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12-01-2023

Cruzando puentes



Juan Grandinetti

“No quiero imaginar en qué me convertiría si me creyera un gran actor”

 


Erigido en una estrella en su Argentina natal, en 2020 se mudó a España para emprender su nueva vida. Desde entonces, el hijo de Darío Grandinetti ya ha compartido rodajes con Penélope Cruz, Antonio Banderas, Natalia de Molina, Gonzalo de Castro o Malena Alterio. La revisión de ‘Los hombres Paco’ fue su salto a la tele, donde pronto será el turno de ‘HIT’



PEDRO DEL CORRAL

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

A Juan Grandinetti le bastan cinco segundos para tenerte en el bote. Es tímido, no hay duda. Y eso, junto a su escarpado perfil y su poderosa voz, le otorga un halo misterioso. No significa que dé miedo. Al contrario: tiene la capacidad de hacerte sentir en casa usando unas pocas palabras. Por mucho que lo acabes de conocer, hay algo en él que te impide dejar de mirarle. Se parece a su padre, y no solo en la cara, sino en la forma de expresarse. La herencia de Darío se percibe desde el primer parpadeo. Pero en su hijo se reconoce algo especial. “¿Cómo te va?”, pregunta a su llegada. Lejos de ser una mera fórmula de cortesía, él se la toma en serio. Y espera, por tanto, contestación. A veces es él quien quiere entender, e insiste en hacértelo saber. Al principio, esa actitud descoloca; al rato, resulta algo casi adictivo. Sobre la base de ese respeto e interés permanentes ha cimentado su carrera. Nunca ha buscado un pelotazo, sino un camino que le permita seguir creciendo en paralelo al mundo que le envuelve.

 

   A lo largo de la conversación repregunta una y otra vez. En ocasiones saca nuevos temas a colación. Si esto se trata de nutrirse, él quiere corresponder. Eso llevan enseñándole 30 años sus progenitores. El joven Juan nació y creció rodeado de cine, y eso le activó el chip emocional que lleva de serie. Si su comienzo fue casual, su presente es pasional. A los 15 encontró en la interpretación un lugar en el que soñar. Por aquel entonces vivía en Buenos Aires, hoy lo hace en Madrid. Decidió cruzar el océano en 2020. Ya se ha codeado con algunos de los más grandes nombres de nuestro celuloide. Y también le ha abierto las puertas la pequeña pantalla, donde podremos verle gracias a la tercera temporada de HIT. “¿Tú cómo lo ves?”, suelta de pronto. La respuesta queda entre los dos.

 

- No parece el típico argentino. 

- Qué va. Digo poco la palabra ‘boludo’, por ejemplo. Además, he ido desplazando el mate por el café desde que vivo acá. Y respecto al asado, nunca fui fanático.

 

- ¿Se ha sumado a alguna costumbre española?

- Las uvas las he tomado desde pequeño. Mi madre es catalana y, hasta que cumplí los 17, vivió en Buenos Aires. Por aquel entonces, en su casa comía a las 15:30. Cuando iba a la de mi padre, la realidad era distinta, era la realidad de allí.



- Él tiene la culpa de que se dedique a la interpretación.

- En parte, sí. Tenía 15 años cuando, durante una obra que él estaba representando en Mar del Plata, me di cuenta de que quería hacer exactamente lo mismo. Al verle disfrutar tanto del escenario, sentí la necesidad de reproducir lo que estaba sucediendo. Me metí en la escuela de Julio Chávez, donde conocí a un montón de amigos que en la actualidad también son actores. Los dos primeros cursos fueron de autoconocimiento, hasta que en tercero hice mi primer texto: Vestuario de hombres, de Javier Daulte. Fue un proceso interesante que pude disfrutar con gente que me ayudó muchísimo.

 

- ¿Ser el hijo de Darío Grandinetti es una losa o un privilegio?

Sé que hay quien adora a mi padre y que numerosas puertas se me abren gracias a él. Igualmente, hay personas que no son tan devotas de él, y eso podría hacer que alguien no quisiera ofrecerme un papel. Con esto quiero decir que siempre va a haber negatividad, pero yo intento no hacerle caso.

 

- ¿Cómo es su vínculo con él?

- Superguay. Tengo la sensación de que los dos hemos aprendido a aceptarnos. Durante la adolescencia yo era complicado y discutíamos mucho. Había detalles de él que no entendía porque era de otra manera. Ahora le acepto como es. Me encanta. Me parece un padre presente y generoso.

 

- ¿Le da miedo la comparación?

- Es inevitable, pero me resulta indiferente. No me creo ni loco mejor que mi padre. Algunos dicen que trabajo porque él me ha metido en todos lados. Otros, porque tengo suerte. Cada uno que piense lo que quiera. Yo disfruto de compartir mi oficio con él y de poder plantearle cualquier inquietud. No va a haber nadie que me pueda aconsejar mejor que él.



- En sus inicios se centró en el teatro independiente. ¿Cuál es la mayor lección que aprendió?

Todo lo que sé lo aprendí ahí. Por lo general, es algo que se hace por amor, el dinero casi nunca entra en la ecuación. Me he encontrado a directores que han sacrificado cosas por el bien común del espectáculo. En el teatro comercial, en cambio, me ha pasado lo opuesto: directores que han puesto en juego cosas comunes por el bien personal. Precisamente por eso me costó tanto dar el paso del primero al segundo. No obstante, fue enriquecedor: con Toc Toc giré durante dos temporadas al poco de entrar en la veintena. 

 

- ¿Cuándo se produjo el salto al cine?

- Al terminar esa obra. Fui a un casting como quien va al supermercado, no tenía ninguna pretensión. Y lo que suele suceder cuando vas con cero expectativas es que te acaba yendo bien. Se trataba de la película Pinamar (Federico Godfrid, 2017). Recuerdo que tuve que adaptarme al medio. La experiencia fue brutal, ese mundo era desconocido para mí. 

 

- Pero antes había participado en El prisionero irlandés (2014).

- Esa fue mi primera experiencia. Estoy agradecido por aquella oportunidad, ya que en ese momento nadie me conocía, pero no la disfruté. No sabía bien cómo encarar mi personaje. Que luego no me invitaran al estreno fue algo que terminó por alejarme del proyecto.

 

- Protagonizó Ni héroe ni traidor (Nicolás Savignone, 2020). En ese filme interpretaba a un joven músico al que reclutaban para la guerra de las Malvinas. Suena actual.  

- Fue un privilegio contar una historia que escucho desde que tengo uso de razón. Es algo que continúa latente en Argentina. Es difícil imaginarse lo que tuvo que vivir esa gente.

 

- Esa película reflexionaba sobre el peligro de olvidar. Y ahora Ucrania sufre algo similar a lo que padeció Bosnia tres décadas atrás. ¿Tan mala memoria tenemos?

- Pasa con todas las cosas feas. Respecto a los desaparecidos de la dictadura, hay quien defiende que lo mejor es no revolver el pasado. En mi opinión, es clave recordar lo que pasó para que no se repita. Pertenezco a una generación que creció con un revisionismo grande de mi país. En vez de evitar el pasado, lo abordamos. Tenemos que saber nuestra historia. Mi generación ha sido privilegiada al poder acceder abiertamente a ello

 

- ¿El cine tiene capacidad para modificar la realidad?

- Me gusta creer que sí la tiene, pero percibo acciones que me hacen pensar que no. Me cuesta verlo a gran escala. En mi caso, nunca salgo de una sala igual que cuando entro. Si eso les sucede a otras personas, el cambio se verá a la larga.



- En tres años rodó Pescador (José Glusman), Despido procedente (Lucas Figueroa), Te esperaré(Alberto Lecchi), Bruja (Marcelo Páez Cubells)… ¿Cómo gestionó aquella vorágine?

- No tuve fama ni popularidad. Disfruto del anonimato. Para mí ya es un triunfo poder vivir de lo que me gusta. Hay veces que pienso que no voy a volver a trabajar porque no hay nada garantizado en esta vida. Juegas todo el tiempo con el rechazo. Y eso es difícil de gestionar. Hoy me siento centrado. Acabo de estar un año sin curro y me cuestionaba si era bueno. Me lo cuestionaba cada día. Como sé que eso es algo que no dejará de sucederme, incluso celebro que ocurra de vez en cuando: no quiero imaginar en qué me convertiría si me creyera un gran actor. Cada vez que me llegan estas contradicciones lo paso mal, pero me ayudan a adquirir herramientas. Sé bien que el empleo es circunstancial, que mi entorno personal es lo que siempre me acompañará. Y si mi entorno no está bien, no me interesa el éxito laboral

 

- En 2020, en pleno auge de su carrera, decidió mudarse a España. ¿Por qué?

- En 2019 vine a rodar [La maldición del guapo] con Gonzalo de Castro. Él insistió en que me trasladase acá, que Madrid estaba en un buen momento bueno, que empezaba a haber movimiento en las plataformas. Y lo cierto es que en Argentina me sentía estancado. Además, estaba el hecho de que mi familia materna vive en Barcelona. Tengo dos sobrinas que por entonces tenían siete y tres años. Sentí que me había perdido acontecimientos importantes y no quería que me volviera a pasar. Nada más llegar estalló la pandemia.

 

- Qué faena. 

- Sí. Durante meses no supimos cuánto tardaríamos en volver a grabar. Mi representante me mandaba castings que no tenían fecha fija. Así me llegó el de Los hombres de Paco. No estaba convencido, pero lo hice. Sin pretensión. Me lo tomé como un ejercicio. A las pocas semanas me dijeron que estaba seleccionado. Espectacular. Fueron seis meses increíbles. Más tarde me ofrecieron el largometraje Contando ovejas, de José Corral. Quería hacerme una prueba, así que preparé una secuencia en la que discutía, gritaba y lloraba con Natalia de Molina. Me escogieron. Y después rodé Mamá, no enredes, de Daniela Féjerman.

 

- ¿Estar trabajando en España le ha cerrado puertas en Argentina?

- Al revés. En cualquier caso, si sale algo allí, tienen que coincidir diversos factores. Pero el lugar de residencia no supone ya demasiados problemas: estamos en constante movimiento. Desde que vivo acá, llevo dos viajes a Buenos Aires. Y una de las veces me quedé tres meses.



- Acaba de cumplir 31. ¿Qué tal la crisis de los 30?

- Admito que el año pasado fue feo, aunque la cosa se ha aplacado. Siguen apareciendo preguntas, pero ya no sufro la desesperación por responderlas. Les presto la atención justa, quizá porque estoy muy acompañado. Pese a la incertidumbre, me siento contento con la persona en que me estoy convirtiendo

 

- ¿Qué debates le inspiran?

- No tengo preferencias concretas, aunque cuando surgen nuevos guiones, presto más atención a determinados temas. Antes, bajo la consigna de aprovechar y agradecer el trabajo, se me hacía más difícil rechazar ciertas propuestas. En este momento estoy preparado para decir que no, por más que no tenga dinero

 

- ¿Se ve toda la vida actuando?

- No. Por ahora, sí, pero en otro momento querré hacer otras cosas. Me es difícil imaginar que solo voy a interpretar. Aunque tampoco lo tengo claro. Como te decía, estoy en plena crisis. Al principio de la respuesta parecía que lo tenía claro y resulta que no tengo ni idea.

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