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14-05-2026

#LeerSientaDeCine

 

Cuando el arte 

salvó a Cristina Rota

 

La actriz, productora y profesora de interpretación testimonia su intensa vida, entre Argentina y España, en ‘Una historia de teatro y resistencia’

ANTONIO ROJAS (@mapadeutopias)

A sus 81 años, una edad a la que la mayoría querría ya contemplar el transcurrir de la vida desde la comodidad de un sofá, Cristina Rota (La Plata, Argentina, 1945) continúa corriendo detrás de la luna, sintiendo que el deseo va un paso por delante de ella. Y que no debe dejarlo escapar. Como cuando era una niña quebradiza, que habitaba en un arrabal de su ciudad, pateaba maderas en la orilla de la playa de Punta Lara junto a su hermano, compartiendo una miserable vivienda con una madre amorosa y entregada y un padre inestable emocionalmente, más dedicado a dilapidar el dinero en el juego que a mantener a una familia aterrorizada por sus modales violentos.


Aquella muchacha, que luego llegaría a ser una reconocida actriz, productora, directora y, sobre todo, profesora de arte dramático, se enfrentó a la fatalidad y al estigma de la pobreza refugiándose en una fantasía ilimitada, declamando poemas o cantando ópera en el jardín. Sus mejores refugios los encontró en Lorca, Chéjov, Storni o Machado. La imaginación le sirvió como tabla liberadora. Y ella así lo reconoce: “Fui salvada por el arte”. En aquella ocasión, pero también en otras muchas a lo largo de una vida intensísima que relata en estas memorias que invitan a luchar, incitan a rebelarse frente a quienes quieren doblegar el deseo y la ambición y llaman a seguir incansablemente, sin detenerse. Con un título elocuente de por sí: Una historia de teatro y resistencia.


Cristina Rota baraja las cartas del recuerdo y las despliega delicadamente sobre las páginas de un libro que nos sumerge en lo más profundo de su memoria. Sus naipes narran los inicios sobre las tablas, donde se sentía sola y libre, pero más ella que de ninguna otra manera. Detallan el despertar definitivo a su pasión. El debut con 14 años en El zoo de cristal, de Tennessee Williams, en el papel de Laura Windfield. El diario de una inacabable gira por la Patagonia a la que se sumó siendo apenas una adolescente. O sus sueños de acabar en Buenos Aires, ciudad en la que desembarca a finales de los años sesenta como secretaria de la Casa de la Gobernación y con insaciables ganas de aprender y actuar.


Y, claro, la irrupción en su vida de Diego Fernández Botto, su gran amor, con quien tendría dos hijos, María (1974) y Juan Diego (1975), junto al que se entregó al activismo político y recorrió cielo y tierra durante el corto tiempo que le dejaron vivir. Porque los militares se lo desaparecieron el 21 de marzo de 1977, como a tantos miles de compatriotas en aquellos años de aniquilación. Cristina se vio abocada a preguntarse una y otra vez, como le sucedió a los supervivientes de los campos de exterminio nazis, por qué ella no y otros sí. 


Las últimas 80 páginas están consagradas a los años de exilio, esa palabra que aún no se atreve a pronunciar. A un tiempo en el que se tuvo que recomponer, rehacer y sacar adelante a tres hijos (la familia se amplió con el nacimiento en Madrid de Nur Levi). Una época en la que levantó la escuela de interpretación que la ha convertido en un referente internacional de la pedagogía dramática y por la que han pasado miles de actores y actrices, pero un periodo en el que también debió trabajar como camarera, cocinera o vendedora ambulante en el Rastro.


El libro, una clase magistral de actitud vital y compromiso, está atravesado por la curiosidad, el asombro, la solidaridad, la rabia, las heridas, las pérdidas, los sueños, las luchas, la resistencia (entendiéndola como una forma de cambiar la conducta, pero no la conciencia), los adioses, el deseo, las derrotas, las renuncias, la entrega, la esperanza, el llanto, el teatro, el amor…. Y por los fantasmas que la convierten no solo en la historia de una vida, sino en la de millones que pasaron antes que ella y millones que lo hacen ahora y lo harán en el futuro.


He aquí un relato al que se pueden agarrar quienes aspiran a convertirse en actores y actrices, pues en él encontrarán no pocas enseñanzas de quien, desde la experiencia y la humildad, las viene transmitiendo desde hace décadas. “Los actores nos alimentamos de nuestro baúl de recuerdos, el que llevamos a rastras y abrimos cuando necesitamos de nuestras vivencias para prestar un cachito nuestro a un personaje”, nos detalla. “La soberbia y la vanidad hay que tenerlas siempre sometidas. El peor enemigo del aprendizaje es el individualismo”. El teatro, avisa, “es un puente indestructible para movilizar y dinamizar una sociedad: nunca debe ser solo un simulacro de palabras”. “El artista es un significante y debe hacerse cargo de lo que le toca significar. Debemos comprometernos con la vida y con la función social del arte para cambiar la trágica mediocridad a la que estaríamos condenados en un mundo de arte superfluo y descomprometido”.


Añadamos, por último, la cita que quizá mejor resume la trayectoria de la propia Cristina Rota: “Cuando uno se dedica a la creación, la vida no es solo una profesión, sino una vocación, una llamada imprescindible a agitar, movilizar, mejorar, elevar, dinamizar con pensamiento, concepto y pasión”.


‘Una historia de teatro y resistencia’ (Grijalbo, mayo de 2026). 304 páginas, 22,90 euros (eBook, 9,99 euros)





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