Entrevistas

24-07-2022


Raquel Pérez

“No hace falta matar a tu madre cada vez que tienes que llorar en escena”

 

Los 36 años que lleva trabajando en series, películas y obras de teatro han impulsado a esta actriz y directora a diseñar un método de enseñanza que imparte en su escuela. Ha actuado para Rodrigo Sorogoyen, David Serrano o Carlos Saura, un ‘gimnasio’ que le ha dado músculo suficiente para ponerse a entrenar a nombres relevantes de la profesión



PEDRO DEL CORRAL (@pedrodelcorrral_)

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

A Raquel Pérez le brillan los ojos como el primer día. Han pasado 24 años de su estreno televisivo en Hermanas, junto a muchas de las grandes del oficio. Pero por entonces ya llevaba la fuerza del teatro en las venas. Y se notaba. Pilar Bardem, Ángela Molina o Anabel Alonso vieron en ella un ciclón artístico. Aunque aquella conexión apenas duró un capítulo, el poso que dejaron le está durando toda la carrera: ellas le descubrieron que lo más importante no es solo hacerlo bien, sino también crecer a nivel personal. Un consejo que ha seguido a rajatabla. Siempre ha tenido claro que actuar no puede ser sinónimo de sufrir. Y que, en consecuencia, ponerse ante la cámara o subirse a un escenario tiene que ser el momento más feliz de tu vida. Qué suerte, en ese sentido, haberlo repetido tantas veces: PolicíasPeriodistasCuéntameSeñoras del (H)ampaLa que se avecinaLos Protegidos

 

   El celuloide tampoco se le ha resistido, con títulos como Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen), Nacida para ganar (Vicente Villanueva) o El séptimo día (Carlos Saura). En cada uno ha intentado mantener la promesa que se hizo: disfrutar. Tal propósito es el que le ha permitido mantenerse viva en una profesión a veces demasiado feroz. Futo de su compromiso con el trabajo, ha desarrollado un método basado en sus experiencias. Lo que los expertos llamaron hace bastantes décadas Mecánica de la acción interna ha encontrado en ella un arsenal de posibilidades. Cree en el poder del verbo sobre todas las cosas. Pero, en especial, en el talento. De ahí que en su escuela se formen kilométricas colas para obtener plaza. Quienes sí la logran, aprenden un oficio desde el amor. A su juicio, la empatía mueve el mundo. Incluido el de la interpretación.

 

- Lleva 36 años poniéndose en la piel de otras personas. ¿Cómo ha conseguido mantener intacta la ilusión?

- Divirtiéndome cada día. En algunos sitios se enseña a crear desde el sufrimiento. Yo me formé en uno así. Y lo pasé tan mal que tuve que reconstruirme: toda mi vida posterior se ha centrado en recuperar el placer y el gusto. Ha sido más o menos fácil porque, de forma previa, ya había vivido en mis carnes que las cosas se podían hacer de otra manera.



- ¿Cómo se tomaron en casa su decisión de ser actriz?

- Mi padre tenía mucho miedo. Solo me pidió una cosa: sacarme un título para que, si algún día no me iba bien, me dedicara a otra cosa. Me informé y elegí el más rápido: peluquería. En el fondo, me vino bien, ya que así pude pagarme los estudios. Tanto él como mi madre me apoyaron desde el principio. Eran grupis.

 

- Estarán contentos. Mal no le ha ido: Aquí no hay quien vivaLos SerranoYo soy BeaLa familia MataEl don de AlbaBenidorm… ¿Recuerda su primer día de grabación?

- Sí, en Hermanas. Fue una locura porque yo venía del teatro y, de repente, me topé con la plana mayor de las actrices de este país: Pilar Bardem, Ángela Molina, Anabel Alonso… En estos casos siempre saco la niña que llevo dentro: me coloco el babero y aprendo. Cuando estas mujeres hablan, no hay nada que añadir. Son grandes señoras, y yo quiero ser como ellas.

 

- Su primera incursión en el cine fue Frío sol de invierno (Pablo Malo). Si no hubiese sido por Javier Pereira, no la habría protagonizado.

- Él ha sido alumno mío desde los 13 años. Yo le mandé a su primer casting, para el cortometraje Campeones, que ganó un Goya. Desde entonces me repetía que me debía una. Y cumplió: cuando le llegó el guion de esa película y leyó el personaje de Carmen pensó inmediatamente en mí. Convenció a Pablo para que viniese a Madrid a conocerme. Me confesó que no me veía mucho en el papel porque las putas en el País Vasco son morenas y grandes. Le pedí que me hiciera una prueba y a partir de ahí dejó de dudar.

 

- En teatro, Raúl Tejón o José Manuel Carrasco le han confiado sus textos. ¿Hay más presión cuando hablamos de amigos?

- Qué va. No soy de encumbrar a la gente. Raúl tiene una forma de enfocar a Chéjov que me flipa. Tanto es así que he protagonizado tres obras con él. Y con Carrasco lo pasé genial haciendo Nuestro hermano, junto a Cecilia Freire y Javier Ruiz [de Somavía].



- Mientras su currículum crecía, recibió formación pedagógica. ¿Por qué le interesaba?

- Es otra de mis grandes pasiones. Abrí la escuela para desarrollar mi sistema de enseñanza con compañeros de mi confianza. Me encanta la idea de empezar con personas sin experiencia y terminar con actores ya listos para actuar. Durante tres cursos les instruimos en danza, cabaré, interpretación, composición… También trabajamos para proyectos concretos. En ese caso, al tratar con gente ya curtida, los tiempos se reducen. Para mí era importante que los docentes estuvieran en activo: no quería académicos en las clases, solo quería profesionales con experiencia.

 

- Como coach, ha colaborado con Belén Rueda, Verónica Echegui, Álex García, Aida Folch, Ingrid Rubio, Unax Ugalde… ¿No le impone?

- Para nada. Me pone cachonda. Es un placer ayudarles. Me gusta sacar lo mejor de ellos. Por eso siempre intento hablar con los guionistas para obtener más datos y así preparar mejor sus intervenciones. Compartimos momentos extraordinarios. De hecho, hay personajes que no he ejecutado yo y que siento míos por haberles aportado mi granito de arena.

 

- Sí ha bordado papeles a las órdenes de Carlos Saura, Rodrigo Sorogoyen o Fernando León de Aranoa. ¿Aceptan de buen grado el grado de autonomía que usted propone para los actores?

Cuando ejerzo de actriz me olvido de todo. Me encanta que me dirijan. Me gusta tener cierta libertad, pero más me gusta escuchar al director. He vivido auténticas maravillas con ellos. Por ejemplo, el día antes de rodar con Fernando León de Aranoa ingresaron a mi padre en el hospital. No pude dormir nada, regresé a casa, me duché y me fui al set. Entre el calor y la cantidad de gente que había… me desmayé. Fernando me sacó corriendo de allí. Él no sabía lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, pero se preocupó como nadie. Cuando estuve recuperada volvimos al rodaje. Yo no podría haber hecho aquello sin la técnica.



- ¿En qué consiste esa técnica?

- Se habla de la Mecánica de la acción interna desde 1800, pero no estaba bien definida. Se trata de un impacto que, a su vez, produce un impulso para que todo se organice en nuestro cuerpo. Han sido 15 años de investigación hasta sintetizarlo en una especie de partitura muy mecánica. Y me gusta que sea así. Esto es como conducir: cuando lo has integrado, no tienes que ir pensando qué hacer con el embrague, el espejo o el volante.

 

- ¿Es fácil poner esta técnica en práctica con los alumnos?

- Al principio me miran como si estuviera loca, pero enseguida empiezan a atar cabos. Y cuando llevan una temporada, se sienten artistas porque saben lo que están haciendo. Nuestra meta es crear profesionales autónomos; para ello necesitamos que asuman la técnica por sí solos. Yo espero a que lo consigan, no es necesario machacarles. Lo más importante es que ellos sientan que manejan el caballo.

 

- ¿Por qué el verbo es tan importante en ese proceso?

- Sencillo: es lo único que te pone en movimiento. Los directores normalmente dirigen con adjetivos, que son una condena a nivel artístico. Si yo ahora te digo que estés contento, te estoy forzando a ello. No sale natural. En cambio, existen muchos infinitivos que pueden ayudarte a provocar esa respuesta.



- ¿Cuál es el mejor modo de enfrentarse a un texto?

La clave está en no trabajar desde nosotros mismos. Hay gente que lo hace al revés, y me parece válido, pero no me interesa seguir ese camino. A mí me gusta encontrar al personaje, y en ese sentido, la clave es la empatía. Mi objetivo es entender el personaje para poder recrearlo. Me parece más bonito ponerse en el pellejo de otro. No hace falta matar a tu madre cada vez que tienes que llorar en escena. 

 

- Debe ser muy complicado manejar material tan sensible.

- Exacto. Por eso, cuanto más técnico es el trabajo, más sano resulta. Lo contrario es peligroso. Cada año acojo a personas que llegan dañadas, así que debo moverme con cuidado. La buena noticia es que, gracias a esta técnica, tienen una segunda oportunidad. No es divertido sufrir, aunque a cierta gente le compensa actuar desde ahí.

 

- En su caso, ¿hay algún papel que le haya costado sacar adelante?

- Sí, uno. Para un montaje de teatro que no iba a hacer yo, pero al final me tocó porque la actriz principal se fue. Nunca le encontré el punto. Tal vez influyó el hecho de que era muy joven para encarnarlo. Nunca lo hice bien, pero no pasa nada. Unas veces salen mejor y otras veces salen peor.

 

- Hace más de una década que debutó en la dirección con la obra El emperador y el esclavo. ¿Cómo fue dar aquel paso?

- Estudié con Armando del Río, que es como un hermano para mí. Recuerdo que se pasó nueve años pidiéndome que la dirigiera. Hasta que un día, en el Festival de Benicàssim, acepté. Fue una experiencia increíble. Luego lo he vuelto a hacer más veces y es un absoluto privilegio.

 

- A la música también le ha hincado el diente. Incluso tiene su propio proyecto: La Pérez.

El efecto que me provocan las canciones es sanador. Canto porque me hace feliz. Y no me importa hacerlo en un garito para 30 espectadores o en una sala para 200. Es un escaparate de mi emocionalidad.

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