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08-01-2014

Una de oficinistas, que en este capítulo es lo que más viene al caso. De izquierda a derecha, José Bódalo, Erasmo Pascual, Antonio Ferrandis, Julia Trujillo y José María Prada

Una de oficinistas, que en este capítulo es lo que más viene al caso. De izquierda a derecha, José Bódalo, Erasmo Pascual, Antonio Ferrandis, Julia Trujillo y José María Prada

 
'Paseo de La Habana'
Las memorias televisivas de Jaime de Armiñán

Capítulo 2: 'MADERA Y CORCHO'


 
El autor -inminente Goya de Honor 2014– recuerda en esta entrega sus tiempos de funcionario ocioso (que aprovechó la mar de bien, escribiendo y escribiendo) y cómo nació desde niño su afición al circo, a raíz de que acompañara a su padre, el periodista Luis de Armiñán, a cubrir la noticia de unos leones abandonados. Pero la traca final es aún más desternillante: el corto recorrido televisivo de Entre nosotras, el primer programa femenino en la historia de la TVE. Lo presentaba Elena Santonja… hasta que le dio por hablar de maquillajes imposibles.
 
 
 
Cuando estaba a punto de llegar la televisión a Madrid… Pausa… Ya sabemos lo que cantaba Lolita Garrido, gobernadora de las ondas y de las llamadas entonces salas de fiestas… Porque conviene no olvidar que en aquellos tristes años estaba prohibido casi todo. También la palabra cabaret. Y otras muchas. Incluso los nombres de algunos hoteles: París, Biarritz, Nueva York, Londres, Inglaterra… Substituidos por Berlín, Roma, Venecia, Viena, Buenos Aires, Lisboa e incluso Tokio.
 
   Era obligatorio arrancar la extranjerizante D final de Grand y cambiar la palabra Palace por Palacio, y sobre todo prohibir a las estrellas de Hollywood que hablaran en inglés… ¿Pero cómo rayos se traducía Hollywood, no literalmente? En realidad nada de traducir:  aplastar, suprimir, cambiar, tachar.… ¡Tachar sin piedad! Las estrellas de Los Ángeles, California hablarán en español. Y así, de forma tan sencilla, recuperamos la lengua del Imperio. Bueno, pues todo lo contrario: con aquellos modales regalamos nuestro idioma a los chicos de Hollywood… Porque así el público soberano entendía, sin la menor duda, que Gary Cooper, Diana Durbin, Popeye, Stan Laurel, Oliver Hardy y Marlene Dietrich hablaban la lengua del Imperio… Claro, que afortunadamente nos quedaba el teatro. O casi.
 
   Me estoy metiendo en un garden… Perdón: he querido decir jardín, vergel, carmen o ruzafa. Anda que no tenemos palabras en nuestra vieja y querida lengua, habla o idioma. ¿Pero qué hacer? ¿Qué rodar? Cualquier cosa menos preguntárselo al Sombrerero Loco, a la Liebre de Marzo, ni siquiera a la propia Alicia y aún menos a la Reina de Corazones.
 
   Claro, que a tenor de como está el patio… Ya. Hecho una basura. Por favor: sin ordinarieces, esto solo es un floripondio: ya saben ustedes que si digo a tenor de como está el patio, me refiero al de la memoria y no a la hermosura del adornado mes de mayo en Córdoba, ni al particular, ni al de caballos, en la antigua fiesta de toros, ni al de las niñas de Benítez, ni siquiera al patinillo de mi bisabuela Julia Crespo y Pimentel en Chipiona (Cadiz).
 
   Gracias.
 
   Pensaba añadir que cuando llegó la tele a esta sufrida capital (sufrida, y nunca mejor dicho), ya no había en Madrid tranvías y ni siquiera trolebuses. ¿Pero cómo lo demuestro sin textos adecuados? Puede que esté en la higuera, pero no pienso consultar ni siquiera a Ramón Gómez de la Serna.
 
   Voy a mojarme solo y si me acatarro me las apañaré con vahos de eucalipto, que de trolebuses servidor sabe poco y de tranvías, menos. Es que ahora me viene a la mala memoria un tranvía trágico que se precipitó, desde no sé donde, hasta el Puente de Toledo…
 
   Y puestos a recordar, quizá aquel año fuera el mismo en que firmara Di Stéfano por el Madrid -por mil pesos o cuatro perras gordas–, o el de la boda de Fabiola de Mora con Balduino, rey de los búlgaros. Perdón: de los húngaros. Tampoco… ¡De los belgas!
 
   Bodas, bautizos, exequias que ya casi nadie evoca… Menos las niñas y los niños que fueron bautizados, hace ya muchos años, a la moda de un día, en recuerdo de personajes reales y nunca mejor dicho, o en tristes circunstancias o en las páginas de sociedad, en la leyenda o en la imaginación de un artista: Fabiola, Soraya, Samantha, Diana, Yolanda, Minerva, Ruth, Helena con hache, Eva, Olivia, Ariadna, Penélope, Jonatán, William, Iam, Gilbert, Duglas… Bueno, claro que nos faltan Isidoro, Manolo, Marcial, Ventura Pepe, Dolores, Paloma, Mari Carmen, Serafín, Margarita, Asunción y África ¡La vida!
 
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   De todas maneras, en Madrid, en España, no había más de 700 aparatos de televisión, que alcanzaban una distancia máxima de 70 kilómetros. Eso dicen algunas fuentes. 700 aparatos receptores, setenta kilometros… Y muchos me parecen.
 
   Un día entre los días, un servidor de ustedes iba a lo suyo caminando por el paseo de La Habana (Madrid) cuando empezó a sonar, dentro de mi cabeza, sin venir a cuento, Bueno y sabroso, de Benny Moré. Más o menos como en aquella historia antigua de griegos y troyanos. Me refiero a cuando el héroe, al volver a casa, oía cantar a las brujas sirenas del mar Egeo ¿O eran del Cantábrico? Porque viene a dar lo mismo…
 
 

La ilustre actriz Carmen Cobeña, abuela del autor de estas memorias, en una foto promocional autobiografiada de... ¡1898!

La ilustre actriz Carmen Cobeña, abuela del autor de estas memorias, en una foto promocional autobiografiada de... ¡1898!

 
 
   Lo que cuenta es que entré, sin pensar, ni respirar, en un palacete, hotelito o lo que fuera y pregunté por José Luís Colina. O no… Quizá aquello ocurriera antes, o quizá después… Quería encontrar un camino y pregunté por dónde se iba al despacho de Victoriano Fernández Asís, que mandaba en aquella tele tanto como el perverso sargento de la legión francesa, interpretado por Briam Donlevy, gran actor, en Beau Geste (1939), película que me impresionó mucho antes de que existiera el paseo de La Habana. Bueno, da lo mismo. O no da lo mismo, ni por casualidad. Los dos personajes mandaban lo suyo, pero no era aquel el sendero que yo quería recorrer. Me refiero a que entonces se subían las escaleras del dichoso hotelito o palacete del Paseo de La Habana y se entraba en el despacho de cualquier funcionario, e incluso del jefe, sin mayor problema. Luego la burocracia, la pobreza, la ambición y el miedo nos ahogaron… Y hasta la fecha, hermanitos.
 
   Yo tenía entonces una moto Lambretta e, insisto, prima segunda de la familia de las Vespa, pero más barata y en mi opinión más graciosa y resultona. En tal época iba a una oficina de la Diputación, que, ¡oh, rareza!, estaba situada en la calle Castelló de Madrid, casi esquina a Diego de León. Ya saben ustedes dónde digo.
 
   Mi osera  –de oso–  pertenecía al sector de Madera y Corcho, como suena. En un discreto aparte me dirijo al público y en un susurro aún más prudente digo hoy: Gracias, compañeros, los funcionarios de a pie, los viejos y los jóvenes, tanto mujeres, como hombres. Con vosotros me gradué en aquel tema. No así en madera y corcho… Supe cómo hablabais, lo que pensabais. Y me hice cargo.
 
   Me hice cargo de que entre Agustina de Aragón, Boris Karloff, Belmonte, Caperucita Roja y don Juan Tenorio… y, por supuesto, entre jefes y siervos, reveníos, traidores, generosos, pelotas, ratas, leonas valientes y leones cobardes, se cocía algo tan caro y tan entrañable como un botijo de oro. Sí. Lo dicho: un botijo de oro para quien quisiera verlo. Yo, y lo quise.
 
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   Bar en el entresuelo… ¡Hay patatas fritas y caramelos! ¡Bombón helado Frigo!
 
   En Madera y Corcho aprendí más que en la vieja Facultad de Derecho de la calle de San Bernardo. Lo cual no era difícil, aunque entonces no lo supiera, ni pudiese imaginarlo. Pausa. Me tocó compartir algo así como un despacho, que daba a un patio lóbrego, habitado –el despacho– por un compañero que a mí me parecía muy viejo, fabricaba cigarrillos en una maquinita y fumaba sin cesar. El anciano me ofreció tabaco y yo le dije que gracias, que no fumaba. No me habló en toda la mañana.
 
   A eso de las doce bajé a tomar café a un bar de siempre del que no recuerdo el nombre. Una señora mayor y algo ida, a quien yo consideré, frívolamente, más loca que vieja  (lo cual lamento a fecha de hoy), me preguntó si trabajaba en la Diputación. Para animarme añadió que  estaba en la secretaría de Madera y Corcho y podía serme útil. “Usted sigue estudiando, ¿verdad?”, ,e preguntó con amable y tímida sonrisa. Para mí lo más sencillo era asentir y eso fue lo que hice. “Pues si necesita papel, sindeticón, lacre (¡lacre!), lápices, gomas de borrar o plumillas, pídamelos: me llamo Rosa Alvarado Ramos”. Le resbalaba un poco la erre. “Y permítame que le dé un consejo: tráigase libros al despacho. Aquí lo que sobra es tiempo”. Con aquel cordial estribillo y de momento con dos personajes, me quedé.
 
   Luego vinieron los demás funcionarios, goteando uno a uno o a una, vistos o imaginados… Y yo seguí el consejo de Rosa Alvarado Ramos, que, al despedirse, me ordenó con juvenil y coqueta dulzura: “trae libros. Estudia, moreno”. Y yo traduje: escribe, moreno.
 
   Hasta mucho después no lo vi claro. Y luego tampoco. Sin previo aviso duendes, las hadas y las brujas aparecen y se mandan mudar, te mienten y te comen… La noche y el mar de Grecia están llenos de sirenas. Sé que bordeo un cuenco de miel de la Alcarria, pero, mejor para mí, porque hoy lo relamo con cariño. ¿Quién era la funcionaria Rosa Alvarado Cortes? Yo creo que volaba entre María Luisa Ponte, Margot Cottens y Mari Carmen Prendes, según mis sueños. Y digo sueños, porque no recuerdo haber tenido pesadillas.
 
   ¿Por qué no va a sonar ahora una bonita música de fondo, como se decía en tiempos de Cifesa, que hoy casi nadie ya recuerda? Por ejemplo, la vieja y querida Serenata a la luz de la luna. O la pieza que Doña Adela tocaba al piano pensando en Isabelita, su amor. Perdón por la cita y prometo no hacerlo más.
 
 

Payasos, seres misteriosos que ejercen fascinación o temor entre los niños. Este es de excepción: Fernando Rey

Payasos, seres misteriosos que ejercen fascinación o temor entre los niños. Este es de excepción: Fernando Rey

 
 
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   Poco a poco invadí mi mesa de Madera y Corcho con libros y diccionarios. Estaba escribiendo entonces una historia del Circo, con mayúscula y sin red. Así, como suena. Tal que una tesis doctoral. Ya tenía título: Biografía del circo. Y padrino: el periodista Alfredo Marquerie, marido de Pilar, mi señorita de Trabajo Manual, que iba a la escuela en bicicleta en los años cuarenta del siglo pasado.
 
   Mi padre me llevó al circo de pequeño. No me asustaban las fieras, ni los payasos. Vaya entonces por el tema de los payasos y del terror que producen a ciertos niños chicos, que con el tiempo se convierte en trauma y se generaliza en rechazo, a mayor daño del espectáculo.
 
  Nunca conseguí entenderlo. Me lo dijeron mil veces, como en el cuplé. ¿De donde viene? ¿Por qué demonios nace ese miedo?
 
   Tal vez su origen sea el maquillaje: el blanco, la máscara, las narizotas de los payasos. La peluca de falso calvo. La caricatura, la ropa, los zapatones. Y el ruido de las bofetadas de mentira y las lágrimas falsas. Porque los payasos suelen llorar a gritos, como los niños temerosos.
 
   Sin embargo, paradójicamente, las fieras rugen, amagan y fascinan a los niños, que tampoco parpadean ante un gran elefante, veinte caballos al galope o un triple salto mortal sin red.
 
   Uno, dos, tres. Y… Nada por aquí, nada por allá. Creo que es el momento justo para decir, o, mejor, para contar, de dónde viene mi afición al circo.
 
   Según parece –así me lo contó un día mi abuela Carmen Cobeña–, mi familia materna fue del teatro desde el siglo XVIII o antes. Mi abuelo Federico Oliver escribió comedias, como él decía, y entre ellas una preciosidad que tituló Los cómicos de la legua y estrenó mi madre, Carmita Oliver, en el teatro Español de Madrid, se supone que antes de que yo hubiera nacido. Aquellos cómicos, sin duda, rozaban letra y música con el trapecio de circo y los caballos de la hermosa ecuyaire. Pero fueron ciertos leones, y quizá alguna pantera o tal cual oso, quienes me hicieron llorar. Y los que me descubrieron el circo. 
 
   Apenas un suave redoble de tambor y el lamento de una melancólica trompeta. A la Mancha de Don Quijote fui con mi padre. Luis de Armiñán iba a escribir el reportaje de un circo perdido y me llevó con él. Yo tenía trece o catorce años. Un misterio casi de novela policiaca. Lo cierto es que en aquel lugar de La Mancha fueron abandonados dos o tres leones y algún que otro oso. Hacía mucho  frío. Quizá estuviera lloviendo. O nevando. Las pobres fieras apenas se podían mover. Recuerdo que una triste leona abrió la boca. Seguramente quiso rugir, pero no le salió la voz y se limitó a bostezar…
 
   Sé que aquellos animales salvaron la vida por un pelo de ñu, aunque ignoro si volvieron al circo o acabaron en el parque del Retiro. La evocadora música de fondo  da paso a un breve redoble…
 
   El caso es que el circo me sorbió el seso y que en Madera y Corcho, como un funcionario de plomo, de mentira, de los que aún no habían nacido en mis cuentos particulares, di principio a un libro que se tituló Biografía del circo. Pero esa es otra historia.
 
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   Encadena a elegir.
 
   Paso de tiempo con pétalos de flores o con marchitas hojas de calendario. Madrid, Amado Nervo, 3. Anochece. Abro la puerta de mi casa. Al ruido de la cerradura, Popea ladra y luego, feliz y contenta, salta a mi alrededor y corre por el pasillo ondeando las orejas. Popea es una perra cocker. Casi siempre he tenido perras y casi nunca perros.
 
   Ya hablaremos del tema. Elena retoca un retrato al óleo que acaba de hacerle a su amiga y compañera Chus. Como quien no quiere la cosa me dice que aquella tarde estuvo en el Café de Gijón con Luis García Berlanga y un amigo suyo que se llama José Luis Colina y tiene algo que ver con la nueva televisión. El caso es que Colina le propuso a Elena Santonja que hiciera un programa de mujeres en la tele: decoración, belleza, deporte femenino, moda, hogar, cultura, cocina… De todo, vamos. Como el programa es para mujeres y se llamará Entre nosotras lo suyo es que lo presente una chica, pero también sería bonito que lo escribiera una mujer. Según parece, al propio Luis Berlanga se le ocurrió una idea maravillosa: lo ideal, ideal sería que Jaime escribiera y tú firmaras. Elena me preguntó con toda sencillez: “¿Qué te parece?”. Dignamente, yo respondí que jamás aceptaría tamaña humillación.  
 
   Una mañana de mayo cogí mi Lambretta y me fui a pasear. Quiero decir, al Paseo de La Habana me fui a capitular y conocí a José Luis Colina, director de programas o como se dijera entonces. Valenciano y autor, con Luis Berlanga, de los guiones de Novio a la vista, Los jueves, milagro y Plácido. Desde ese día fuimos amigos. Colina duró poco en la tele. Aquella no era su casa y menos aún su despacho, claro que… su despacho no estaba en ninguna parte. Fue un excelente escritor, un enamorado del cine, en cierta manera un nostálgico de Cifesa y un decidido partidario del Valencia FC.
 
   José Luis Colina me habló como si nos conociéramos de siempre y me convenció, por decirlo así: “Hubo grandes escritores que fueron negros, ya lo sabes, y a ninguno se le cayó el palo del sombrajo…”. Sigo sin saber de qué palo y de qué sombrajo se trataba. Colina siguió hablando: “Elena cobrará 350 pesetas por guion y tú, sin mojarte, 150 como… bueno, digamos… colaborador literario o algo parecido. Siempre en la sombra, porque tu nombre no aparecerá en los títulos”. “¿Dónde hay que firmar?”. Tan cínica pregunta salió de mis labios espontáneamente y, andando el tiempo, que nunca se para, la oí en circunstancias muy distintas, pero también asquerosamente favorables.
 
   Cada vez que voy por el Paseo de la Habana me acuerdo de José Luis Colina y de Luis Berlanga, valencianos maravillosos y amigos de casi toda la vida.
 
 

Jaime de Armiñán, autor de estas memorias, en torno a 1960

Jaime de Armiñán, autor de estas memorias, en torno a 1960

 
 
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   Suena la música. Bien por Mi casita en Canadá, Mi noche triste, Bonet de Sampedro, Jorge Sepúlveda… Mal y prohibido Rascayú, por salaz y sacrílego. Al infierno Bésame mucho, por indecente. Y Se va el caimán, por alusiones. Adelante La vaca lechera, El sitio de Zaragoza y En un mercado persa.
 
   Corte brusco. Siempre he sido… Me refiero al siempre de las novelas policiacas, que yo aprendí a leer con mi querido Sherlock Holmes, aunque esta vez recurra a Mrs. Agatha Christie y a su, con perdón, un poco relamido Hercules Poirot. La señora Christie era muy aficionada a utilizar elenco o lista de personajes y a tirar de localizaciones precisas. Sigo sus huellas recordando los estudios de aquella insólita Televisión Española, situados en el Paseo de La Habana de Madrid.
 
   Ya me he referido a Charo la Mosca, al censor don Francisco, al pañuelo o mantoncillo, abanderado de la decencia, al decorador Emilio Burgos, al Hombre del Tiempo. Y no descuido a los realizadores Pedro Amalio López, Enrique de las Casas, Alfredo Castellón, Carlos Muñiz, Fernando García de la Vega. Y Gustavo Pérez Puig, y Vicente Llosá…
 
   Tampoco olvido a las chicas, Laura Valenzuela y Blanquita Álvarez. Al inefable Alfonso Sánchez en cinemaaatóógrafo. A David Cubedo, Matías Prats, Tico Medina y Yale. A Manolo Lozano –taquígrafo del general Franco– en toros. Y no sigo porque me mareo y como no cabíamos los que éramos en aquel estudio, que medía 20 por 40 metros, más vale pasar la página.
 
   Nace Entre nosotras, programa para la mujer, y debuta Elena Santonja, que hacía entrevistas casi siempre a nuestros amigos. Luego ya veríamos… Recuerdo a mi querido e inolvidable Antonio Bienvenida. A Cristóbal Halffter. A Maite Comodore, que no sé cuál era su apellido. A una bruja anónima. Tal vez algún deportista. Al censor don Francisco, que vigilaba, mientras la mosca Charo volaba a su antojo…
 
   A mí me habían adjudicado, ignoro la razón, unos auriculares que conectaban con algún control misterioso. Por supuesto no servían para nada.
 
   El decorado de Entre nosotras era muy simple: un pequeño espacio con una cortina negra que se abría y se cerraba a mano. Y un rótulo informativo que el ayudante de Elena, de nombre Eusebio Moreno, cambiaba velozmente mientras Laura Valenzuela, David Cubedo o Blanca Álvarez daban alguna noticia. Apenas 20 segundos de media. Hogar, belleza, cocina, moda, espectáculos, deportes…
 
   El realizador de turno sufría las penas del infierno. Los escasos 2.000 espectadores debían pasarlo de miedo, e incluyo a doña Carmen Polo de Franco.
 
   Elena Santonja, de nervios de acero y simpática sonrisa, iba de la cocina a la última moda, de los espectáculos limpios –a juicio de Don Francisco– a ciertos cotilleos inocentes, de algún libro sin mácula, pero recomendable, algo muy difícil de conseguir, porque también había que vigilar la nacionalidad y los apellidos de los autores de la música y de la letra… Creo que hasta el tigre siberiano era sospechoso, y no digamos los tambores de Fu-Man-Chu. ¡Si Fu-Man-Chu venía de la China comunista!
 
   Sin novedad: la cara larga, el cuello corto, la nariz aguileña, los ojos caídos, la frente estrecha… Elena se explicaba imperturbable ante un lienzo blanco de rostros dibujados con trazos negros. Una pausa. Algo patinaba Entre nosotras cuando repitió Elena Santonja:
 
   – Bueno, si tienen ustedes la frente estrecha, los mofletes caídos y cara de pera, no hay solución. No se maquillen ustedes: la cosa no tiene remedio.
 
   Suspiró aliviada y yo me quedé de piedra. Aquello traería cola. Era muy probable que la señora de un ministro, la cuñada de un general de división, la ahijada de un obispo o la novia de un banquero tuviera cara de pera. Y así fue.
 
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   A la mañana siguiente llegó un motorista a casa: traía una carta. Ladró Popea. La carta comunicaba a Elena Santonja que el programa titulado Entre nosotras no volvería a emitirse en Televisión Española. 
 
   Esta historia es verdad en parte: sin duda Cara de pera se cargó a Entre nosotras. Pero lo cierto es que nunca vino el motorista, ni entonces ni después. Lo del motorista queda más espectacular.                          
    Pasó algún tiempo, no mucho. Biografía del circo se publicó y yo le dediqué el libro a Alfredo Marquerie.
 

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