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17-01-2013

“Volvería a ser actor en una nueva vida”
Fernando Guillén hizo balance de seis décadas de profesión hace justo ahora un año, en una extensa entrevista para la revista AISGE ACTÚA. "Este es un oficio maravilloso, el único que te permite seguir siendo niño", explicó con voz algo debilitada, pero convicción inquebrantable, el socio 164 de AISGE. El "cinéfilo empedernido" que nos atendió en su casa del barrio de Peñagrande, en Madrid, dejó abundantes perlas: "En mi 600, de la tele al teatro, me quedaba dormido en los semáforos"
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Madrid, febrero de 2012
“Dentro de mis posibilidades, no renuncio a trabajar”. Así, sin sombra de amilanamiento, se expresa el actor barcelonés Fernando Guillén, que en noviembre cumplirá 80 años y en los últimos meses, tras los médicos y arrechuchos en 2010, va sintiéndose algo mejor. En su rostro se reflejan el cansancio y la determinación a partes iguales, pero sobre todo la ilusión de recuperar la profundidad de su voz, atributo que siempre ha distinguido su trabajo como intérprete. En sus sesenta años de profesión, Guillén alcanzó enormes cotas de popularidad, especialmente en televisión, con protagonistas memorables, como Don Juan en Estudio 1 (1974) o el empresario textil de la inolvidable La saga de los Rius (1976-77).

– Antes de nada le diré que, aunque La saga de los Rius me trajo mucha fama por su éxito arrollador, no es el eje de mi carrera televisiva. Para entonces ya había hecho trabajos muy importantes en televisión. Era un habitual de los dramáticos y las series de Marsillach, Ibáñez Serrador, etcétera. Había un grupo de actores que, mitad por afición, mitad por necesidad, combinábamos la televisión con el teatro. Ya en 1967 Gemma [Cuervo] y yo habíamos recibido sendos premios Ondas a mejor actriz y mejor actor de televisión.

– ¿Cómo se cruzó Joaquín Rius en su camino?
– Por casualidad. Acababa de hundirse la compañía de teatro que tenía con Gemma y estaba metido en una especie de cueva oscura y dolorosa, sin ganas de ver a nadie. La huelga de actores había acabado con nuestro proyecto, una huelga con cuyos principios estaba de acuerdo y que me hubiera gustado liderar, pero lo económico gravitó cruelmente sobre lo ideológico. Me quedé sin trabajo y endeudado hasta las cejas. Todo fue un desgarro. A regañadientes, asistí a una entrega de premios. A mitad del evento le dije a mi mujer: “Gemma, tú quédate, yo prefiero volverme a casa”. De camino al parking coincidí con José Joaquín Marroquí, a la sazón jefe de programas de la Casa.

Los pioneros del medio tenían (y aún conservan) este modo antonomástico de referirse a TVE.

– “Oye, ¿tú eres catalán, no?”, me dijo. “¡Cómo no he caído en la cuenta! Llevo meses dándole vueltas. No se hable más. Mañana empiezas a ensayar La saga de los Rius con Pedro Amalio López”. Y así pasó. Yo ya había hecho cosas con Pedro; en 1965 nos habían premiado con el Oso de Oro en Berlín por Un mundo sin luz. Nuestra televisión siempre competía al máximo nivel: El asfalto, La cabina... Desde que hice de viudo Rius mi vida cambió y empezó a sonreírme, sobre todo económicamente.

– ¿Había leído la saga de Ignacio Agustí?
– Me gusta mucho la lectura y conocía el primer volumen, Mariona Rebull.

– ¿Le costó atinar con la contención adecuada de ese Rius tan burgués, tan laborioso, tan catalán?
– En realidad no. Me sentí muy cómodo desde el principio y lo interioricé rápidamente. Esa comodidad se nota en que no están enfatizadas las aristas de Rius cuando sufre altibajos, lo que ocurre básicamente en vida de Mariona, un personaje femenino que explota el tópico literario de Madame Bovary.
El Guillén conversador, encaramado al árbol de la vida, no sabe de achaques. Si con algo no ha podido la enfermedad es con la claridad de su memoria y la lucidez de su discurso. La cadencia y la solidez, en ese terreno, siguen intactas.
 
¿Bici o moto?
– ¿Por qué le gustó siempre tanto su trabajo?
– Porque este es un oficio maravilloso, el único que te permite seguir siendo niño y jugar a policías, ladrones, vaqueros o piratas en todo momento. Volvería a ser actor en una nueva vida. Verte con un revólver del 45 en un saloon es lo más parecido a regresar a la infancia. Me enorgullece que Cayetana y Fernando sean también actores y ojalá alguno de mis nietos siguiera la tradición y nos convirtamos en una saga como los Gutiérrez Caba. Porque el show business, cuando no es zafio ni grosero, sino hecho cultural, es una maravilla.

– Inició su carrera en el teatro universitario pero siempre quiso ser director de cine. ¿Nunca tuvo la tentación o la ocasión de hacerlo?
– Intenté estudiar cinematografía, pero no pudo ser. Y nunca he querido dirigir porque conozco mis limitaciones. Soy un cinéfilo empedernido pero no un creador; haría películas correctas, sí, pero vulgares. Para hacer cine o literatura hay que ser un creador. Cualquiera puede escribir una novela de éxito o una película de catástrofes; eso requiere oficio, pero a mí el oficio no me interesa.

– Su hijo Fernando sí lo consiguió. ¿Qué tal se trabaja con los hijos?
– Muy a gusto con los dos. Hice un pequeño papel para Fernando en Año mariano. Es un director competente e imaginativo. Si hay tiempo, me gustaría volver a trabajar con él.

– Ya compartieron reparto cuando tenía 12 años. Interpretaba al Joaquín Rius niño...
– La idea surgió una noche hablando de quién podría actuar en esas secuencias de niñez. Se nos ocurrió que sería un juego interesante que las hiciera mi propio hijo. La Casa le pagó con una bicicleta... No, miento, ¡era una Vespino!
 
En la tele y sin tele
– Sus primeros trabajos en televisión se remontan al origen del medio. ¿Cómo era aquello?
– Debuté en 1959 con Fernando Delgado y Valeriano Andrés en Pesadilla, de William Irish. Iba a decir que lo grabamos, pero entonces no se grababa nada. Todo se emitía en directo desde los estudios del Paseo de La Habana. Como emitir una película tal vez era caro, por las noches se hacía un dramático. No se cortaba para cambiar de escenografía, de modo que se montaban todos los decorados del día, un telón tras otro, y se iban quitando según se usaban, desde la carta de ajuste y el telediario hasta el dramático y el cierre. Cuando alguien vino diciendo que se había inventado el “vídeo” para grabar imágenes y sonido, empezó a correr el rumor de que provocaba cáncer. ¡Imagínese!

– Trabajaban en función doble en el teatro y muchas veces en televisión por la mañana.
– Sí, pero en televisión ahora las jornadas son más largas. En la Casa entonces todo era muy riguroso. Se empezaba la grabación a las ocho y los cámaras se quitaban los cascos a las seis menos tres minutos. Tenías el tiempo justo para llegar a la función del teatro. Y todo lo hacíamos en nuestro coche particular.

– Nada de minibuses, ni taxis.
– No nos proporcionaban transporte. Recuerdo que iba con mi 600 y en la Cuesta de San Vicente me quedaba dormido en los semáforos…

– De locos, ¿no?
– Trabajábamos mucho. Una vez hice televisión entre función y función: fue Lola la Piconera con Paquita Rico. Un coche me recogió del teatro a la salida de la primera función, me llevó a los estudios de Sevilla Films, en la puerta un maquillador me estampó unas patillas mientras yo me enfundaba en una casaca del ejército francés, hice mi papel y salí de nuevo pitando para llegar a la función de noche.

– Paradójicamente, usted y Gemma no tenían ni televisor.
– Cierto. Mi primer papel de éxito en una serie fue el de ciego en la adaptación de Marianela de Galdós; por entonces ya se grababa y podíamos verla todos los días... en casa de una vecina.

– Alguna vez ha dicho que la ambición de algunos realizadores mató al teleteatro. ¿Por qué?
– Porque encareció los costes enormemente. Nosotros vivíamos felices; dentro de la vulgaridad, si se quiere, pero felices con la rutina de nuestros cinco días por obra grabada. Ellos estaban en televisión de paso. Realmente lo que querían era hacer cine. Empezaron a pedir más tiempo para planificación y puesta en escena. Se picaban unos con otros. En fin, un disparate.

– Son muy recordaos los Tenorios del Estudio 1. Rabal, Juan Diego, Carlos Larrañaga y el que hizo usted con María José Goyanes. ¿Qué distingue al suyo?
– Es el último que se hizo para televisión. Solo conservo una crítica de toda mi carrera, y es precisamente la que al efecto hizo Viriato [seudónimo del periodista Enrique del Corral] en La Hoja del Lunes. Me da vergüenza admitirlo, pero era tan buena, decía cosas tan hermosas (aunque seguramente excesivas), que la enmarqué.

Guillén se levanta de la mecedora, posa su libro sobre el asiento y se acerca hasta un rincón del salón, junto a la librería, donde tiene su sitio la vieja reseña en un papel que los años han vuelto cobrizo.
 
Y todo volvió a cambiar
Tras La saga de los Rius, el actor vivió ocho años de éxito en teatros de Barcelona: primero con la controvertida Equus y después en Violines y trompetas, con Paco Morán, y en Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, con Rosa María Sardá. Cuando todo parecía reencaminado, su carrera dio un nuevo e inesperado giro. El mundo del cine se acordó de que existía.
– Todo empezó con El caso Almería, de Pedro Costa, en 1984. Y prácticamente dejé de hacer teatro.
– Justo treinta años después de su primera película.
– Hasta ese momento había rodado cine esporádicamente pero, salvo contadas excepciones, en películas sin interés.

– ¿Cómo explica que de pronto empezaran a buscarle Almodóvar, Saura, Camus, Uribe, Gonzalo Suárez...?
– No tengo la menor idea. Tal vez porque el cine está constantemente fagocitando rostros, se fatiga de las mismas caras. Hace cuatro años Nicole Kidman era una superestrella, hoy busca trabajo en producciones independientes. Mi cara era nueva para el cine, los directores descubrieron que existía y podía ser un secundario de lujo.

– ¿Qué tal se entendía con jóvenes como De la Iglesia, Coixet o el propio Almodóvar?
– Mejor que con los mayores. En aquella época yo vivía mucho la noche madrileña y aquello de la movida. Con ellos lo pasaba fenomenal y trabajaba muy suelto.

– ¿Qué consiguieron sacarle que no hubieran hecho otros antes?
– Es posible que muchas cosas, pero carezco de perspectiva. El espectador, el crítico o el profesional seguro que ven cambios que nosotros no notamos. Yo no sé verme como actor. Me parece que estoy igual en un Estudio 1 de 1970 que en una película de 2008.

– Anunció su retirada de las tablas en el Calderón de Valladolid en 2008. ¿Cómo se sintió al decir adiós?
– El teatro ha sido mi vida y es algo muy importante. No se puede tomar a la ligera; hay que estar en plenas facultades para hacerlo. Al espectador no hay que engañarlo. De modo que El vals del adiós, un monólogo de Louis Aragon sobre la vida y la muerte, me pareció un hermoso broche.

– De entre sus muchos galardones...
– Suficientes para mi obituario.

– ... ¿alguno tiene un significado especial?
– No piense que es coba, pero el premio que me concedió AISGE, tal vez por mi quebrantada salud y por estar al final de la vida, me hizo sentir una emoción que no había sentido antes. 
 
 
 
ESTAMPAS CASERAS
Ellington, Houellebecq y el gato
 
En su hogar, Fernando Guillén vive arropado por seres y objetos que destilan calidez. La primera e insoslayable presencia es la de la actriz Gemma Cuervo, con la que estuvo casado y que hoy lo cuida y acompaña con una ternura que todos desearíamos disfrutar cuando la salud nos flaquee. Este lector impenitente vive siempre aferrado a un libro. El que tiene entre manos, El mapa y el territorio (Michel Houellebecq, premio Goncourt 2011), reposará sobre su regazo como una dócil mascota durante toda nuestra charla. En la sesión fotográfica, la luz anaranjada del atardecer invernal atraviesa el ventanal para enzarzarse, en mágica confabulación, con la melodía de In a sentimental mood, en la inmortal versión que por primera y única vez uniera a Duke Ellington y John Coltrane. Guillén atiende a sus hijos al teléfono (“Estoy bien, cariño”) mientras, desde un rincón, agazapado tras una pila de libros de arte, su gato lo sigue con la mirada. Poco más arriba, no muy lejos de las películas de David Lynch, un bebé sonriente, en brazos de Cayetana, saluda a la cámara. O, tal vez, a su abuelo...
 
 
 
 
VIVIR CON EL MITO
Don Juan y la libertad
 
Fernando Guillén ha interpretado a este personaje en numerosas ocasiones. La última fue en la crepuscular cinta de Gonzalo Suárez Don Juan en los infiernos (1991), que le proporcionó un Goya. Así resume su relación con el mito: “He hecho este papel en teatro, televisión y cine. Es el único que me sé de memoria. Tanto Tirso como Zorrilla inciden en la condición galanesca del personaje, mientras que Molière (y, por tanto, Gonzalo Suárez) hacen más hincapié en la idea de libertad. Don Juan es, en esencia, un hombre libre y dispuesto a enfrentarse a Dios para defender su libertad. Posteriormente, todas las versiones del mito, como la de Max Frisch, subrayan esta misma idea: lo interesante es su pulsión de libertad, no su hábito de conquistador”.
 

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