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30-11-2020


Javier Rey


“Mi gran obsesión es descubrir a la persona que hay detrás del personaje”

 

El oficio de actor se presentó ante él como salida a la desmotivación de la adolescencia. De ello fue testigo su tierra natal, a la que regresaría después para su consagración con la serie ‘Fariña’. Hoy está convencido de que será (aún) mejor cuando sea mayor

  


PELAYO ESCANDÓN

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Javier Rey (Noia, A Coruña, 1980) llega puntual a la cita en un hotel de la Gran Vía madrileña. Se desplaza con soltura en moto desde que llegó a la capital 20 años atrás. Viene solo. Pelo oscuro perfectamente revuelto, barba y ojos con rasgos ligeramente rasgados que apenas dejan atisbar lo que trama.

   Le explico el tipo de entrevista que haremos. Larga, sin prisa, donde se pueda recrear. Le recalco que se extienda en las respuestas, que reflexione cada frase con el tiempo que considere, que evite echar balones fuera. “Seguro que te puedes explayar”, le animo. “Soy gallego. Ya sabes cómo vamos”, sonríe. Recuerdo que ese fue el titular de su última entrevista en un diario de provincias. “Es mi gran excusa”, se carcajea. 

 

– Va a estrenar El verano que vivimos, su segunda película de este 2020. La primera ha sido nada menos que una historia de superhéroes titulada Orígenes secretos. ¿Cómo resultó el rodaje?

– Disfruté mucho, salvo por la ola de calor y aquellos trajes de cuero que me deshidrataban. Rodábamos de noche y nos moríamos de calor. Siempre dije que me gustaría un Batman o Iron Man, un personaje de ese tipo.


– O sea, que le gustan los cómics.

– Los leo desde pequeño. En casa los leía mi padre, que los intercambia con sus primos. Orígenes secretos la dirigió David Galán Galindo, una de las personas que más saben del tema en este país. Hablarle de cómics es como decirle a Messi que juegas al fútbol. Él te contestaría: “Tú juegas partidos de solteros contra casados. Yo soy Messi” [risas].


– Ya que estamos con directores, ¿tiene una lista de nombres fetiche?

– Me gustaría trabajar con Manuel Martín Cuenca, Cesc Gay, Almodóvar… Repetiría con Carlos Sedes, que para mí es uno de los mejores. Sabe mucho, exige mucho, va más allá de lo que marca la letra. Su propuesta siempre va a superar a la tuya Y además de todo eso, muestra sensibilidad hacia los actores, es muy buen tipo.



– Usted nació y creció en el pueblo pesquero de Noia en los años ochenta. ¿Qué recuerdos tiene?

– Estar pegado al culo de mi hermano mayor y jugar en la calle con el balón y la bicicleta. Noia es un sitio espectacular para criarse. Supongo que para los padres aparentemente no había peligro por tener a los niños todo el día correteando por ahí. De pequeño pensaba que todos los lugares tenían mar. Me quedé en shock cuando me explicaron que no, cuando mi padre me dijo que Santiago no tenía mar. Imagino que fue la primera decepción existencial. “¿Cómo que no tienen mar?” [risas].


– Aquella era la Galicia que décadas después retrataría la serie Fariña, su mayor éxito hasta la fecha. ¿Qué vivencias infantiles conservaba cuando encaró el papel de Sito Miñanco?

– Aunque me encontrara una jeringuilla en el suelo, no tenía ni idea de lo que sucedía, era un niño. Al preparar ese personaje me venían imágenes que me hicieron tener conversaciones con mi madre. Le preguntaba: “¿Cómo nos dejábais jugar en la calle con eso?”. Y ella me contestaba: “¿Yo qué te decía? Que no tocaras ni cogieras las jeringuillas. ¿Tú las tocaste? Pues ya está”. Y es que ninguno lo hicimos. Todos los padres actuaron de la misma forma. ¡Vivan las madres de los ochenta!


– ¿Sacó alguna conclusión al concluir aquel viaje televisivo?

– La historia demuestra que las cosas siempre van a más, y más cuando no se atajan porque no interesa. Eran delitos que mucha gente trató de pasar por alto hasta que el asunto se fue de las manos. Aquello explotó porque no daba más de sí: tuvo que palmar toda una generación entera.



– ¿En la infancia fantaseaba con la gran pantalla?

– De niño no valoraba una película. Ni siquiera me había planteado que ser actor fuera un oficio. La inspiración fue de otros hacia mí, y mi virtud estuvo en dejarme llevar y darme cuenta de que esto no era solo aprender una cosa y lanzarla sobre el escenario de cualquier manera. Había que ordenar todo eso que empezaba a ser caótico en mi cabeza. Mi gran suerte es cómo me acerqué a este mundo.


– Durante la adolescencia se aficionó al ciclismo.

– Era un estudiante regulero. Soñaba con ser deportista profesional. El ciclismo se cruzó en mi camino por influencia de mi hermano, que se metió en el club de Noia. Yo seguí sus pasos. Me lo tomaba en serio, era mi gran ilusión. Pero para ese deporte hay que ser una máquina física, y no llegué al mínimo para ser profesional.


– Una vez cerrada esa puerta, se fue a A Coruña estudiar Análisis Clínicos.

– En el instituto no me motivaba nada. Mis amigos pensaban en carreras, estudios de Formación Profesional… y yo no tenía ni idea. Durante unos años me moví por inercia. Iba escogiendo por descarte. No me llegaba la nota para algo que me motivara. Lo que más quería era salir a estudiar fuera. Me matriculé en eso para luego acceder a Enfermería.


– Hasta que se cruzaron en su camino los culpables de que sea actor.

– Cuando terminé el instituto hice un curso de interpretación de fin de semana que organizaba en mi pueblo un colectivo audiovisual del que formaban parte amigos míos. El profesor, Xosé Manuel Esperante, fue el primero que me preguntó si me planteaba formarme. Yo hacía las cosas un poco por sensaciones, sin tener mucha idea. Hasta que empecé a ver que aquello podía ser un oficio. Entre semana estudiaba en A Coruña y los fines de semana preparaba obras de teatro. Aunque algunas cosas salían, yo esta perdidísimo. Pero eso ya era una escuela y no lo sabía. Veía a Xosé hacer cosas que no se habían ensayado y empecé a descubrir un mundo. Es un actor impresionante, siempre será un referente.


– ¿Qué aprendió de subirse a las tablas a las bravas?

– Aprendí muchísimo. Con el paso del tiempo me di cuenta de que aquel caos estuvo muy bien. La escuela me enseñó unas cosas, pero ir a lo loco sin casi tener herramientas me dio callo, me enseñó a no tener miedo y a hacer cosas simplemente porque me venían, sin medir las consecuencias. Aunque no siempre salieran bien.


– Tras curtirse en Galicia dio el salto a Madrid.

– Llegué a principios de los 2000 con dos amigos de la infancia. Estudiaría y me volvería. Me lo pasé increíble, Madrid era como Disney World. Compaginaba los estudios con el teatro, aunque también trabajé como vendedor de pescado online. Conocí a mucha gente e hice mi propia familia. Estuve tres años en Cuarta Pared, en Embajadores, para luego continuar con Iñaki Aierra y Augusto Fernandes. No paro de formarme.



– Su carrera ha sido de ascensión fluida, algo bastante excepcional. ¿Nunca tuvo deseos de abandonar?

– Nunca pensé en tirar la toalla, pero muchas veces he tenido dudas. Cuando vislumbras de qué va esto te das cuenta de que realmente es un estilo de vida. Las consecuencias son muy distintas en función de cómo te vaya. Al principio parecía que el único trabajo inseguro era este. Por suerte, he tenido un recorrido relativamente lógico, bueno para mí. A cada etapa llegaba preparado para afrontarla, observando cómo lo hacían los compañeros mayores.


– En una industria con tantas afecciones ha resultado asintomático.

– Lo llamamos industria, pero es bastante pequeña. Si pones en relación los actores con los proyectos que hay, es evidente que no da. Hay una selección muy agresiva que no siempre es la más justa. Lo que tengo claro es que no conozco a ningún actor mayor que no sea bueno. Dentro de 20 años seré mejor de lo que soy ahora. Los mejores con los que he trabajado siempre han sido los más mayores.


– Greta Fernández ha afirmado en una entrevista para esta cabecera que a los actores en España “no se les educa para trabajar en casa”. ¿Qué opina usted?

– Hay tantos métodos como actores en el mundo. Cada uno organiza y entiende el personaje de una manera. Los maestros y las escuelas te enseñan una guía de cómo empezar a ponerlo en pie y darle vida. Después, cada cual con su librillo. Hay actores que no se lo preparan tanto porque prefieren ganar frescura.


– ¿Cuál es su caso?

– Soy un obseso del trabajo en casa. Mi método es llegar con una propuesta lo suficientemente fuerte como para que el primer día de ensayos pueda resultar productivo. Y en caso de que el director me indique que estoy equivocado, dispondré de tiempo suficiente para hacer correcciones. Aquí hay que trabajar mucho, podrías no parar nunca.


– ¿Cómo afronta ese trabajo? 

– La pregunta mágica que haces sobre cualquier personaje es: “¿Por qué?”. Desde ese punto puedes pasarte horas y días llegando a cosas que no te valdrán de nada en el rodaje. Construyes toda una vida alrededor de un tipo para luego quedarte con lo más concreto. Cuanto más trabajes en casa, más tranquilo estarás, mejor será el resultado.


– ¿Cree que a veces los personajes se simplifican?

– Sí. Puedes quedarte con lo más reseñable que le ha ocurrido, los diferentes trabajos que ha tenido… pero así solo compones un personaje superficial, la cara que él mostraría de sí mismo. Es igual que lo que hace la gente en las redes sociales. Y luego está la persona que hay detrás, que es más interesante que el personaje, y mi trabajo consiste justamente en revelar todo eso. Hay que buscar las fisuras de los personajes para que terminen siendo más ricos en matices. Supongo que es mi gran obsesión. Y lo disfruto casi tanto como rodar.



– Decía usted en una entrevista que casi nadie habla del envés oscuro de esta profesión: la soledad ¿Le afecta a menudo?

– Lo he vivido este verano. Mucha gente piensa que vivimos en un mundo de fantasía, ilusión y brillibrilli, piensan que vivimos siempre en los Goya. Ahora me ha tocado estar dos meses en Málaga trabajando un montón. Al final de la jornada te vas a un piso que es provisional, llegas reventado y te acuestas. Pasan las semanas y prácticamente has estado solo y trabajando. Eres feliz porque eso es lo que has elegido, de acuerdo, pero también cuesta afrontar esa realidad. A veces puedes enganchar distintos proyectos y pasar varios meses viendo a los tuyos a través de la pantalla del teléfono.


– A principios de este año declinó hacer esta entrevista para poder alejarse del foco de las revistas del corazón.

– Esas publicaciones son daños colaterales de mi trabajo. Lo afronto con el consabido carácter gallego de que ni sí ni no. Como si sale una noticia que dice que como osos polares. Me da exactamente igual. Una cosa es mi trabajo y otra cosa es mi vida. Como no tienen ni puta idea de quién soy, estoy convencido de que escriben incluso en base a cosas que ellos creen o interpretan.


– Sin embargo, ese halo misterioso retroalimenta la atención.

– La gente pensará que nuestra vida es de cierta manera. Pero tampoco hay mucho más. No paso droga como Sito Miñanco, no mato gente como Malpica en Hache [la serie de Netflix], no soy cojo, no tengo una metralleta debajo del colchón ni viajo en el tiempo [risas].

 

   Al terminar la conversación, Rey bromea con el fotógrafo, que se prepara para la sesión de fotos. “Creo que no he hablado tanto durante una entrevista en mi vida”, admite.

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