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10-06-2014
Secun de la Rosa
“Me hice actor para integrarme en el mundo”Era un chico “lerdo”, dice, de barrio barcelonés. Pero a los 14 encontró en la guía el teléfono de Francesc Betriu y lo llamó. Tres veces. Y hasta ahora ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
“Menudo modelo os habéis buscado”. Una señora burlona sonríe a Secun por la calle mientras este posa para la sesión de fotos. Un mozo de supermercado le pide un autógrafo. Pero en el bar de viejos en el que conversamos Secundino de la Rosa Márquez (Barcelona, 1969) parece uno más del barrio, un chaval risueño que habla con los parroquianos. Es una de esas personas que siempre conservará el candor de la niñez, y eso que su niñez, en un arrabal obrero de Barcelona, fue de todo menos candorosa. Porque Secun era distinto. Si se hizo actor fue por pertenecer a un mundo sin clichés ni prejuicios. Nada amigo de los castings (el primero al que acudió fue antológico), se lanzó a escribir obras para actuar en ellas. Llegó a creer que nunca saldría del circuito alternativo: “Hasta 2001, que participé en El otro lado de la cama, pensé que no iba a hacer nada. Mis amigos me decían: eres tan raro, Secun, que o no vas a trabajar nunca o no vas a parar”. Y no ha parado. Más de 20 películas, otros tantos montajes teatrales, series… El humor le abrió las puertas, pero está empeñado en sacudirse cualquier etiqueta. Su país es la interpretación y está empeñado en recorrer ese territorio de cabo a rabo.
– ¿De dónde sale Secun?
– Me crié en Els Nou Barris, en La Guineueta, una barriada de Barcelona que llamaron polígono Canyelles. Estudiaba en el Colegio Nacional Francisco Franco. Cuando estaba en párvulos, con la muerte de Franco, la escuela cambió de nombre y pasó a ser el Col·legi Públic La Guineueta. Llegaron nuevos profesores: unos jipis un poco locos que nos llevaban a Montjuic a cantar Abre la muralla y todo eran clases de música, de plástica… Y ahí empecé a dibujar, a inventar historietas. Mis padres me tuvieron muy jóvenes. Eran trabajadores sencillos, nacidos en familias de la posguerra. Mi madre empezó a trabajar con siete u ocho años cuidando colmados. Unas monjas le enseñaron a leer y a escribir a cambio de pequeños trabajos.
– ¿En ese entorno era posible querer ser actor?
– La vida impulsa a la vida. Había en mí un deseo de integrarme en el mundo y quizá la vía era ser actor, pero más tímido y más torpe que yo no se podía ser. Mi padre me decía: “¿tú cómo vas a ser actor, si te da hasta vergüenza bajar al bar a comprar los cascos de Coca-Cola?”. En el barrio yo solo veía a los que van en la moto, a los que se sientan en un banco a comer pipas o a los que se metían conmigo. Recuerdo que con 14 o 15 años tuve una pelea con unos chavales en la calle. Volvía del videoclub con unas películas españolas y se metieron conmigo: “¡dónde vas con esas españoladas!”. Así que ahí estaba yo: ¡partiéndome la cara por el cine español!
– ¿Era un inadaptado?
– De niño tuve muchos problemas. Ahora lo llaman friki, pero entonces lo llamábamos simplemente “lerdo”.
– ¿Y yendo al cine se evadía de esos problemas?
– Ir al cine era todo lo contrario de lo que vivía en mi familia y en la escuela. Yo no quería ni siquiera bajar al recreo en el cole porque eso me obligaba a elegir: ir con los niños a dar patadas o con las niñas. Pero al cine iban mujeres, hombres, niños, niñas, ricos, pobres. Era una comunión donde había más libertad y se esfumaban las diferencias. Las películas las hacían hombres y mujeres, eso me parecía lo más democrático del mundo. El arte lo unía todo: no había diferencias de sexo, ni de religión, ni de origen… Cuando llegué a Madrid en los noventa me fascinó encontrar a otros compañeros que también soñaban con ser actores.
– Y lo de llamarse Secundino, ¿cómo lo llevaba de pequeño?
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