Entrevistas

06-04-2020

Paco Plaza


“Me encanta el terror porque hay más campo para la metáfora”


El director valenciano, maestro en el arte de meternos miedo, ha hecho un paréntesis con el thriller ‘Quien a hierro mata’, contundente incursión en los años duros del narcotráfico gallego. Para la próxima regresa al susto como 'leit motiv'. Y aquí cuenta por qué



JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Humea el café en la isla-encimera de su cocina, en el madrileño barrio de las Letras. Y humea ese curioso artilugio de vapeo que maneja con tino: inserta el cigarrillo en una resistencia que, cuando se calienta, le permite inhalar tabaco en apenas cuatro tiritos. “Dicen que es menos perjudicial… y satisface tanto como el emboquillado”, asegura Paco Plaza, de 45 años. Entre calada y sorbito, el cineasta valenciano degusta el buen sabor de boca que dejó Quien a hierro mata, esa historia de venganza con el narcotráfico gallego en el guión y con Luis Tosar… en su línea.

 

– ¿Trabajar con Luis Tosar es jugar con las cartas marcadas?

– Es que es otra cosa. Luis es como Messi, impresionante. Ha nacido para tener una cámara delante. Nunca ves al personaje, sino a la persona de verdad. Se transforma, me flipa. Parece alguien real en la persona del papel. No hay muchos en España como él.

 

– ¿Cómo contribuye al guion y su desarrollo?

– Sobre todo lo hace en los ensayos, en el off del personaje: habla sobre el tipo de persona que debe ser. Hay cosas que hemos de solucionar juntos, y da claves muy interesantes. Por ejemplo, me iluminó al decirme que Mario, su personaje, era una especie de yonqui del odio: necesita venganza, aunque sabe que hace mal. Ese enfoque del odio como droga salió de él.

 

– ¿Diría que estudia el personaje?

– Desde luego, lo lleva muy bien preparado. Lo mejor de la experiencia es que ha sido excelente en el matiz, en lo pequeño. Incorpora muy bien los matices. Es fascinante cómo transmite las cosas.

 

– El resto del casting fue también un logro.

– Me gusta Arantxa Vélez, mi directora de casting, porque es inquieta, tiene propuestas que me sorprenden. Ella había visto a Enric Auquer, que encarna al hijo menor del patriarca narco, en el teatro catalán, y fue capaz de visualizarlo con acento gallego. Si es posible, a mí me gusta apostar por gente que está empezando, que lleva tiempo sin trabajar o que puede cambiar el registro. Los directores corremos el riesgo de incurrir falta de imaginación asignando papeles o clichés, sin movernos de la zona de seguridad. A veces debemos ser más valientes y aceptar ese desafío, para que pasen cosas.

 


– ¿Requirió la película mucho proceso de documentación, hiperrealidad?

– No fue necesario, ya que uno de los guionistas, Juan Galiñanes, es de Cambados [una de las ciudades más castigadas por el fenómeno]. Venía todo muy trabajado, y eso es muy gratificante. Básicamente, tuvimos que hablar mucho con Juan y con Jorge Guerricaechevarría, el otro guionista. Conocimos historias similares, palpamos bien el entorno, para situarnos en esos bajos fondos.

 

– O sea, ¿las extorsiones que revela en la película son casi 'suaves'?

– El narco gallego, frente al colombiano, no es tan duro. Suelen decir: “Aquí no ha habido ‘casi’ muertos”. Es verdad que no hay tiroteos, no hay violencias ni cadáveres en las autopistas, como en México. Pero algo hay.

 

– ¿Le afectó que Xan Cejudo, el actor que da vida a Antonio Padín, el patriarca, falleciera antes del estreno? 

– Fue un palo. Acabamos de rodar en junio [de 2018] y él murió en septiembre. Y la semana antes de irse le conté por teléfono lo bien que iba el montaje, se mostraba entusiasmado. Pero estamos seguros de que el tramo final de su vida lo ha disfrutado. Había sufrido un ictus, tenía una salud frágil. Vivía en una residencia desde hacía seis años. “Es que Padín soy yo”, exclamó al ver el guion. Y para él, un actor de casta, de toda la vida, regresar después de esa retirada era un aliciente. Una experiencia preciosa. Dentro de lo feo de su ausencia y no poder ver el resultado final, sabemos que lo disfrutó.

 

   Plaza empezó a rodar en febrero La abuela, una idea suya escrita por su colega Carlos Vermut (director de Magical girl, entre otras). Se trata de una coproducción hispano-francesa con localizaciones en Madrid y París, y con una parte rodada en francés. Con La abuela regresa al terror, su debilidad.

 

 

– ¿Le ha dejado Tosar el listón muy alto?

– [Risas]. Pues sí lo he pensado, sí. Trabajar con él es como cuando conduces un buen coche: no vuelves al elevalunas manual después del electrónico. Igual podría hacer de abuela, con un poco de maquillaje… [risas].

 

– Ya tendrá usted dibujado el perfil de la abuela…

– Tiene unos 80 años, pero no estamos pensando tampoco en un gran nombre para que lo encarne. Barajamos posibilidades con Arantxa Vélez, la directora de casting.

 

– ¿Le gusta más rodar que escribir?

– Es lo único que me gusta. Lo de escribir… es una gozada hacerlo con alguien de más talento, como Carlos Vermut. A mí no hay nada que me guste más que estar en el set con los actores, con la cámara. Me flipa. Me gusta la trinchera.

 

– O sea, ¿no se sufre ni un poquito?

– Mmmm. El día anterior nunca duermo, ni con pastillas. Creo que no es mala señal seguir con la tensión y la ilusión de un chaval. Durante el rodaje duermes bien, por agotamiento. Y ese descanso del fin de semana, con 12 horas de desconexión por puro cansancio, es una maravilla. Me encanta el rodaje.

 

– ¿Incluso los imprevistos?

– Sí, te pone a prueba. Al fin y al cabo, somos creativos, no neurocirujanos: si el actor no está bien por lo que sea, le quitas una frase. Una película es algo muy vivo. Cuando era más joven me recreaba en la técnica, en la cámara. Pero con los años, más peso tiene para mí el actor frente a la cámara. El otro día, Peter Weir dijo en una charla en Madrid algo con lo que no puedo estar más de acuerdo: “Si tienes una buena idea y una cara interesante a la que poner delante una cámara, tienes película”. Obviamente, la idea ha de ser potente, pero con eso tienes un 80% hecho. De joven, me parecía una exageración dar tanto protagonismo al casting, pero tiene razón. En Joker está todo muy bien, pero lo que hace de la peli un éxito mundial es la interpretación de Joaquin Phoenix. El salto de calidad lo da el protagonista, como sucede en Ha nacido una estrella: el trabajo de Lady Gaga y Bradley Cooper fue redondo. La isla mínima es lo que es por Javier Gutiérrez, al que tienes asociado a otros papeles… Nos la jugamos con los actores, a los que las grandes pelis deben mucho.

 

 

– ¿Por qué suele inclinarse usted por la mujer protagonista?

– Nunca lo he reflexionado. Pero no me salen tan fácilmente los hombres. No sé de dónde surge esa inclinación. En la vertiente creativa, ni me lo planteo. Y en la vertiente civil, en mi día a día, creo que no hay diferencias. Todos tenemos los mismos dolores, ambiciones o anhelos. Las fronteras entre géneros se difuminan cada vez más. Y en la parte creativa, no me he planteado nada con un hombre protagonista. Con Quien a hierro mata he salido muy contento, y no se me ha hecho raro.

 

– La pregunta del millón (de veces): ¿Dónde está más cómodo, en el thriller o en el terror?

– En el terror, sin duda. Y, de hecho, en La abuela regreso al terror. Pero en Quien a hierro mata he estado muy cómodo, y no renuncio a explorar otros géneros. Me encantaría hacer una comedia si encontrase el guion apropiado. Pero a mí lo que me sale es el terror, hay más campo para la metáfora, para hablar de forma indirecta y para construir historias impactantes. Lo que menos me gusta es la indiferencia o el aburrimiento.

 

– ¿Por eso propone el terror?

– Exacto. Voy al festival de Sitges desde 1991, sin fallar. Casi 30 años. Allí, hasta las pelis malas me gustan. Hay algo en el terror que te predispone. Si la peli es mala, al menos hay cuatro cosas que te impactan. De todo se aprende; sobre todo, de lo malo. Y, sobre todo si lo haces tú, si te equivocas. Reparas en decisiones erróneas, y ahí es cuando aprendes.

 

– ¿No lleva inherente el cine de terror cierto sesgo millennial?

– Sí, y aún diría más: el público más infantil. Tengo amigos con hijos de 14 años que hacen 'fiestas de pijamas' y quedan para ver mi película Verónica. Chicas, sobre todo. Me parece el mejor público posible. Cuando acudo al cine para ver una película mía en la sesión apropiada, me enseña mucho comprobar cómo ven las pelis los grupitos de instituto. Ese es mi público favorito. Son formas de disfrutar el cine que puede molestar a los puristas. Pero Verónica se puede degustar desde muchos ángulos: gritos, esa tensión descargada en "Tía, que está ahí escondido…", ese componente lúdico, me encanta. Y creo que esto es lo que salvará al cine.

 

– ¿En qué sentido?

– En la gran interacción que implica quedar para ir al cine. Por ejemplo, tuve una experiencia maravillosa con una película llena de gente riéndose en la sala, y luego, en casa, no me hacía ninguna gracia. La energía tiene una doble dirección, recíproca: hacia la pantalla y desde ella. Estar en una sala con solo tres personas crea cierta desolación. El arrope de más gente te integra más en la película. La comedia y el terror siguen haciendo buenos números en taquilla por esa experiencia de compartir risas o gritos.

 

                   


    A Paco Plaza le encanta el cine coreano, que mueve la cámara por la psicología del personaje e incorpora a la trama ese cuarto acto posterior al teórico desenlace previsible. Pero en la charla también reivindica a Vicente Aranda, según él un director poco valorado: “La primera hora de Juana la loca, como mueve a los actores con la cámara”, reflexiona. “Y Amantes me parece un peliculón. En todas sus obras aprendes de puesta en escena, y del trabajo de los actores en relación a la cámara”. Plaza hizo su primer largo en 2002, El segundo nombre, y entre sus trabajos más recurrentes se enmarca la saga REC, con Jaume Balagueró como codirector.  

 

– ¿Echa de menos trabajar con Balagueró?

– Mucho. Ha terminado el montaje de Way down. He participado en el rodaje, y por un momento volvimos a hacer equipo. Le echo de menos, sobre todo en las promos. Nos hemos reído tanto juntos… incluso inventándonos respuestas. ¡Siempre le digo de hacer REC 5!

 

– ¿No se habrá agotado el formato?

– Sí, pero lo haríamos, aunque fuera para pasárnoslo bien. Si se nos ocurre la idea concreta… En abstracto suena a pajarada, pero es de mis mejores amigos, y siempre me encanta coincidir con él. Nos reímos mucho.

 

– Entre películas, ¿se desfoga usted en la historia corta?

– Hice un corto para Gas Natural [Ultravioleta, de la serie Cinergía], pero representa mucho esfuerzo, implica muchos favores. Conseguir actores gratis, a los que tienes que pedir incluso que se paguen la comida. Es un límite muy delicado: cuando ya estás en el mundo profesional, pedir favor a un estudio de sonido, por ejemplo. A nadie le viene demasiado bien hacerlo, hay que agendarlo y meterlo en el calendario de trabajo de mucha gente. Para empezar, es lo mejor, lo ideal, pero veo difícil hacer más. Salvo que hagas algo como Almodóvar, que incluía un corto dentro de la película.

 

– Y, ¿cómo va esa faceta de productor? [en 2015 impulsó Requisitos para ser una persona normal, de Leticia Dolera]

– La tengo muy abandonada. Hay que dejar en stand-by otras cosas, y yo quiero rodar películas. Ser un productor como los que a mí me gusta tener, significa acompañar el viaje de los directores y del equipo durante dos años. Ya no estoy dispuesto a volver a hacerlo, ni siquiera a producirme. Dividir la cabeza entre dos tareas… es duro. He tenido mucha suerte con los productores, y ese tira y afloja es muy sano. Alguien que te coloca los pies en la tierra mientras tú pides cosas beneficia a la película. Pero cuando un cineasta tiene libertad total sobre la producción, suele ser un fracaso. 

 

 

Un pipí en la carretera

 

Asegura Paco Plaza que rodar el documental OT, la película, en 2002, en plena ebullición del fenómeno fan, fue una experiencia insólita, de las mejores de su vida. Junto a Jaume Balagueró, su amigo y codirector, asistió a un acontecimiento único, histórico: en aquel verano, los 10 discos más vendidos eran los de 10 artistas de Operación Triunfo. La propuesta de dirigirla sorprendió mucho a sus autores, ya que ni uno ni otro había visto nunca el programa. “Yo estaba rodando mi primera película y había oído hablar vagamente de ‘Rosa de España’. Obviamente, sabía quién era Bustamante, pero de repente, nos vimos dentro del autobús de Chenoa o Bisbal. ¿Tú sabes lo que es eso?”, pregunta. No cuesta imaginar ese autobús bloqueado por los fans y con las calles de media España cortadas a su paso. “La gente cantaba en el cine. Creo que se llegó a hacer una sesión karaoke en alguna sala. Hace mucho que no veo la película, pero disfrutamos mucho. No tocaríamos ni una toma, ni Jaume ni yo”.


Es difícil destacar alguna anécdota ante tanto exceso, pero Plaza rescata dos: en Almería, patria chica de Bisbal, se suspendió el concierto por un huracán y aprovecharon para hacer un tráiler, con lo del huracán como metáfora. Y otra, que sirve para ponerse en los zapatos de quien sufre el acoso por la fama. “Durante la gira no podíamos parar en las gasolineras, porque se colapsaban. Teníamos que hacer nuestras necesidades en mitad de la carretera, en la cuneta o las áreas de descanso”.


¿Qué tal la relación con ellos? “He visto alguna vez a Manu Tenorio, pero poco más. Pero sabemos que están encantados: les hicimos una especie de álbum de la comunión. Estaría bien hacer algo parecido a los 20 años. Han tenido vidas tan diferentes que… sería interesante, seguro”.

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