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15-07-2020


Los estrenos del 17 de julio


‘Un tiempo precioso’ 


EL ÚLTIMO VIAJE



ALBERTO ÚBEDA-PORTUGUÉS

Certámenes como la Seminci de Valladolid, la Muestra de Cine Europeo de Segovia (MUCES) o el NYC Independent Film Fest de Nueva York han aplaudido este atractivo drama de Miguel Molina. Se trata de su debut detrás de las cámaras y es además el protagonista de la película. Rodada entre Madrid e Ibiza, Un tiempo precioso está producida por Platea Films y Forest Films.


   Enfermo de alzhéimer, un actor en declive llamado Miguel se reencuentra con su hijo Carlos tras años sin verse. Sandra, la pareja del actor, intenta rehacer las relaciones entre los dos hombres y recuperar a la vez un amor casi perdido. Los tres viajan a Ibiza, donde el enfermo pasó su infancia. Mientras visita diversos lugares, a Miguel se le aparece Agapito, un amigo invisible que ríe con él y le comprende cuando nadie parece hacerlo en este último viaje.



El protagonista, junto a Carlos Pulido en el papel de su hijo


   Acompaña a Miguel Molina en Un tiempo precioso Carlos Pulido, que encarna al hijo del protagonista. Vimos a este intérprete en la webserie Anna Christra, por la que recibió el premio al mejor actor en el Madwedfestival, y en piezas de teatro como La divina Filotea, El legado de Don Juan y Tío Bob (donde compartía escenario con el mismo Miguel Molina). “Al principio a mi personaje le cuesta curar las viejas heridas no cicatrizadas con su padre, pero después le presta todo su apoyo y amor”, dice Pulido.


   La canadiense Sandra Blakstad (también pareja de Miguel Molina fuera del rodaje) da vida a una mujer que “intenta por todos los medios que el hombre al que ama tenga un final sosegado y rebosante de ternura”. Blakstad es diplomada en Arte Dramático en su país.


   Todos conocemos al veterano Saturnino García (el comprensivo Agapito, el amigo invisible de Miguel), cuya carrera en el cine jalonan trabajos de la altura de Justino, un asesino de la tercera edad y Matías, juez de línea (ambas creadas por La Cuadrilla), Insomnio (Chus Gutiérrez), Marujas asesinas (Javier Rebollo) o Tiempo después (José Luis Cuerda). Últimamente ha aparecido en las series Cuéntame y Élite. “Agapito viene a ser la conciencia de Miguel. Por un lado, le dice que no cometa locuras. Por otro, le incita a pasarlo bien”, comenta el actor leonés, cuyo próximo estreno será Vampus Horror Tales (de Manuel M. Velasco, Isaac Berrocal, Erika Elizalde, Piter Moreira y Víctor Matellano).



Molina, con Saturnino García, la voz de su conciencia en el largometraje


La realidad de la enfermedad

Un tiempo precioso es una poesía, una pintura transformada en imágenes y voces. A cada momento pretende transmitir al espectador la realidad del alzhéimer, y mantiene la continua incertidumbre de todos los personajes con apariciones inesperadas e impredecibles, explica Miguel Molina. Le hemos seguido como actor desde su debut en el cine en 1981 con Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón), título al que fueron sumándose La ley del deseo (Pedro Almodóvar), Las cosas del querer (Jaime Chávarri), Código natural (Vicente Pérez Herrero) y Luces (Alfredo Contreras). “El planteamiento inicial de la película fue el de llevar a la pantalla una historia familiar, corriente y atemporal con la que cualquier persona en el mundo se pudiera sentir identificada”, señala Molina. Es hijo del maestro de la copla Antonio Molina (del que se incluyen dos canciones en la cinta) y hermano de la actriz Ángela Molina (que participa en off en el filme, durante una conversación por teléfono con el personaje de Sandra Blakstad).


   “Al finalizar la película nos dimos cuenta de que todos los integrantes del equipo teníamos a personas allegadas que sufren este tipo de enfermedad. La ternura, la sensibilidad, el amor y la paz que pusimos en el rodaje han sido una forma de aportar humanidad al arte, reflexiona este consagrado actor y director novel.


   Miguel Molina ha huido de los convencionalismos en la plasmación de una enfermedad tan traumática como el alzhéimer: plantea Un tiempo precioso como un último viaje del protagonista desde el asfalto gris de Madrid a la hermosa luz y el mar transparente de Ibiza. En esa isla balear el cineasta consigue que sintamos la proximidad de la muerte del personaje principal como algo más liviano y suave de lo que normalmente sería, y con esa impresión nos quedamos a la salida del cine, agradecidos por las imágenes y la poesía desgarrada de Molina.

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