carecen de identidad, cuyas existencias (hasta un centenar) son dibujadas en apenas unas líneas, suficientes para plasmar su desgracia, su destino torcido, su molesta e incómoda omnipresencia en todos los rincones de la gran ciudad. Son esos a los que procuramos eludir o cuyas miradas esquivamos mientras deambulamos por el territorio urbano.

 

Queda al final la idea de que las guerras personales las pierden quienes menos esperanzas han depositado en ellas. La convicción de que quienes nunca ganan nada es porque nada se han jugado. Y la certeza de que la historia no se acordará jamás de la inmensa mayoría.

 


 ‘La vida privada de los héroes’ (Galaxia Gutenberg, 2020). 184 páginas. 17,90 euros


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