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13-02-2020

Malena Alterio


“No distingo entre comedia y drama. Solo importa el arco del personaje”

 

Crítica con el trabajo propio y a las órdenes del director. Cada experiencia suma. Los atrevimientos llegaron tras décadas en el oficio


FRANCISCO PASTOR

Los productores de El palo (2001) descartaban presentar la película a los Goya porque era una comedia y no un drama. Hasta que Maribel Verdú, una de sus protagonistas, se revolvió. “¿Es que no habéis visto el trabajo que ha hecho Malena? ¡Hay que mandar esto a los académicos!”, dijo ella, según trascendió después. Hablaba de Malena Alterio, que acabó, como bien intuyó su compañera, pugnando por el trofeo a la mejor actriz revelación. La intérprete no podía imaginar cuántas noches de gala iba a tener por delante. Desde entonces ha recogido el premio Feroz, la Unión de Actores ha reconocido su labor en dos ocasiones y ha recibido el Fotogramas de Plata, entre otros galardones.

 

   La artista nació en Buenos Aires en 1974, pero vive en Madrid desde pequeña. Es hija del también actor Héctor Alterio, cuya vida corría peligro al otro lado del Atlántico. Y la España de la Transición parecía quedar en las antípodas —no solo en términos geográficos— de la dictadura militar que empezaba a sacudir Argentina. Aunque su hermano Ernesto se había decantado por la interpretación, como su padre y como ella, Malena no se libró de empezar desde abajo. Realizaba animación en eventos y centros comerciales, más otra década de trabajo encima de las tablas que precedió a la fama gracias a la serie Aquí no hay quien viva.

 

   Hoy la televisión se parece poco a aquel conjunto de decorados donde se grababa con tres cámaras a la vez. Pero ella continúa brillando en la pequeña pantalla. El pasado junio terminó de rodar la tercera temporada de Vergüenza. Y el calendario de grabación para la segunda entrega de Señoras del (h)AMPA se alargará hasta la primavera. También el cine aguarda: al menos dos estrenos contarán con su presencia el próximo año. Cuando pueda descansar, revela, tratará de viajar al Caribe. Hasta entonces toca aprender diálogos. Y Alterio se marcha de vuelta al estudio tras acabar el café del bar de siempre.

 

 Cuenta que es más bien tímida. 

— Sí, lo reconozco. Creo que me dedico al teatro para vencer la timidez y enfrentarme a la vida. Es mi terapia. Trabajar desde mi voz y mi cuerpo me ayuda a conocerme. Además, salir de una misma siempre es bueno. Nos vemos en otros personajes y nos imaginamos cuánto de ellos llevamos dentro. Cuando estoy en la acción aparco los bucles y los reproches. Me temo que soy muy crítica con mi trabajo. Solo ahora voy queriéndome más y dejo atrás algunos complejos que me acompañan desde joven



— Ni siquiera tenía 30 años cuando llegó Aquí no hay quien viva. ¿Sentía complejos mientras lideraba audiencias? 

¡Claro! Yo he crecido con el listón muy alto. Era la pequeña de un clan de actores maravillosos. Mi padre y mi hermano lo son. Y eso me amedrentaba al principio. Me dolía que la gente sintiera que estaba de prestado, o que había llegado donde fuera por la influencia de mi familia. Elegía los papeles desde la prudencia, y así trabajaba también. Solo actuaba en aquellos registros en los que me viera segura. Poco a poco me noté capaz de abarcar más, pero siempre despacio, siempre muy pequeña. Con el tiempo, a los 45 años, siento que esa carga se está marchando. Me atrevo con más cosas.

 

 El formato de Vergüenza es muy inusual. 

— Y hay ofertas que una no puede rechazar, como un proyecto dirigido por Juan Cavestany o Álvaro Fernández Armero. Esa serie provoca reacciones muy extremas: cuenta con grandes devotos y hay quienes no pueden ni ver el cartel. Tratar de contentar a todos es cometer una gran equivocación. Aunque los actores hacemos sugerencias, aquí y allá, respetamos el guion. También he aprendido a relajarme: a veces he desarrollado propuestas muy cerradas, en las que daba por hecho esto o aquello, y llegaba al rodaje y la cámara quedaba en el extremo opuesto al que yo hubiera imaginado. Así que me tocaba volver a empezar. Ahora hago los deberes, me aprendo mi papel y acudo al trabajo porosa y adaptable, que para algo me han llamado.

 

— Y ahora que la televisión se parece tanto al cine, ¿se prepara de forma diferente para ambos medios?

— Los tiempos son diferentes. En los largometrajes vamos rápido, pero hay tiempo para hablar tanto con el director como con los compañeros. En televisión da igual con qué ventaja partamos, pues se cuidan más los planos y se dedica un tiempo a la iluminación, pero llega un momento en el que nos alcanza la vorágine del día a día. A veces salgo de las grabaciones algo frustrada. Pienso que tendría que haber subido de aquí o bajado de allá. O encuentro un giro de la trama en el guion del próximo capítulo y entonces siento la conveniencia de haberlo anticipado con mi propia interpretación jornadas atrás. En teatro sí se prepara todo con más antelación.



— Sobre el escenario ha representado textos de Chéjov y Brecht. 

— Creo que hay proyectos que nos eligen a nosotros. No sé si hace una década me habría visto armada para una historia tan difícil como Los universos paralelos, en la que un matrimonio pierde un hijo. Pero me llegó poco tiempo atrás y la acepté. Recuerdo también la Emilia de Claudio Tolcachir. Actuaba junto a David Castillo, que en aquel momento estaba trabajando en Aída, así que muchos espectadores iban convencidos de que verían una comedia, pero no era así. Me esperaban a la salida del teatro para decirme que bien, que muy bien, pero que mejor en el papel de Belén en Aquí no hay quien viva. Eso escuece, y más en teatro, un lugar en el que sabemos de dónde partimos, pero no hasta dónde llegamos. Cada noche sobre las tablas es diferente. Diría que tres de cada cinco espectadores se iban aturdidos ante lo que habían visto. Pero había otros que se engancharon a lo que hicimos y quedaron encantados. Ese es el premio, lograr que conozcan una parte diferente de mí, que vean más allá.

 

— No pocos dicen que la comedia es, por definición, más ligera que el drama. 

— Pues están muy equivocados. No creo en esas etiquetas, yo no distingo entre comedia y drama, solo importa el arco del personaje. A mí me interesan mucho los matices, que se vean todos los colores. Me gusta que el sentido del humor aflore en cualquier parte, incluso en las situaciones más dramáticas. Como si nos da un ataque de risa en un funeral. Echo mucho de menos a mi tía Norma, una verdadera apasionada del teatro. Me aportaba un ánimo que me venía muy bien y me pedía que le diera una vuelta a las cosas: que me hiciera preguntas, que buscara más significados de los que estaban escritos. Todo suma, me decía siempre. Así que yo me preparaba todo como si lo hubiera escrito Shakespeare, aunque se tratara simplemente de animación para bautizos, bodas o comuniones, que fueron mis primeros trabajos.

 

— ¿Ha cambiado el fondo de su trabajo, o la sensibilidad del espectador, desde sus inicios en este oficio?

— Quizá les pongamos otro envoltorio, pero tanto las cosas que nos conmueven como aquellas de las que nos reímos son las mismas. El mundo ha cambiado, desde luego, y eso se refleja en las historias que contamos. Cuando yo era joven no había teléfonos móviles y no vivíamos pegados a una pantalla. Después de estar mucho tiempo desoyendo el consejo de mis allegados, me acabo de abrir una cuenta en Instagram. Y aún tengo muchas contradicciones con ello. Nunca sé bien qué publicar. Entiendo que nos mostremos en un rodaje, que intentemos que se nos vea. Pero llega un momento en que la mercancía expuesta ya no es nuestro trabajo, sino nuestra propia vida. Un día a día que siempre aparece retocado, enmascarado. Hay quienes se desenvuelven con mucha soltura en esa frontera, pero yo no. A ratos lo paso mal.

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