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02-07-2020


Mateo

 

 

Un relato de Jorge Naranjo (*)

 

A Mateo, hijo de Begoña, nieto de María





Mateo nació entre la página 11 y 12 de un libro de autoayuda colocado por error en la sección de jardinería de unos grandes almacenes situados en el centro de Madrid. Nueve meses antes, sus padres se habían amado hojeando un ejemplar descatalogado de la biografía de Philip Norman sobre los Stones y, 67 años antes, sus abuelos habían retozado tras una estantería de manuales de cine, bajo un enorme cartel donde bailaba el latigazo de Fellini.


   Mateo era un hijo y un nieto. Y ante todo, era Mateo. Una página en blanco. Un libro por escribir. Cinco letras que se habían colado, de pronto, en otras almas.


   Como cualquiera, Mateo dio sus primeros pasos entre la A y la U. Con la “A” no tuvo problemas. En ese peldaño estaban incondicionales como “mamá”, “papá” y todos los aullidos que empezaban por “ah”, además de, por supuesto, varias formas de llamar a una “abuela” que tenía dos aes en el cargo y otro par en su propio nombre: “María”. La “E” y la “I” pasaron sin pena ni gloria, pero cuando Mateo descubrió la “O”, mantuvo su boca abierta en forma circular durante dos semanas, preso de una sorpresa y una emoción que no volvería a vivir jamás. Tanto le conmovió que, al llegar a la “U”, aplaudió con desgana de funcionario. 


   Su despertar sexual coincidió con el salto a las consonantes. A pesar de lo que tardó en llegar a la “X”, deambuló con cierto placer entre la “C” de cama, la “M” de masturbación y la “P” de paja, que es como le gustaba llamar a lo segundo. Pero fue con los números donde descubrió que no importaba tanto el 69 como el 2. Porque sin este nunca existiría el primero, y muchísimo menos el 3, su sueño favorito. Fue entonces cuando quiso independizarse. Y saltó del estante


   Allí encontró la “L” de libertad. Fueron años benditos y gozosos. En su primera borrachera entendió que solo una letra puede convertir su nombre en “mareo”. Y que, para tener novia, era necesario entender perfectamente la conjunción “y”, porque en el momento en que la cambiase por la “o” disyuntiva, el amor se hacía pedazos. Mateo tardó 16 romances en aprenderlo. Y aún le cuesta. 


   Al cruzar la veintena Mateo se zambulló en la “V” de “viajar”, “viento” y “vela”, y se lanzó a recorrer océanos y, con ellos, el mundo. Le gustaron especialmente aquellas zonas coronadas por la “P”, como era el caso de Patagonia, Panamá, Portugal o Plasencia, que se coló sin avisar. Y, sobre todo, aquellas ciudades donde podía disfrutar de adjetivos como “bella”, “histórica”, “monumental” y, en muchas ocasiones, “barata”, ya que el verbo “ahorrar” se le escapaba siempre. 


   Sin salir de la “V” encontró su “vocación”. Mateo era decidido, simpático y buen vendedor, así que abrió una tienda de “puntos y coma”, un producto que estaba en desuso pero que, como todo lo “vintage”, podía ponerse de moda. Y así fue. 


   Muy pronto su pequeño establecimiento, situado entre la página 34 y 35 de una biografía de Mastroianni dificilísima de encontrar, pasó a la portada de una reedición de El nombre de la rosa que estuvo meses en el escaparate de una librería cinéfila de Martín de los Heros. Allí conoció el éxito. Y tuvo que ampliar.  


   Mateo empezó a importar signos de puntuación de todo el mundo y, durante los años siguientes, en “Mateo y Medio” (nombre que le dio a su local porque “Mateo” a secas ya existía) se podían encontrar, junto a comas españolas y latinoamericanas, puntos y aparte sacados de los mejores párrafos franceses, deliciosos puntos y seguidos de la Toscana, diéresis polacas, neozelandesas y alemanas (las más vendidas), contracciones inglesas y hasta símbolos traídos desde Norteamérica como “&” y “$”, que se vendían como la “ch” de churros. Y como la “ch” de Charlot, por cuya biografía salía a correr todos los días y en la que, una mañana de tormenta de tinta (no tinto) de verano, encontraría la frase:

 

...Siempre había pensado que me gustaría la popularidad y allí la tenía,

aislándome, paradójicamente, con una abrumadora sensación de soledad...

 

   Y Mateo se dio cuenta de que le faltaba algo. Un algo que empezaba con esa “A” que encerraban “mamá”, “papá” y “abuela”, y continuaba con lindezas como la “M” de su nombre, su admirada “O” y la “R” de “rabia”. Un algo que iba más allá, al lugar donde reinan las conjunciones, y al que llamó Romance Diecisiete. 


   Un algo que, como es sabido, nunca es fácil de encontrar. Mateo tendría que investigar, recorrer enciclopedias, lomos endiablados y mamotretos escondidos entre el polvo de todas las guerras. Y siempre, sin perder la “e” de “esperanza”.


   Y justo cuando se había dado por vencido, cuando aquellas cinco letras habían decidido transformarse en un solitario vendedor de interrogantes al por mayor, Mateo supo, al fin, que había encontrado “lo innombrable”. Romance Diecisiete se había apoltronado entre dos títulos subrayados a lápiz incluidos en la bibliografía de una tesis sin encuadernar, y fue el destino el que quiso que Mateo, aquella tarde anodina y lenta como la voz pasiva, volcara una taza de té en el estante de su izquierda, y fue esa particular providencia la que quiso que, de esa taza, cayeran un par de gotas (no muchas más) en el borde de ese libro que sobresalía entre los otros y, probablemente, fue ese mismo desatino (y no cualquier otro) el que empujó a Mateo a bajar inmediatamente a limpiar aquella mancha ocre de aquel endiablado y enorme estudio titulado Las relaciones de pareja en la adolescencia tardía de la realidad sociocultural actual. Qué ironía.  


   Y fue allí donde Mateo encontró a Romance Diecisiete. Y donde se encerraron a pasar tantas noches de pasión e incendios que no hay alfabeto para contarlo. 


   Y justo nueve meses más tarde, entre la página 45 y 46 del último libro con el que Haruki Murakami había vuelto a intentar (de nuevo, fallidamente) alcanzar el Nobel, nació una nueva letra. Una letra que aún no se puede descifrar. Una letra que se encuentra en un poema de Borges y, posiblemente, en cualquier obra menor de Dostoievsky. Una letra perfecta y luminosa como las que Lorca perseguía en Nueva York y otros como Machado, en un patio de Sevilla. Una letra con capacidad para ser Arial, Helvética e, incluso, Courier, pero que, en lo más profundo de su fuente, solo perseguirá vivir hasta el límite del vocabulario.



(*) Jorge Naranjo (Sevilla, 1976) es director y guionista y ha ejercido como profesor en el Centro Actúa de la Fundación AISGE. Su primer largometraje, 'Casting', logró en el Festival de Málaga de 2013 una Biznaga de Plata colectiva al mejor reparto

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