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28-03-2022


Israel Elejalde


"Una de las mayores suertes que puedes tener como actor es conocer a gente más talentosa que tú"

 


Tiene cierto poso filosófico que aplica en el trabajo. Con sus personajes lleva al espectador hasta las profundidades de la reflexión en este tiempo en el que casi todo se queda en la superficie. Antepone la calidad al negocio, una utopía que en Teatro Kamikaze naufragó pese al prestigio alcanzado. El reconocimiento le acompaña también en el audiovisual, como demuestra su aparición en las 'Madres paralelas' de Almodóvar



PEDRO DEL CORRAL

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Estudió Ciencias Políticas, pero le conquistó el teatro. Hasta el punto de no haberse movido de él en el último cuarto de siglo. Su pasión por la escena le llevó a fundar el extinto Pavón Teatro Kamikaze, donde alumbró algunos de los títulos más icónicos de la cartelera: La función por hacerMisántropo o La clausura del amor. Todos ellos fueron el pasaporte perfecto a Carlos Vermut, Alberto Rodríguez y Pedro Almodóvar, con quien trabaja en la reciente Madres paralelas. La televisión tampoco se le ha resistido, con personajes en VenenoAna Tramel. El juego o Traición.

 

   A Israel Elejalde le encanta hacerse preguntas. Al salir de casa. Cuando ve una serie. Tras una comida. Mientras lee un libro. A veces se detiene para recapitular, pero a los minutos ya ha vuelto al runrún. Y lo hace cada vez con más ímpetu. Cuestiona el mundo y su cultura. También la posición del actor sobre las tablas. Y, por qué no, la suya propia frente a la sociedad. No para. Ni mental ni físicamente. Esta particular habilidad es percibida por el espectador desde el primer segundo en que pone un ojo sobre él. Es algo innato. De hecho, Pilar Miró se dio cuenta de ello en 1997, cuando le fichó para su versión del clásico de Lope de Vega El anzuelo de Fenisa. Allí conoció a Miguel del Arco, figura clave de las artes escénicas de la que no se separa desde entonces. Juntos han armado las reconocidas obras La función por hacerVeraneantesMisántropoHamlet o Ricardo III. En todas ellas insisten en plantear numerosas dudas al gallinero. El objetivo es hacer reflexionar al público… así que nada mejor que ir predicando con el ejemplo.

 

   La formación en  Políticas le dejó un poso casi filosófico que hoy resulta de lo más característico en su currículum como intérprete. Da igual si el trabajo es para cine o televisión; para Elejalde lo importante está en el fondo y no en la forma. "Pensar, pensar, pensar…", se empecina este fundador del desaparecido Teatro Kamikaze en el Pavón madrileño. Sus papeles en Magical girl (Carlos Vermut, 2014), El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016) y Madres paralelas (Pedro Almodóvar, 2021) avalan su tesis de que hay que desafiar la realidad para avanzar. Impacta su enorme capacidad para ver más allá de las palabras. Algunas las ha pronunciado a través de personajes tan dispares como aquel Matías Salazar de Amar en tiempos revueltos, el Víctor Ayala de Traición, su recreación de Pepe Navarro en Veneno o ese Santiago Moncada de Ana Tramel. El juego, aunque todos ellos han tenido algo en común: el inconformismo. Quizá sea eso lo que ha hecho que sus historias perduren en esta época de consumo rápido y casi insustancial. Y por el mismo motivo será recordado este actor-productor-director-que-te-vuela-la-cabeza.

 

- ¿La vida es mejor interpretarla que vivirla?

- Sí. Hay momentos en los que te irrumpe esa sensación. El escenario es un espacio de energía que te vertebra y, cuando no te sientes bien, se convierte en un sitio en el que todo tiene sentido. Aquí cualquier historia tiene principio y final.



- ¿Por ello se enamoró de este oficio?

- Desde pequeño me llamó la atención lo artístico porque mi tío era cantante de ópera. Además, de vez en cuando hacía alguna cosa en los típicos fines de curso. Recuerdo que algo clave ocurrió a mis 13 años: José Carlos Menéndez montó un grupo de teatro en el instituto que me dejó fascinado. Lo malo era que no le veía fruto, así que opté por estudiar Ciencias Políticas. ¿Qué pasó? En la universidad me reencontré con un compañero que hacía un curso en el Laboratorio de William Layton. No le di ninguna importancia, hasta que repensé mi futuro. Me lancé y me apunté ese verano. Quería ser actor. Mi padre aceptó cuando se lo comenté, pero antes debía acabar la carrera. Él pretendía que me encargase de su empresa… Yo tenía otros planes.

 

- Podría haber llegado a La Moncloa.

- La política me fascina, pero se quedó aparcada ahí. Si no me hubiese dedicado a la interpretación, no sé qué habría pasado.

 

- Muchos le consideran un actor de culto. Todo apunta a que tomó la decisión correcta.

- Esa expresión es muy subjetiva. Para algunos lo seré y para otros no. Yo, desde luego, no me considero así. Pero bienvenidas sean las valoraciones positivas. 

 

- Hace 24 años se estrenó con la Compañía Nacional de Teatro Clásico y bajo la dirección de Pilar Miró. ¿Qué significó para usted El anzuelo de Fenisa?

- Más allá de haber sido mi origen, lo que más valoro de aquella etapa es la posibilidad que tuve de vincularme a una persona tan ingeniosa como Miguel del Arco. En esta profesión no basta con el esfuerzo; también se necesita suerte. Y una de las mayores suertes que puedes tener es conocer a gente más talentosa que tú.

 

- Con ese objetivo creó Kamikaze Producciones, de donde salieron títulos aplaudidísimos. ¿Qué tenían esos montajes?

- Aparte de su calidad, su éxito se debió al momento en el que surgieron. La función por hacer supuso un cambio de paradigma brutal: por primera vez una compañía que actuaba en una sala pequeñita daba el salto a los teatros nacionales. Influyó el planteamiento del discurso de manera terrenal y a medio metro del público. Después llegó la acogida de Misántropo, que dialogaba con un tiempo social de hartazgo. Fue un buen golpe sobre la mesa.

 

- Algunas de esas obras se han representado durante una década. Si comparamos su primer año con el último, ¿qué vería?

- Dos funciones totalmente distintas. Empecé La función por hacer cuando tenía 35 años. El texto recoge monólogos muy filosóficos en los que se debate sobre la dificultad para reconocerte en el que eras. A esa edad, es evidente que los sacas adelante, pero no significan lo mismo que cuando tienes 45. En este punto ya empiezas a notar que las arrugas han aflorado y comienzas a mirar más hacia el lado del final. Entonces, las palabras surgen de modo diferente. Miguel [del Arco] solía decir que habíamos perdido espontaneidad y habíamos ganado profundidad. Es como un ser vivo. 

 

- ¿Le ha sucedido con algún otro trabajo?

- Con Hamlet, de Shakespeare. Se trata de una obra tan inabarcable que nunca te deja de sorprender. Además, yo la interpreté tras la muerte de mis padres, por lo que la viví como algo telúrico. Jamás me he considerado un actor de método, pero al hablar todo el rato de la muerte y la trascendencia, surge un diálogo contigo mismo que resulta muy fructífero y emocionante.

 

- Unos años más tarde nacía el Pavón Teatro Kamikaze con la idea de recuperar esa producción. ¿Qué ha supuesto para usted ese proyecto?

- Ponerlo en marcha y gestionarlo durante cinco años fue algo que nunca entró en mis sueños. Y pese a las dificultades que sufrimos, me cambió la vida. La libertad que me dio para hacer lo quise y con quien quise fue un regalo que jamás imaginé. Eso no está al alcance de muchas personas… ni siquiera de mi yo de ahora.

 

- En 2017 el proyecto recibió el Premio Nacional de Teatro. Sin embargo, echaría el cierre en 2021.

- Al final todo es negocio. Nosotros teníamos un esquema clarísimo: es cierto que nos interesaba la venta de entradas, pero lo principal era que los espectáculos tuvieran calidad. Esta idea siempre fue sostenible en el límite, hasta que llegó la pandemia. La manta de la cultura siempre es muy corta: si tapas a algunos, dejas descalzos a otros.



- ¿Hasta qué punto los actores se alimentan de ese miedo?

- Yo no diría miedo, sino incertidumbre. Un actor siempre tiene que estar en un grado más o menos alto porque eso te obliga a no repetirte, a buscar retos, a investigar… Esa incerteza a veces se convierte en miedo, y ahí surgen las inseguridades. El escenario es uno de los peores lugares para tener miedo. Los chutes de adrenalina que uno siente cuando se sube a las tablas o se pone delante de la cámara se parecen a los de un alpinista: aunque exista temor, la pasión nos puede.

 

- ¿Qué relación mantiene con el fracaso?

- Es algo que nadie busca, pero hay una parte de él que resulta necesaria. Como artista, te configuran más los fracasos que los éxitos, te obligan a refundarte.

 

- Decía Hamlet que "el propósito de actuar siempre ha sido y será servir de espejo a la naturaleza". ¿Debe el teatro remover conciencias?

- Desde luego. Es el lugar perfecto para reflexionar sobre nosotros mismos. Esa es su función desde que se creó: averiguar qué somos, qué queremos ser y qué hemos sido. De él hay que salir siempre con más dudas que las que tenías al entrar.

 

- ¿Cuál es la razón de ser del teatro en pleno 2021?

- Para mí, los teatros son parques intelectuales, lugares donde acudimos a pensar. El público y los actores se reúnen en el mismo espacio y deciden jugar al mismo juego: creerse que una persona está haciendo de otra. Eso resulta maravilloso en una sociedad en la que la ingenuidad infantil está denostada. 



- Le acabamos de ver en Madres paralelas. Si Almodóvar dice "Ven", ¿uno lo deja todo?

- Eso fue lo que me pasó a mí. En la industria existe una broma que siempre decimos cuando nos hacen una propuesta: "Lo cojo, salvo que me llame Almodóvar". No obstante, hay cierta verdad en ello: es el director que mayor proyección internacional tiene, así que pasar por sus manos es un auténtico regalo.

 

- Ya es un 'chico Almodóvar'.

- La posibilidad de trabajar con Pedro es un sueño cumplido.

 

- Cuando se reúne un elenco como el de ese largometraje, ¿la vanidad aflora?

- Yo siempre he sabido cuál es mi posición en cada proyecto. En el caso de Madres paralelas, Penélope [Cruz] es quien lleva el peso de la historia y yo desarrollo un papel destinado a apoyar su acción. A mí este rodaje me ha regalado la sensación de estar con gente que te enseña cosas nuevas.

 

- ¿Qué debe tener un guion para que usted decida aceptarlo?

- Me fijo en quién está al mando. Me han llegado textos que no me decían demasiado, pero sí confiaba a ciegas en la persona que iba a dirigirlos. También es importante el personaje: si no hay donde rascar, es muy difícil disfrutar. Lo mejor es que te presente algún desafío y te obligue a reconfigurarte. Lo mismo pasa con las historias.

 

- Eso fue lo que le ocurrió con Magical girl, de Carlos Vermut.

- Sí. Desde el primer instante sentí que detrás había un peliculón. Carlos tiene una forma muy sencilla de dirigir, de plantear los planos, pero implica un nivel de concentración muy grande para el equipo.



- A lo largo de su carrera ha encarnado a algún que otro político: en VeraneantesRefugioLos mariachis… ¿Llega a comprender la corrupción rampante o la laxitud jurídica?

- Sí. La política es un arte muy difícil. Al estar estrechamente relacionada con el poder, la vinculación con lo más oscuro del ser humano está ahí. Desde el punto de vista dramático, el político es oro puro, pues implica moverse entre grandes decisiones y dilemas morales. Aun así, una cosa es entenderles y otra es perdonarles.

 

- ¿Es necesaria esa incomodidad para la creación artística?

- Yo hablaría de inquietud. No puedo plantear un argumento con la intención de ser incómodo. De lo que se trata es de estimular al público para que se haga preguntas que no se ha planteado antes. Nosotros no hacemos teatro o cine para refrendar el pensamiento del espectador, sino para animarle a repensar la realidad

 

- ¿Cómo definiría la relación de España con la cultura?

- Tensa. Los poderes fácticos llevan muy mal que los artistas cuestionemos lo que ellos consideran inamovible. Y hablo tanto de la derecha como de la izquierda. En este país la cultura se ha utilizado muchas veces como elemento propagandístico. Y cuando no ha sido así, se la ha atacado.

 

- ¿Actuar implica tomar decisiones?

- Sí, de manera constante. Actuar es analizar cómo se toman las decisiones en la vida y después intentar llevar ese juego al escenario.

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