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La escritura confesional de un joven Iván Zulueta
El realizador de 'Arrebato' reseñó, casi a diario, su primera estancia en Nueva York en los primeros meses de 1964, con 20 años de edad y más desengaño que grandes expectativas
ANTONIO ROJAS (@mapadeutopias)
Si se preguntara a cualquier cinéfilo por el nombre de un director de cine mítico y maldito, con toda seguridad el nombre de Iván Zulueta (San Sebastián, 1943-2009) acabaría despuntando entre los primeros puestos. Lo mismo si lo que se quisiera conocer fuera el título de una película española de culto. La mayoría se decantaría, sin duda, por Arrebato (1979), segunda y última cinta del realizador donostiarra, recientemente escogida en una encuesta de Babelia (El País) como el mejor título del cine español del último medio siglo.
De él se ha escrito mucho, especialmente de los años relativos a su paso por la Escuela Oficial de Cinematografía, las colaboraciones con TVE, sus trabajos como cartelista para nombres como Pedro Almodóvar, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Borau, José Luis Garci y Miguel Albaladejo o sus muchos cortos experimentales y dos únicos largometrajes, Un, dos, tres, al escondite inglés (1969) y el ya citado Arrebato. Pero no se ha hablado tanto de sus años juveniles. Aquella etapa iniciática la recuperan ahora dos investigadores del Instituto Universitario del Cine Español de la Universidad Carlos III de Madrid, Josetxo Cerdán y Miguel Fernández Labayen, responsables de la edición del diario que Zulueta escribió durante su primera estancia en Nueva York, en la primera mitad de 1964, cuando contaba con 20 años.
La lectura del texto, que su autor no corrigió ni concibió para ser publicado, y al que pensaba prender fuego ("Lo acabaré quemando…", asegura en su última entrada, de 9 de junio de 1964. La primera es del 26 de diciembre de 1963, cuando esperaba en el puerto bilbaíno a que el barco zarpara), permite conocer a un joven aspirante a pintor/ilustrador, que viaja a la Gran Manzana para cursar un semestre en la Arts Students League. Recién graduado (1963) en la Escuela de Decoración de Madrid, Iván ejercía ya como un cinéfilo compulsivo (casi cada día asiste a alguna proyección cinematográfica, muchas de ellas programas dobles o triples) y va reflejando en sus anotaciones su día a día en una urbe que lo ha deslumbrado mucho más de lo que imaginaba a través de su reflejo en docenas de películas.
¿Qué nos desvela sobre Iván Zulueta una escritura tan confesional, además de su despertar a la vida adulta? Sobre todo, aporta la imagen de un joven de clase alta venida a menos, acostumbrado a los clubes privados de San Sebastián, que tiene que adaptarse de muy mala gana a las rigideces económicas que impone la nueva situación familiar. De hecho, en lugar de viajar en avión, ha de conformarse con subir al barco de carga Monte Pagasarri, en el que invertirá 15 interminables e insoportables días de travesía entre Bilbao y Nueva York.
Adivinamos aquí a un muchacho caprichoso, miedoso, inestable, prejuicioso y con cierta tendencia a los momentos depresivos. Es católico practicante (acude cada domingo a misa a la catedral de San Patricio), carece de preocupaciones políticas (no hay una sola alusión a la situación de España o a la democracia estadounidense), habla mal de los demás con cierta frecuencia (su calificativo favorito es "lerdo") y siente ganas evidentes de codearse con la alta sociedad. "Me apetece alternar con gente de categoría", es decir, "gente bien, fiestas, chiqui tenises y niñas potables", declara el 18 de enero. Su idea es gastar mucho y tener relaciones, "dos cosas de las que carezco".
Así que de un lado está el Iván "ilusionadísimo", al que "apetece una locura" la aventura americana, convencido de que va a "conseguir grandes cosas en New York", como cita siempre a la metrópoli. Y de otro, el joven quejumbroso, insatisfecho, de sentimientos encontrados, que tan pronto está triste como eufórico, que se desalienta con facilidad y lo refleja constantemente: "El sueño se ha convertido en realidad y ha perdido la magia"; "tengo miedo permanente a caer en la desesperación". Trata de autoconvencerse a cada rato de que está viviendo una experiencia extraordinaria y que sería de estúpidos deprimirse. Pero nota que no valora tanto las vivencias como lo están haciendo desde San Sebastián tanto su familia como los amigos. Y eso pese a que al principio, desde España, el salto neoyorquino suponía la "máxima ilusión y atracción".
Las dudas también le asaltan en lo que respecta a su capacidad y talento artísticos. "No estoy nada seguro de lo que pinto, ni de por qué lo hago. Pintar es un problema", anota. Y pocos días después se desdice: "Creo que estoy satisfecho de mi pintura".
Son muy interesantes las opiniones que va plasmando sobre las muchísimas películas que ve durante esos seis meses. De entre todas, las que más le impresionan y mejor valora son Lolita (Stanley Kubrick, 1962), El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962), Al este del Edén (Elia Kazan, 1955), El sirviente (Joseph Losey, 1963), Encuentro en París (Richard Quine, 1964), Jules y Jim (Franí§ois Truffaut, 1963) o Los comulgantes (Ingmar Bergman, 1963).
Lo cierto es que a medida que pasan las semanas el protagonista se topa con la realidad de una gran ciudad en la que no es fácil hacerse un hueco si no se cuenta con dinero, relaciones y ganas de trabajar duro (la única ocupación que le reporta ingresos es repartir folletos por las calles, y no le dura ni una semana). Como diría Manuel Vicent, una cosa es la idea del barquito y otra muy diferente tener una embarcación. O como aquel viejo chiste, no es lo mismo el turismo que la emigración.
Cuando ya concluya el curso y tenga a la vista el retorno (¡en avión, junto a su abuela y su hermano Jaime!), lo asaltarán imágenes "terriblemente nostálgicas" de su paso por Nueva York, como si representasen un mundo atractivo y creador que en realidad no ha tenido lugar. Regresará algún tiempo después, entre la segunda quincena de septiembre y principios de octubre de 1968. Pero esa es ya otra historia. Queda un último apunte en el cuaderno personal del futuro cineasta: "Creo que odio este diario, y que no refleja para nada mi situación aquí. Se abra por donde se abra, todo son reproches; qué birria".
'Diario de Nueva York (Primer viaje, 1964)' (Pepitas de Calabaza, mayo de 2025). 248 páginas, 23,90 euros




