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05-07-2021


JAVIER ALBALÁ

“Las limitaciones son un compañero imprescindible de creación y de aprendizaje”


 

Regresa a “la autopista del trabajo actoral” tras una década alejado de los focos y dedicado a la enseñanza. Está representando ‘Eva contra Eva’ y ha estrenado la serie ‘Parot’ y la película ’75 días’


ISMAEL MARINERO MEDINA

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

De ser un actor popular, de ganar el premio de la Unión de Actores, Javier Albalá pasó al doloroso ostracismo. Tras una década dedicada a la docencia, regresa al primer plano con el sosiego, la sabiduría y la generosidad de un maestro zen.

 

   Su historia (Ginebra, 1969) es la de quien no se rinde. Cuando dejó de sonar el teléfono, casi de un día para otro, luchó por mantenerse a flote con el teatro y de la docencia. Su rostro, tan frecuente en la televisión y el cine de los noventa y los primeros compases del siglo XXI gracias a series y películas como Abogados o Más que amor, frenesí, dejó de aparecer. Tal cual. Lo cuenta con la serenidad de quien deja atrás su “travesía del desierto”, como la llama él, gracias a su formación continua, su labor como profesor de interpretación y sus proyectos teatrales (Eva contra Eva), cinematográficos (75 días) y televisivos (Parot). Pese a las malas pasadas que le jugó el oficio, Albalá parece un hombre en paz, consigo mismo y con el trabajo de actor, dispuesto a abordar desafíos con la pasión de un primerizo y el aplomo de un veterano.


– ¿Cómo es que nació en Ginebra? 

– Mis padres se fueron a Suiza a buscarse la vida en lo más crudo del franquismo. Los dos eran de León, pero se conocieron en Ginebra, donde se hicieron novios. Cuando ahorraron un poco de dinero volvimos a España. Coincidió con el año en que murió Franco. Entonces empezaba esa nueva etapa para nosotros como familia y para España como país.



– ¿Cómo vivió esa adaptación a un sitio nuevo y tan distinto?

– Tenía seis años y noté una diferencia enorme. Ginebra era una especie de paraíso plácido, ordenado y amable, un contraste muy grande con Aluche, que por entonces era el extrarradio de Madrid, no la zona residencial llena de parques que es ahora. Los edificios estaban muy separados entre sí, había descampados… era un lugar bastante inhóspito. Las maneras de relacionarse y los juegos infantiles también eran muy diferentes. Todo pasaba por medirse con los demás para ver quién era el más fuerte. Para mí fue un shock, pero me adapté.


– En esos años infantiles, ¿hubo alguna pista de que iba a acabar dedicándose a la interpretación?

– No. Mi primera vocación tenía que ver con el dibujo y la pintura. Mis padres me apuntaron a la Escuela de Artes Decorativas y durante muchos años tuve claro que mi futuro pasaba por ahí. Pero la llegada a España también me llevó a encontrarme con la televisión, que hasta ese momento no me había interesado. En la adolescencia empecé a ir al cine todas las semanas a una sala de sesión continua. Allí tuve mis primeros encuentros platónicos con historias que me hacían soñar.


– ¿Alguna película marcó un punto de inflexión?

– Me impactó muchísimo All that jazz. La vi en la tele de la casa de mis abuelos en León. Recuerdo a Roy Scheider ante el espejo, tomándose toda esa cantidad de pastillas y diciendo: “¡Comienza el espectáculo!”. Me marcó mucho lo trepidante de esa vida que llevaba y la presencia del concepto de la muerte. No pude entender toda la profundidad con la que la película reflexionaba sobre la creación artística, pero algo de eso claramente me dejó huella.


– ¿Cómo recuerda la etapa de formación y los primeros pasos en la profesión? ¿Hubo un choque entre las expectativas y la realidad?

– Empecé a ir al teatro con 15 años, gracias a un amigo que quería ser actor. No teníamos ni un duro, pero él se sabía un truco: le pedía al jefe de sala que nos dejaran entrar si quedaban butacas vacías. Nos hicimos amigos de varios actores que estaban trabajando continuamente. Lo que hacían encima del escenario me parecía inalcanzable, pero ellos hablaban de estudiar… y yo pensé: “¡Ah, que esto se estudia!” [ríe]. Así acabé en Leyton. De una manera natural y fluida, empecé a acercarme al oficio. ¿Expectativas? Subirme a un escenario era mi único deseo. Y se cumplió con creces.



– Al repasar su trayectoria en aquellos años aparece la noticia del grave accidente que sufrió mientras rodaba Síndrome. ¿Cómo fue aquello?

– Tremendo. Era una secuencia en la que tenía que perseguir a otro personaje con una navaja y me corté la femoral accidentalmente. Estuve a punto de desangrarme. Para mí fue tomar conciencia de que la vida se puede acabar en un parpadeo. Es necesario recordar que estoy vivo porque el sistema sanitario funcionó a la perfección. Un equipo del SAMUR me fue a buscar, me cosieron allí mismo, me llevaron a un hospital donde había gente muy preparada que me hizo una primera operación que me salvó la vida… y luego otras dos más. Además de la vida, también me salvaron la pierna. Ahora que en este mundo tan loco se pone en entredicho el valor de lo público y se privatiza a diestro y siniestro, me parece imprescindible decirlo: yo estoy vivo gracias a que el sistema sanitario español es público y funciona porque pagamos impuestos. Debemos luchar por ello. Hoy se están haciendo gestiones de lo cultural, lo educativo y lo sanitario que responden solo a un enfoque capitalista, y habría que mirar más hacia lo común.


 Aparte de rozar la tragedia personal, ¿qué aprendió de aquella experiencia a nivel profesional?

– Que hay unos límites sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer en un rodaje. La pasión a veces te juega malas pasadas, y conviene recordar que lo que sucede en la ficción debe ser mentira. Por mucho que puedas meterte en un personaje, nuestro trabajo no tiene que ser real, debe ser verosímil. Hay que estar muy vivo, en todos los sentidos.


– ¿Cómo es su proceso creativo?

– En la juventud ese proceso está unido a la energía que tienes y que necesitas utilizar. Durante años utilicé esa energía para luchar con el oficio, con las cosas que no salían, con los compañeros… Poco a poco, de manera natural, vas encontrando tu camino. En el mío me he dado cuenta de que la limitación es un componente más del trabajo creativo, un elemento importantísimo. Te encauza, te enfoca en una dirección, acaba por ser un compañero de creación y de aprendizaje imprescindible. Un actor está al servicio de la producción, de la historia, del director… Necesitas desarrollar una inteligencia emocional y una capacidad de adaptación muy grandes para construir los personajes en torno a eso



– ¿Su labor docente le ha cambiado la visión del oficio?

– Mucho. Hay esta frase que dice: “Cada uno enseña lo que necesita aprender”. Es justo lo que me ha pasado a mí. A nivel técnico, la docencia me ha posibilitado compartir herramientas que fui tomando de distintos maestros y haciendo mías. Al enseñarlas, necesitas ser sencillo, y gracias a esa depuración he podido comprenderlas y utilizarlas mejor. Los alumnos han sido mis maestros: si no entienden algo, es que no lo estoy haciendo bien, así que necesito destilar y elaborar más. En ese proceso aprendo muchísimo.


 ¿Se ve reflejado en sus alumnos, en esa energía juvenil?

– Es revitalizador. Y te ayuda a ponerte en tu sitio. Cuando llevas unos años en esto te das cuenta de que la pasión y las ganas las tienen todos más o menos en igual medida, pero solamente se les da la oportunidad a algunos. Y ahí hay un misterio. ¿Por qué alguien consigue tener una carrera larga, con mucha actividad, mientras que otros tienen carreras interrumpidas o acaban dejándolo porque no les sale nada? Gente muy talentosa se ha quedado por el camino. Con ese misterio hay que relacionarse con humildad y apertura.


– ¿Qué ocurrió en su caso entre 2010 y 2020? Es como un agujero negro en su carrera…

– Tras grabar las dos temporadas de Pelotas, que tuvieron buena acogida por parte del público, la serie se canceló por un cambio de directiva en TVE. Y desde que ocurrió aquello, donde antes había varios proyectos activos, de pronto no quedó nada. Gracias a la formación que fui acumulando a lo largo de tantos años y a la oportunidad que me dio mi compañero y mentor Juan Codina, he podido centrarme en la docencia, y eso es lo que me ha mantenido enraizado. Eso me permite valorar que, cuando han vuelto a contar conmigo para ser protagonista de una serie como Parot, estos años me han servido para estar en forma y afinar mis herramientas interpretativas. De alguna manera, he vuelto a la autopista del trabajo actoral. ¿Por qué? No lo sé.

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