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18-02-2021


Pablo Escamilla. Fotografía: Jean Pierre Ledos


Actor y enfermero: profesiones de reto en tiempos de pandemia

 

Por Pablo Escamilla



Ser enfermero y actor en estos tiempos de pandemia supone un doble reto, y ambos por razones bien distintas. Una profesión me ha dado trabajo sin parar (y de qué manera) y la otra, absolutamente nada. Un ying y un yang, un “no puedo más” y un “ya vendrá”.


   Estudié Enfermería entre Sevilla y la Complutense de Madrid y después cursé Arte Dramático en el Estudio Recabarren, compaginando esas clases con las suplencias que hacía como enfermero para poder pagarme la formación. Todos los que me conocen saben que siempre querré la enfermería en mi vida por lo mucho que me aporta, pero lo cierto es que la interpretación la amo por encima de todo. Y es que querer y amar, quienes conozcan bien estos dos términos, sabrán que son cosas bien distintas y cuánto prima una sobre la otra.


   Siempre pensé dedicarme a la Enfermería en el “entretiempo” que pudiera dejarme el oficio de actor: después de las funciones de alguna obra, de las giras, después del rodaje de alguna película, de una  serie… Qué iluso de mí. Nada más lejos de la realidad. Mi fuente de ingresos fija acabó siendo la enfermería, y la variable fue dependiendo de mis obras de teatro en salas independientes y de mis personajes capitulares, de reparto y secundarios. Aun así, por suerte, no había dejado de tener constantemente trabajo como actor. Otra cosa es que la remuneración de esos trabajos me diera para poder vivir exclusivamente de ello, algo que, bien digo desde ya, rotundamente no.


   Con la llegada de 2020 mi faceta interpretativa se evaporó hasta desaparecer. En el extremo contrario, mi labor como enfermero fue creciendo exponencialmente, hasta unos límites que jamás podía haber llegado a sospechar. Creo que os imagináis de qué historia voy a hablaros, ¿verdad? Se titula COVID-19.


   He vivido, y todavía sigo viviendo, esta pandemia en Atención Primaria, concretamente entre las cuatro paredes del Centro de Salud de Paseo Imperial de Madrid, y tengo que reconocer que esta situación nos está agotando a mis compañeros y a mí a unos niveles incalculables, tanto física como mentalmente. Si resulta interminable para el grueso de la población, para nosotros está resultando eterna.


   Sufrimos una primera ola rodeados de incertidumbre y miedo. A eso le añadimos la problemática de la escasez de material específico de protección, que hizo que llegaran las continuas bajas entre compañeros con diagnóstico positivo, algunos de ellos ingresados de gravedad, y se sumara también el trabajo intenso, incluyendo festivos y fines de semana.


   En la segunda ola nos hicimos expertos en la técnica de las famosas pruebas PCR. Yo mismo llegué a hacer más de 100 en solo un turno. Y por aquel entonces pasamos de convertirnos de héroes a villanos, cuando ni siquiera nos presentamos a ningún casting para optar a estos papeles. Las continuas quejas y la crispación acumulada de la población, que exigía una asistencia rápida y de calidad en un sistema sanitario dañado y todavía no recuperado, fueron a caer sobre nosotros. Nos hemos llegado a sentir menospreciados en multitud de ocasiones, o al menos yo así lo he sentido, como si fuéramos culpables de una problemática que nos sobrepasa a todos, y que a los sanitarios mismos se nos va de las manos. Esta batalla la libramos juntos y, en definitiva, somos aliados en el único objetivo de que esta situación mejore, pero eso sí, la paciencia y responsabilidad individual tiene que trabajarlas cada uno en su casa.


   Ya lo dice el refrán: “Donde caben dos, caben tres”. Y la tercera ola, en la que nos encontramos ahora, no se hizo esperar. La Navidad y las continuas reuniones, que la población no acostumbra a reducir, hacen mella para que no dejemos de practicar pruebas constantemente. Los Test de Antígenos y las PCR son parte de nuestro día a día y el doblaje de turnos se hace cada vez de manera más asidua. Es ahora cuando se nota la merma de personal desde que tantos enfermeros empezaran a volar a otros países en busca de contratos con condiciones más dignas. Y claro, cuesta encontrar suplentes.


   Estamos cansados, agotados, no sabemos cuánto tiempo podremos continuar a este ritmo. Tenemos un panorama bastante desolador, y cuando consigamos encauzar este problema, y ojalá de verdad sea pronto, vendrá otro en el que nos quedarán en la cabeza secuelas para rato.


   Volviendo a mí, de manera individual y no como colectivo, hablo de una experiencia traumática que está suponiendo un antes y un después. Ha trastocado todos mis esquemas de rutina y vida, y aunque (estoy seguro de ello) ha supuesto un cambio para todos, el que sigue enfrentándose al ‘bicho’ en primera línea de forma diaria sigo siendo yo. Quien durante siete horas se enfunda un EPI, doble capa de guantes, doble mascarilla, pantalla, gorro y calzas sigo siendo yo. El que suda la gota gorda en los meses de calor y se congela por las ventanas abiertas de par en par en invierno, la única manera de que haya ventilación en la sala de Respiratorio donde recibimos a los pacientes con sintomatología compatible con COVID-19, sigo siendo yo. Quien a diario atiende telefónicamente la evolución de los pacientes positivos y aislados en sus domicilios, no siendo a veces favorable, sigo siendo yo. El que se ha comido y continúa comiéndose quejas y reclamaciones, cuando ha estado en el triaje en la puerta del Centro de Salud y posteriormente en la consulta, sobre la gestión del sistema sanitario y del sistema político, sigo siendo yo. Quien en todo momento sufre el miedo de que, al estar en contacto permanente con gente infectada, pueda poner en riesgo a cualquier familiar o amigo cuando queda con ellos, persistiendo ese temor aun estando vacunado, sigo siendo yo. El que lleva meses enterándose de que muchos de sus pacientes inmovilizados han fallecido y tiene esa información en la cabeza incluso cuando cierra la puerta al llegar a su casa, sigo siendo yo. Y en definitiva, el que no desconecta prácticamente en ningún momento sobre el tema sigo siendo yo. Eso es ser el enfermero que soy a día de hoy. ¿Entendéis ahora lo que apuntaba antes sobre las secuelas en la cabeza? Lo profesional termina traspasando la barrera de lo personal.

 

   Y por si esta enumeración se ha quedado corta, también en mi familia hemos vivido la enfermedad. De cerca, desde bien dentro.Mi abuela Paqui fue el pasado mes de noviembre una de las víctimas que deja esta pandemia. Abuela, estés donde estés, te querré siempre.


   Actualmente escribo mi primer libro, que se titulará Narraciones de un enfermero en pandemia.Estoy intentando ponerme en contacto con varias editoriales, y si finalmente ninguna se interesa, no dudaré en autoeditarlo. En sus diferentes capítulos relato de forma personal e intimista toda mi experiencia como enfermero de cada suceso que he vivido en esta pandemia. Dichas narraciones han supuesto mi terapia creativa en unos tiempos en los que no he podido trabajar como actor. Únicamente el curso que realicé con Andrés Lima y aquella #CuarentenaCreativaque lanzaron Eva Leira y Yolanda Serrano en el primer confinamiento están entre los muy pocos momentos en los que pude sentirme actor durante el pasado año. Ojalá esto último cambie pronto.


   Esto va dedicado a mis compañeros enfermeros y actores, a los primeros por su exceso de trabajo y a los segundos por su falta de él: mucho ánimo,


Pablo Escamilla

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