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21-04-2026

#LeerSientaDeCine

 

Cuando la identidad colectiva depende de un hito geográfico

 

Christopher Monger, el director de ‘El inglés que subió una colina y bajó una montaña’, convierte su guion en novela y multiplica el encanto tierno y humorístico que Hugh Grant y Tara Fitzgerald encarnaban en la gran pantalla

 

 

ANTONIO ROJAS (@mapadeutopias)

La identidad colectiva se puede sustentar sobre los más diversos elementos: lengua, territorio, historia, cultura… También sobre un hito geográfico, como ocurría en el pequeño pueblo de Ffynnon Garw, en Gales: un revoltijo de calles a la sombra de un monte del mismo nombre, que era el orgullo de sus ciudadanos, pues marcaba la frontera con Inglaterra e, históricamente, había supuesto una barrera infranqueable para los conquistadores.

 

Por eso no resulta sorprendente que la llegada de dos cartógrafos ingleses para actualizar el mapa del Servicio de Cartografía Militar de Su Majestad, en el verano de 1917 –en plena Primera Guerra Mundial–, se convierta en todo un acontecimiento social que revoluciona por completo la tranquila e insustancial vida del lugar. Al incompetente y borrachín George Henry Garrad y a su joven ayudante, Reginald Arthur Anson, corresponde esa tarea de medición en torno a la cual girará una historia entrañable, real, que ha pervivido a lo largo de varias generaciones en una localidad donde todos sus habitantes se conocían por sus nombres pero, mayormente, por sus apodos.

 

El paisanaje que desfila por el relato resulta verosímil y genuino, más allá de las particularidades de cada uno de los individuos o de la mucha ingenuidad que condensan: Morgan el Crápula, Betty la de Cardiff, Davies Escuela, Thomas el Trenes, Hughes el Sellos, Williams el Gasolina, Johnny el Traumas, Megan la Bocas, Jones Ceño Fruncido y un larguísimo etcétera más. Todos ellos sienten que el promontorio que los resguarda es una montaña, aunque las primeras mediciones cartográficas indiquen lo contrario: 932 pies en una primera y 984 en la siguiente. Y, claro, si se queda por debajo de los 1.000 no puede ser considerada como tal. Tendría consideración tan solo de “colina”, lo que impediría que constara en los mapas.

 

¿Cómo podía el pueblo permitir que dos ingleses los despojaran de su montaña, de su esencia galesa misma, de aquello que los había protegido a lo largo de los siglos? Ellos están convencidos de que las montañas salvaron y crearon a los galeses, así que, ni cortos ni perezosos, a las órdenes de Morgan el Crápula –dueño del pub del pueblo y amigo de las faldas– y del reverendo Jones –el poder político se ejercía desde la iglesia– se embarcan en una tarea descomunal, abrumadora y heroica: crear un montículo que eleve su mítico cerro hasta los 1.000 pies de altura, devolviéndole la condición de montaña. O, lo que es lo mismo, recobrar el honor perdido.

 

Con grandes dosis de humor británico, la novela se erige en un firme alegato contra las guerras y, sobre todo, contra esos prejuicios enquistados que se heredan y nos acaban conduciendo a distinguir entre “ellos” y “nosotros”. El patán de Garrad veía Gales como una tierra plagada de granujas y gitanos, depravados y mineros. Un bochorno de región, en definitiva. La idea que los vecinos de Ffynnon Garw tienen sobre Inglaterra y sus gentes no es mucho más benevolente, así que animadversión y desconfianza serán los sentimientos que primen inicialmente en la relación que entablan residentes y forasteros.

 

El inglés que subió… es también un libro sobre la identidad que une y hermana a los ciudadanos de un pueblo, territorio o país, por diminuto que sea. E incluso se permite introducir una deliciosa historia de amor, la que protagonizan (con final feliz) Anson y Betty.

 

Lo que se cuenta aquí fue, además de una narración transmitida por los mayores a lo largo del tiempo –al calor de la chimenea, de una cerveza amarga o una ginebra rosa–, una encantadora película protagonizada en 1995 por Hugh Grant, Tara Fitzgerald y Colm Meaney en sus principales papeles. Su director y guionista, Christopher Monger, nieto de uno de los vecinos que participó en la histórica hazaña, decidió posteriormente que el filme se transformara en esta estupenda y divertida novela.  

 

Christopher Monger

‘El inglés que subió una colina pero bajó una montaña’ (Hoja de Lata Editorial, marzo de 2026). 280 páginas, 21,90 euros (eBook, 11,99 euros)





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