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31-03-2021


Foto: Danilo Moroni / Juan Carlos Toledo


Iratxe Ansa

“La pandemia ha hecho que bailemos cada día como si fuera el último”

 

La bailarina y coreógrafa guipuzcoana, Premio Nacional de Danza, no puede parar de moverse. “Siento la música dentro de mí”, sonríe. Metamorphosis le permite ahora incidir en la importancia de hermanar disciplinas



BEATRIZ PORTINARI

El viaje artístico de la bailarina y coreógrafa Iratxe Ansa (Rentería, Guipúzcoa, 1976) transcurre desde los domingos vestida de poxpoliña hasta las giras y galardones internacionales y el Premio Nacional de Danza en 2020. Durante dos décadas ha bailado en algunas de las compañías de danza contemporánea más punteras de Europa, como el Basel Ballet, el Ballet Gulbenkian, la Compañía Nacional de Danza (con Nacho Duato), el Ballet de la Ópera de Lyon y el Nederlans Dans Theater. Pero ser bailarina se le quedó corto. Toda su curiosidad creativa, el aprendizaje junto a grandes coreógrafos y las ganas de experimentar confluyeron en un innovador proyecto y método que desarrolla con su pareja, Igor Bacovich, en la compañía Metamorphosis Dance. 

 

   Directora, coreógrafa y bailarina, Ansa sube al escenario con el mismo ímpetu que define su estilo interpretativo y que ha sido reconocido con el Premio Nacional de Danza en 2020. El jurado ha alabado “su dimensión como intérprete, que la hace brillar más allá de su trabajo puramente físico” y “la maestría con la que alimenta el cuerpo para trascender la técnica en una constante y versátil evolución”. El galardón destaca además “el tratamiento coreográfico de sus interpretaciones, abordadas desde una profunda investigación escénica, rasgos que definen su personal concepción de la danza y la creación y que quedan reflejados en sus más recientes trabajos: Travellus (2018) y Dog talks (2019)”.

 

   La crisis del último año ha confirmado su teoría de que la danza y las artes en general son necesarias para crear una sociedad crítica y consciente.

 

– Su primer contacto con el baile fue la dantza en Ereintza. ¿Cómo recuerda aquellos primeros pasos?

– Recuerdo una infancia siempre en movimiento, siempre haciendo deporte, bailando. Mi familia no tenía nada que ver con el arte, eran trabajadores de los Altos Hornos y no teníamos ningún antecedente ni relación con la danza. Pero enseguida vieron que aquello era más que un hobby. Te cuento una anécdota que refleja esa pasión: con ocho o nueve años me llevaron a los Concursos Interescolares de Danza y yo era la capitana del grupo. Hubo un problema técnico, se apagó la música… pero yo seguí bailando, pasaba de todo, la música sonaba en mi interior. ¡Y nos dieron el premio! [risas]. Desde pequeña ya sabía que lo único que quería era bailar. 



Foto: Danilo Moroni / Juan Carlos Toledo


– Después de estudiar en el Conservatorio Superior de Música de San Sebastián dio el salto a Stuttgart (Alemania) con la beca John Cranko Schule. ¿Qué descubrió allí?

– ¡Aquello me abrió el mundo! Tenía 15 años recién cumplidos y cogí un tren con mi aita, con billete solo de ida. Era una escuela con solo 10 alumnos por clase donde enseñaban los mejores directores del momento y ensayabas con ellos. Yo me fijaba en los niños: incluso en su manera de andar, de entrar en la sala, de respetar el arte, con devoción absoluta. Aquella escuela fue la plataforma en la que conocer a gente que dirigía cosas que a mí me interesaban, porque más que bailar piezas hechas, yo prefería crear con los coreógrafos. Si estaba más o menos encaminada a tener un rol solista como bailarina, allí tenía la oportunidad de trabajar con ellos de forma intuitiva. Mis profesores de entonces decían que me salía de forma innata: improvisaba sin saber lo que era una improvisación. 


– De hecho, ha trabajado mano a mano con los coreógrafos Nacho Duato, William Forsythe, Jiri Kylian, Johan Inger… ¿Cómo influyeron en su carrera?

Yo tenía una necesidad muy fuerte de crear material. De buscar pasos. Era insaciable: quería buscar dinámicas, texturas, colores... dentro del movimiento. Me interesa el movimiento de la gente, los gestos. Tenía la oportunidad de estar en compañías donde esos coreógrafos eran directores y te permitían ese aprendizaje desde pequeña. Así que, de alguna forma, ellos me han aportado lo que soy hoy. Mientras vas haciendo piezas, sin darte cuenta, vas viviendo y adquiriendo experiencias que te influyen como bailarín y como creador. 

 

– En el año 2009 dejó la compañía Nederlands Danse Theatre para ser freelance. ¿Por qué?

 Solo fue un cambio de etapa, porque no lo vivo como un trabajo. Yo no hago bailes, yo soy esto. Si lo piensas, ya tenía una carrera muy extensa en 2009, y pensé: “No sé si tengo tanta ilusión por seguir trabajando aquí”. Había hecho todo lo que sentía que podía hacer allí. Nunca sufrí una lesión, no tuve hijos, nunca había dejado de bailar, lo había hecho todo y había sido feliz bailando. Era el momento de dejar paso a las siguientes generaciones. 

 

– ¿Se estaba retirando?

– No exactamente, pero necesitaba descansar. El paso a ser freelance no fue inmediato, sino que me tomé mi tiempo para decidir qué quería hacer. Había pasado años en compañías de alto rendimiento, con un ritmo muy fuerte, prácticamente era una máquina de hacer producciones. En ese momento quería investigar: qué quería aportar a la danza y cómo podía expresarlo. Fueron años de explorar el movimiento, impartir talleres, trabajar con bailarines por todo el mundo y empezar el esperado cambio. No sé qué sucedía en el estudio, pero algo cambiaba después de cada sesión, de ahí que en China me dieran el nombre de Metamorphosis.



Foto: David Flores


– ¿En qué consiste el método y el proyecto Metamorphosis?

– Allá por 2013 empecé a poner en orden con mi marido, el bailarín y coreógrafo Igor Bacovich, toda la experiencia y el bagaje que cada uno había adquirido durante su trayectoria profesional y con los proyectos en común, a través de seminarios y trabajos con bailarines de todo el mundo, desde acróbatas a creadores y bailarines de Corea, Medellín, el equipo del House of Dancing Water de Macao… Desarrollamos un método para dar respuesta a todas las necesidades de los bailarines que íbamos conociendo. Es un método basado en el intercambio, la integración de distintas disciplinas… Por ejemplo, a los dos nos interesa mucho la arquitectura y el arte visual, así que eso siempre formaba parte de los proyectos que coreografiábamos. Todo tiene un gran trabajo de estudio detrás.

 

– ¿Y cómo es ese proceso creativo?

– Igor es una parte esencial en todo ello. Nuestra pasión es el movimiento y la estética: nos gusta la imagen y las videocreaciones. En nuestros últimos espectáculos, como Dog talksElkarizketa ilunak Al desnudo, además de nuestro sello de fisicalidad, hemos creado un lenguaje específico. Por otra parte, cada vez nos interesa más la iluminación como un elemento más. Podemos tener una idea, pero no tiene por qué ser una historia escrita. Yo no escribo tanto. Una idea puede ser el color rojo o una inquietud. Diría que son tres elementos muy fuertes en el escenario: físico, luz, movimiento. A veces sumamos tantos ingredientes en un espectáculo que debemos aligerar

 

– En su reciente Premio Nacional de Danza el jurado destacó su trabajo como intérprete y “el tratamiento coreográfico de sus interpretaciones”. ¿Se considera más bailarina, directora, coreógrafa?

– Es curioso. Yo pensaba que no bailaría más… Por eso el Premio Nacional de Danza ha sido tan especial para mí: subir al escenario y recibir un galardón como ese ha sido mucho más de lo que podía esperar. Es bonito que los creadores nos quedemos en nuestra tierra y aportemos lo mejor que podamos. Este premio me genera la responsabilidad de aunar mi parte internacional con la interior. ¿Bailarina o coreógrafa? Disfruto del escenario y de la conexión con el público: es un diálogo silencioso más allá de la danza. Pero quizá mi necesidad total está en el estudio, en el laboratorio, donde investigo. Si contamos con un terreno fértil para crear, pueden surgir cosas mágicas.



Foto: Danilo Moroni / Juan Carlos Toledo


– ¿Cómo es su relación con el público cuando sube a un escenario?

– Para mí estamos en un mismo barco, en la consecución de una pieza. Son ellos tan importantes como yo: sé que me miran, pero yo también los miro, estamos compartiendo un lenguaje distinto. Y cuanto más se conozca la danza, cuanto más se extienda esta visión, más felices seremos todos. Creo rotundamente que el arte debe pertenecer a la sociedad.

 

– Después de toda una vida dedicada a la danza, ¿ha definido una idea clara de cómo se podría apoyar al sector?

– En las escuelas debería haber más arte, más danza y más conocimiento del cuerpo. Los niños crecerían de una manera más consciente. Casi lo veo como una sanación: eres más feliz porque conectas contigo mismo. La gente no conoce su cuerpo, no sabe qué tipo de máquina extraordinaria es. Además de eso, la danza en las escuelas aportaría un conocimiento del otro. Deberíamos recordar que el teatro es la casa de todos. Este es el hogar de todo el mundo, donde estar y poder expresarse. Ello crearía un público crítico que supiera mucho, y se generaría un efecto dominó, porque habría más demanda de danza, entre otras artes. 

 

– En su caso, a pesar de la pandemia, no ha dejado de trabajar. ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

– Es cierto. En enero de 2020 estábamos de gira por festivales en China y después vinieron Estocolmo, Italia… El 14 de marzo volvimos precipitadamente desde Canadá, antes del cierre y de los meses parados. Luego nos pidieron hacer el dúo Al desnudo para Madrid en Danza, que pudimos estrenar el 26 de junio en la Sala Roja de los Teatros del Canal. Sentí una comunión tan especial dentro del sector, tanta ilusión y emoción por volver, que nos impulsó a seguir. Hasta 2022 no volveremos a las giras por el extranjero, pero me gusta mucho esta experiencia nacional. Tenemos proyectos en marcha y algún estreno en los próximos meses, pero ahora el miedo es programar y no poder representar por la pandemia. Esto nos ha cambiado a todos, pero en nuestro caso hemos cambiado doblemente: si antes nuestra danza era muy física, ahora lo es más. Acabamos agotados. La pandemia ha hecho que bailemos cada día como si fuera el último.

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