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19-11-2020


Iván Massagué


“Arrastrar a ese niño con fracaso escolar hace que cada pequeño éxito sea un Óscar”

 

Vive una etapa de madurez en la que por fin se siente actor tras dos décadas de carrera. Muy interesado en la gastronomía, no descarta dedicarse a otras cosas. De momento, hace vino y dirige un festival de cine en la Terra Alta catalana


EDUARDO VERDÚ

REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA

Una de las pocas alegrías que nos dio el confinamiento fue el estreno de El hoyo, que llegó a competir en la liga de largometrajes españoles preseleccionados para los Óscar. Se trata de una original historia de ciencia ficción, emocionante e impecablemente actuada por un tipo carismático y de nariz grande. Hablo de Iván Massagué, que está esperándome paciente en un restaurante siciliano tras haberme perdido.

 

– Menuda han liado con El hoyo.

– Sí, bueno, la peli del confinamiento. Primero se estrenó en Toronto y se llevó el Premio del Público, y luego en Sitges fue la primera película española que lo ganaba. Ahí empezamos a pensar que lo habíamos hecho bien. Pero llegó a las salas y, al ser una película pequeña sin promoción, la gente apenas fue. En los Goya se llevó el trofeo a los efectos especiales. Yo pensaba que era una buena oportunidad para que el cine español se abriera a producciones de este género, así que me disgustó que no se le diese más bola: pasó sin pena ni gloria. Hasta que llegó el confinamiento, se lanzó el 20 de marzo en Netflix y… pelotazo. Se extendió como la pólvora. A mí este éxito me ha pillado en casa con zapatillas y pijama, con una realidad bastante distorsionada, pero salivando por que me traiga trabajo.


– ¿Y está siendo así?

– Sí, sí. La Academia de Cine finalmente decidió proponer El hoyo para los Óscar, o sea, que igual habían entendido algo. La película ha gustado mucho en el extranjero, en Estados Unidos llegó a ser número uno. Ahora estoy trabajando, estoy de coña, en un momento bueno dentro de toda esta mierda.


– ¿Hay proyección internacional a la vista?

– No te puedo contar una cosa. Ya lo verás, pero estoy feliz, me va increíble [risas]. Me he puesto rojo y todo. Me cortarían la polla si lo digo, pero está ahí, es algo potente.


– ¿Alguna vez se le pasó por la cabeza la posibilidad de llegar hasta aquí?

 El hoyo tiene 56 millones de reproducciones en Netflix. En este mismo momento caigo en que, si me voy a cualquier país, es posible que alguien diga: “Esa nariz me suena”. Es increíble, estoy emocionado. En fin, que igual hasta has entrevistado a alguien importante [risas].



– ¿Cómo marcha su vida personal?

– Soy un tío muy solitario. Un nómada. Me gusta ir arriba y abajo, y eso no ha cambiado en absoluto: yo voy decidiendo en cada momento dónde quiero vivir. Si a eso le añades que hay trabajo y que me ilusiona muchísimo… pues perfecto. No es que reste valor a lo que he hecho antes, pero de repente estoy en un momento como de madurez, he madurado en los últimos cuatro años.


– ¿Qué ha pasado en ese tiempo?

– De pronto cumples los 40, ahora tengo 44, y dices: “Ha pasado algo, ha habido un clic aquí”. Estás más tranqui, pisas mejor, y si eso lo extrapolas al trabajo, eres más interesante, te fijas más en las cosas. Soy más consciente del trabajo y lo disfruto más. Diría que me siento más actor, algo que nunca me había sentido.


– ¿Por qué no?

– No lo sé. La actuación me pilló en una edad muy promisoria en la que no sabes bien qué hacer. Probaba cosas distintas, pero nunca decidí esto. Yo no dormía y era actor, me sudaba la polla, con esa actitud sobrada de “Tú dame el texto y te lo hago”. Hace 20 años llego a Madrid, empiezan a darme curro… Y me lo he pasado muy bien, pero había algo en mí que no era feliz. Me encantaría ver un carburador, que me flipase y tenerlo claro: “Monto un taller mecánico y a vivir”. Pero soy un inconformista, normalmente me canso de las cosas. Y me gusta. En este oficio no he tirado la toalla porque me ha ido bien, aunque todavía no descarto dedicarme a otra cosa en algún momento. He tenido que hacer un esfuerzo para disfrutar de esta profesión. Y ahora por fin lo hago. Es un trabajo muy potente a nivel personal, te hace mejor persona.


– ¿Cómo?

– Porque vas chupando de personalidades, de caracteres, de personajes cuya manera de actuar y de pensar tienes que defender. La interpretación te hace empático con la peña, aunque en mi caso también me hace un poco amargo.



– ¿En qué sentido?

– He llevado muy mal el tema de la fama tras el confinamiento. Hace ya más de 20 años que empecé con El cor de la ciutat, una serie de mediodía, y gente que no conocía de nada me señalaba mientras estaba ahí con mi poesía y mi whisky. Aquello fue muy impactante para alguien sensible como yo, con mis miedos y mis mierdas.


– ¿El miedo escénico es uno de ellos?

– Sí. Lo tenía todo en contra y, joder, hoy me siento orgulloso de mí. Nadie me ha ayudado, a lo mejor mi nariz, mi físico, mi desparpajo, el plumaje que sacas cuando llegas a una sala de casting… Pero no he tenido un mentor. Al ser disléxico, cuando estudiaba se me movían las letras, así que arrastrar a ese niño con fracaso escolar hace que cada pequeño éxito sea para mí un Óscar.


– ¿Cómo fueron sus inicios?

– Empecé pronto en El grupo, a los 20 años. Pero no había estudiado interpretación ni tenía la madurez de los chavales de ahora, que hablan idiomas, cantan, bailan… Son actorazos brutales que lo dan todo. Y pienso: “Hijos de puta, yo a vuestra edad estaba mirando al sonidista” [risas]. Era poco profesional. Por eso vuelvo a decir que me he hecho actor ahora, tras 20 años. Y es que yo no me caso con nada. Tengo amigos que se han casado con esta profesión y no tienen miedo a nada. A mí me da mucho respeto este curro, eso me hace humilde. Pero cuando más relajado y seguro intento estar es entre el grito de “¡Acción!” y el de “¡Corten!”. Michael Caine dijo que la interpretación es relajación. Esa frase me la tatué a fuego. Para estar bien, solo respira.


– Hubo un tiempo en que estuvo peleado con su físico. ¿Ha habido reconciliación?

– Sí, siempre tuve complejos. En la edad del pavo me quería operar la nariz, que encima no paraba de crecerme. En el cole decían: “¡Menuda nariz le ha salido al Massagué!” [risas]. Sufría mucho y mi madre me llevó al médico, pero cuando me contaron que en la operación me darían con un martillo y un cincel… Al final dije que no. Y menos mal, porque me ha dado trabajo.


– Es un rasgo que le distingue.

– Sí. Es posible que hace 15 o 20 años el protagonista de El hoyo hubiera sido un tío guapísimo, el pivonazo del momento. Pero en este tiempo lo que interesa es la realidad. Aunque esta sea una película de ciencia ficción, tiene mucho de real. El hoyo es el mundo, la sociedad; es una crítica al capitalismo, al individualismo, a la división de clases. Está cargada de mensaje. El argumento habría sido muy parecido si durante el confinamiento, en vez de bajar comida, la plataforma de la peli hubiese bajado papel de váter y mascarillas. La pandemia no nos ha hecho mejores, en realidad seguimos siendo despreciables. ¿Un mundo mejor es posible? Yo ya no lo creo.


– Está claro que su cara sirve para el drama. Y también le hemos visto en comedia.

– Y para historias de época, es una cara borbónica que te cagas [risas]. En la serie que estoy grabando, Parot, disfruto como un enano dando vida a un psicópata violador. Y este papel me llega en la madurez porque alguien pensó: “No quiero al típico guapo de facciones duras para hacer de psicópata, sino a un tío que te puedas cruzar por la calle”. Por fin alguien ve eso. Somos actores, e independientemente del físico, deberíamos tener la oportunidad de demostrar lo que valemos, salir de nuestra zona de confort y jugárnosla. Yo estoy disfrutando esa oportunidad. ¿Cuánto durará? No lo sé, ya no pienso nada, no me imagino el mundo de aquí a dos semanas. Tengo trabajo, así que lo saboreo, lo celebro día tras día.



– Ahora está usted fenomenal.

– Es una carrera que sigue. Es como El hoyo: aunque hoy estés a un nivel de puta madre, ¡cuidado!, que quizá caigas a un nivel bajo. Ahora ganas dinero, ahora viene la pandemia…


– ¿Qué tal gestiona sus ingresos?

– No sé cómo se gestiona la pasta. Soy un tío muy gastón, muy disfrutón, me gusta la gastronomía, la cocina. Si puedo, igual me como ocho estrellas Michelin al año. Para mí los chefs son estrellas de rock. No soy previsor: ¿y si mañana te atropella el autobús? Pero ya pienso en un plan B porque, por desgracia, uno no es actor todo el año.


– ¿Cuál es ese plan B?

– Cada día cambio de negocio. Tenía una agencia de turismo gastronómico de lujo para americanos que hemos tenido que cerrar. Tal vez en el futuro, a los 68, abro un bistró y comes lo que a mí me salga de los huevos [risas]. Me gustaría algo relacionado con la gastronomía. Pienso cosas, pero no hago nada. Al final siempre me sale algo: una peliculita que no te soluciona la vida pero te mantiene, como lo derechos de imagen de Gym Tony. Y también dirijo un festival de cine que monté cuatro años atrás con unos amigos en la Terra Alta, la Toscana catalana, donde además hago vinos.

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