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04-05-2022


Juan Gea

“Soy culo de mal asiento, la seguridad me aburre”

 

Es actor por culpa de un flechazo juvenil. Ni su empleo en un banco ni la mili pudieron apartarle luego de los escenarios. Tampoco la muerte de su padre ni los apuros de sus primeros tiempos en Madrid. Un desconocido Antonio Banderas le sustituyó en un montaje que sería el inicio de su despegue. Él siguió su camino y es historia de la tele gracias a ‘El Ministerio del Tiempo’



ALOÑA FERNÁNDEZ

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Desde su llegada a Madrid, al actor valenciano Juan Gea no le ha faltado trabajo. Prueba de ello es que nos encontramos con él entre las cuatro obras que tiene ahora en cartel. Por los pelos, El insólito caso de Martín Piché, Variaciones enigmáticas y Burundanga le tienen de viaje por España, y él mismo reconoce con una sonrisa: “A menudo ni sé ni dónde estoy”. También ensaya otras dos obras más, y pese a los compromisos en la agenda, durante un rato nos habla de su prolífica carrera. 

 

– ¿Por qué se lanzó a la interpretación?

– Porque me gustaba una chica. Un amigo mío estaba en un grupo de teatro, un día me invitó… y había una chica que me gustó. ¿Cómo podía estar cerca de ella? Pues apuntándome a ese grupo. A partir de la primera función empezó una cosa que ya no paró. Yo trabajaba en una caja de ahorros, pero ahí apareció el gusanillo. Estudié Arte Dramático solo un año porque me marché a la mili. A mi regreso creamos un grupo, hasta que apareció el padre de Miguel Narros con la compañía Teatro del Arte. Montaron Seis personajes en busca de autorMe iba de gira pidiendo permisos en el banco y sueldo a cuenta de vacaciones, poniéndome enfermo, llegando tarde por la mañana. Mis compañeros lo sabían y el director de la oficina me decía: “Pasa ahí y duerme un poquito”. Me ayudaron mucho. Narros me llamó más tarde para El rey Lear y nos fuimos a Madrid de gira. El mismo día que terminaba tuve oferta de tres directores.



– ¿Cómo fue la llegada a la capital?

– Un desastre. Aunque había quedado con dos amigos para alquilar un piso, el día que llegué cada uno se había ido por su lado. Y yo en la estación de Auto Res con un bolsón tremendo. Cogí el metro, fui para el centro y me encontré con otro amigo valenciano, Joaquín Climent. Tenía una buhardillita alquilada frente al Teatro de la Comedia. Y me acogió. A veces no teníamos para pagar el alquiler, así que nos escapábamos sigilosamente para que la portera no nos oyera. Comíamos en un restaurante que se llamaba Queimada: lo regentaba un gallego que nos fiaba. Nosotros le pagamos, pero se arruinó

 

– Las estrecheces le acuciaban también en lo profesional, entiendo.

– De las tres ofertas que recibí, hice dos obras. Muy pronto vino Lluís Pasqual con el Centro Dramático Nacional para representar La vida del rey Eduardo II de InglaterraTuve un accidente antes del estreno y me sustituyó Antonio Banderas. Algunos dicen que Antonio debe su carrera a las sustituciones. Mentira. Me parece un excelente actor y es una buena persona; solo tuvo la suerte de que yo me rompiera el pie y que Almodóvar le viera mientras hacía aquella sustitución. Ahí empezó su periplo. Yo luego salté al Teatro Español. Con Miguel Narros hice Sueño de una noche de verano y El concierto de San Ovidio. Con José Pedro Carrión trabajé en la primera obra centrada en el sida, La última luna menguante, cuyo estreno fue en el Teatro Comercial. Qué maravilla. Fue de esas veces en las que piensas que tu trabajo es una labor social.

 

– Tampoco puede quejarse usted de su periplo desde entonces…

– Durante la estancia en el Español, Adolfo Marsillach nos llamó a Adriana Ozores y a mí para trabajar en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Estuve varios años, pero me marché porque me sentía muy acomodado, me recordaba bastante al banco. Cuando compaginaba aquel primer grupo de teatro con el banco murió mi padre. Mi madre se quedó sola, así que pensé que lo de la actuación se acababa ahí, pero ella me contó algo importante: mi padre le había pedido que me dijera que hiciese lo que quisiera hacer. Que no me rindiese. Ahí cogí fuerzas y tiré para adelante. Soy culo de mal asiento, la seguridad me aburre. No tienes alicientes, no tienes incógnitas. Y la vida es una incógnita, no es necesario descubrirla, sino simplemente recorrer el camino. Todo está en el camino, no en el final. 



– Además del escenario, ha conocido bien la pantalla. Pequeña y grande. ¿Con qué se queda?

El teatro no tiene por qué ser la cuna de todo actor: hay compañeros que jamás pisan un teatro y son auténticos monstruos cuando se ponen ante las cámaras. Pero donde aprendes de verdad es sobre las tablas. Se abre el telón y durante un tiempo tú eres el dueño de tu éxito y de tu fracaso. Tanto el escenario como la corriente que se establece con el público son una maravilla. De la televisión y el cine me gusta que van al pequeño detalle, que con una cosita de nada puedes dar mucho.

 

– ¿Teatro clásico o moderno?

– El clásico me gusta mucho, aunque lo tengo muy trillado. Si me lo ofrecen ahora, me da pereza, me apetece algo actual. Aunque mi sueño es hacer El rey Lear. Ya lo hice, pero quiero otro papel. He esperado a estar en la edad para hacer del rey Lear en la obra. Ahora que ya la tengo, sería mi culmen. 

 

– ¿Cómo fue trabajar en El Ministerio del Tiempo?

– Mi representante me dijo que Javier Olivares y el director Marc Vigil me ofrecían un papel para una serie sobre viajes en el tiempo. Me enviaron capítulos en los que aparecía una secuencia en la que Picasso hablaba con Velázquez. Pensé que era una locura. Y me gustó aquella locura. Era algo tan curioso, tan distinto, que solo había dos opciones: o nos pegábamos un castañazo o se convertía en una serie de culto. A mucha gente del reparto le ocurrió lo mismo que a mí.

 

 ¿Le gustaría retomar esa ficción?

– ¡Pero ya! Nos gustaría a todos los que estuvimos allí. La audiencia no fue grandísima, pero en las redes partimos la pana: surgieron distintos grupos de ministéricos que aún pululan. Esperan una quinta temporada. Ignoro si TVE fue consciente de lo que tenía, o de lo que tiene todavía o puede tener con esta serie. Después de aquello, mis compañeros de otros trabajos me han preguntado por El Ministerio del Tiempo. Es algo alucinante, me produce mucho orgullo.

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