SIN MEDIAS TINTAS


La segunda salida

de Juan Carrasco






MARÍA GUERRA


 

Todos los caminos llevan a Roma y muchas ficciones vienen del Quijote. No pretendo inventar la pólvora, pero tampoco me resisto al placer que supone trazar ese rastro cervantino en Vamos Juan (2020), creada por Diego San José y Juan Cavestany, una de las pocas comedias políticas que hay en el audiovisual español. 

 

   En enero de 2019, en plena bronca política previa a las dos elecciones generales de ese año, se estrenó en TNT Vota Juan, la primera temporada de las patéticas tribulaciones de Juan Carrasco, (Javier Cámara) un ministro de Agricultura arribista y chusquero, que sortea la crisis de unos pimientos contaminados y las puñaladas traperas de un partido muy parecido a aquel PSOE salido de la crisis de las pizzas del año anterior.

 

   En Vota Juan, la trama se centraba en la generalizada sensación de que la clase política está poblada por personas con pocas luces y mucha ambición. Ese enfoque se ha explotado mucho en series  anglosajonas, que transmiten la errónea idea de que ciertos políticos de discurso visceral como Trump, Johnson o Santiago Abascal son genuinamente imbéciles. Lamentablemente no es del todo cierto, porque mientras se dejan insultar por sus adversarios de izquierda, con su consabida superioridad intelectual, han asentado su poder de forma aplastante en el electorado. Y, lo que es peor, sus políticas económicas ultraliberales han conseguido la aprobación del establishment, que tolera sus rebuznos a cambio de beneficios limpios sin retorno fiscal. 

 

   Vota Juan era la enunciación de un disparate. Vamos Juan es la confirmación de que habitar el mundo fantasioso del poder político o la caballería es una pulsión eterna y compartida. Volvamos a Cervantes.  Javier Cámara y Maria Pujalte son evidentes trasuntos de Quijote y Sancho. Juan Carrasco, el político embriagado de poder, y Macarena, la jefa de gabinete que prefiere acompañarle en este viaje de humillación perpetua, antes que languidecer en un periódico local. 

 

   En la primera temporada, el paralelismo de la pareja quedaba algo disimulado por el trío que acompaña al Juan ministro. Cuando el "vota" se cambia por el "vamos", la serie sitúa a nuestro protagonista de vuelta en Logroño, inmerso en una vida de soporífera rutina con su mujer (Yaí«l Belicha) y  su hija (Esti Quesada), que desconfían de su adaptación hasta que, como el ama y la sobrina, les anuncia una nueva salida. 

 

   Decía Carmen Maura que la mayor satisfacción de una actriz es dar credibilidad total al personaje más delirante que te pongan por delante. Pues bien, en Vamos Juan, Javier Cámara y María Pujalte han ido ascendiendo con paso firme por los riscos de un patetismo muy resbaladizo. Y no se han despeñado. Incluso en esta segunda temporada se han elevado por encima de cualquier referencia política y se han instalado en las entrañas más recónditas de lo humano, que son las ilusiones mismas.  

 

   Como don Quijote, tras la debacle de la primera salida, Juan Carrasco le propone a Macarena volver a las andadas. Ella sabe que todo va a salir mal, como siempre, y lo ve venir. "Pero me da miedo que te salga bien y perdérmelo", le dice. Pujalte verbaliza así la justificación de su fidelidad. Como Sancho, ha tenido ocasión de comprobar sobradamente la locura de su señor, y, sin embargo, va a seguirle. Porque en el fondo, y aunque sabe que jamás será gobernadora de Barataria, padece la misma locura que su jefe.

 

 

   Juan Carrasco carece absolutamente de idealismo, en el sentido justiciero, pero su visión de la realidad y la idea que tiene de sí mismo, de sus capacidades y potencialidades, son evidentemente quijotescas. O podríamos decir que su idealismo consiste en "estar en política", sin más. Es interesante comprobar cómo Diego San José ha evitado minuciosamente justificar al personaje por medio de la corrupción, hasta el punto de que se hace ver expresamente la falsedad de las acusaciones por las que se le destituye como vicepresidente del Gobierno. Juan es un ser políticamente puro. Un animal político que solo quiere estar en el candelero. Este es su idealismo caballeresco. 

 

   Uno se encariña inevitablemente con Juan; es fácil sentir compasión por la ternura y la ingenuidad que palpitan debajo de la estupidez y la locura. Por eso, como ocurre al desocupado lector de la primera parte del Quijote, al espectador de esta segunda temporada le duelen más las humillaciones que recibe y a las que se somete Carrasco. 

 

   Carrasco es la víctima de un sistema que le permite verse al frente de un ministerio -aunque, salvo vagas referencias a su condición de biólogo, falta la narración de cómo ha llegado ahí-, pero que jamás consentirá que su carrera política continúe: su vicepresidencia es una gobernación de la ínsula y, como tal, falsa y efímera. Igual que a Don Quijote le engañan las novelas de caballería, a Juan le enloquece el sistema y el narcisismo de esos políticos a los que intenta desastrosamente imitar.

 

   Ese deseo de instalarse en la ilusión o desvarío, esa necesidad de salir de lo cotidiano, también se ha contagiado al propio Javier Cámara. El actor riojano no solo ha debutado como director de uno de los capítulos, sino que ha desplegado una de las interpretaciones más difíciles y expuestas de su carrera. 

 

 

           

           

           

                   

María Guerra dirige y presenta (junto a Pepa Blanes) el programa 'La Script', en Movistar +. En 2019 se despidió "voluntaria y amorosamente" de la Cadena SER, donde trabajó durante 25 años, y obtuvo, también con Blanes, el Premio HazTuAcción de Comunicación que promueve la Fundación AISGE 

       

       

       

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