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26-10-2020


Mar Abascal

 

“Los directores que trabajan conmigo repiten. El éxito es eso”

 

Un paso al frente sacó del coro a esta soprano y la convirtió en protagonista. Hecha a la canción lírica, acabó eligiendo la libertad del teatro. Con él y con la televisión llegarían jornadas maratonianas


FRANCISCO PASTOR

Antes de cada estreno en teatro Mar Abascal se pinta las uñas. No tanto por la urgencia de salir a escena arreglada del todo. Pero es así, mientras extiende el esmalte, cuando logra medir sus nervios. Si le cuesta demasiado atinar con el pincel, le toca relajarse más. Ese mismo truco lo utilizó antes de actuar en La llamada, en el Teatro Lara, en cuya gira estaba embarcada cuando las salas echaron el cerrojo por culpa de la cuarentena.

 

   Esta artista madrileña ha pasado sobre las tablas más de la mitad de su vida. Al principio, cuando era una adolescente, dedicada a la canción lírica. Trabajó la zarzuela durante más de una década, estudió canto en el conservatorio y se formó en un sinfín talleres, también de verso y de interpretación ante la cámara. Y luego, más teatro, como sus temporadas en las comedias Mi primera vez y Burundanga. Tres años pasó en cada una de ellas. A la serie de televisión Gym Tony le dedicó más de 300 capítulos.

 

   Hoy puede presumir de haber trabajado en producciones como Paquita Salas, Señoras del (h)AMPA o Veneno. Y en el cortometraje Candela (2019), con el que ha explorado el registro dramático y que está cosechando menciones en festivales de todo el mundo. Lo cuenta feliz mientras se pinta las uñas de un rojo muy vivo. En esta ocasión, sin ningún quiebro en el pulso.

 

— Su papel en Paquita Salas es muy duro con el gremio: una actriz que no logra salir del cajón de los figurantes, a la que no le permiten decir texto.

— Es difícil, desde luego. Cuando aún era una chiquilla me vi una vez en una situación parecida. Pero a mí me salió bien. Estaba preparando la zarzuela Agua, azucarillos y aguardiente como parte del coro. Me sabía el papel principal porque ya lo había interpretado en el teatro aficionado, así que di un paso al frente y le pedí al director que me hiciera una prueba. ¡Me sacó del coro y me puso de protagonista! Por cuatro perras, eso sí. Era una cría. Esa osadía ya no la tengo.

 

— ¿Hoy no lo haría?

— No, no. He cambiado mucho [risas]. Ahora no hablaría con un director de esa forma. Algunos amigos me piden que interceda por ellos, que les presente a este o aquel, pero yo no descuelgo el teléfono ni siquiera para trabajar yo. Prefiero esperar a lo que llegue. Ya me sonará el móvil. Los directores que trabajan conmigo repiten. Para mí, el éxito es eso. 

 

— ¿Y lleva bien eso de esperar la llamada? 

— Ahora sí. Alguna vez he salido pletórica de una prueba, consciente de que lo había calcado, con los compañeros felicitándome al salir y diciéndome que el papel ya era prácticamente mío. Y luego llegaba el reparto de los personajes y no encontraba mi nombre en la lista. Cuando eso ocurre, alguien nos dice aquello de que así son las cosas, que sabemos cómo funciona este mundo. Pues en una ocasión, creo que solo una vez, me di el gusto de responder: “No, no sé cómo son las cosas, por si alguien me lo quiere explicar…”. Y entonces nos cuentan que las decisiones las toman en otro lugar, otras personas, a menudo carentes por completo de criterio artístico. En esos momentos lo que nos toca a los actores es recordar quiénes somos. Y no somos mejores ni peores artistas porque nos den un papel



— ¿Recuerda cuándo se sintió actriz por primera vez? 

— Aunque me sentía así desde siempre, porque de niña me gustaba actuar, tardé mucho en decir que lo era. Pasé años en la etiqueta de soprano. Pero como hacía zarzuela, la mitad del libreto era recitado, no cantado. Y me di cuenta de que me sentía mejor en los tramos que no llevaban música. La presión era menor. Empecé a hacer teatro y me fui quitando muchas mochilas: la de la voz afinada, el cuidado de no sobrepasar a la orquesta. ¡La canción lírica es un deporte de élite! Cuidarme la garganta, que no me dé el humo de los demás… Actúo mucho mejor ahora.

 

— Está muy formada. ¿Qué aprendió, por ejemplo, en un curso de interpretación aplicada a la ópera?

— Cantar un aria requiere mucha concentración, así que muchos artistas ni siquiera se mueven por el escenario. O se rigen por la postura que los expertos consideran mejor para la voz: rectos como el palo de una escoba. ¿Pero qué pasa si el papel nos pide que nos tiremos al suelo y cantemos desde ahí? Pues toca lanzarse a por ello. Y que lo demás, también la garganta, se adapte y fluya. ¡La gente viene a vernos en acción, no quiere que estemos quietos de pie!



— Y después de moverse por el escenario se puso frente a las cámaras.

— Cuando estuve en Gym Tony me decían que actuara tal como lo hacía, ¡pero mirando al objetivo! Era lo único que me faltaba. Y también atender a las marcas en el suelo. Mis compañeros me ayudaban y me empujaban. Se pusieron de acuerdo para atenderme. Gracias a la paciencia de los demás, allí aprendí más que en cualquier curso. Fue como un campamento de verano. Eso sí, en aquella etapa llegué a trabajar unas 17 horas al día. Grababa hasta entrada la tarde y por las noches actuaba en el teatro con dos obras. Salía del Maravillas y corría calle abajo hasta el Lara.

 

— ¿De dónde sacaba el ánimo, tras jornadas como esas, para provocar carcajadas entre el público?

— Cuando dicen “¡Acción!” se me pasa cualquier cosa. El personaje, se llame Pilar, Silvia, Bernarda o Candela, me asalta. Y todo lo demás se acabó. Empiezo a actuar, y yo soy de trabajar desde el aquí y el ahora. Aunque la formación es fundamental, el humor trata también sobre la intuición. Llegamos bien preparados al escenario, y luego si la risa no llega, toca encontrar qué falta.

 

— Durante la cuarentena decidió continuar la comedia desde casa, en las redes. La hemos visto entregada a la cocina o el bricolaje.

— ¡Claro! Me encanta animar a la gente. Y más, tras el aprendizaje que me llevo de todo este año. Yo ya no hago planes. Siempre improvisaba, pero ahora lo llevo al extremo: siento que ninguno de nuestros proyectos a largo plazo vale para nada. Disfruto más del momento. Vivimos tan preocupados… Los ahorros son un ejemplo. ¡Pero si nos podemos morir de un día para otro! Nos creemos inmortales y no lo somos. O lo de ponernos a dieta: si me apetece un plato de patatas, me lo como, nada de dejarlo para mañana y quedarme sin él.



Vivir en la empatía

Aunque Mar Abascal no deja de sonreír en redes como Instagram, basada en la fotografía y los recuerdos personales, allá por 2018 dejó de escribir en Twitter, un lugar más político y de discusión. “Me acabó dando miedo entrar ahí. Es como si hubiéramos sacado a la portera del edificio y la dejáramos incordiar al país entero. Alguna vez salí en defensa de alguien, ¡y madre mía, la que se montaba! Lo pasaba fatal. ¿De dónde salen tantos insultos? Yo creo en ponerme en el lugar del otro. La empatía lo puede todo. Sin ella nos vamos al garete. Mucha gente quiere salvar el mundo, pero yo prefiero soltar el megáfono y tratar bien a quienes me rodean. Ojalá todos hiciéramos eso”, lamenta. 



Actriz de día, escritora de noche

Un buen dramón, una villana retorcida, un monólogo. Esos son los sueños pendientes de Abascal. Y mientras llegan, la artista firma sus propios textos: “Llevo escribiendo desde los 12 años. En el cajón tengo una obra de teatro y el guion para un largometraje. También quiero publicar un libro de retales y piezas breves. He mandado mis obras a varios productores, aunque lo primero es abrir los teatros”. Sus historias no nacen de una férrea disciplina de escritura. “Ahora me cuesta escribir a diario. Soy más de estar en la cama, que me llegue una ocurrencia y levantarme a apuntar cosas que luego repaso”.

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