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04-02-2020

“El cine requiere automatismos;
ni Buñuel era surrealista”


A principios de 2012, el genial director manchego accedió a puntear su trayectoria para la revista 'AISGE ACTÚA'. Se había afeitado –cosa muy insólita– para celebrar los 65 años y daba las últimas pinceladas a la película 'Todo es silencio’. Hirsuto o lampiño, su locuacidad apenas podía competir con su humor. José Luis Cuerda, que no es (que no era) poco



Una entrevista de JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Madrid, febrero de 2012

Se ha quitado la barba por primera vez en 40 años, y su silueta remeda ahora a la de Alfred Hitchcock. “Ya quisiera yo”, sonríe. Le ha obligado a raparse un policía corrupto, al que da vida en un cameo de Todo es silencio, su última película, ya en fase de remate. Esquilado, apenas lo reconocen por la calle. “¿Usted es Cuerda, el director de cine?”. “Yo soy director de cine cuando dirijo”, suele contestar, parafraseando a Josep Pla cuando era cronista parlamentario (“Ando por Madrid como contribuyente perfectamente prescindible”). Cuerda también camina mucho por Madrid para espantar cualquier susto: hace un año, un ictus dejó perezosa la mitad de su cuerpo. Largos paseos y una bicicleta elíptica le ayudan en el empeño saludable ahora que ha cumplido los 65. “Se me han muerto muchos amigos antes de esa edad. Yo ya sé que me toca cualquier día. Solo me queda el consuelo de que ese dolor se me pasa al minuto siguiente. Pero jode. No hace gracia”. 


– Hombre, también se va gente con más edad. Y muchos trabajaron a sus órdenes, como Fernando Rey, Fernán Gómez, Luis Ciges, Paco Rabal…

– Sí, pero me refiero a gente pionera en el cine que resultó decisiva para que yo lo hiciera. Lo que yo no haga bien es porque yo no lo aprendí, no porque ellos me enseñaran mal. Antonio Drove, Manolo Marinero, Luciano Valverde, directores de una sola película. Pilar Miró, Ramón Gómez Redondo, José María Carreño… 


– ¿Qué le enseñó Carreño, por ejemplo?

– Era tres años mayor que yo, lo conocí con veinte. Gracias a él entré en la literatura. Porque yo era un sesudo lector de filosofía, sociología… Creía que las novelas eran anecdóticas en la literatura. Me metió en El rojo y el Negro, de Stendhal, y me dijo: “Marca con un punto delante y detrás de las frases que te interesen”. Y con esa trampa llegué al final del libro. Aprendí más sociología y psicología en Stendhal que en cualquier tratado anterior.



– Todos admiran a Rafael Azcona. ¿Qué añora de él?

– El que no haya aprendido de Azcona es un tonto profesional. Era un ser con una calidad humana excepcional, y un humor... Tengo una de las últimas fotos suyas, con Gutiérrez Aragón, Sánchez Harguindey y Vicent en un curso que dimos los cinco en Almería un verano. Gutiérrez Aragón acababa de contar una anécdota en un paseo del conde Güell con Antoni Gaudí. “Todo el mundo me da palos con la arquitectura que hago. Solo le gusto a usted”, dijo Gaudí. Y Güell respondió: “No crea que a mí me gusta mucho, ¿eh?”. Y ahí está Azcona con boca de buzón. Ese mismo viaje me dijo: “José Luis, estoy muy malito”. Acababan de detectarle el cáncer.


– ¿No le invitó usted a acompañarle en el guion de Amanece, que no es poco?

– Pobre… si le llega a caer esa responsabilidad [risas].


– La película resultó un parto largo. 

– Amanece nace de Total. Verá. Había coincidido en Derecho con Félix Tusell, de la productora Estela Films. Después de producir spaghetti western y alguna comedia me dijo: “Si tienes un guion de una comedia que cueste menos de 15 (o cinco, no recuerdo) millones de pesetas, te la produzco. Le había gustado mucho Mala racha [película de Cuerda para televisión de 1977], pero no se atrevió porque era triste. Y le puse una condición: “Si me dejas que sea una comedia que tenga gracia, y por otra parte, maldita la gracia que tenga, yo la hago”. Tomo la frase de Cortina rasgada, de Hitchcock. Y así escribí Pares y nones.


– Usted estaba ya en Televisión Española…

– Y un par de directivos, Juan Manuel Martín de Blas y Salvador Augusti, al ver la película, me pidieron ideas. Empecé a contarles dramas. Pero querían comedia, algo de risa. Y dale con la risa. Ese día, de vuelta a casa, paré con el coche en la Casa de Campo de Madrid y me eché a llorar un ratito. Yo me tenía por sesudo, y ahora tenía que hacer cosas de risa por el cliché de Pares y nones.


– No le fue mal.

– Sí, pero me chocaba. “Se van a enterar, voy a escribir una de mi risa”, pensé. Y escribí Total. Con Ciges, Agustín González, María Luisa Ponte… En Montecarlo le dieron el premio especial del jurado y el de la crítica internacional. Hasta me invitaron a dar conferencias en Canadá sobre Total


– ¿Y cómo deriva la cosa en Amanece…?

– Me encargaron una serie en ese tono que titulé Ab urbe cóndita, como firmaban los latinos desde la fundación de Roma por Rómulo y Remo, pero me convencieron para titularla Amanece que no es poco, como empezaba el texto. La serie como tal nunca se hizo, pero de ese proyecto salió la película.


– ¿Qué le parece que la gente se la sepa de memoria?

– Es que hay gente que habla en Amanece. Por ejemplo, la primera vez que tomé un yogur, me daba asco. Mi padre, con una cara que había que verla, insistía para convencerme: “Lo malo de esto es si arregostas” (si te acostumbras, si te envicias). Y el plato se abarre (rebaña), por ejemplo. Me río mucho con mis hermanos.



– ¿Usted era consciente de que hacía una obra de culto?

– Yo era consciente de que me lo pasaba bien. Comentaba el guion con mi mujer y nos partíamos de risa. Pero tuvo acogida. En un acto, Joan Manuel Serrat y su mujer me confesaron que se sabían Total de memoria. Yo ofrecí a Serrat el papel del enterrao y aceptó encantado, pero con el retraso del rodaje y sus giras no cuadramos calendarios. Desde entonces somos amigos. Siempre agradeceré a TVE la oportunidad.


– Luego hizo Así en el cielo como en la tierra.

– La produjo Enrique Cerezo, al que le encantaba Amanece, que no es poco. Berlanga me decía que el mejor reparto del cine español lo había logrado yo en esa película. Quién fue a hablar. A mí las dos películas de cine que más me gustan son Plácido, de Berlanga, y El apartamento


– ¿Es usted guionista antes que escritor, o al revés? 

– Yo escribo desde siempre. Empecé en el seminario, donde estuve de los 12 a los 15. Nos pidieron algo para el día de la madre y yo hice un poema. Paseábamos mucho con los curas, como reflejé en Los girasoles ciegos: tres o cuatro de frente y tres o cuatro de espaldas, hasta que topábamos con algo y cambiábamos la marcha, adelante, atrás. Pues bien, había un cura en los paseos que se dirigía al grupo, tipo Gila: “Alguien ha escrito una coooosa que de alguien la habrá copiaaaado”.


– Se refería a usted, claro.

– Claro [risas]. Hicieron un concurso y lo gané. Era un poema espantoso, pero el ego te engorda casi como el cuerpo que Dios me ha dado. Desde entonces escribo casi a diario. Las historias que se me ocurren en un guion y tienen pinta de novela las aparco. Pero igual eso de escribir es un retiro apañado [risas].


– O igual todo es cuestión de disciplina y plazos…

– A mí una novela me hiperresponsabiliza. Se lo decía una vez a Almudena Grandes: para escribir guiones debes saber lo que no hay que escribir, al contrario que en una novela. Ha de tener hora y media como mucho. O tres o cuatro si eres Bertolucci y haces Novecento.


– ¿Qué escribe?

– Unas locuras de narices. Tengo un libro que estuvo a punto de publicarse, Salida nula. Llamé a Azcona y le gustó. “Pues sí es buen título, sí”. Y una salida nula es algo imposible. Puede ser una salida antirreglamentaria, no nula. Me gusta mucho el sentido literal de las palabras. “Ministerio del Interior” es algo absolutamente impertinente. ¿Qué son, psicólogos? En cambio, el de Exteriores tiene su lógica. Y alguien ”muy enraizado” en su tierra, ¿que está, clavado en el suelo?



– ¿Algún género preferido?

– Siempre he tenido mucha admiración por los poetas. Para mí, eso de que una imagen vale más que mil palabras es una tontería. Salvo que, como desaconsejaba Machado, se confunda valor y precio. Una imagen sí puede ser más eficaz, porque es muy percutiente. Los anuncios viven de eso. La palabra de un poeta te pega tirones de la cabeza. “Volé tan alto, tan alto, que a la caza le di alcance”. A ver cómo ruedas eso. ¿Se refiere a la perdiz, al grajo que vuela bajo, al buitre que vuela alto o a la capacidad de terminar con esos animales? Hay que pensar un poco más…


– Los poetas que más venden en España son Joaquín Sabina y Leonard Cohen, dos músicos.

– Quizá porque tienen el mejor canal de difusión, la música. Sabina tiene poemas muy buenos. Pero mi favorito es Miguel Ángel Velasco, fallecido el año pasado. Fue a recibir un premio que daba la reina y no le dejaron entrar por energuménico: gordo, desastrado… “¡Que soy el premiado!”. Hizo uno al humo de un cigarro que concluye con una frase conmovedora: “Lo que nunca será ceniza”.


– Se ha usado peyorativamente la palabra “surrealismo” o “absurdo” para definir su arte.

– Si nos ceñimos a la Real Academia, ni Buñuel hacía surrealismo. El surrealismo requiere un automatismo, que consiste en hacer lo primero que se te ocurre. Y en cine hay tantos medios que no puedes ser automático: hay un plan de trabajo, unos actores y una luz superprecisa. Son las etiquetas que ponen los jodíos críticos.


– ¿Ve mucho a Alejandro Amenábar, al que produjo en dos películas?

– Hablamos mucho. Me compra mucho vino [risas] y le hago precio especial. A veces sé de él por Mateo Gil, que ha hecho un western maravilloso, el Blackthorn.


– ¿Le tira los tejos para producir?

– Un día me llamó para comer y me preguntó: “¿Qué te parece si me produzco yo mismo?”. “Ya hemos hecho dos películas juntos, ya no te hago falta”. Y me ofrecí para leerle los guiones. Es un tío maravilloso.


– ¿Se pierde vitalidad con la edad para producir?

– No, no. Si produzco y dirijo, se me olvida la primera labor, aunque haya alguien del equipo. No he llegado a producir para otros, y supongo que producir a Alejandro es muy caro a estas alturas. Sería imposible, impensable. Se trata de montar bien el producto, a la americana. Se dice que el director español no arriesga, y el que no arriesga es el americano, que no se lanza hasta que no la tiene totalmente financiada. Y luego dan con un director megalómano que se pasa de presupuesto tres o cuatro veces.



– ¿Qué tal se lleva con los productores?

Yo soy un chollo para los productores. En Todo es silencio he rodado 20 planos al día. Cuando yo producía a Amenábar, hacíamos 12 como máximo. Pero aprieto a los equipos y se quejan a veces con razón. Sé que hay un plan de trabajo al que ajustarse.


– ¿Qué le apetece hacer?

– Tengo siempre tres o cuatro guiones dispuestos a empezar a rodar el día siguiente. Uno relativamente autobiográfico, otro del mundo del teatro…


– Y su esperada visión de El hereje, ¿de quién depende?

– De TVE, que no sabe, no contesta. Es incomprensible. Un guion de cuatro horas, que se puede desglosar en dos películas de dos horas o una serie de cuatro. No es más cara que algunas que pegan. Caro, ¿en relación a qué? Yo, Claudio se hizo con cuatro duros y sonaban ruidos detrás. Solo es necesario conocer el dinero disponible y administrarlo. Es de partirte de risa, está totalmente localizada y tengo el reparto en la cabeza. 


– ¿Llegó a verlo Miguel Delibes, el autor?

– Sí, estaba encantado. “Fíjate si me gustará –me dijo– que mientras lo leo, canturreo”. Es una señal buenísima, considerando lo fastidiado que andaba ya el hombre… El propio Aznar, siendo presidente, le animó. Yo fui un par de veces a Moncloa y no se animaron.

  


Cuerda, en una visita a la Fundación AISGE con motivo del Premio Paco Rabal de periodismo cultural (noviembre de 2014)

 

LA OTRA PASIÓN

Diez años de viticultor

Este 2012 cumple 65 años. Su película Pares y nones, 30. El bosque animado, un cuarto de siglo. Pero de todos los aniversarios, el único que le hace menear la cabeza al escucharlos es la década que cumple como viticultor. Su San Clodio ha obtenido 91 puntos de la guía Parker, “que para ser un blanco está muy bien”, presume.


   Un ribeiro multivarietal, con uvas treixadura, godello, loureira, torronté y albariño, que le ha dado un doctorado. “Con José Antonio, el encargado allá, he aprendido un máster en enología”. Un axioma: “Es una locura beber el blanco a cinco grados”. Otro: “Me parece absurdo meter barrica en un vino plurivarietal, tiene más matices olfativos y gustativos. Es un coupage de todas. Si la madera va a quitar esos matices, no me interesa”. Notable alto. Este año la vendimia ha dado 110.000 botellas, que se van haciendo hueco en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Bélgica.

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