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27-07-2021


Juan Cavestany

“Todo lo que hago es autobiográfico porque me lo creo mucho”


Siempre tiene algo que decir. Cámara en mano, al teclado o mirando a las tablas. Sus propuestas son únicas. Lo último, también, tanto en pantalla grande como en las plataformas 




JAVIER OLIVARES

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Lo que tengan de ambiguo los apellidos que bautizan su arte —“de culto”, “mirada especial”, “extravagante”, incluso “friki”— resulta atractivo para los que saben. Intérpretes de todos los géneros (sexuales y artísticos) procuran hacer hueco para poder trabajar con el madrileño Juan Cavestany. “Bueno, yo, que soy mayor [54 años], que me pusieron la vacuna hace meses… lo tomo todo con distancia. Viene la gente y me dice: ‘He visto lo que haces’, ‘trabajar contigo debe de ser…’. Yo no creo llevar tanto recorrido, la verdad”, comenta con modestia el director, dramaturgo y guionista (Urtáin, Dispongo de barcos, Gente en sitios). Su último legado son la serie Sentimos las molestias, ya en fase de lanzadera, y la película Un efecto óptico, en su línea de no dejar indiferente: la peripecia de dos burgaleses de mediana edad rumbo a Nueva York. “Es una peli muy pequeñita, peculiar, ya me pareció un éxito llegar a las salas. No digo que esté pensada para plataformas, pero parecía destinada a ello”, asegura Cavestany.


– Un efecto óptico tuvo dificultades de parto: al principio iba a ser larga, luego corta... Menos mal que los actores estuvieron detrás para apoyarla.

– Sí, tuvo una peripecia rocambolesca, pero encontró su sitio. En general, todo lo que es boca-oreja actualmente es cosa de las redes sociales. Y en nuestro caso, Pepón Nieto es muy activo en redes. Me pide incluso anécdotas para compartir. Con el estreno en Filmin, Pepón ha estado inquieto, subiendo incluso fotos.


– Esto de los recorridos es siempre relativo. A Adú le pilló la pandemia y luego funcionó fenomenal hasta el Goya, gracias a Netflix. Está cambiando el negocio.

– Totalmente. Al final lo que busca uno, además de la taquilla, es cierto grado de relevancia, sensación de que la película ha existido.


– El guion de Un efecto óptico tiene muchas lecturas: el convencionalismo de las parejas, lo anodino de la convivencia, la desmitificación del mito del viaje…

– Son apenas 60 páginas. Al ser una estructura de bucle, hay poco diálogo. Pero está llena de trucos, de sorpresas y ocurrencias, improvisaciones. En origen, es el relato de una pareja cansada de sí misma que emprende un viaje a Nueva York para relanzar su vida conyugal. Hay otra lectura sobre el turismo globalizado, sobre el sentido de encontrar lo mismo allá donde vas. Todo en una clave de fantasía, porque la película es muy onírica, fantástica.


– Otro gran tema es la pérdida de los hijos, la distancia con ellos.

– Exacto, la incertidumbre de separarse, y en eso hay mucho de autobiográfico. Y luego está la película que habla sobre el propio cine, sobre la experiencia de cine: el recuerdo de películas, la expectativa de reencontrarse con ellas, ver algo que nos suena ya.



– Insólito: habla usted de enfoque autobiográfico… sin haberle preguntado.

– Casi todo lo que hago lo es. No tanto en el sentido de una crónica de la vida, como de que todo lo que hecho me lo he creído mucho, al avanzar en el desarrollo de un guion que se convierte en una película. Y que esa película me esté contando algo. Lo que hago tiene una implicación grande en cosas concretas, como llamar a tu hijo y que no te conteste, no saber dónde está.


– ¿Qué edad tiene su hijo?

– Ya no soy padre reciente, tiene 15 años, pero existe esa etapa de fragilidad, del daño al que está expuesto. Es una criatura vulnerable, y te viene esa pesadilla de que se cae y no vas a estar para evitarlo o recogerle. En la película, la hija no coge el teléfono, y está contado a través del mito de caperucita. La niña que atraviesa el bosque hasta llegar a la casa de la seguridad. El hotel como casa, como aparcamiento. Tratamos de conciliar todo eso con un refugio ocasional.


– ¿Las referencias a Atrapado en el tiempo (El día de la marmota) son premeditadas o surgieron sobre la marcha?

– Son un poco casuales, puesto que el dispositivo de bucle partió de un guion bastante avanzado. Pero al asumir la producción de la peli —porque esto es una producción absolutamente independiente—, asumí la concreción del relato, que estuviese relacionada con mis posibilidades reales. Por eso el bucle tiene una explicación de andar por casa: la necesidad de reducir la acción. Menos localizaciones y menos tiempo de rodaje. Me sentí afortunado de encontrar la forma buena de contar la historia cuando me di cuenta de que estaba en bucles temporales. Entonces surgen esas referencias como la que comentas.


– ¿Hay otras?

– Sí. Hay otras, como los Cronocrímenes de Nacho Vigalondo, con nuevas. Y coincidió mi estreno en primavera con el de Tenet, la de Cristopher Nolan, una película de distorsión plural, y con el de Palm Springs. Es un género muy jugoso que no deja de atraer a la gente que escribe o hace cine. El paso del tiempo es una de las obsesiones del ser humano, como el condicional “si hubiera...”, que funciona mucho. Es una fantasía a la altura de la recurrente del ser humano con el deseo de volar. En los imposibles están nuestros sueños y nuestras fantasías. Da juego ese género.



– Con Carmen y Pepón 'clavó' a Teresa y Alfredo, dos burgaleses rumbo a Nueva York, convencionales incluso en los nombres.

– El guion dio muchas vueltas. Se concibió para cuatro personas, dos parejas. Una sería espejo de la otra. Se encontraban en el avión camino de Nueva York, estarían juntos a su pesar. Pero la forma en que se desarrolló el proyecto redujo mis expectativas de financiación, hasta que acabé asumiéndola yo. Era bajo presupuesto y me propuse la película con dos actores.


– ¿Siempre los tuvo claros?

– Había conocido a los dos de forma tangencial. A Carmen [Machi], en el montaje de Los Mácbez, de Andrés Lima, sobre una adaptación que hice yo. Conecté con ella inmediatamente, como no podía ser de otra manera. Es luminosa, genial, amorosa. Y a Pepón Nieto, en un taller que casualmente también tenía que ver con Andrés Lima, donde hizo unas improvisaciones. Yo le tenía en el estereotipo de actor televisivo, de comedia. Una especie de personaje Pepón Nieto. Y vi que era un actor de verdad, un tipo inquieto.


– Y los dos le dijeron eso de “A ver si hacemos algo juntos”…

– Exacto. No los tres juntos, claro, pero sí salió la frase. Me atreví a llamarles y les gustó el guion. Al margen de quedarse estupefactos con la propuesta, tuvieron curiosidad. Hay algo en la lectura de la película que te mete como personaje. Me los imaginaba en esa situación y aceptaron rápido, sin saber cómo sería el desarrollo.


– ¿Fue fácil cuadrar agendas?

– No mucho. Organizamos el rodaje, bastante de batalla en torno a esas fechas, en noviembre de 2019. 


– ¿Cómo trabaja usted con los actores?

– Es fundamental establecer relación de confianza. Un proyecto como este, con solo dos, requiere mucha afinidad. Hay que preguntarse cosas, todo el rato están aportando al guion. Pepón es un tipo bastante intelectual, muy exigente como actor. En cambio, Carmen, también muy lista, se siente más cómoda en el vacío. “Me dejo llevar por las impresiones del director”, debe de pensar. 


– ¿Ellos eran amigos entre sí?

– Sí. Y eso facilita mucho desarrollo de la película. Si no se hubieran conocido, habría sido imposible. A su buen hacer como actores unieron su relación previa como amigos. Y la que luego establecimos de confianza entre los tres permitió este relato tan extraño. Era importante hacerlo terrenal. Porque no es fácil retratar un personaje como el español de provincias de mediana edad, anodino, sin nada que contar. No son grandes personajes de cine, son personas de un anonimato casi invisible, incluso generacional. Lo hicieron con empatía y amor. Los tres tratamos a los personajes así para no convertirlos en el objeto de nuestra burla o de nuestros caprichos. Todos hicimos para que les salieran bien las cosas a los personajes.



– No había mucho presupuesto, pero rodaron en Nueva York. Esa escena en las escaleras de Joker...

– No se podía asumir un viaje de rodaje. Pensé en irme yo solo con el director de foto, Javier Bermejo, y rodar unos planos, transiciones, placas para incrustar luego a los actores. Pero Pepón y Carmen se enteraron y se apuntaron. Aquello no era un rodaje, sino un viaje turístico en Nueva York. Estuvimos muy pocos días. Me apetecía ir a esas escaleras (perfectas para la persecución final), como subir al Empire State o ir al puente del Manhattan de Woody Allen.


– La reflexión final de Carmen Machi, “Nueva York es como Burgos”, ¿es también del director?

Hay efectos de la globalización. Viajar a Nueva York en 2021 no tiene nada que ver con haberlo hecho hace 40 años. Cuando yo lo conocí, por circunstancias de la vida, era otra cosa. Fue en los ochenta. Hoy las tiendas y los espectáculos están franquiciados. La gente se ha mimetizado mucho. Los tics son universales, las formas de movernos, no solo por las tiendas o los escaparates, sino por el uso continuo del móvil. El manejo de un smartphone nos está haciendo autómatas a todos. No creo que Nueva York sea como Burgos. Pero es fácil escuchar el típico comentario: “Fui a Nueva York y… no es para tanto”. Uno de Bilbao sí que lo diría [risas]. “Es como Bilbao, pero un poco más grande”.



– ¿Luis Bermejo, habitual en sus repartos, se ha enfadado por su protagonismo menor?

– Creo que sí [sonríe]. Sale en el papel de lobo, ese personaje amenazante que aparece en la película. Es un papel pequeño, testimonial, pero cuento con él para todo. Es mi hermano, ya tenemos más cosas en mente. 


– Poco tiene que ver esta película de dos actores, con Gente en sitios, de más de 30.

– No crea. Fue una coordinación… pequeña también. La hice yo exclusivamente con la cámara, sin productora, a lo largo de muchos meses, los actores me daban la cita. No hubo tanto encaje de bolillos. 


– Eran personajes pequeños, pero gracias a Gente en sitios trabajó con 'la selección española'. Desde aquel momento, su listín telefónico es envidiable.

– Es un poco trampa ese reparto. Pero me siento superagradecido. Fue un popurrí de un mes, la suma de ratitos de una mañana o una tarde.


Antonio de la Torre, Maribel Verdú, Javier Gutiérrez… Ya le conocen. Y bien.

No soy un primer espada del cine, pero sí me he ganado la confianza de alguna gente. Hago cosas raras, pero con cierto rigor y espíritu de diversión, lo que me lleva a establecer buenas relaciones. Mire: hoy mismo vengo de rodar la serie Sentimos las molestias para Movistar+, he ensayado con actores. Y se trata de eso: de estar con ellos, escucharlos, que sientan que tienen un sitio, que su papel tiene sentido y que cuentas con ellos por algo. Este no es un trabajo de soltar cuatro frases, hay que compartir. No vale con dar luego cuatro hachazos para montarlo.



– En Sentimos las molestias cuenta con Miguel Rellán y Antonio Resines. Casi nada...

– Es una reflexión sobre lo que antes llamábamos la tercera edad, que realmente hoy es la de un adulto joven, con salud y con cosas que decir en lo laboral, en lo romántico. El reparto es veterano, pero ser abuelo o estar jubilado representa plenitud. Los 70 son los nuevos 50. Es la nueva frontera, como decimos Álvaro [Fernández Armero, codirector] y yo. Y el mercado de trabajo es cada vez más estrecho: los jóvenes no tienen dónde meterse y sobra mucha gente. ¿Qué hacer? ¿Por qué lado echar a la gente a ese precipicio?


– ¿Hay en la serie retazos de Vergüenza, que hizo con Fernández Armero?

– No exactamente. Aquello era un tipo de humor muy determinado, una fórmula. Esto, en cambio, es una película más naturalista, más Woody Allen, más comedia dramática, no va tanto a la yugular o al escarnio. A Movistar+ le gustó mucho la propuesta de centrarlo en esta edad. Hay ya muchas series de jóvenes e institutos, thrillers… pero esto es una comedia relativamente amable. Rellán y Resines se han involucrado mucho en el proyecto. Y para ellos creo que es un espaldarazo a esa edad. Están en todas las escenas de los seis episodios. Están a tope.

 

Cambiar Nueva York por Animalario

Juan Cavestany estudió Ciencias Políticas, pero ejerció muchos años como periodista. Cuando el actor Alberto San Juan, amigo suyo desde el instituto, se inscribió en la escuela de Cristina Rota, Cavestany comenzó su colaboraración con la compañía Animalario en la distancia. “Escribí el guion de Los lobos de Washington, una especie de obra de teatro, y se lo mandé a Alberto. Se lo mostró a Mariano Barroso, al que le interesó como historia de cine. Alberto me metió en el cine”. Con la compra de ese guion dejó Nueva York, desde donde Cavestany trabajó seis años para el diario El País. Mantiene la relación con los miembros del grupo, sobre todo con Andrés Lima, con quien colabora.


Cavestany fue guionista de la polémica gala de los Goya de 2003, la del ‘No a la guerra’. “Creo que fue una especie de punto de inflexión, o un capítulo importante de la desconfianza de la opinión pública hacia los actores”, reflexiona. “En aquella ceremonia arrancó esa visión de los artistas como titiriteros… A veces pienso que esos Goya pueden haberme hecho daño: yo era guionista, pero nosotros no tramamos toda aquella implicación, que surgió sobre la marcha de los propios actores”. Cavestany ha sido muy crítico con el paso del tiempo: “Lo he dicho hace poco en una tertulia a la que acudí por un aniversario de la ceremonia: pecamos de querer hacer de aquello un espectáculo de Animalario, de abrir la puerta a cierto desmelene circense. Y ahí entró lo político. El lema de ‘No a la guerra’ era asumible, pero quizá sobraba el exceso de circo. Fue incontrolable”, rememora.

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