– ¿Ya en Madrid, se matriculó convencido en Derecho?
– No. Mis padres se empeñaron. Tenían razón: “un chico, tras el bachillerato, debe pasar por la universidad”. Siempre deja un poso, malo, bueno o regular.
– ¿Y hubo poso de amistades?
– Ninguno. Imperaba una mediocridad total. Apenas los amigos del Colegio Estudio que siguieron conmigo; Juan García Hortelano, con el que coincidí en alguna tertulia… y Rafael Martínez Emperador, asesinado luego por ETA cuando era magistrado [1997].
– ¿Qué tal expediente tuvo usted?
– Normalito. En primer curso habría… 900 alumnos. De ellos, 50 chicas, máximo. ¡Y eran las más estudiosas! Aprendí más en París, antes de la carrera, donde mi padre era corresponsal de ABC. Tuve la suerte de acabar bachillerato con buena nota, y pasé allí todo un verano. Vi cosas distintas.
– ¿Por ejemplo?
– Aquí yo iba al cine con las chicas, que miraban a Gary Cooper, en vez de a mí. Pero en París, vi por primera vez a una pareja besarse en la calle; vi una bandera roja con la hoz y el martillo; fui al Folies Bergere o al Casino, con las chicas semidesnudas, a pesar de la censura de De Gaulle. En el público, soldados norteamericanos, canadienses…
– Y en el cine, ¿qué vio?
– Películas americanas subtituladas. Me entusiasmó Les enfants du paradis. Y Veronica Lake en Me casé con una bruja. Aparecía rodeada de humo cuando se iba a desnudar. “Esto es la censura”, pensé. Cuál sería mi decepción al ver que en la versión de aquí había el mismo humo. Lo habían rodado así [risas].
– Esa fascinación por la mujer se refleja en todas sus películas.
– Se refleja desde que nací [risas]. Siempre me ha gustado más, no solo por fotogenia. Me gustan más las hembras.
– ¿En sus equipos también?
– Ha habido muchas… pero me refiero a la vida en general. Mi madre, mi abuela… Cuando empecé a dirigir, en televisión, tenía más actrices. Quizá por eso he admirado a George Cukor, que además era homosexual.
– ¿Quiénes eran sus referencias?
– Carol Lombard y Ginger Rogers. Sin duda.
– ¿Y por aquí?
– Irene y julia Gutiérrez Caba. Irene ha sido la mejor que he visto nunca: sensibilidad, gracia y talento. Es una familia perfecta de actrices con excepciones como Emilio. Por cierto, los tres trabajaron en un programa mío en la tele, cuando Emilio tenía 14 años. Y, cómo no, Amparo Rivelles, una de las personas más hermosas que he visto, gran actriz y buena amiga de mi madre.
– No era fácil que triunfaran las guapas…
– Es que se exigía que fueran bellezas… y fantásticas. Apenas despuntaban las excepciones. Como Pepita Serrador, la madre de Chicho [Ibáñez Serrador], argentina, una belleza y payasa: hablaba, pero sabía llorar, como las italianas. Las españolas eran, en cambio, o guapas o dramáticas.
– Isabel Pantoja, ¿en qué categoría está? Siempre figurará vinculada a usted, guionista de sus dos películas.
– ¡En ninguna! [Risas]. Con ella no he trabajado, solo he estado implicado. Destrozaron uno de esos guiones [El día que nací yo]. Me salí a los diez minutos del cine. Era una historia de gitanos, que los primeros minutos hablaban en caló subtitulado. Pero al quitarlo, mutilaron la gracia. Lo convirtieron en una novela rosa, con Arturo Fernández de protagonista.
– Nada que ver con el éxito de Mi querida señorita, que vieron casi dos millones de espectadores.
– Fíjate que ahora hay una versión teatral, por cierto, que ha hecho Bernardo Fernández, preciosa.
– ¿Quién haría hoy el personaje de Adela?
– ¡Eso quisiera yo saber! [risas]. No veo a ninguno. José Luis López Vázquez fue un hallazgo. Y eso que no quería hacerla…
– ¿Por qué?
– Era una época delicada para aquel tema. Y, en el rodaje, pedía cosas absurdas, como que, cuando tocaba el piano, se vieran las manos de una mujer. ¡Si él sabía tocarlo! Hay una escena en la que se le acerca Ferrándiz y él-ella sale corriendo por la playa. “Yo no corro como ellas”, dijo. Y tuvimos que buscar una doble en Playa América, en la ría de Vigo, donde rodábamos. Pero él no quedaba conforme.
– Pues no quedaría tan mal, cuando la película les llevó a Hollywood…
– Yo ni me enteré de que había llegado tan lejos. Hasta que recibí un telegrama. Sabía que había un Óscar para Greta Garbo, Gary Cooper o Carol Lombard, pero ignoraba que podría haber para los pobres europeos. Me llamó Borau, mi buen amigo y coguionista. Y allá que fuimos Elena Santonja [pareja de Armiñán], Borau, López Vázquez y una compañera que tenía entonces, madre de alguno de sus hijos.