Jorge Valder
“Faltan historias que cuenten la realidad de los migrantes que viven en España”
Los de las pateras, los pobres, los ilegales, los sicarios, los traficantes, los mafiosos. Sobran clichés y falta profundidad. Existen otros muchos perfiles y caminos vitales entre las personas que proceden del extranjero. Este creador colombiano urge a que el audiovisual español refleje esa diversidad. Ello favorecería la convivencia social y el alcance internacional de las producciones
JUAN FERNÁNDEZ
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Jorge Valder (Bogotá, 1979) se ha cansado de que le ofrezcan papeles de sicarios o mafiosos y de esa sensación que le acompaña en los rodajes: “Tu acento llega antes que tú mismo y cuenta más que tu capacidad interpretativa”. Formado como cineasta en Madrid, tras volver a Colombia desarrolló su perfil de actor durante varios años. En 2019 regresó a España para continuar una trayectoria en la que podemos encontrar los filmes Hasta el cielo, Llegaron de noche o El salto y la serie Tú también lo harías. Por el camino no ha abandonado la faceta de director. Tiene su propia productora, Filmanidad, con la que hace principalmente publicidad. Su objetivo actual va más allá de sus inquietudes creativas, aunque se nutre de ellas: hacer ficción que muestre la realidad de los migrantes para reducir la desconfianza que hay en la sociedad hacia ellos.
– Los últimos 30 años ha vivido entre Colombia y España. ¿De dónde se siente?
– Soy un actor colombiano. Se me nota mucho mi origen. No puedo disimularlo ni quiero hacerlo. Es curioso cuando viajo allí: mis paisanos me hacen ver que ya voy siendo un poco extranjero. Me siento de los dos lados, pero ahora proyecto mi futuro aquí. En este país resido y tengo familia. Me veo produciendo, dirigiendo y protagonizando películas.
– ¿Vino usted igual que hacían los artistas de España cuando se embarcaban para hacer las Américas?
– Vine en 1999 a estudiar. Con 20 añitos. Me formé como director, montador, técnico, guionista… Me relacioné bien con los compañeros y profesores de la escuela y llegué a rodar mis propios cortos al terminar la formación. Empezaron a salirme ofertas laborales cuando se me estaba acabando el permiso de residencia. Había venido solo por estudios, no por trabajo. Decidí quedarme un tiempo como ilegal, y en esa situación me costaba encontrar empleo. Nadie quería hacer contrato a alguien sin papeles. Así que me volví a Colombia.
– ¿Qué pasó después?
– En Bogotá me empezó a picar la interpretación. En realidad, siempre he actuado. Lo primero que me atrajo de esta profesión fue el teatro. De hecho, ya había participado en funciones en el colegio y la adolescencia. A la hora de estudiar, sin embargo, tiré por la dirección. El interés por la actuación siempre estuvo ahí, y me lo tomé más en serio a mi regreso. Estudié, me formé, empezaron a salirme ofertas y poco a poco fui haciéndome actor profesional. Empecé con la serie El Chapo, una de las primeras producciones que Netflix hacía en Colombia. Tuvo bastante éxito. A partir de ese momento vi claro que mi sitio estaba en los dos lados, delante y detrás de la cámara.
– Eligió esta orilla del Atlántico para explorarlos.
– Sí. Hace siete años vine otra vez, ahora como profesional, no como estudiante. Me encontré con una situación que no esperaba. Los personajes a los que yo aspiraba en las convocatorias de casting en Colombia eran muy variados, como los papeles que al final me salían, pero aquí solo me ofrecían hacer de sicario, traficante, mafioso… Era muy divertido porque vas con armas, corres, saltas. No obstante, son roles sin carga dramática, figuras que entran, disparan, matan o los matan y salen. Esto no solo es frustrante como actor, sino que supone una pérdida narrativa para el espectador, privado de conocer la realidad humana detrás de ese personaje, sus motivaciones, sus vivencias.
– ¿Las ficciones inciden en los clichés cuando incluyen personajes latinos?
– No solo latinos. Hablo de inmigrantes en general. Me llama mucho la atención que, habiendo tanta población de origen extranjero viviendo en este país, sus vivencias apenas se reflejen en la pantalla. Cuando aparecen, se cuentan de manera superficial, siempre incidiendo en el estereotipo. Hay alguna excepción, como ocurre con la cinta de Benito Zambrano El salto, que sí plasma esa realidad, aunque la mayoría de las producciones ofrecen una mirada desde el cliché. Está el que llega en patera, el pobre, el ilegal… Y hay otros perfiles que no se muestran. Porque también hay gente profesional, adinerada, a la que le va bien, con sus alegrías y sus desgracias. No obstante, sus experiencias suelen ser invisibles en las series y películas. Habría que contarlas. Creo que es un debate pendiente al que me gustaría invitar a la industria y a la Academia de Cine.
– ¿Por qué no se enseñan esas realidades? ¿Por puro desinterés, por motivos económicos, por racismo larvado?
– Si es por motivos económicos, no tiene sentido: en esas ficciones habría negocio, ya que tendrían largo recorrido fuera. El futuro del audiovisual español no está aquí, sino en Latinoamérica, con aproximadamente 500 millones de espectadores ansiosos por ver esas historias. Los títulos españoles que han triunfado en el mundo lo han logrado porque han gozado de gran éxito en Latinoamérica. Es un trampolín. Los relatos de los latinos que vienen a vivir aquí y acumulan experiencias de todo tipo tendrían interés en sus países de origen. Ese nicho de mercado hoy no se está explotando.
– Entonces, ¿a qué lo achaca?
– Creo que la industria cinematográfica se enfoca en el mercado nacional. Piensa únicamente en los espectadores locales. El planteamiento habitual es este: hago mi película, me la subvencionan, me muevo en el mercado interno. Es una pena. Muchas producciones podrían alcanzar dimensión internacional, aunque deberían partir de esa mirada. Por ejemplo, mostrando la pluralidad de vivencias de los migrantes que residen en España.
– ¿Ahora estoy hablando con el actor, con el director o con el productor?
– Con los tres a la vez. Pero soy, sobre todo, un ciudadano preocupado por la creciente deriva populista. Los discursos extremistas, a menudo llenos de odio y desprecio hacia los migrantes, van ganando fuerza tanto en la política como en los medios. Por suerte, esto aún no ocurre en la calle. Creo que debemos contribuir a evitarlo, y el audiovisual tiene una misión importantísima que cumplir en ese sentido.
– ¿Cómo lo haría?
– Contando precisamente la realidad de esas personas migrantes. El odio se nutre del miedo, que nace del desconocimiento. Si conoces al otro, no desconfías de él. Y ahí las películas y las series sí tienen el deber de que la gente local pueda ver la vida a través de los ojos de todos los que llegaron de fuera.
– Hablamos de una misión social.
– Yo lo entiendo así. El cine puede ayudar a que la convivencia mejore, y considero que tiene la obligación de mojarse en el tema de la integración. Más aún en estos momentos de polarización. En cualquier ficción española donde hay sicarios, casi siempre son latinos. En cambio, si un personaje es abogado, siempre es español. La realidad es que en este país hay miles de médicos, camareros, taxistas, banqueros y profesionales de todo tipo de origen latino. Y sus historias no aparecen. Se trata de abrir una ventanita para entrar en una de esas habitaciones en las que viven inmigrantes y ver lo que hacen, de forma que el espectador pueda entender por qué piensan como piensan y sienten como sienten. Así se eliminarían muchos prejuicios y miedos, se generaría reconocimiento y empatía.
– ¿Falta un valiente que se atreva por fin a ello?
– Falta una producción cumbre, un petardazo que consiga éxito con un protagonista latino residente en España. Estoy seguro de que su eco sería aún mucho mayor en Latinoamérica. Falta ese valiente y faltan personas trabajando en esta misma idea y persiguiendo este mismo objetivo. ¿Hasta qué punto el Ministerio de Cultura o el ICAA pueden promover ese proyecto? No lo sé. Estaría bien que al menos reflexionaran sobre este planteamiento.
– Yo le diría: hágalo usted. ¿Lo haría?
– Claro. Le aseguro que ya lo habría hecho si fuera multimillonario. Por ahora tengo mi productora, y mi objetivo futuro es ese tipo de cine.
– Detállenos los ingredientes de su película soñada.
– Conlleva responsabilidad social. Te obliga a implicarte. Mi modelo se acerca más al cine de autor. Creo en él como una herramienta de reflexión, no de imposición de ideas. Los actores y demás profesionales del audiovisual que hemos llegado del extranjero podemos ser parte activa de la industria y la Academia de Cine.
– ¿Qué papel le gustaría jugar ahí? ¿Se ve siendo productor, director o actor?
– [Varios segundos de silencio mientras piensa la respuesta]. Actor. Aunque también me gustaría escribir, producir y dirigir. Lo importante es hacer el cine que me gusta. Si he de elegir solo un perfil, pediría ser actor. Al final, es el que cuenta la historia y da visibilidad a la realidad que se aborda, es la cara con la que se queda la gente, que a menudo ignora quién ha dirigido o producido. El actor tiene más reconocimiento público.




