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Cuando la muerte nos acerca al recuerdo de nuestras vidas
'Los muertos', el magistral cuento de James Joyce que John Huston llevó a la gran pantalla, conoce una nueva traducción en Nórdica con las ilustraciones de Emilio Urberuaga
ANTONIO ROJAS (@mapadeutopias)
Durante una entrevista en torno a su último libro, El verano de Cervantes: una escritura desatada, Antonio Muñoz Molina aseguraba hace unas pocas semanas que la mejor adaptación cinematográfica de una obra literaria que había visto jamás era la del cuento Los muertos, de James Joyce (Dublín, 1882 - Zurich, 1941), última película de John Huston. Aquella cinta de 1987 (año del fallecimiento del realizador estadounidense) y que en España se tituló Dublineses (Los muertos) estaba protagonizada por Anjelica Huston, Donald McCann, Helena Carroll y Cathleen Delany, entre otros. Y al decir del escritor de Úbeda, las narraciones breves son más propicias para convertirse en filmes que las novelas, a las que va mejor el formato de serie. Sirva como ejemplo de estas el Quijote en la mirada de Manuel Gutiérrez Aragón, que contó con Fernando Rey y Alfredo Landa en los papeles de Alonso Quijano y Sancho Panza.
Casualidad o no, la editorial Nórdica Libros acaba de poner en circulación una edición del célebre relato de Joyce, el último de los 15 que componían Dublineses, que cuenta con las riquísimas ilustraciones de Emilio Urberuaga y aporta nueva traducción a cargo de Maite Fernández. El volumen se convierte así en cuidada invitación a deleitarse con un texto que la crítica ha señalado con justicia entre los mejores cuentos del siglo XX.
El autor de Ulises y Finnegans Wake nos abre las puertas de la casa de las hermanas Morkan, Kate y Julia, dos ancianas menudas con las que convive su sobrina Mary Jane y que celebran un baile anual por Navidad. Se trata de un espléndido acontecimiento social que nunca ha decepcionado a los muchos invitados que acuden año tras año para disfrutar de la música y la comida con que son agasajados.
Entre esa concurrencia que representa a la clase media del Dublín de principios del XX destaca la figura del profesor y crítico literario Gabriel Conroy, sobrino preferido de las anfitrionas, que llega acompañado de su mujer, Gretta. La principal preocupación de aquel joven alto, fornido y algo rollizo es no decepcionar a los asistentes con el discurso que siempre dirige a los comensales mientras trincha un ganso asado.
La galería de personajes variopintos va desfilando a partir de ese momento: desde Lily, hija del portero que hace las veces de criada, al bromista señor Browne, pasando por Freddy Malins, más preocupado por las copas que por atender a su madre, también presente, la señorita Molly Ivors, colega de Gabriel con el que tiene un pequeño altercado, o el tenor Bartell D'Arcy. Las conversaciones se suceden y entrecruzan con las interpretaciones al piano, las canciones y los bailes. Se conversa de nacionalismo irlandés, religión, ópera o las nuevas generaciones, de las que se dice -cuántas veces no habremos escuchado algo parecido- que no valoran lo que han hecho sus mayores.
Y de vez en cuando, como en toda celebración, se cuela el recuerdo triste de los que ya no están. La muerte se adentra silenciosa en unos salones que tratan de volcarse por completo en lo festivo. Y lo hará también en la mente de Gretta, cuya figura, quieta en la escalera, cuando ya la velada ha concluido, se transforma en una revelación para su marido. Una de esas famosas epifanías joyceanas. Al contemplarla así, como una esfinge, casi una desconocida, se embellece ante sus ojos hasta despertarle la emoción y el deseo. Una oleada de felicidad recorre a Gabriel, que rememora los mejores momentos de la vida en común del matrimonio.
Pero la pasión de ella no está en el presente, sino en el recuerdo de un amor de juventud. La agitación de él se desvanece, la luz de la lujuria da paso a la sombra de la humillación. Toma la vergonzante conciencia de que, como tantas veces ocurre, las pasiones las vivimos en nosotros mismos, de forma egoísta, sin pensar en ningún momento en la otra persona, en sus sentimientos, apetitos o esperanzas. La memoria de los muertos se interpone en el devenir de los vivos. La identidad de estos va desapareciendo en un mundo que es impalpable.
'Los muertos' (Nórdica Libros, septiembre de 2025). 88 páginas, 20,95 euros




