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03-01-2019


Rebeca Sala y el Síndrome de Stendhal en Florencia

 

La intuición la llevó a aprender italiano y la vida le va dando respuestas a los porqués de aquel arrojo. Su flechazo con la capital de la Toscana está marcado por las casualidades


Así se lo ha contado a Héctor M. Rodrigo

El secreto de Puente Viejo nos dejó tres semanas libres este verano y una de ellas la dediqué a irme sola para ampliar mis conocimientos de italiano en Florencia. Ha sido mi viaje más largo sin compañía. Hace seis o siete años empecé a notar que me atraía mucho Italia y su lengua pese a que nunca había estado. Mi parte más visceral me animaba a aprender italiano, pero la más racional me llevaba a preguntarme: “¿Para qué, si no sirve para nada, si no tiene salidas?”. Llevo estudiando inglés desde los cinco años y estaba frustrada porque debería saber mucho más de lo que sé después de tanto tiempo. No sabía si era negada para los idiomas o si la culpa era del inglés, así que para salir de dudas me lancé a probar. Una amiga me recomendó una escuela maravillosa en Madrid, el Istituto Italiano di Cultura, donde flipé. Me di cuenta de que es muy parecido al valenciano, y lo dominaba porque siempre lo hablé en la escuela por decisión materna. Quizá por esa similitud tuve sensación de placer al aprender. Pero cursé solo dos cuatrimestres porque el trabajo dificultaba la continuidad.

   

   Poco después volví a esa ciudad. Había representado la obra El burlador de Sevilla y acabé haciendo piña con Manuela Vellés, Marta Nieto y Alejandra Onieva, a quien cogieron para grabar una serie en Italia. ¡La tía no tenía ni idea de italiano pero se metió en el berenjenal con ayuda de un coach! La visitamos en plenas Navidades y un amigo de Manuela que es director nos llevó de compras por la zona donde compran los romanos. Esa escapada fue menos turística, vi una Roma totalmente diferente. Ya en diciembre de 2017 entré a El secreto de Puente Viejo y pronto me enteré de que entre la audiencia italiana es una bomba: tiene el doble de espectadores que en España, hay una revista carísima sobre la serie…  A mis compañeros de reparto incluso les llaman periódicamente para un programa al estilo de El hormiguero que desata la locura entre la gente. La emisión lleva 10 meses de retraso respecto aquí, así que mi personaje es un recién llegado para ellos. ¡Y llevo una decena de entrevistas en Italia! Algunas las respondo en italiano, como hago con mis fans por las redes. Ahora resulta que tuvo sentido la decisión de aprenderlo hace cuatro años. Mi ilusión hoy es trabajar allí. Lo cierto es que no me llaman la atención Hollywood o Inglaterra, porque con esta cara y este pelo de guiri nunca me llamarían para hacer de chica española [risas]. Solo tendría opciones si fuera bilingüe absoluta. Y en Italia valoran mucho a los actores españoles, como nosotros lo hacemos con los anglosajones.



   Tras haber dejado las clases en Madrid, aproveché este verano para reforzar mi nivel.  Mi idea inicial era pasar las vacaciones en una zona de costa, porque en julio el calor es horrible en Madrid y meterme en Roma o Florencia… Pero cuando me puse a mirar sitios, daban bajas temperaturas para hacer un plan de playa. Ya quise ir sola a Florencia por mi cumpleaños, y al dar lluvia, acabé aplazándolo. Alguien me aconsejó que para estudiar sería más conveniente que me marchara del centro hacia el norte del país por cuestiones de acento. Así que al final se dieron todas las circunstancias para que eligiera la capital de la Toscana. En Internet encuentras multitud de páginas que ofrecen paquetes muy similares. Puedes elegir el destino, la escuela, la duración del curso por semanas, las horas lectivas al día, distintas opciones de alojamiento, actividades extraescolares… Pagué 400 euros por las clases y el hospedaje en una casa espectacular, con varias habitaciones, aunque en esas fechas era la única huésped. La dueña era una señora mayor con la que practicaba el idioma ya desde la mañana. Y tuve la suerte de no toparme con ningún español durante la estancia. Al segundo día ya pensaba y soñaba en italiano.

    La llegada fue mágica. Lo primero que vi fue la Basilica di Santa Croze. Anduve el trayecto hasta la escuela para conocerlo a la mañana siguiente y me paré ante una peletería cerrada por ser domingo. Pero el dueño estaba fuera. Me contó que era diseñador, que en una época quiso ser actor, que había sido amigo de Dario Fo… Me propuso un paseo hasta el Ponte alle Grazie, que casualmente se llama como mi madre: Gracia. El hombre me hizo una foto preciosa durante la puesta de sol porque desde ahí se ve el Ponte Vecchio, que en español viene a significar Puente Viejo. Otra casualidad.


   Al primer taxista florentino que me llevó le pregunté si me podía montar delante porque yo quería hablar a toda costa [risas]. Me dijo que subiera lo antes posible al Piazzale Michelangelo, y aunque lo dejé para el final, fue muy bonito: mi visita coincidió con el eclipse lunar y lo vi desde allí. Esa plaza enorme con una réplica del David de Miguel Ángel en bronce no figura entre los sitios típicos porque está lejos del centro, pero su balconada resulta espectacular tanto para contemplar los atardeceres como la iluminación por la noche. Cuando me bajé del bus había un montón de gente en silencio mirando el eclipse y de fondo sonaba la melodía de un violinista. Indescriptible. ¡Tuve que enviar un audio a mi hermana y a mi madre porque llevaba un rato llorando de la emoción! Soy poco de llorar por cualquier cosa, solo con el telediario, pero en Florencia me descubrí en varios momentos con el llanto invadiéndome por la belleza. Estaba rodeada de arte por donde caminara. Todo el rato me estaba dando el Síndrome de Stendhal. ¡Que desarrollen una vacuna contra él para quienes viajen a Italia, por favor! [risas]. Porque la primera vez que lo experimenté fue durante mi debut en Roma, en Villa Borghese, para cuya galería de arte hay que reservar entrada con mucho tiempo. Pisas arte, ves arte, escuchas arte. Hay arte en los suelos, en las paredes, en los techos. Todos hemos visto en los libros la fotografía de la estatua de Apolo y Dafne, pero no en tamaño real, y sus detalles generan una energía pese a ser de piedra… Pronto noté que me entraba calor por todo el cuerpo, me quedé impactada y mareada, nunca pensé que sentiría tanto con un objeto. Con algo parado e inerte.


   Los profesores de la escuela enloquecieron en cuanto les conté que trabajaba en El secreto de Puente Viejo y se hicieron fotos conmigo porque se las querían pasar a sus padres [risas]. Cogí demasiadas horas de clase, seis diarias de lunes a viernes, lo cual me dejaba poco tiempo para el turismo. Tengo la sensación de haberlo visto todo pero sin profundizar. Con otros alumnos hice una ruta relacionada con los secretos de la ciudad. Nos contaban anécdotas como la de la estatua de Perseo, a la que si miras desde atrás con detenimiento, se distingue bien la cara de su escultor. Mientras buscaba un sitio para comer tras finalizar ese paseo escuché un concierto improvisado en la entrada de la Galería Uffizi. Hoy sigo sin saber qué instrumentos tocaban aquellos señores pese a que estudié violonchelo durante 10 años [risas]. Había 15 tíos tocando larguísimos tubos dorados con un sonido similar al del oboe. No sabía por qué parte del cuerpo me estaba entrando la música para afectarme de semejante manera. ¡Qué cosa tan bonita! 


   Mientras recorría la Galería Uffizi hicieron una performance delante de un cuadro de El Bosco. Eran varias chicas que hacían danza moderna con unos trajes rígidos en color blanco. La guía nos contó escandalizada que la semana de antes se había topado por sorpresa con un tío en bolas bailando ante otro cuadro. Si en ese museo el cuerpo humano se representa en todo su esplendor, ¿por qué no mostrarlo también en vivo y en directo? Hay que ir cinco veces para llegar a verlo todo.  

 

   Es mejor ir sin ningún plan, dejarse llevar por las calles. Aunque ciertas cosas no se pueden improvisar: si quieres subir a la cúpula de la catedral de Santa Maria del Fiore, reserva con tres días de antelación porque en los turnos entra poca gente. Y aunque se paga bastante, merece mucho la pena. Hay una vista de 360 grados sobre la ciudad, desde el río Arno al campo pasando por la zona monumental. El templo por fuera es impresionante, me parece maravilloso pasar un buen rato admirándolo y dándole vueltas porque es original y bonito, pero por dentro es normalísimo. Si compras el pase a la cúpula, a la subida echas una miradita… y no te hace falta más.



   La azotea de cualquier hotel es una pasada. Con una compañera griega de la escuela estuve en la del Grand Hotel Minerva tomándome una copita de vino prosecco a 20 euros, aunque acompañada con mil aperitivos: olivas, tomatitos, panes, queso… Te cobran sobre todo por las fantásticas vistas. Para picar está guay el mercado de San Lorenzo. Y un local de moda es el Rivalta Café, junto al río, se come de lujo. Ofrecen un sushi con forma de hamburguesa riquísimo.


   La del sábado fue la única jornada que no tuve clase. Cogimos un tren a Pisa con una profesora de la escuela que nos guiaba por los puntos más bonitos. Mucha gente desconoce un mural precioso del pintor Keith Haring, que se caracteriza por sus coloridas siluetas de personitas redondeadas. Impacta mucho el contraste de lo moderno con la antigüedad de los edificios. El camino más bonito hacia la Torre de Pisa no es el directo, sino el rodeo por la plaza de la universidad para disfrutar de una perspectiva muy atípica del campanario. Te lo encuentras asomando sobre los tejados, no de frente, así que se percibe perfectamente su inclinación porque desde ahí tienes la referencia de la rectitud de las casas. Todos conocemos la torre, pero no el camposanto monumental, el baptisterio y la impresionante catedral que hay junto a ella. Nunca había visto una así: el estilo renacentista se mezcla con elementos árabes y tiene un sinfín de detalles.


   Un día me salté todas las clases porque mi móvil murió de repente. Debió pensar: “¡Me está dando un colapso, un Síndrome de Stendhal! [risas]. Me tocó ir a la Apple Store a la hora indicada, así que el resto del día estuve haciendo vida de chica italiana. Hice las gestiones en italiano, me aprendí todo el vocabulario relacionado con el móvil… Lo reconfiguré en ese idioma y todavía lo manejo así. Es bueno para aprender, hace que lo tengas siempre en mente. Fue una aventura. Ese día iba directa a cenar a un sitio camino de casa, hasta que escuché a alguien cantando en directo en una crepería. Allí coincidí con un chico de Génova que estaba esperando a que sus amigos acabaran la jornada en el restaurante y nos pusimos a contarnos nuestras vidas en italiano durante una hora. Y la conversación fluía. Él quería algo más, pero me fui a casa con la típica excusa del cansancio [risas].



Más corazón y menos cabeza


Sí hay algo energético e intuitivo que existe para todos pero a lo que no hacemos caso porque es intangible y no se puede demostrar científicamente. Hay cosas que de repente te llaman, que tu cuerpo siente pero tu cabeza no entiende, siempre busca que tengan un motivo. Y si no lo encuentra, las rechaza. Pues desde que le hago caso al corazón y las intuiciones me va muchísimo mejor. En la escuela no nos enseñan a descifrar ese lenguaje, aunque como los actores estamos muy en contacto con las sensaciones, tenemos algo más de percepción en ese sentido. Desarrollamos más nuestra sensibilidad, identificamos mejor esas llamadas, les hacemos más caso. De pequeña ya me atraía Madrid. Antes de decidir que estudiaría interpretación había venido varias veces con mi madre, una de ellas para ver el musical La bella y la bestia, ya con el presentimiento de que me imaginaba viviendo en la capital. Y aquí llevo 15 años.

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