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25-01-2021


Fotografía: Lulo Rivero


Jesús Carmona

“¿Cuándo vamos a devolver a la cultura lo que nos dio en el confinamiento?”



El Premio Nacional de Danza 2020 reivindica la figura y el patrimonio cultural de los tablaos en un año crítico para el sector



BEATRIZ PORTINARI

Jesús Carmona (Badalona, 1985) recibió la llamada que le comunicaba su Premio Nacional de Danza 2020 en el aparcamiento de un supermercado, con su mujer y su hijo. Y la situación tuvo algo de tragicómico:

 

– No me gastes bromas, por favor, que este año no estoy yo…

– Pero, Jesús, que no es broma, de verdad. Que has ganado el premio. Yo nunca bromearía con algo así– respondió Amaya de Miguel, directora del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, la encargada de transmitirle el galardón.

 

El bailaor y su esposa, que acababan de comprarse unos humildes macarrones, saltaron y gritaron, abrazados entre los coches.

 

   El jurado valoraba “la profundidad de su trabajo creativo, en el que la investigación arranca del respeto a la tradición e innova con destreza reflexiva, convirtiendo en material coreográfico un rico repertorio de experiencias”. A Carmona se le saltaron las lágrimas cuando leyó esta descripción de su labor. Al fin una buena noticia en el año más duro de su carrera, aunque también le trajo la nominación a los Premios Benois de la Danse (los Óscar de la danza) y el estreno de su espectáculo más transgresor, El salto, en la Bienal de Flamenco de Sevilla.

 

   Licenciado en Danza Española y Flamenco por el Institut del Teatre de Barcelona. Primer espada del flamenco contemporáneo al que se rifan en los escenarios nacionales e internacionales. Este treintañero con las botas calzadas no deja de reivindicar el lugar que debería ocupar el flamenco en nuestra sociedad. 

 

– Afirma que no se recuerda si no es bailando. ¿De dónde proviene esa pasión?

– Desde pequeño, solo quería bailar. Recuerdo los desayunos con mis cuatro hermanos antes de ir al colegio: mi madre ponía la radio mientras tomábamos un vaso de leche con galletas en la cocina, y cuando sonaban coplas o canción española yo empezaba a mover las manos y no paraba quieto en la silla. Mis padres no venían de una saga de artistas ni teníamos relación con el flamenco... Aunque esto no es del todo cierto: justo antes de morir, mi abuela le contó a mi madre que ella tenía una tía abuela bailaora que había bailado en los tablaos de Sevilla. ¡No teníamos ni idea! No he buscado información y no sé más sobre ella, pero quizá podría considerarse que llevo esa herencia en las venas.



 Fotografía: Marcos Domingo


– ¿Se define como bailarín o bailaor, coreógrafo, creador?

– Rocío Molina planteaba en un espectáculo una definición que me cautivó: “Danzaora”. Y creo que así me identifico, como un “danzaor”. Yo quería ser “más bailaor que nadie”, pero ya he superado esa etapa. No me considero un bailaor tradicional. Y no soy solo bailarín: he ido dando pequeños pasos hacia la libertad de movimiento, hasta identificar mi propia identidad. El proceso me ha costado 10 años y siete espectáculos, pero en este momento me reconozco en lo que hago y me identifico con ello. Dicen que nuestras células se renuevan cada cierto tiempo; a mí se me renuevan y soy distinto en cada espectáculo. Y en los próximos años seguiré evolucionando en mi faceta creativa como coreógrafo. Cuando el cuerpo me diga que deje de bailar, seguiré creando espectáculos para que bailen otros

 

– Con seis años aprendió a bailar con Sonia Poveda, pero también ha aprendido de Antonio Canales, Güito, Manolete, Rafaela Carrasco. ¿Qué ha heredado de ellos?

– Sonia Poveda, la hermana de Miguel Poveda, era maestra con 16 años en la peña La Macarena y el Niño de Morón, donde me apuntaron mis padres. Ella me enseñó el alma del flamenco, la vida de los tablaos de aquel momento. Güito y Manolete me enseñaron a estarme quieto, porque yo soy muy nervioso y su flamenco era muy pausado, con muchas respiraciones y calma. De Antonio Canales aprendí la libertad de movimiento y no querer parecerme a nadie. De todos ellos he aprendido mucho, pero recuerdo con especial cariño las noches en los tablaos con Sonia cuando era niño. Yo llevo poniéndome las botas y saliendo delante del público desde que tengo siete años. Por eso me duele que nadie ponga el grito en el cielo ante el cierre de tablaos

 

– ¿Cree que existen ciertos estereotipos sobre los tablaos en España?

– Sin duda. Nos falta cultura social, nos falta educación sobre qué es un tablao y qué se experimenta allí. Por desgracia, llegamos tarde para corregir esto, parece que es un mero espectáculo para turistas extranjeros. La gran mayoría de la población ve los tablaos como algo casposo, de la época de la dictadura, bufones que bailan para señoritos. Y no es así. Lo más triste de la pandemia ha sido ver cómo artistas de todas las disciplinas ofrecieron su arte, subiendo vídeos o clases magistrales de forma totalmente altruista. En los momentos más crudos la gente ha consumido más cultura que nunca a través de sus ordenadores. Y cuando nos dejaron salir, hemos llenado las terrazas de los bares, pero los teatros y los tablaos siguen vacíos pese a ser seguros. ¿Cuándo vamos a devolver a la cultura lo que nos dio en el confinamiento?

 

– En su caso, tuvo que aplazar el estreno de El salto. ¿Cómo ha sobrevivido su compañía a 2020?

– Pasando penurias, como muchos compañeros de profesión. Yo me doy con un canto en los dientes porque sigo trabajando, aunque sea poco, porque sé de bailarines que no ingresan nada desde hace meses y han tenido que pedir ayuda a amigos, familiares o comedores. En nuestro caso, teníamos proyectos muy bonitos, muy potentes, que no sé cuándo volveremos a recuperar. Y nos hemos visto obligados a montar la producción de El salto tres veces. Íbamos a estrenar el 22 de marzo en Barcelona. Ya teníamos todo allí: el equipo, el vestuario, los billetes… y cerraron el país. Lo intentamos en septiembre, pero aplazamos de nuevo por un falso positivo en la compañía. Cuando por fin hemos estrenado, ante 200 personas en diciembre en Sevilla, ha sido un momento especialísimo. 



Carmona, en 'El salto'. Fotografía: Luka Radikovic


– En El salto reflexiona sobre los estereotipos del hombre y del mismo flamenco. ¿Le preocupa que el sector más purista no lo entienda? 

– He recibido críticas muy duras en Andalucía con otros espectáculos, pero no lo llamaría la crítica purista del flamenco, sino los tradicionalistas. Y no me siento identificado con ellos, no me preocupan. Yo no procedo de una familia con tradición flamenca, así que no puedo conservar algo que no tengo. Creo que todas las corrientes del flamenco pueden convivir y respetarse mutuamente. Es necesario que existan quienes mantengan la tradición y quienes queremos experimentar, dentro de la búsqueda de la libertad y el movimiento. 

 

– El Premio Nacional de Danza le ha reconocido en la categoría de creación. ¿Cómo es el proceso creativo de sus espectáculos? 

– Me puede llevar meses de investigación, de documentación. Suele nacer de alguna inquietud interior, de preguntas que quiero responder a través de la danza. Primero investigo, me documento. Después hago un guion con los palos. A partir de ahí, trabajo con los músicos y monto los bailes. Siete balcones hablaba de las ciudades que habían influido en mi vida. Ímpetu era un espectáculo de pura energía porque soy muy nervioso e inquieto. Amator respondía a un momento vital en el que no sabía si la danza seguía enamorándome. Y El salto surgió cuando supe que iba a ser padre de un niño. La pregunta que me hice fue: "¿Qué tipo de hombre soy, como referente, para este niño?". 

 

– ¿Y cuál era la respuesta a esa pregunta? 

– Quiero ser un hombre libre, sin prejuicios hacia mí ni hacia los demás. Y a mi hijo intentaré regalarle dicha libertad, siempre desde el respeto. Todos deberíamos ser feministas, que no es más que respetar a la mujer y respetarte a ti como hombre, y eso bailamos en El salto. En cualquier caso, habla del hombre, de los problemas que nosotros tenemos, no del feminismo. El escenario es un lugar donde curarte y sentirte orgulloso. ¿Nos hace menos masculinos mostrar nuestra feminidad? No lo creo. ¿Hay estereotipos de género en la sociedad? Sí, absolutamente. En todas partes: lo veo en los dibujos animados, en los juguetes para mi hijo. La feminidad y la masculinidad son las dos caras de una misma persona. Los hombres deberíamos pararnos a pensar en la herencia que hemos recibido de la sociedad, en los errores, y en qué podemos hacer para corregirlos. Este es mi granito de arena. 



– ¿Cómo se traduce ese manifiesto en danza?

– Llamé a Ferrán Carvajal para trabajar la dirección de escena y dramaturgia, y en una pizarra enorme íbamos planteando preguntas e intentábamos crear movimientos a partir de ellas. Quería saber si el movimiento tenía género, trabajar en las danzas ancestrales de otras culturas, las danzas creadas para los hombres, para la guerra, cuál era el trasfondo que tenían. Y desde el movimiento empezamos a estudiar el feminismo. Después monté toda la coreografía con los bailarines in situ, a partir de tener muy clara cada escena. No eran pasos preconcebidos, sino lo que le iba mejor a cada bailarín. Hubo momentos bastante duros porque descubríamos cosas que no nos gustaban sobre nosotros mismos. O me saturaba y necesitaba salir de ahí. Pero ha sido un proceso muy enriquecedor, muy bonito. Creo que hemos pasado de ser una compañía a una familia. Y nos ha hecho mejores.

 

– ¿Cómo percibió la reacción del público y la crítica en Sevilla? 

– Ha tenido muy buena acogida. Yo estaba acostumbrado a salir y que me felicitasen diciendo: “Ay, cómo bailas por soleá...”. Pero en esta ocasión fue distinto: me felicitaban en silencio, salían con la cara blanca, no encontraban las palabras. Me sentí un poco confundido. “No sé si habrá gustado o no… No me dicen nada”. Hasta que mi mujer me recordó: “Es un espectáculo duro. Hace pensar al espectador. Están todavía pensando sobre lo que han visto y lo que les ha removido”. Uno de mis objetivos para 2021 es que los festivales donde llevemos este espectáculo, por respeto al mensaje que quiero transmitir, sean certámenes donde haya equidad en la programación. Que haya hombres y mujeres a partes iguales. 

 

– ¿Cómo ve su futuro y el de la danza en los próximos años?

– Suelo ser el optimista del grupo. Esto pasará. Con el tiempo van a volver las giras y los grandes estrenos con cientos de espectadores, aunque yo hasta mayo no recuperaré la agenda que tenía. Tengo pendientes festivales en Jerez, Oviedo, Londres, Cádiz, Estados Unidos… Ya se verá. Recuerdo una reflexión con la que no estoy del todo de acuerdo: “Sin sufrimiento no hay danza”. Puede ser, pero tampoco creo que todo en la danza sea sufrir. Pienso que el artista, ante las adversidades, se supera. Seguro que después de esta pandemia van a salir obras de arte históricas en todas las disciplinas. A lo mejor de forma inconsciente, pero nos ha movido tanto a todos que va a ser una explosión creativa. Mientras tanto, yo ya estoy empezando a investigar y documentarme para mi siguiente espectáculo. No quiero adelantar nada, pero sí sé que seguiré explorando lo que siento y cómo lo puedo transformar en movimiento.

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