Lucía Veiga
"Llegué a esto sin tener expectativas y me siento hecha para todo lo que venga"
Esta actriz es minuciosa en el trabajo y hábil para improvisar. Solo una estrella podría convertir un despido en una nominación al Goya
FRANCISCO PASTOR
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Lucía Veiga (A Coruña, 1979) aún se acuerda de algunos clientes que pasaron por delante de su mostrador durante siete años, cuando estuvo trabajando en una tienda de telefonía. "La riqueza de personajes era inmensa. Me fijaba en cómo hablaban, en cómo se movían", rememora la actriz. Al pensar en aquella larga etapa, otros momentos le vienen a la cabeza. Como aquellos en los que hablaba con su madre por las noches y le repetía: "No soy feliz. Y tampoco me atrevo a dejarlo". Pero no hizo falta. Un día la despidieron y fue el mejor favor que podían hacerle. Empezó a actuar de casualidad, por mantenerse activa mientras estaba en paro. Se había licenciado en Filología Hispánica, aunque decía que sí a pequeños papeles que le ofrecían sus amigos. Hasta que los personajes dejaron de ser tan pequeños. Veiga ha estado nominada este año al Goya como actriz revelación por Soy Nevenka (Iciar Bollain). Su trabajo en la serie Rapa hizo que optara al Feroz, y no solo eso: con aquel rol de asesina logró el primero de los tres trofeos Mestre Mateo que guarda en su vitrina. Porque suma tres victorias en ediciones consecutivas de los premios anuales del audiovisual gallego. Y ella se lo quería perder.
- Le sorprendería el guion de Rapa, que revelaba desde el comienzo la identidad del asesino.
- Me gustó ese planteamiento. Crea más suspense que la estructura clásica. Teníamos el quién, pero faltaba el porqué. De hecho, ni yo sabía que encarnaba a la asesina hasta avanzados los ensayos. Me preparé el papel sin saber que me tocaba matar a alguien. Al leerlo, me invadió la responsabilidad. ¡Era la antagonista! Aunque hablamos de una serie con un enorme componente humano. El crimen ocupa un lugar secundario.
- ¿Le gusta conocer mucho al personaje? ¿Valora esos tratamientos largos, de páginas enteras, para papeles breves?
- Me gusta saber lo máximo posible. Y si no me dan indicaciones claras, le echo imaginación. Me hago preguntas y busco respuestas. Así voy llenando los huecos. Yo empecé a actuar de rebote y desde la improvisación. De repente, me tocaba construir un protagonista. Tomaba decisiones en cuestión de segundos. De ese modo descubrí que, si somos más concretos, más rico será nuestro trabajo. Quizá algunos datos del personaje nunca se hagan explícitos, pero aportan matices.
- Es curioso que la actuación fuera su plan B.
- Tengo un ánimo muy juguetón, siempre digo que sí a todo. Empecé por una serie pequeña, anuncios, me apuntaba a talleres… También me salieron trabajos como periodista, y eso sí que me cogió de sorpresa. Primero, con guiones. Luego, con colaboraciones. Y más tarde, a presentar en el prime time de la TVG. Me costaba no sentirme una impostora. Y es que respeto mucho el trabajo y la formación de los demás. Cuando actúo con gente a la que admiro, aún sigo viéndome como una grupi que se ha colado en un rodaje. Y ahí tengo que convencerme de que no, que yo también soy actriz y que esa estrella admirada es un compañero más.
- La inseguridad se le pasaría, aunque fuera solo un poco, con la nominación al Goya.
- Yo me permitía soñar. Pero apenas aparecía seis minutos en Soy Nevenka, así que lo tenía muy complicado. Tras la gala, me puse a digerir no la derrota, sino todo el viaje. Aspiré al Goya, lo que significaba que soy parte de esto, no vengo de otro mundo. Abracé algo buenísimo que me llevaré para siempre. No quiero pasar de puntillas por ello.
- ¿Por qué cree que aquel personaje la llevó más lejos que ningún otro?
- No lo sé. La película contaba un caso real, un episodio de acoso con dos protagonistas. El resto del reparto acompañaba esa historia. Y yo aportaba la única mirada amable: mostraba observación, escucha, empatía. Esas son cualidades muy mías, así que lo tuve fácil. Hablamos mucho de cómo fue en la realidad mi personaje, Charo Velasco, una pediatra que decidió entrar en la política local. Me gustó llevarla al cine. Nevenka y ella no eran amigas, sino rivales, y Velasco la ayudó a cambio de nada. No sacó rédito de ningún tipo. No copó los micrófonos, no sacó la bandera, no se convirtió en nadie.
- Dice usted que aquel era un personaje de soporte. ¿En qué cambia eso su labor?
- El trabajo es el mismo, puesto que pongo toda la carne en el asador. Cuando hago papeles así, el único cambio es que guardo mi ego en el último cajón. Entiendo que no habrá una toma con mi réplica o que no me van a grabar primeros planos. Estoy ahí para el otro. No fuerzo una expresión con tal de que la cámara me siga. Trabajo desde la generosidad.
- Asesina, concejala… y una madre desquiciada en la serie Celeste. ¿Cómo consigue salir airosa de roles tan dispares?
- Son personajes que albergan mucho bajo lo que dicen. El espectador piensa en lo que no sabe de ellos. En Celeste dan ganas de saber cómo habrá llegado esa madre a un punto tan enloquecido.
- Y luego está el largometraje As Neves [Sonia Méndez], donde dio vida a una madre perteneciente a la Guardia Civil.
- En As Neves los adultos somos secundarios. Apenas hay secuencias en las que no acompañemos a los jóvenes. Incluso aparecemos desenfocados. Me preocupé por encontrar el punto justo entre madre y agente: ni muy estricta en casa ni muy blanda en el trabajo. Con esta actuación he logrado uno de mis Mestre Mateo, pero me duele un poco verme en la pantalla: ahora siento que debería haber puesto más autoridad a aquella sargento, aunque quizá sean matices que solo veo yo.
- ¿Es posible que una película en gallego llegue tan lejos como Soy Nevenka, por poner solo un ejemplo?
- Aún queda un poco, pero llegará. La esperanza me la da el audiovisual catalán, que nos lleva algunos años de ventaja. Me dio pena que en Rapa no hubiera más diálogos en gallego. Y sé que fue un debate recurrente entre los directores, la productora y la cadena. Pese a que algunas secuencias lo pedían, la respuesta fue negativa. Ojalá dentro de un lustro, ante el mismo dilema, la decisión sea distinta.
- Ya ha llovido mucho desde Vivir sin permiso, su primera vez en una gran producción televisiva.
- ¡Mis primeros diez segundos! Me llamaron de un día para otro. Hubo un cambio en el guion y requerían un personaje nuevo con un párrafo de texto. Me lo estudié al pie de la letra. Al llegar a la lectura de guion, pasamos la escena. Yo decía mis frases de memoria y el director me paró enseguida: habían modificado ese monólogo a última hora y nadie me había pasado la nueva versión. Álex González estaba a mi lado y me dijo: "Bienvenida". Me dieron unos minutos para aprendérmelo y logré salvarlo.
- ¡Vaya! Sufrir un contratiempo así, justo en el momento de debutar…
- Soy un poco inasequible al desaliento. Llegué a esto sin tener expectativas y me siento hecha para todo lo que venga. Aquella grabación, incluso en el caso de que algo saliera mal y no me llamaran más, ya había servido de mucho: había aparecido en una serie exitosa. Y si todo iba bien, ya llegarían futuros papeles. Yo controlo lo que depende de mí: acudo puntual tras descansar la noche anterior y con el papel aprendido. En Vivir sin permiso hasta llevé mi ropa porque no había tiempo para pruebas de vestuario.
- ¿Y han cambiado sus expectativas con el tiempo?
- No mucho. Sobre todo, me gustaría que este siguiera siendo mi oficio. Y que me dejen probar muchas cosas nuevas, como hasta ahora. También hay sueños que querría llegar a ver cumplidos. Si el gallego logra hacerse hueco en el audiovisual, me encantaría ser parte de ese cambio. Y también del logro de que las mujeres rompan techos de cristal y consigan cada vez más papeles relevantes.




