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23-09-2025


Lucía Jiménez

“Para los actores la cima no llega nunca”



Hemos visto su rostro en el cine, las series, el teatro. Después de 30 años frente a la cámara, ahora se ha pasado al otro lado. Ella es esa señora que se coló en clases de guion



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

La segoviana Lucía Jiménez guarda con mucho cariño un obsequio desde hace dos décadas. Se trata del pequeño retrato de una virgen. Se lo regaló la directora mexicana Andrea Martínez, para quien actuó en 2008 en la película Cosas insignificantes. En el reverso de la estampa hay una dedicatoria que dice: “Hacer una película es un milagro”. Esta es una máxima que Jiménez hace suya desde aquel momento y que le lleva a agradecer cada papel que ha encarnado.

 

   Armendáriz, Martínez-Lázaro, Monzón, Urbizu. Con todos ellos ha trabajado y por todos admite sentir admiración. De Virginia Yagüe afirma que es una revolucionaria, una adelantada a su tiempo. Así lo atestiguan los guiones de La señora, que Jiménez tuvo entre sus manos durante años. Sobre David Trueba cuenta que pide un respeto absoluto al texto. Sin cambiar una sola coma, pero sin perder la naturalidad. Lo experimentó en La buena vida, por la que aspiró al Goya a la actriz revelación en 1997.

 

   Su siguiente nominación llegaría, ¡ay!, por hacer un trabajo muy distinto. De tanto respeto que siente por quienes escriben sus diálogos, decidió apuntarse al máster en Guion de Series de Ficción de la ECAM. “Ahí estaba yo, una señora entre un montón de jóvenes”, recuerda entre risas. Poco después escribía y dirigía el cortometraje El trono. Y no será su único trabajo como autora, advierte.

 

— ¿Temió que alguien se tomara su viaje a la dirección como un capricho?

— ¡Claro que lo pensé! Pero esos miedos hay que superarlos. Yo trabajo desde el amor, la profesionalidad, el respeto. El hecho de rodar el corto ya me parecía un éxito. Después fueron llegando las selecciones en distintos certámenes, la Biznaga de Plata en el Festival de Málaga y la nominación al Goya. No esperaba obtener todo ese reconocimiento. Fue un regalo.


— En El trono, un presidente del Gobierno se admira en el espejo antes de ir al baño. ¿Alude a algún político en concreto?

— Podría ser cualquiera. Yo buscaba que a alguien se le volviera la vida del revés en solo 12 minutos y encerrado en un espacio reducido. Quise hablar del poder y la traición desde el humor. Me encanta encontrar la parte cómica de la tragedia. Imaginaba un protagonista importante y le hice presidente. Daba igual de qué partido. Intenté mostrar lo solo que uno llega a estar en la cima.



— ¿Usted se ha visto sola en las alturas?

— No, no. La cumbre de la que habla mi corto es muy diferente a la de los artistas. Para los actores la cima no llega nunca. Un día sentimos que lo tenemos todo a favor y luego nos ocurre exactamente lo contrario. Es difícil tocar la victoria y poder quedarse en ella para siempre. Yo no sé cómo estaré dentro de dos meses, y creo que eso es bonito.


— Lo cierto es que lleva 30 años de carrera que muchos desearían. ¿Cómo lo ha conseguido?

Hipotecando un poco mi vida. Eso es lo que nos dejamos en este oficio. He pasado por todas las etapas. Por todas. Y sigo sintiendo amor y ganas. Actor viene de acción: si me quedara en casa sentada, no me llamaría nadie. Por eso me apunto a talleres, acudo a encuentros. Me uno a proyectos que otros tildarían de modestos. Me gusta aceptarlos porque de ahí suelen salir más cosas. Actúo en el teatro o yo misma promuevo una obra. Y también escribo; en ello estoy ahora.



— Muy pronto la veremos como protagonista ¡y militar! en la serie Marusía. Vientos de honor. ¿Le han ido confiando papeles más duros a medida que ha ido creciendo?

— Supongo. Los actores tenemos un abanico enorme. Damos lo que nos pidan. Pero es la industria la que nos coloca en lugares: la graciosa, la guapa, la tonta. Ahora me tocan personajes con mucho genio y fuerza, y quizá este sea buen lugar para mí. He encarnado villanas tremendas, como en La sonata del silencio. La recuerdo como una señora amargada que defendía valores arcaicos y era partidaria de que las mujeres se quedaran en casa. Pues había que defenderla. En Madres. Amor y vida yo padecía síndrome de Münchhausen. Enfermaba constantemente a mi hijo con tal de que estuviera en el hospital. ¡Qué mal lo pasé! ¡Cómo me costaba entender aquello! Lloraba en cuanto escuchaba el “¡corten!”.


— ¿Cómo llevó el rodaje de La caja Kovak, que dirigió Daniel Monzón en 2006? 

— Fue duro. Así son las películas de acción: de un tono extremo, siempre arriba. Había planos exigentes en lo físico. Yo estaba entregadísima. El resto del reparto venía del extranjero y trabajábamos en inglés. Nunca me sentí muy perdida porque el director y su equipo eran españoles. A pesar de ello, hoy sentiría algo de vértigo al apuntarme a algo así. De joven tenía menos miedos, me lanzaba más. En 1998 me fui a Perú durante tres meses para filmar No se lo digas a nadie. Recuerdo que encarnaba a una peruana, así que adquirí el acento como pude. Yo rondaba los 20 años y lo viví como algo lúdico. Ahora volvería a decir que sí, pero desde un lugar diferente, más consciente del reto. Pienso en la responsabilidad que conlleva mi trabajo y me preocupo por el resultado que ofrezco.


— Contó una vez que a veces soñaba con los musicales. ¿Cómo fue ver su nombre en lo alto del Coliseum durante las funciones de Hair en Madrid?

— Quizá pensé en mi madre. Y poco más. También conozco la sensación de ser la última del reparto. De ahí que lo relativice todo. No me vengo muy arriba cuando hay algún triunfo ni dejo de disfrutar los papeles pequeños. Esto se trata simplemente de ser feliz, de trabajar en lo que nos gusta. ¿Y qué decir de Hair? Más que una cantante, yo era actriz que cantaba, pero en medio de artistas de musical con unas voces tremendas. Al escuchar al elenco al completo, a los 29 artistas a la vez, apenas me lo creía. Me pasó también en el cine con Los dos lados de la cama [Emilio Martínez-Lázaro, 2005]. Es conmovedor declararle a alguien tu amor con una canción. Por momentos así, creo que los musicales lo tienen todo.



— La audiencia la conoció por Al salir de clase y, tras décadas de éxitos, se enroló en Amar es para siempre. ¿No dudó al volver al maratón de las series diarias?

— Amar ha sido uno de los trabajos que más he disfrutado. Me puso a prueba. Siempre he sido trabajadora, así que memorizar el texto no era un problema. Tampoco lo eran los madrugones, puesto que soy madrugadora. Y cada vez más. Llegué a grabar planos de hasta de 16 capítulos diferentes en una misma jornada. Aprendí mucho de José Manuel Seda, con quien actuaba bastante. Quizás alguien piense que en las ficciones diarias dos secuencias se parecen mucho, que un acontecimiento ya ha ocurrido con anterioridad o que cierto diálogo ya lo hemos pronunciado. Eso me aturdía un poco. Pero José Manuel me animó a seguir: a vivirlo de otro modo, a mirar hacia delante. También ayudó mucho que mi papel me gustaba.


— ¿Se trabaja mejor cuando sus ideas coinciden con las del texto?

— ¡Claro! Y no porque el personaje se me parezca en los gestos o en la actitud, sino porque sus diálogos me representan también a mí. ¡Así da gusto decirlos en voz alta! Me ocurría en La señora. Durante los primeros capítulos daba vida a una chica callada que servía en una casa. Pero luego descubría ideas que ni siquiera conocía. Vivir ese camino es una maravilla. Cuando estoy preparando un papel me toca imaginar su pasado y sus memorias. En La señora no hizo falta. Todo era mucho más natural porque yo crecí junto a aquel personaje. Y todos esos recuerdos los habíamos creado juntas.

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