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16-07-2019

 

Marcel Borràs

“Escribo por la necesidad de hacer personajes que sé que no me pedirán”

 

Su nombre ha adquirido prestigio gracias a grandes trabajos en cine (‘Incierta gloria’) y televisión (‘Matar al padre’). Pero su primer refugio fue el teatro, donde da rienda suelta a la creatividad. El bombazo de ‘Mammón’ le avala como uno de nuestros más brillantes talentos jóvenes

 


 

JAVIER BLÁNQUEZ (@javierblanquez)

Reportaje gráfico: Pau Fabregat

Tiene 30 años, debutó como profesional a los 12, fue uno de los protagonistas elegidos por Agustí Villaronga para Incierta gloria (2017) y hace muy poco le hemos visto en la miniserie de Movistar+ Matar al padre, escrita y dirigida por Mar Coll. Marcel Borràs avanza raudo hacia la primera división de los actores en España, pero le gusta verse en el lugar de quien todavía tiene mucho que demostrar. “Me gusta cuando un director me dice: ‘Pues no te conocía’. Y más aún si le mola lo que hago. No me atrae la fama, sino buscar cosas nuevas, aprender. Y en eso me ayuda el hecho de estar todavía en el camino”. Antes o después será una estrella refulgente, y antes de que llegue ese momento inevitable nos hemos propuesto saber más sobre Marcel Borràs (Olot, Girona, 1989). De dónde viene, cómo piensa.

 

¿Cuándo comienza su trayectoria interpretativa?

- Entré en este mundo porque mi padre ha trabajado de payaso durante años y mi madre recitaba cuentos. La palabra y la expresión artística siempre han estado en mi casa, y de niño me apuntaron a una escuela de Olot que llevaba Pep Mora, mi primer profesor, que ya ha muerto. Yo tenía siete años y descubrí el teatro como un mundo de creación. Pep tenía mucha capacidad pedagógica, creaba obras con los niños y a todos nos daba la misma importancia, fuese haciendo música, diseñando la escenografía o actuando. La creatividad afloraba. A partir de esa experiencia mi interés se fue reafirmando, y desde los 12 años ya sentía que tenía que dedicarme a esto, ir a estudiar a Barcelona.

 

¿Y se apuntó al Institut del Teatre o alguna escuela parecida?

- No, la vida me llevó por otro camino. Una vez vino a Olot el director de teatro Pere Planella en busca de un chico de mi edad para que actuase en una obra que representaba en Barcelona. Me eligió a mí, y con 12 años tuve mi debut profesional. Más tarde entré en una obra experimental con Roger Bernat, Tot és perfecte, coproducida por el Teatro de Olot. Así que no estudié, ni tampoco me apuntaba a castings, sino que me fui metiendo en esto poco a poco. Me picaba el gusanillo desde tiempo atrás, pero en realidad entré por casualidad.

 

¿Cuál es entonces su formación?

- Estoy acabando la carrera de Estudios Literarios en la facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. Estoy en cuarto curso. Estudio a tiempo parcial, cuando no tengo rodajes.

 


 

¿En qué momento comenzó a buscarse la vida como intérprete?

- En la obra que hice con Roger Bernat conocí a Nao Albet. Éramos un montón de chavales de 15 años ensayando en Portugal. Tuvimos un flechazo mutuo. Emprendimos juntos nuestra carrera como actores… y ahí seguimos. Empezamos a escribir nuestros textos y con 16 años nos plantamos todo chulos ante Àlex Rigola para decirle que habíamos hecho una obra inspirada en Jackass, aquel programa de MTV, y que la queríamos representar. Le gustó e inauguró con ella un ciclo llamado Radicals Lliures. Contábamos historias de nuestra adolescencia, y ahí se fortaleció nuestra cooperación artística.

 

¿Cómo concibe el teatro?

- Me gusta rodar y hacer teatro, pero en los procesos teatrales tengo la sensación de que puedo profundizar más. No siempre es así, pues también hay proyectos de cine en los que se trabaja durante mucho tiempo, pero no solemos tener tres meses de ensayos, como ocurre en el teatro. Montamos una obra con Marc Martínez, Julieta y Romeo, en la que hicimos de todo: clases de esgrima matinales, ensayos largos… La recuerdo como una buena mili. Y cuando tienes tanto tiempo para trabajar con Carol López o Lluís Homar, que han sido como mis maestros, aprendes mucho a estar en el escenario, a vivir los textos al máximo y transmitir la historia.

 

Nunca ha dejado a un lado sus obras con Nao Albet, pero también empezaron a surgir los primeros papeles cinematográficos.

- Sí, esa parte fue surgiendo lentamente. Tuve un papel en una película de TV3, Serrallonga, luego hice El mal ajenocon Óscar Santos… Fue la primera vez que trabajé en Madrid, recuerdo que pasé dos meses en la capital.

 

 

Uno de sus primeros personajes importantes se lo brindó la serie Pulseras rojas. ¿Cómo llegó ahí?

- Antes de Pulseras rojas rodé en la montaña la película de Xavi Giménez Cruzando el límite. Trataba sobre la relación entre un padre y un hijo muy agresivo, que se desvía del camino, así que lo ingresan en un centro de reeducación. La productora era Filmax, que también estaba detrás de Pulseras rojas: Pau Freixas me vería ahí y después me hizo una prueba. Pero yo no estaba en el grupo de chavales que se hicieron famosos. Tenía un papel recurrente, pero no era el protagonista.

 

Usted hace de todo. También ha sido Felipe II, ha participado en las adaptaciones de las novelas de Federico Moccia, ha defendido papeles de adolescentes confundidos… ¿Cómo trabaja esa versatilidad?

- Aprendí a ser actor en el teatro. Y ahí me di cuenta de que no existe un solo método, que cada actor adopta aspectos de los diferentes métodos en función de lo que le va bien. Para mí actuar es como un juego: debo convertirme en otra persona, y llego a eso a base de entrenar mucho. Por ejemplo, adoptando un acento. O interiorizando algún trauma. O inventando un trauma para poder llegar hasta donde quieres. Y debes aprender a trabajar con el cuerpo. Mi Tomás en Matar al padre me obligaba a eso: su evolución iba de los 20 a los 35 años, era un adolescente muy cerrado que se abría con el tiempo, crecía. O aquel Lluís de Incierta gloria, que era militar, por lo que tuve que trabajar la rigidez del cuerpo. Todos los métodos, desde el Stanislavski a los más físicos, te ayudan.

 

¿Los personajes son como prendas de ropa que se ponen y se quitan o alguno de ellos cala en su vida?

- No lo sé. Me resultaría difícil decir qué habría sido de mí si no hubiera sido actor. Pero está claro que no me llevo el personaje a casa. Actuar es un juego, un acto psicomágico: el juego empieza y termina en cada ensayo, en cada función, en cada rodaje. Los personajes van y vienen. Lo que sí me empieza a ocurrir ahora, con 30 años y habiendo hecho toda clase de papeles, pero sobre todo de tipos introvertidos que lo pasan mal, es que algunas veces tengo la tentación de confiarme. “Ah, otro personaje así. Este ya sé cómo jugarlo”, pienso. Y tiendes al tópico, a veces porque te dejas llevar, y en otras ocasiones porque lo plasman los guiones. Y no debes caer eso, debes darle al personaje algo especial.

 



 

¿Está en posición de elegir papeles o hace lo que le sale?

- Sigo haciendo castings. De hecho, la parte de escritura que desarrollo con Nao surge de la necesidad de hacer personajes que sé que no me van a pedir. Cuando tenía 16 años nadie me iba a pedir que hiciera de mafioso, así que me lo escribía yo. Lo bueno es que, como tengo esa parte creativa, me tomo la parte de actor con más tranquilidad. Sé que hay competencia, pero también hay proyectos para todo el mundo, y no vivo con ansiedad mi vida actoral. La energía que se deriva de mi ambición la canalizo a través de las obras teatrales.

 

¿Busca ahora un tipo concreto de personaje?

- Me gusta todo. Pero si llevo tres dramas seguidos, energéticamente me apetecerá más una comedia.

 

 

El de Incierta gloria fue su primer rol protagónico en una cinta con repercusión. ¿Aquello le abrió puertas, ahora las cosas son más fáciles?

- Me cuesta pensar mi vida en esos términos. Para mí se trata de si soy feliz o no. Es decir: ¿después de aquello me salen más trabajos? La respuesta es que no, pero eso no es malo. Si hablas con otros actores que trabajan más, quizás te dirán que prefieren menos trabajo, pero en proyectos más interesantes. Tampoco busco la fama. Estoy agradecido por las oportunidades que me ha dado la vida, por la gente que he podido conocer, por todo lo que me han ido enseñando. Y me gusta ver que puedo ayudar a actores más jóvenes. Lo mejor de esto es recibir de quien más sabe y luego dar algo a cambio. Trabajar con Gonzalo de Castro en la serie de Mar Coll fue un regalo, ver cómo un actor mayor que tú sigue buscando ese punto entre riesgo y verdad es la crema. Si busco un papel, que me permita eso, trabajar desde la verdad y el riesgo.

 

¿Conocía a Mar Coll antes de grabar Matar al padre?

- Había visto sus películas y me gustaba el cambio que estaba tomando hacia esa comedia enrarecida en Todos queremos lo mejor para ellaTres días con la familia la vi de pequeño, y en el caso de la otra fui al estreno. Ella no se acordará, pero le dije que me gustó mucho. Y años después… qué guay, un casting para Mar Coll. Me flipé con la prueba. Tomás siempre tiene dolores, así que fui con el collarín, fue divertido. Hice la prueba con cierto miedo, pero ese miedo fue un motor, pues Tomás es un personaje asustado.

 

 

¿Le ponen nervioso los procesos de casting?

- No. Me gusta hacerlos. Y creo que hay que seguir haciéndolos. Muchos actores de más nivel que yo siguen por ahí, es lo más habitual a lo largo de tu vida artística. Y hay directores que necesitan ver una escena, y como actor hay que agradecerlo. Desconfío si me llaman directamente para un papel. “¿Por qué? ¿Es por algo que has visto en otra peli? Pero no me has visto en este papel…”. Hay que probar, jugar, confirmar que ese personaje eres tú. Y no molestarte si no te cogen: seguramente no sea porque no eres bueno, sino porque no encajas, nada más.

 

Tiene 30 años y dos hijos, uno de ellos de pocos meses. ¿Tenía claro que quería ser un padre joven?

La decisión vino por mi pareja [la actriz Aina Clotet]. Si no hubiera encontrado a la persona ideal, no me lo habría planteado. Decidimos que era un buen momento. Yo tenía 26 años y me pareció bien ser un padre joven. Al menos tendría la energía. Con los hijos pierdes ciertas cosas, claro, hay más trabajo familiar. Y eso te obliga a priorizar.

 

¿Cómo es la conciliación para un actor profesional?

- Los hijos te obligan a renunciar a algunos trabajos. Me salió una serie que implicaba pasar cuatro meses fuera de España y la rechacé. Al final, la vida sigue, y hay que estar ahí durante los primeros años de los bebés. La paternidad te abre además otra puerta: ahora entiendo qué es el amor incondicional. Cuando vi a mi hija me invadió un amor purísimo. Con las parejas te entran dudas y miedos, la atracción del amor tiene esas cosas, pero con los hijos el amor sí es para siempre. Por eso seguimos teniendo hijos, a pesar de que hoy no tendría ningún sentido a un nivel moral: ¿quién querría traer hijos a este mundo? Pero bueno, los fachas están teniendo muchos, así que hay que compensar…

 

¿Qué será lo próximo?

- He terminado una película para televisión de Román Parrado, Èxode, de la batalla a la frontera, sobre una pareja que tiene que huir durante la Guerra Civil. Y ahora estoy intentando acabar la carrera mientras preparo proyectos con Nao. Muy pronto volveremos a los Teatros del Canal en Madrid con Mammón, una obra sobre dos directores de teatro que se gastan una subvención de dinero público en un casino de Las Vegas. Trata sobre la malversación del dinero público en el arte. Nuestros trabajos se pueden ver en la web www.thatsallmotherfuckers.com. Nao y yo empezamos juntos en todo. Y estudiamos la misma carrera. Tanto los estudios como el teatro son un buen remedio para las épocas de escasez de trabajo, te curan esa actoris ansietatus tan habitual en el sector.

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