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14-10-2021


Javier Bódalo

“Cuando era pequeño mi madre me leía cualquier papel y yo me lo aprendía solo con escucharla”


Casi renuncia a ‘30 monedas’ para no faltar a su palabra con una amiga. Su carrera y sus proyectos desbordan homenajes a su gente y su barrio



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Javier Bódalo cumplió ocho años mientras rodaba La hora de los valientes (1998). Antonio Mercero, el director del largometraje, le regaló un futbolín que él aceptó risueño, aunque olvidaba que en su casa no cabría aquel tablero gigante con cuatro patas de aluminio. Así que lo guardaban desmontado en aquel piso de dos dormitorios en el que vivían seis personas. Si querían jugar, lo montaban en la calle. “Mercero debió pensar que yo vivía en un chalé”, imagina Bódalo. Pero lo cierto es que creció en el barrio de La Ventilla, en el distrito obrero de Tetuán (Madrid). Allí nació hace 31 veranos.

 

   Tras más de dos décadas actuando, el artista mantiene su domicilio en el barrio. Así cuida de su padre. A pocos pasos de su casa, Y en el bar El Verduras, le conocen de siempre. “Mi nieto también se está metiendo a actor, como tú”, le saluda la camarera. Allí sentado, Bódalo recuerda su paso por las series Los SerranoEl comisarioPelotas o Cuéntame. Más recientemente ha dejado también su impronta en Maricón perdido y, en plataformas le hemos visto gracias a Por H o por B 30 monedas (HBO).

 

   El cine tampoco falta en su repertorio, ya que a las desventuras con Mercero le siguieron películas como El espinazo del diabloCobardesTiempo después o Zona hostil. Esta última estaba ambientada en la guerra de Afganistán y el actor encarnaba a un cabo del ejército español. 


— ¿Volvió de aquel rodaje más patriota?

— Más cansado, desde luego. Nos ayudaron a meternos en el papel con una instrucción militar. Descubrí el aguante que tienen los soldados. Fue bastante duro. Pero más patriota creo que no soy [ríe].



— ¿Alguna vez ha recibido formación como intérprete? Lleva trabajando desde niño.

— No. Nunca he dado clases de interpretación. Como he tenido mucho trabajo y no he encontrado grandes parones en mi carrera, tampoco he tenido tiempo para ningún curso. Y diría que no me ha hecho falta. Cuando me comunico con el equipo, o con el resto de actores, hablo el mismo lenguaje que ellos. No hay ningún tecnicismo que se me escape. Me he formado trabajando.


— Hay actores que recuerdan con nostalgia el despliegue del cine español en los noventa, aquel en el que intervino usted cuando aún vivía su infancia.

— Recuerdo que La hora de los valientes, que recreaba el Madrid de la guerra, fue una producción espectacular. Y El espinazo del diablo, de Guillermo del Toro, aún más. Aunque no repetíamos las tomas tanto como ahora. Todo iba muy medido. Lo que se rodaba, se quedaba. Ahora escucho más aquello de que ya lo arreglarán luego, en posproducción. Eso antes estaba prohibido.



— ¿Por qué le llaman tanto para las series y el cine de género fantástico?

— Por mi físico, que resulta muy peculiar, quizá por ello da bastante juego. No soy el típico guapo, ni tengo el pelo rubio, tampoco estoy cachas. Yo no soy ese. Cuidarse está bien, y yo no me descuido, pero no me mido los abdominales. Estoy delgado, así que pueden ponerme prótesis, inflarme y desinflarme como quieran. Me llevo mucho de juegos como ese.


— ¿Qué sintió cuando contaron con usted para 30 monedas?

— Costará creerlo, pero fue un momento algo agridulce porque ese día, por la mañana, me habían reclamado para trabajar en Por H o por B. Y me había llamado en persona la directora, Manuela Moreno, quien durante años había escrito ese personaje expresamente para mí. Dije que sí, claro. Cuatro horas después llegó la llamada del equipo de Álex de la Iglesia. Y lo mismo: había un papel en 30 monedas, el del mendigo Antonio, que estaba hecho a mi medida. Lo pasé fatal, hasta el punto de estar dispuesto a renunciar a este último, pues las producciones precisamente coincidían en el tiempo. Mi palabra vale mucho, y más si se la he dado a una amiga, como lo es Manuela. Al final conseguí ajustar los planes y pude rodar las series a la vez.


— ¿Y cómo llegó a todo?

— Un día con unos, otro día con otros. Desde siempre tengo mucha facilidad para aprenderme los textos. Sé que, para hacer mi papel de mendigo en 30 monedas, hay quienes se habrían pasado cuatro meses en la calle o tirándose de un campanario. Pero para mí era mucho más sencillo porque vengo de un barrio pobre y conozco personas que me recordaban al personaje. Escogía alguno de sus gestos. Es la técnica que mejor me funciona. Más allá de esto, Álex de la Iglesia me dio libertad, así que llevé el papel por mi camino. Hasta ahora no he encontrado ninguna crítica mala hacia ese personaje.



— Entre actuación y actuación prepara su primer cortometraje como director. 

— Sí, aunque lo tengo parado por los rodajes. Quiero encontrar el momento para poder volcarme en ello del todo. Me gustaría hablar de la heroína, las adicciones, de lo que las rodea, puesto que es un problema muy presente en mi barrio. Algunos amigos de mi padre han muerto, otros han acabado en la cárcel. He visto mucho dolor a mi alrededor. Recuerdo que en el camino al colegio, al cruzar el parque, encontraba jeringuillas a mi paso. Un montón. Mi madre nos pedía que parásemos en seco, cogía un pañuelo, las recogía y las tiraba a una papelera. Como mis amigos también han sufrido mucho porque les ha tocado en casa, me están ofreciendo ayuda con este corto. Mi gente siempre me ha dado apoyo en lo relativo a mi carrera.  


— Fue su madre quien le llevó a su primera prueba, ¿verdad?

Ni se imagina la cantidad de horas que tuvo que pedir libres en el trabajo para que yo pudiera con todo. Cuando era pequeño ella me leía cualquier papel y yo me lo aprendía solo con escucharla. Mi madre se ha dejado la piel por mí, también para convencerme de que acabara los estudios. No valió de nada: a mí me resultaba fácil la interpretación, me gustaba, pero la Secundaria se me daba fatal. Así que no la terminé. Ojalá el sistema educativo se orientara a formarnos a cada uno en lo nuestro. Sobre todo, a quienes tenemos vocaciones artísticas.


— Hace años contó que aspiraba a llegar a lo más alto. ¿Cómo va ese sueño?

— Aún me queda mucho. Yo quiero trabajar todos los días: levantarme por las mañanas y marcharme a un rodaje. Para mí, eso es llegar a lo más alto. Eso y, a lo sumo, comprarme una casa en el campo para ir allí de vez en cuando. Porque para vivir, yo me quedo en mi barrio.



Envidiosos y cobardes

“A los 13 años me di cuenta de que lo mío con la interpretación iba en serio. Actuaba en varias series a la vez. En Los Serrano encarné a un chico que era víctima del acoso escolar. Lo peor es que luego empezaron a hacerme en clase las barbaridades que me ocurrían en la ficción. Pasé así dos cursos, hasta que se lo conté a mis padres. Lo denunciamos. Supongo que todo aquello nacía de la envidia, de que veían que yo era feliz. Traté de justificar lo que me pasaba, entendía que quizá ellos venían de vidas tristes y dirigían su rabia contra mí. Años después me vi interpretando a un acosador en la película Cobardes. La proyectábamos en auditorios y teatros para que la vieran los estudiantes y luego dábamos una charla donde yo mismo contaba mi historia. Ahí llegué a entender mejor qué me había pasado. Lo más triste es que, cuando era adulto, me crucé con mi acosador y siguió intentando reírse de mí. En esa ocasión mis amigos le llamaron y le pusieron un cordón sanitario. Nadie entendía aquello. Y hace años también me agredieron en una discoteca solo por ser actor. Es increíble. Quienes lo hicieron ya pagaron su multa, aquello ya ha quedado zanjado. Aunque los abogados me dijeron que seguramente podríamos conseguir una condena más grande, lo hemos dejado estar, mi madre lo pasa mal cuando ve que llega cualquier noticia del juzgado”.

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