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03-08-2021

JORGE SUQUET

 

“Tengo la sensación de que ahora empieza lo bueno”

 

En EEUU descubrió su vocación y le dio forma. Pero su sitio está en España. Este actor madrileño que coqueteó con la radio cumple los 40 en un punto de inflexión: por fin se cree del todo lo que hace


JUAN FERNÁNDEZ

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

La madurez tiene la virtud de hacer ver a quien la alcanza que lo vivido no ha sido en balde, sino el precio que había que pagar para hacer hoy lo que antes parecía imposible. Jorge Suquet (Madrid, 1980) acaba de descubrirlo a las órdenes de Enrique Urbizu durante la grabación de Libertad, la serie que ha estrenado a finales de marzo en Movistar+. Atrás queda el chaval que descubrió la vocación por azar y se lanzó sobre ella sin pensárselo dos veces, aunque esa intuición le llevara a vivir varios años lejos de su país. Aquel actor defendió con dignidad y aires de gentleman papeles protagónicos y de reparto en títulos como Ángel o demonioCrematorioLa mula o La librería, pero sin acabar de creerse del todo que este fuera su sitio. El de estos días es un intérprete en transición que camina hacia la mejor versión de sí mismo. El entusiasmo con el que habla de esta transformación invita a creerle.

 

- Ha participado en una docena de películas y en más de 25 series. Si le pregunto qué personaje le marcó más, ¿sabría identificarlo?

- Sí, porque lo tengo reciente: el que acabo de hacer en Libertad. De nuevo, un personaje británico. No sé si se debe a este corte aristocrático que tengo, pero me suelen proponer que haga de inglés. Lo tengo comprobado. Me han llegado a preguntar si mis padres son británicos, cuando en realidad soy un madrileño de la Alameda de Osuna con abuelos de Argüelles y Chamberí y un bisabuelo catalán. Pero este trabajo ha sido diferente a todos los anteriores, al margen del acento. 

 

- ¿Por qué?

- Me ha permitido hacer todo el arco completo, y ese recorrido me ha hecho ver que estoy preparado para que me lleguen papeles más interesantes de los que hice en el pasado y para mostrar al nuevo actor que hay en mí. Lo he vivido como una revelación, como un punto de inflexión.



- ¿Tiene que ver con la edad, con la carrera…?

- La edad cuenta. Acabo de cumplir 40 años, una edad complicada si eres actriz, pero los actores tenemos la suerte de que se escriben historias interesantes para nosotros. Como John, mi personaje en Libertad, que está hecho con delicadeza. Este trabajo me ha llegado en un momento especial, de mucha introspección. La pandemia y la enfermedad de mi madre me cambiaron. Me cuido más, tengo más calma. Siento que he madurado y me veo con fuerzas para coger el toro por los cuernos y llevar las riendas de mi carrera. Hasta ahora me había dejado llevar por la corriente, con todo lo bueno y lo malo que eso tiene, pero la cosa ha cambiado. Incluso he empezado a poder verme en la pantalla.

 

- ¿Antes no podía?

- Siempre he tenido problemas con eso. En este oficio hay mucha gente que está encantada de verse y se siente muy orgullosa de su imagen, pero no es mi caso. Sé que trabajo en un escaparate, pero cuando interpretas no te ves, estás detrás de un personaje que ha escrito alguien y ahí sientes protección. Sí disfruto ese momento, pero no el de ver el resultado. No está relacionado con ningún complejo físico, sino con algo vinculado al ego que no es especialmente sano. Pero lo he estado trabajando. De hecho, al acabar Libertad agarré de la mano a Bebe, que hace el papel protagonista, y me metí con ella en la sala de cine para ver la serie. Tardé un capítulo en relajarme, pero al final me abstraje y lo disfruté.



- ¿También tenía esos reparos cuando decidió hacerse actor? No sé si recuerda ese día.

- Claro que lo recuerdo, pero tuvo su antecedente. Hasta los 16 años hice teatro como una actividad extraescolar más, sin imaginar jamás que eso pudiera ser un oficio. Mi sueño era convertirme en periodista. Mi madre trabajaba en el Grupo 16 y me encantaba acompañarla a la redacción. También iba a veces a la Cadena SER para ver a Iñaki Gabilondo en Hoy por hoy y se me caía la baba. Siempre me gustó la radio. Estudié Audiovisuales y llegué a trabajar en el programa de Radio Nacional El ojo crítico.

 

- ¿Y la interpretación?

- A los 16 me fui a EEUU para hacer tercero de BUP. Allí me apunté a un grupo escolar de teatro y a otro fuera del instituto en el que hacíamos improvisaciones. Íbamos por todos los colegios del estado de Maine representando escenas improvisadas relacionadas con los derechos humanos, que era un tema que se reivindicó mucho aquel año. Aquella experiencia me cambió la vida porque me planteé cosas que hasta entonces no había afrontado. Por primera vez me cuestioné mi sexualidad y entré en contacto con el mundo LGTBI. La profesora de improvisación me preguntó un día: “¿Has pensado en dedicarte al teatro?”. Y yo: “¿Es que me puedo ganar la vida haciendo esto?”. Nunca me lo había planteado hasta ese momento.

 

- ¿Qué pasó después?

- Cuando volví a España anuncié en casa que quería ser actor. Lo tenía clarísimo. En la universidad me matriculé en Audiovisuales, pero lo combiné con las clases de teatro con Cristina Rota y Alicia Hermida. Hice mis primeros castings y grabé muchos anuncios. Con el dinero que había ganado con la publicidad, al acabar la carrera regresé a EEUU. Esta vez, a Nueva York. Hice danza y movimiento con Arnold Taraborrelli antes de entrar en una escuela de interpretación. Fueron tres años muy intensos: apenas dormía, andaba todo el día de la escuela al restaurante donde trabajaba, pero aprendí mucho. Entré en contacto con el embrión del actor que quería ser. 

 

- ¿No lo era todavía?

- Allí no pude demostrarlo. Llegué a tener un representante y estuve a punto de hacer una serie para la NBC, pero cuando empecé a hacer castings me di cuenta de lo difícil que lo tendría. Un día me echaron de una prueba diciéndome: “Vuélvete a Dinamarca”. Estaba claro que yo no encajaba en el perfil de actor hispano que buscaban. Con el dinero que gané tras vender lo que tenía en Nueva York me fui a Los Ángeles. La ciudad me pareció una marcianada. No entendía la forma de relacionarse de la gente, ni esa ansiedad por estar en todos los sitios, ni esa competitividad tan exacerbada. Sentía que mi sitio estaba en España.



- ¿Cómo fue su aterrizaje?

- Después de tres años fuera me sentí un poco desubicado. Era 2007, tenía 27 años y no sabía por dónde tirar, pero aproveché la fuerza que había traído y me puse a llamar a todas las puertas. En EEUU hice un cursillo de estilo muy americano que se titulaba Actuar como negocio. En resumen, consistía en aprender a ser pesado, así que me puse a mandar emails como un condenado. Tuve la suerte de reencontrarme con la directora de casting Laura Cepeda, con la que ya había hecho mucha publicidad. Apostó de nuevo por mí y me abrió muchas puertas hacia la ficción. Me salió la serie diaria El porvenir es largo, y luego llegaron SofíaCrematorioÁngel o demonioLa mula… Poco a poco fui construyendo mi camino, como pude y como me dejó la carrera.

 

- Ha hecho cine y teatro. Y sobre todo, mucha televisión. ¿Cómo lleva el debate entre todos ellos?

- Para mí es lo mismo en dialectos diferentes. Todo depende del proyecto que te ofrezcan y del momento de tu vida en el que te encuentres. Lo que no cambia es el oficio. A mí lo que me gusta es la artesanía de este trabajo, el modo de comunicarlo ya es secundario. Me encanta el proceso de construir el personaje, lo vivo con mucha intensidad, y también como un juego. Me gusta hacerle una play list e imaginar qué música escucharía. También visito museos para buscar en los cuadros a figuras que pienso que se le parecen. Mi otro momento favorito es la puesta en escena, esa cosa que sucede cuando oyes “¡Acción!” o cuando sales al escenario y sientes la energía del público. Siempre es diferente, siempre estás aprendiendo. En este oficio siempre es primer día de cole. 



- ¿Qué es lo que menos le gusta de él?

Haber vivido situaciones incómodas que no han sido agradables. Como oír que no soy ni lo suficientemente hetero ni lo suficientemente gay para hacer determinado papel. Una vez vino a verme alguien al teatro, donde estaba haciendo un personaje extremo, porque quería asegurarse de que podía hacer un papel heterosexual. ¡Como si solo hubiera una forma de interpretar a un hombre heterosexual! Oír eso es frustrante. También lo es asumir que, por mucho que tú intentes controlar tu carrera, esta depende de tantos factores ajenos a ti que es imposible llevarla por donde quieres. 

 

- ¿Acertó al apostar por la interpretación?

- Sí, sin duda. A pesar de la dureza que tiene, no habría podido hacer otra cosa, no hay nada que me apasione tanto como esto. Siempre lo he pensado, pero cada vez lo voy viendo más claro. Tengo la impresión de que llevo muchos años pidiendo permiso, como si no me creyera del todo lo que hago, y ante esa duda, habría optado por esconderme tras los guiones para evitar la exposición. Pero eso ha cambiado. Lo mejor que puedo ofrecerle a esta profesión está por venir. Tengo la sensación de que ahora empieza lo bueno.

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