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El anecdotario de Javier Ocaña

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Grandes personajes

 

El espectro grandullón de 'Los siete jorobados' que fue futbolista del Barça y esgrimista olímpico

 

Félix de Pomés brilló con su inquietante papel en la obra maestra de Edgar Neville, pero antes había destacado, y de qué manera, en el mundo del deporte



 

JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

Uno de los casos más curiosos de la historia de la interpretación cinematográfica en España fue el de Félix de Pomés (Barcelona, 1889-1969), inmortalizado como el espectro de La torre de los siete jorobados (1944), la obra maestra de Edgar Neville, en la que a su planta de 1,84 centímetros, desacostumbrados en los españolitos de la época, añadía aquel perturbador efecto especial de la ausencia de un ojo, un largo abrigo negro y un enorme sombrero de copa, con los que terminaba de adquirir una presencia inquietante. Lo que quizá sepa menos gente es que antes de iniciar su carrera en el cine había sido deportista de élite, primero como futbolista y más tarde como tirador de esgrima.

 

De Pomés fue jugador del Espanyol en dos etapas (1911, y, más tarde, entre 1914 y 1916) y del F.C. Barcelona (en la temporada 1913/14) jugando como delantero, aunque algunas fuentes también sostienen que de mediocampista. Tras colgar las botas, cambió de deporte y, por si fuera poco, llegó a participar en dos Juegos Olímpicos consecutivos: los de 1924 en París y los de 1928 en Ámsterdam, en la modalidad de esgrima y en las especialidades de florete y espada.

 

Aristócrata de cuna, fue padre de la también actriz Isabel de Pomés, bellísima rubia de pómulos marcados que tampoco tenía el aspecto habitual de la mujer española de la época con la que trabajó precisamente en La torre de los siete jorobados. Entre las mejores películas del actor se encuentran Aurora de esperanza (Antonio Sau, 1934), obra de denuncia social realizada por el anarquismo oficial; Vida en sombras, de Lorenzo Llobet Gracia; y Parsifal, codirigida en 1951 por Carlos Serrano de Osma y Daniel Mangrané, una oda a las leyendas germánicas y a la música de Richard Wagner, en la que a pesar de tener 62 años aún luce cuerpo de fortachón, envuelto en apenas unas pieles.

 

Su aspecto también le permitió participar en algunas grandes producciones estadounidenses filmadas en España, caso de Orgullo y pasión (1957), de Stanley Kramer, Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray, y Mando perdido (1966), de Mark Robson.

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