Entrevistas

16-11-2017

 
Ventura Pons
 
“No hay que hacer nunca una película por el hecho de tener el dinero”


Con solo 72 años, el director catalán acumula vivencias de nonagenario. Ha firmado 32 películas, y los proyectos abarrotan el disco duro. Las noches de Boccaccio, sus episodios con la censura y sus sospechas de ser objeto de espionaje darían para otras tantas.
 
JAVIER OLIVARES LEÓN
Fotografía: Enrique Cidoncha
Está reciente aún el referéndum del 1 de octubre en Cataluña y el teléfono de Ventura Pons se ilumina tres veces por minuto. Llega un wathsapp de su colega mexicano Jaime Humberto Hermosillo: “Hermanito del alma, sigo con entusiasmo los acontecimientos. Ya quiero aprender catalán”. Al ratito, el de “un diplomático español muy conocido” le roba una sonrisa. El de Eduardo Hernández, director del museo de Cartagena de Indias (Colombia), le lleva a alabar el prodigio de la mensajería verde. “No hay distancias”, exclama. Esta noche no le costará elegir lectura. Toca watshapp por entregas sobre el tinglado catalán. Cuenta el cineasta que Àlex Rigola acaba de dimitir como director de los Teatros del Canal, mientras el futbolista Piqué abre los telediarios con sus tuits. “Es pariente mío, por cierto. Él quiere jugar en la selección española, y mientras tengamos el pasaporte…”. Ventura Pons, barcelonés de 1945, nunca tuvo pelos en la lengua, ni chirridos en el travelling. 
 
– Creí que miraba tanto el teléfono por eso que dice de tenerlo intervenido.
– Es que me consta desde hace años. A finales de los 90, en el edificio donde vivía en Barcelona, había unos hombres que decían ser de Hacienda. Un día abordé a uno de ellos en la esquina de las calles Caspe y Bailén y le dije: “Joven, no me cuentes más historias, vosotros sois del Cesid [hoy, CNI]”. Y me contestó: “Ventura, el estado tiene que ser muy discreto”. Un día venían vestidos de ciclista, otros de carpinteros… Cantaba mucho.
 
– ¿Siempre fue usted sospechoso de rebeldía?
– En casa, no. Mi padre era un pesado y quería que estudiase. Acabé Empresariales y casi termino Económicas. En esto del cine fui siempre autodidacta. Lo llevaba en la sangre desde los ocho años, pero he aprendido en las salas y, sobre todo, de la técnica de mis ayudantes.
 
– O sea, tenía usted contento a su padre.
– A un hijo hay que estimularlo, no cortarle las alas. Como yo soy muy tozudo, en lugar de ir a la universidad hacía pellas en el cine Savoy, por ejemplo.
 
 

 
 
– ¿Y cómo se explayaba?
– Escribiendo. A los 18 años ya escribía de cine en El correo catalán, en Destino, en Documentos Cinematográficos y en Interexpress. No quiero ni pensar las burradas que decía sobre las películas. En 1964, con 19 años, me fui a San Sebastián, y conocí a Elia Kazan.
 
– ¿Por esos tiempos ya tenía el veneno del teatro?
– Sí. Fue gracias a Salvador Espriú. Con el teatro he aprendido a tratar con los actores y la disciplina del texto. Una etapa muy importante.
 
– ¿Se ganaba la vida, incluso?
– Bastante bien. Trabajaba, además, ayudando a mi padre en su negocio de joyería. Como su hermano era un sinvergüenza y mis primos hermanos estaban al acecho, me pasé su vida protegiendo a mi padre de la familia. Tremendo.
 
– No todo el mundo puede presumir de 23 espectáculos teatrales a los 33 años.
– Y en sitios de referencia, como el Romea. Hice textos de Dante, Shakespeare, teatro contemporáneo inglés. La primera obra que se estrenó de Christopher Hampton, When did you last see my mother?, fue mía. Hice Knack, donde debutó Rosa María Sardà como protagonista. Curiosamente, también debutó conmigo en el cine, en El vicario de Olot.
 
– Pero cogió la primera vez la cámara para hacer un documental.
– A la gente le extrañó que, siendo buen director de actores, me iniciara en ese género. Pero hice Ocaña, retrato intermitente [sobre el pintor y travesti andaluz José Pérez Ocaña]. Había aún censura, que se abolió en noviembre de 1977. Con el documental fui a ver a mi exmujer, a París (aún nos queremos mucho, y tengo hijos mayores de cuarenta años) y al festival de Cannes, con el dinero que me había pagado Mary Santpere [actriz y productora] por hacer Don Juan Tenorio, el musical. Pero hasta 1981 no conseguí montar El vicario de Olot, la única película escrita por el escritor Emili Teixidor, muy intimista, muy de su estilo. Tuvo tanto éxito que todos los productores me pedían lo mismo.
 
– Quizá por eso se hizo usted productor.
– Fundé mi productora, Els films de la Rambla, en 1985, y un año después nació La rossa del bar (La rubia del bar), la película menos subvencionada de la historia del cine español.
 
 

 
 
– Ya lleva 32. ¿Satisfecho de todas?
– De todas, no. Pero no por mi culpa. No hay que hacer nunca una película por el hecho de tener el dinero.
 
– ¿En cuál piensa al decir eso?
– En Rosita, please. Intuía que el guion era bueno. Producía yo, no había presiones, tenía los actores… y la hice. Un error. Eso no es todo. Y rodando esa película estaba ya pensando en otras cosas.
 
– Por ejemplo, las dos que hizo con Quim Monzó.
– Él las hizo conmigo, más bien [sonríe]. Soy amigo suyo desde los 70. Seguía sus libros, y me gustaban sobre todo los relatos cortos. Antes de ir a Bulgaria para el rodaje de Rosita… fotocopié lo que me gustaba. Y allí escribí el guion de El porqué de las cosas. “Tengo una idea: quiero hacer una película sobre tus relatos”, le dije. “Es imposible”, contestó. Cambió de idea cuando vio el guion.
 
– ¿Cómo es un rodaje con tanta gente?
– Lo hice en casa de mis amigos. Quince relatos, quince repartos… todo en la cabeza. Y sin un duro. TVE no quiso entrar en la financiación. Como asesor de producciones de TV3 estaba entonces Mossén Comeron, el valido de lady Macbeth, la madre superiora, la mujer de Pujol. Con TVE, a película vista, se arregló en un pispás. Con TV3 peleé durante siete años a muerte. Pero cuando se cree en una cosa, hay que perseverar. Soy un privilegiado, 32 películas, sangre sudor y lágrimas, nadie me ha regalado nada. En 2016 hice dos, y en 2017, dos más.
 
– Por eso le llaman “el Woody Allen catalán”.
– Eso salió en The New York Times. Supongo que por la cadencia. Pero él hace una al año y yo dos [sonríe].
 
– No es fácil mantener ese ritmo.
– Bueno… es cuestión de ganas, oficio y medios.
 
 

 
 
– ¿Escribe todos sus guiones?
– Todos. De las 32 solo hay dos que no he escrito: Rosita, please y Amic, amat [basado en el Testamento de Josep M. Benet y Jornet].
 
– Esa es la típica película que, o la produce uno mismo… Y eso que Josep María Pou y Sardà están rotundos.
– Era complicada, sí. Pero la relación con Benet fue perfecta. Ya habíamos trabajado juntos en Actrices. Ahora hace como diez años que no adapto ninguna película.
 
– ¿La última fue El virus del miedo, de Josep Maria Miró?
– Sí, pero muy diferente de la pieza original. Le añadí un primer acto, La arcadia feliz, desconstruí más la linealidad narrativa y acabo con un final más categórico.
 
– Con lo que usted vio de cine americano, de joven, y ahora reniega de él.
– Es que la tradición del cine americano se acaba en los años 70. Yo he aprendido a amar el cine con ella. Y me voy a morir, dentro de muchos años [risas] cagándome en el cine de las majors. Antes sabías si la película era de la Fox, de la Warner o de la Paramount. Ahora, todas parecen iguales. Volviendo de Chile vía Buenos Aires, leí en Clarín una entrevista de 1970 en la que Martin Scorsese decía lo que le había costado montar Taxi driver. Pero otro cine es posible.
 
– Como el cine digital, doméstico.
– Con ese formato, hay millones de películas al año. Pero no creo que sea intrusismo. Hay de todo.
 
– En Cataluña se hacen cosas de calidad.
– Sobre todo las chicas jóvenes. Como productor he apostado por Cine al fin, de Merixell Soler, rodada entre Barcelona y Usuhaia, en Argentina. Cuando una mujer llega a un puesto de poder, seguro que vale 50 veces más que el hombre. Convencido.
 
– En el cine documental, que también ha trabajado mucho, se inspira en amigos.
– He hecho cinco, todas de amigos, es verdad: Ocaña, Colita, Ignasi... 
 
En Cola, Colita, Colassa se contaban las noches del Boccaccio como templo intelectual.
– Era un lugar fantástico. Gabriel García Márquez, Gabo, cuando vivía en la calle Caponata de Barcelona, citaba a los maestros de las escuelas de sus hijos en Boccaccio. Allí incluso se preparó el encierro de Montserrat [intelectuales en repulsa por el proceso de Burgos, en diciembre de 1970]. Se bailaba, se ligaba y se conspiraba. Los secretas andaban locos.
 
La Gauche divine tiene su sitio en las hemerotecas precisamente gracias a la discoteca Boccaccio. “Había mesas para seis en las que se sentaban veinte”, contaba García Márquez, que vivió en Barcelona desde 1967 a 1975. Salvador Dalí, José Luis de Vilallonga, Juan Marsé o Manuel Vázquez Montalbán brindaron allí. Era lo más parecido en España a la palpitante Studio 54 de Nueva York. Estaba en la calle Muntaner 505, y fue el lugar elegido para presentar la rompedora revista Interviú. En la planta de arriba estaban los intelectuales. Y la planta de abajo, por algunos llamada la húmeda, destilaba libertad. “Esa efervescencia de los finales del franquismo tenía muchas fisuras por las que nos colábamos. Antes incluso de la movida madrileña, que llega en 1980”.
 
 

 
 
– Las nueve mujeres protagonistas de Colita tendrán mucho que contar.
– Me enteré de muchas cosas que no sabía, pero forma parte de la privacidad de las personas. La fotógrafa Colita, Teresa Gimpera [durante años imagen de la sala], Rosa Regàs, Maruja Torres, la editora Beatriz de Moura... Es la película rodada en menos tiempo en mi vida, y la que más me costó montar. Se pisaban las conversaciones.
 
– Pero usted es rápido decidiendo, rodando y montando. Sabates grosses (Cuanto más grande, mejor) la ha hecho en tiempo exprés.
– Es una comedia mediterránea capaz de hacer reír a 2.000 personas en el Pacífico, en Guadalajara (México). En España ha ido regular... Era la historia en mi casa del Eixample durante 20 años. Había todos esos personajes [un facha, dos porteras, un aristócrata beato, su hija de izquierdas, una cubana...]. Solo hay dos inventados: el cura que hace Pedro Ruiz y el de Gladys, que encarna Minnie Marx. Refleja un poco la multiculturalidad de Cataluña, donde se hablan 300 idiomas. En Salt (Girona), es donde hay más variedad. Ahora vivo en la casa donde nació Mary Santpere. Igual se me aparece [risas].
 
– ¿Qué tiene en la agenda de proyectos?
– Universal y faraona, con la historia de las personas que han hecho Barcelona universal y faraona: Gato Pérez, Pepe Rubianes y José María Pérez Ocaña.
 
– Y Miss Dalí.
– Ya está terminada. Debo retocar algo de guion.
 
– ¿Ha descubierto muchas cosas sobre el entorno del pintor?
– Sobre todo de su hermana, Anna. Gala era un bicho, y Dalí un fascista, el gran masturbador. Lo he visto yo con estos ojos. Traicionó a su madre, a García Lorca, a su hermana, a Buñuel, que se largó a México, a Picasso, Breton y Miró, incluso a Gala… y traicionó a Cataluña.
 
– Ha dicho Siân Phillips que el de Anna Dalí ha sido uno de los mejores papeles de su vida.
– Hemos hablado mucho durante el rodaje. Es la viuda de Peter O’Toole, una mujer fantástica. Me ha contado cómo David Lean rodaba Lawrence de Arabia. Y cómo cuando el productor Sam Spiegel le pedía un plano que no le gustaba, cambiaba el racord con los actores y así no podía montarse. Trucos de oficio. La otra actriz es Claire Bloom, en el papel de Maggie, una amiga ficticia de Anna Dalí. Y estamos hablando de la protagonista de Candilejas, con Chaplin. Su libro, Adiós a una casa de muñecas, es fantástico. Lo recomiendo.
 
– No tuvo suerte en el amor.
– Ninguna. Ni con el actor Rod Steiger ni con el escritor Philip Roth, con el que acabó fatal tras 17 años de convivencia. Un maltratador en toda regla. Gran intelectual, pero odioso. En cuanto leí el libro, tiré todos los suyos a la calle.
 
– ¿Cuándo se estrena?
– Espero ir a Berlín con ella.
 
 

 
 
– ¿Los festivales le han ayudado a usted mucho?
– He hecho nueve Berlinales, ocho Torontos, Cannes, Mar del Plata… Es un buen altavoz, porque contrastas públicos e impresiones. He estrenado nueve películas en Japón, y compruebas que hacen gracia las mismas cosas que en Singapur o en París, que has acertado con el idioma universal del humor, y eso no es fácil.
 
– Y después, ¿qué hay en cartera?
– Voy a hacer una coproducción con Jaime Humberto Hermosillo, que también tiene un prometedor guion inédito de Gabo. Tengo que terminar Universo Pecanins, sobre el nexo cultural entre México DF y Barcelona a través de las hermanas Pecanins, Ana María, Tere y Montse. Y en abril de 2018 quiero estrenar un musical. Porque Miss Dalí está gustando mucho y va a tapar todo lo que haga después. Es una película sobre adicciones a través del musical.
 
– ¿Rumba, flamenco?
– No, como la rima en catalán se parece a la del inglés, con las sílabas cortas, mezclo cuplés con Lluís Llach e incluso una sardana cantada.  Lo estoy escribiendo en inglés y se llamará Shake it baby. Tengo ganas. Esta noche escribiré después de cenar, como todas las noches.
 
– Le falta tiempo.
– Pues tengo también las 50 horas inéditas de Pepe Rubianes en África. Haré una película con la síntesis de ese material. Carmen Rubianes, su hermana, conserva los diarios de Pepe, que no he leído todavía. Pero eso es también para 2018, como el musical.
 
– ¿Sus últimas concesiones a la comercialidad fueron Amor idiota, con Guillén Cuervo y Santi Millán, y Animales heridos, con Coronado y Sánchez Gijón?
– No. Me importa un rábano. Lo importante es el contenido. Además, en este país hay un problema: Juliet Stevenson, por Manjar de amor, me salió más barata que María Barranco [Anita no pierde el tren]. Tanto Siân Phillips como Claire Bloom, en Miss Dalí, más que otros nombres españoles.
 
– ¿La gente de las series populares tiran de la taquilla?
– Yo lo que quiero hacer es una buena película. Los actores dan la cara por tus ideas, y eso es lo importante. Me da igual la popularidad. El mejor actor es quien se adecúa más al personaje. Josep Maria Pou, Joan Carreras, José Coronado, Alain Corduner, Kevin Bishop, José Carmona, Juliet Stevenson, Clair Bloom, Mary Santpere, Siâm Phillips… Me dejaría a muchos. Siempre he trabajado con los que me gustan.
 
 



Mecenas del cine popular
Ventura Pons apadrina y promueve los cines Texas, en Barcelona, con películas a tres euros en versión original, subtituladas en catalán. “Logran un 80 por ciento de aforo los fines de semana, van de p.m.” Los Albatexas, la versión valenciana de la iniciativa, aún no da beneficios. “Requieren más paciencia”, asegura. “Pero yo soy muy tozudo. Cualquier idea, trato de ponerla en práctica”. Y menciona de nuevo la inminente Miss Dalí, cuyo guion tuvo en mente tres años. “Y es la historia de este país durante el siglo XX: condensa 70 años en una película”.
 
 
 


Duelen las Ramblas
La productora de Ventura Pons, que ya tiene 32 años, se llama Els films de la Rambla, en honor a la calle más célebre de Barcelona. Allí, el 17 de agosto de 2017 murieron 14 personas en un atentado terrorista. “Lo de las Ramblas lo veía venir. Cuando rodábamos Oh, quina joia (Oh, qué joya) (2016), tenía prohibido a los miembros de mi equipo que cogieran el tren ahí, por las aglomeraciones. Es un punto caliente”, cuenta Pons. Aquel día pudo abandonar la ciudad, bloqueada por seguridad, en el tren a Cadaqués, donde vive en verano, vía Figueres, donde tenía el coche. “Una idea no vale una gota de sangre”, insiste. Y, ya puestos, se suelta la lengua para analizar la situación catalana: “La diferencia de Las Ramblas y Atocha fue la mentira de Aznar. Los Mossos, Protección Civil y emergencias se ganaron ahí la confianza de los catalanes”. ¿Vivimos un clima parecido al de los 70? “Los catalanes tenemos mucha culpa de haber mirado para otro lado con lo de Pujol. Pero la represión del PP es una de las más duras en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”, asegura. Según Pons, las cargas del 1-O se detuvieron a mediodía, cuando Angela Merkel llamó a Rajoy. “Hay que saber entender las cosas”.
 

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