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22-06-2020

Nuevas voces


Romper el azar


Por Sara García Pereda (*)


No es que no fuera cariñoso, es que con los años, sin saber cómo, el padre se había ido distrayendo de la ternura. Eso era al menos lo que decía la madre cuando el niño preguntaba por su marido.

 

   La palabra ternura le resultaba difícil de comprender. Y mucho menos qué significaba andar distraído de ella. La palabra ternura se le aparecía al niño como un bizcocho de yogur a medio cocer detrás del paladar de las abuelas. O el deleite con el que su hermana se dejaba explotar las erupciones que emergían en su espalda. Fuera como fuere, no resultaba algo por lo que el padre pudiera recuperar el afecto fácilmente.

 

   Era un hombre cuya llegada al hogar coincidía siempre con el anochecer, que lo acompañaba como un manto atado al cuello. En silencio, lo colgaba en el perchero de la entrada y arrastraba en su vuelo los enigmas acontecidos durante el día.

 

   De igual forma, en la mañana el padre partía antes del comienzo del ajetreo. Previamente, sus carraspeos y esputos acostumbraban despertar al pequeño. Del baño llegaba el sonido del orín torrencial, cuya duración medía el niño en segundos hasta llegar a más de diez. Proeza de fatigoso alcance para él, que nunca rebasaba los cinco. Después el padre abría el grifo y el hijo se quedaba mirando cómo se afeitaba la sombra que salía de dentro del baño. 

 

   Una noche, tras el puntual regreso, la madre masticaba un trozo de pechuga mientras le reñía. “No me lo hagas repetir dos veces”. Él se había quedado absorto en la quietud con la que el padre, con idéntico abismo, miraba el plato aún sin probar. Normalmente, el apetito del padre llegaba al postre antes de que el resto de la familia hubiera podido siquiera acabar el entrante. El niño sabía que aquel hábito de engullir lo habían adquirido de las palomas que picaban los frutos de las macetas del comedor. No era coincidencia que la familia se sentara a la mesa al tiempo en que las aves acudían a su convite en la terraza.

 

   Otra era la razón por la prisa en ultimar sin opción de sobremesa. Consistía en dejar el tiempo justo como para que la doméstica conversación discurriera hacia ningún conflicto, abandonando en lugares comunes los cimientos del sosegado hogar. Las intervenciones, siempre guiadas por la madre, solían terminar con el grito veleidoso de la hermana. Así también terminaron aquel día. Solo que a partir de esa cena, todo excepto la costumbre, cambiaría de forma irreversible.

 

   Una vez fuera de su contemplación, el niño creyó entender frases sueltas. Palabras que la hermana vociferaba ya de pie, a punto de salir directa a su resguardo pubescente. Decía cosas como “mamá”. Repetía “mamá”. Preguntaba: “¿Qué está diciendo?”. Decía “mamá” otra vez y se levantaba. Después, por fin decía “papá”, seguido de un “no puede decir eso y seguir mirando de esa forma el plato”. Esa última frase el niño la recordaba bien. Recordaría siempre a su hermana repitiendo esa frase. “No se puede mirar así un plato mientras anuncias algo como eso, papá”. Terminó con algún “¿Me escuchas?”, un “¿Alguien entiende lo que quiero decir?”, a los que añadió ciertos “¡Arghs!”, “¡Ufff!” y “¡Fffzzz!”. Hasta llegar al portazo.

 

   Pero algo había sucedido antes. Solo que el niño, por más que años después lo intentara, jamás lograría reconstruirlo sin la sensación de habérselo inventado por completo. 

 

   Los hombros del padre, portadores de una cabeza mermada por el peso del secreto, se inclinaban sobre la mesa. La madre había anunciado que el huesecillo de la suerte salido del pecho del ave se encontraba ya seco en la encimera. Y el niño aguantaba las ganas de crujirlo. Recordaba la tajante sentencia del padre juzgando por memez aquel supersticioso gesto.

 

   Tiempo antes de que la niña dejara de serlo, los hermanos luchaban por hacerse con el hueso vencedor de esa horquilla del deseo. Podría decirse que desde esa noche aquel hábito iba a quedar confinado para siempre. Años después, en un despiste de cena entre amigos, la presencia del amuleto propiciaría automáticamente el llanto de la madre.

 

-       Anda, ve por él – insistió la mujer. Pero el niño se mantuvo sereno en su sitio hasta imaginar una mueca probatoria en el padre.

-       ¿Por qué no pides tú el deseo? – preguntó la hermana.

 

   La madre se levantó y se dirigió a la cocina. Volvió con el hueso en la mano y se sentó afortunada, como si sentara a su lado la infancia. 

 

-       A ver, ¿quién tira del otro huesecito?

 

  El padre desvió los ojos, ofreciendo al niño el lóbulo de la melenuda oreja. Entretanto, el chico se debatía entre la irrefrenable tentativa hacia el juego y la glorificada entereza del padre. Estiró el dilema unos segundos de más, para finalmente optar por una tímida negación de cabeza seguida del suspiro de su madre.

 

   Y así ocurrió el anuncio. O de forma parecida lo recordaría el niño siendo ya un chaval. La voz del padre se abrió entonces como venida de muy lejos, y levantando solo un poco la vista, casi a la altura del hueso que yacía ya olvidado en el mantel, vaticinó un “Me muero”.

 

   De ahí, siguieron las réplicas de la hija, escoltadas por el silencio y desencanto de la madre. Después de que la joven se encerrara, caminó tras ella escaleras arriba, no sin antes sacudir con el revés de la mano unas migas del mantel.

 

   El padre y el muchacho quedaron entonces solos, condenados a su ausencia. Y después de una eternidad, al limpiar el hombre otras cuantas migas, se topó con el huesecito del ave. El hijo solo recordaría sus dedos jugando con ello, inconscientes de la amenaza que suponían para el quebramiento de la taba.

 

-       ¿Tiras? 

 

   Sucedió que el niño imaginó a su padre atragantándose con el hueso que sostenía, colapsado en una agonía prolongada hasta el final. También a su madre, que, alarmada por el ruido, se arrodillaba sobre el cuerpo tendido en la alfombra invadida de migas. Imaginó a su hermana precipitándose escaleras abajo. Y a las palomas, que, participando del accidente, picoteaban por todo su pensamiento.

 

   El niño se separó de todo ello y se encontró de nuevo con la mirada atenta de su progenitor. Agarró entonces el huesecito y entre los dos rompieron el azar. Para el hijo aquel momento transcurrió lleno de un sorprendente abandono. Toda la importancia que tenía segundos atrás, y que ahora se esforzaba por darle el padre, pecaron en un chasquido de toda su trivialidad. Fue de esta forma como el niño, que pronto dejaría de serlo, se fue a la cama aquella noche. Pensando en aquel gesto como el más vacío de todos los que le sucederían.

 

   Nunca le preguntó a su padre por el deseo que pudo pedir. Tampoco se decidió nunca a dotar al hueso de un poder como tal. Su única certeza con el paso de los años sería que, de todas las posibles, la que él imaginó resultó ser la mejor muerte de todas.



(*) Sara García Pereda (Madrid, 1994) es dramaturga, locutora y pedagoga. Se graduó en Dirección y Dramaturgia por la RESAD. Ha publicado teatro breve en la editorial Fundamentos y su texto ‘Aire siempre de viaje' figura en el primer volumen de la colección ‘Dramaturgia emergente’ (Ediciones Esperpento). Con su obra ‘Ephemera’ formó parte en 2016 del festival Ellas Crean. También colabora en los poemarios ‘Tintos & Tinta’ y ‘Madrid en trazo y verso’ (editorial Séxtasis).

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