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27-02-2013

La última gran entrevista a María Asquerino
 
“La dictadura ocupó mis mejores años,
 pero eso me dio fuerzas para luchar”
 
La actriz de voz poderosa se definía así: "Quizás tenga imagen de marimandona, pero en el fondo soy una tonta y una blanda"
 
 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Madrid, junio de 2009
(esta entrevista se publicó en una versión reducida en AISGE ACTÚA 20)

“J’attendrai le jour et la nuit / j’attendrai toujours ton retour”
[Esperaré día y noche / esperaré siempre tu regreso]. María Asquerino nos canta esta vieja balada francesa mientras vierte con cuidado su café en el vaso con hielo. A María le gusta cantar y le encanta callejear por Madrid. Callejear por el Madrid que la vio nacer un lejano noviembre de 1927, por ese Madrid que iba perdiendo la guerra bajo el asedio de las tropas de Franco mientras ella jugaba y crecía, por el Madrid que fue testigo de su consagración como actriz durante la larguísima posguerra y más allá. En él vivió días de hambre y de miedo, pero también de fama y triunfo. Asidua de las mejores tertulias, como la que ella misma fundara en su mesa del club Bocaccio, cultivó una imagen de existencialista a lo Juliette Greco, de mujer fatal, decidida e independiente. “Fui de las primeras en llevar pantalones”, confesaba en sus Memorias, publicadas en 1986.

   En febrero de este año anunció, después de setenta años de carrera, que dejaba definitivamente la profesión. Hoy nos hemos citado con ella en un café cercano al Parque del Retiro, donde su camarero de confianza nos ha preparado una mesa al fresco.

   Para empezar, aclara malentendidos y nos explica el motivo de su retirada: “No me retiro porque no me den papeles. Me retiro porque tengo 81 años y estoy muy cansada. Llevo trabajando desde los 11, en que debuté en el Teatro de la Comedia haciendo de chico, de botones, en Eloísa está debajo de un almendro. Desde luego en mi decisión ha influido el trato que me dieron en el María Guerrero cuando hice Tío Vania el año pasado. Lo pasé mal en los ensayos, principalmente con el director, porque con los compañeros me llevaba bien, ¡incluso con las actrices!”. Reímos ante esta inofensiva maldad y continúa: “No estaba a gusto. Estrenamos e hice la obra pero empecé a pensar: ‘María, manda a estos a hacer puñetas y déjalo ya’. Otro factor es mi memoria. Olvido las cosas y eso para un actor es terrible”.

   Sin embargo no se aburre y ocupa bien su tiempo libre. “Voy al cine y al teatro, salgo con amigos, leo la prensa. He sido una lectora empedernida, pero los libros ya me cuestan porque estoy perdiendo vista. Lo que más hago es caminar: paseo con mi perra Rosa por el Retiro y callejeo. Yo no puedo quedarme en casa sentadita viendo la tele; eso te envejece. Desde niña he sido muy callejera”.

   Rememoramos entonces sus aventuras durante la guerra con la pandilla de chiquillos de la calle de Cristóbal Bordiú. “Éramos niños llenos de curiosidad, como es natural. Nos íbamos al frente, que estaba a un paso, a jugar y a buscar tesoros. Allí vimos cosas horribles, como aquel joven soldado que acababa de morir...”, se interrumpe con un nudo en la garganta y por un momento María vadea el estrecho arroyo que nos separa del llanto; conteniendo las lágrimas prosigue: “Cuando eres niño no vives la guerra como algo tan terrible. Es de adulto cuando cobras conciencia del espanto que supone: los bombardeos constantes, el zumbido de los aeroplanos. Mi madre, mi abuelo y mi tío sí que lo sufrieron”.
 
Aquella niña triste
En sus Memorias confiesa que tuvo una infancia triste y solitaria: la condición de hija única, la pronta separación de sus padres, el advenimiento de la guerra. Sin duda todo aquello marcó su carácter. “Mis padres se separaron cuando yo tenía cuatro años y yo me crié en Madrid con mi madre, porque mi padre [el actor Mariano Asquerino] se desentendió del tema. Tengo aspecto de fuerte e independiente y una voz que proyecto como debe hacer un actor: desde abajo. Quizá es lo que hace que tenga esa imagen de marimandona, pero en el fondo soy una tonta y una blanda. Ya lo ha visto, con nada me echo a llorar. Puede que tenga que ver que venía de familia de militares y actores, una mezcla explosiva, de las que imprimen carácter. Por otro lado, mi madre siempre quiso que fuera una persona bien formada. En la República iba a un colegio muy moderno que estaba en la calle de Zurbano, junto a la actual Academia de Cine. Luego durante la guerra y la posguerra mi madre se preocupó de que no me faltara educación. Una profesora, la señorita Montserrat, venía a casa todas las semanas a darme clase. En lo que pudo influir esa vida algo solitaria fue en mi temprano matrimonio...”.

   Se casó a los diecisiete años con un hombre muy celoso. “Era lo que hoy se llamaría un maltratador. Y yo una cría. A los 19 me volví con mi madre y con el tiempo conseguí separarme. Recuerdo que un día en la puerta del cine Rialto me abofeteó delante de un montón de compañeros”.

   Para entonces, María Asquerino ya llevaba años de carrera. Desde muy niña se crió en el teatro. La niñera la llevaba al Infanta Isabel a ver las funciones de su madre, la primera actriz Eloísa Muro, y muy pronto empezó a trabajar. “En la posguerra había hambre y miedo. Y necesidad de trabajar. Mi madre, que era muy lista y debió de ver que tenía condiciones, me encaminó hacia la interpretación”.

   Debutó en el cine con Aventura (1944), pero sin duda su gran primer papel es el de la Pili en Surcos (1951), una película de factura neorrealista que, sorteando como pudo la censura, nos dejó un fastuoso retrato coral de primera mano sobre la penuria que vivieron los españoles en la posguerra. “Es una película fantástica, maltratada por el régimen por razones obvias y luego infravalorada porque el director, la guionista y el productor eran falangistas. El guión estuvo prohibido durante un año; parece que Eugenio Montes consiguió hablar con Franco para que se pudiera rodar. Retrata el Madrid de barrio en la posguerra, donde se hacinaba la gente que emigraba desde los pueblos. Fíjese si será un film realista que hay escenas rodadas con cámara oculta, como aquellas en las que estoy vendiendo tabaco suelto en el centro de la glorieta de Atocha, junto a la boca de metro. Vinieron los guardias de asalto a detenernos, a mí y a la actriz con la que hacía la escena. Hubo que enseñarles la cámara escondida en la furgoneta. Habría estado bien terminar en comisaría; hubiera sido una publicidad estupenda para la película, pero se pasaba miedo, no solo actuando sino haciendo cualquier cosa”.

   Su personaje, la Pili, es una mujer joven y ambiciosa, que vende tabaco de estraperlo por la calle y está desesperada por encontrar al hombre que la saque de la miseria, supuestamente un fantástico Luis Peña en el papel de “El Mellao”, pero en el fondo enamorada del perdedor de la película. “La Pili es madrileña, como yo, pero Nieves Conde, el director, nos insistía en evitar el clásico acento chulesco de Madrid. A mi madre también le horrorizaba y yo jamás lo he usado. En eso nos parecemos, pero yo no he sido ni tan ambiciosa ni tan decidida como la Pili”.

   La película fue seleccionada en Cannes y allí María tuvo que darle calabazas al mismísimo Orson Welles. “Ja, ja. Sí, allí sí que salió la Pili que llevo dentro. Fuimos a Cannes un año después, en 1952, debido a la prohibición de la película. A mí no me habían invitado y me fui por mi cuenta. Invitaron a otras dos actrices porque sabían bailar sevillanas. Para que vea cómo eran las cosas. A la salida fuimos a bailar. Allí estuve bailando con él y luego quiso llevarme a su hotel. Yo me negué y se enfadó. ‘¡Qué se habrá creído!’, pensé yo”. Y añade: “Yo nunca he sido un bellezón, ni una Ava Gardner. Quizá atraía que era muy alta. Yo y Amparo Rivelles éramos las más altas”.

   María siempre ha tenido mucho éxito con los hombres; hasta Buñuel le decía que cómo iba a darle el papel de madre en Ese oscuro objeto del deseo, porque entonces lo lógico es que Fernando Rey se enamorara de ella y no de Ángela Molina. “El pobre Don Luis estaba ya muy mayor y sordo. Yo, que siempre he sido muy rojilla, lo admiraba y conocí mucho a su hijo Alfonso Buñuel. Le salió una película peculiar, interesante, diría yo”.

   En 1953 consigue, en parte gracias a la mediación de Manuel Alexandre, el papel protagonista en Madrugada, de Buero Vallejo, que es otro hito en su carrera, un gran éxito y el momento en que se sacude el apelativo de Maruja y empieza a ser María. “Odiaba lo de Maruja y desde entonces quise que me llamaran María. Manuel Alexandre era amigo de Buero y le dijo que yo podía hacer aquel papel. Lo recordé el otro día en un homenaje que se le dio a Manolito. Hacer una obra de Buero siempre era interesante; aunque había estado en la cárcel y era de izquierdas, su teatro se respetaba”.

   Inevitablemente hablamos del gran éxito de su carrera, el papel de Jimena en Anillos para una dama, una obra emblemática de la Transición que estuvo años en cartel. “La clave es que es una obra estupenda y muy divertida. Para mí es la mejor de Antonio Gala. En ella tuvo el acierto de sugerir una comparación entre el Cid, que no sale en la obra porque ya está muerto, y Franco, al que aún le quedaban dos años de vida. Para más inri, Jimena busca el amor en Minaya, que lo hacía Carlos Ballesteros, un actor guapísimo. Total, que era un momento en que la gente estaba hasta aquí de Franco y su régimen, y en esta obra se decían las verdades del barquero. El resto lo hizo una gran dirección de José Luis Alonso y un elenco fenomenal”. Y su Jimena llena de fuerza. “Tanto Jimena como la Pili de Surcos son dos protestonas y dos luchadoras. Algo tengo de ellas”.
 

Toda una luchadora
Hablando de luchas, en tiempos de la dictadura, gente como ella o Juan Diego pelearon lo suyo por derechos tan básicos como el día de descanso o la función única. “¡Y al principio había hasta tres funciones los domingos! Yo hice de portavoz en las negociaciones con el jefe del Sindicato del Espectáculo. Y efectivamente, lo conseguimos. Nos dieron el día de descanso. A mí me gustaba mucho esa pelea y además Mari Paz Ballesteros me animaba a hacerlo. Esta pobre España... Ya no nos acordamos, pero la profesión era muy dura”. María ya no alberga rencor por los cuarenta años de franquismo, pero no hay duda de sus ideas al respecto: “Hombre, ojalá no lo hubiera vivido. Ocupó los mejores años de mi juventud y de mi vida profesional. Quizá fue lo que me espoleó y me dio fuerzas para luchar. Mi madre, mi abuelo y mi tío eran republicanos y yo siempre estuve en contra de la dictadura”.

   Aunque en los últimos veinte años ha trabajado con renombrados directores jóvenes, como Agustín Díaz Yanes (Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto) o Álex de la Iglesia (Muertos de risa, La comunidad), con quien estuvo a sus anchas fue con Fernando Fernán Gómez en Mambrú se fue a la guerra (1986) y El mar y el tiempo (1989), película esta última que le supuso un Goya. “Fernando fue uno de los amores de mi vida. Siempre le he querido y admirado. Era un hombre genial. Con él he trabajado un montón, tanto en cine como en teatro. Nos conocimos de chavalines en el Teatro de la Comedia, haciendo la obra en la que debuté, Eloísa está debajo de un almendro. Luego él me llamaba mucho para sus películas. No obstante, he disfrutado mucho trabajando con los jóvenes. A Álex de la Iglesia lo conocí mientras trabajaba en una obra de teatro en Bilbao. Se me acercó y me ofreció un papel en La comunidad. Sobre sus aspiraciones a dirgir la Academia de cine,  opina: “Pienso votarle porque me cae muy bien y sobre todo porque viene lleno de ganas. Hay que proteger al cine. Aquí en Madrid quedan ya muy pocos grandes cines. Es una verdadera lástima”.

   En una mesa contigua alborotan unos pequeñines y María los mira extasiada; ellos se dan cuenta y ella los saluda con la mano. “¡Qué tonta fui, Dios mío, por no tener hijos! Me daba miedo. Ahora los echo de menos, así no estaría sola como un perro. Gracias a que tengo este carácter, que si no... Mi vida profesional la he manejado bien, pero mi vida personal no. Aunque disfruté mucho de mis amores y mis tertulias, no se puede llegar a esta edad tan sola”.

–    ¿Qué queda de las tertulias, María?
–   Ya no hay donde reunirse. Yo fundé la de Bocaccio. Me encantaba. Éramos todos de izquierdas y había mucha gente del teatro y del periodismo. También venían políticos. Recuerdo que en una ocasión se nos pegó un político de derechas de Santander que venía a ver qué se cocía allí y Paco Rabal le armó una... Terminó marchándose. Ya no quedan lugares para hacer las tertulias como antes. Hace unos años quise hacer algo en el bar del Teatro Español, pero no pudo ser: lo convirtieron en una sala pequeña. Me sentó fatal y le tengo manía a esa sala. Los cafés de los teatros han ido desapareciendo, como el del María Guerrero, que era maravilloso.

Escribió sus Memorias hace casi veinticinco años. De entonces ahora no considera que tenga nada que contar: “A los sesenta aún me quedaba memoria y sabía que ya no me iba a pasar nada importante. En efecto, así ha sido. Lo importante ya había pasado”. Parafraseando J’attendrai, siempre esperaremos el regreso de María Asquerino.
 
 
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De cerca

 
  Un rincón de Madrid: Plaza de Santa Ana y Huertas.
  El contertulio más divertido: José Luis Coll, pero también José Luis Balbín, Juan Diego o Paco Valladares.
  Una ciudad para escapar: Barcelona o Buenos Aires, pero yo no quiero evadirme de nada, el que se evade no está bien del coco. Yo ahí, pegadita a la realidad.
  Un amor que se quedó en platónico: Maurice Ronet, un actor francés muy guapo con el que hice Donde tú estés y Amador en los años 60.
  Un defecto que no soporta: que la gente no se entere de las cosas; la ignorancia me desespera.
  Un pecado que perdona: el amor carnal, que es más necesidad que pecado.
  Algo que canturree a menudo: viejas canciones francesas, J’attendrai, por ejemplo.
  Una recomendación a los jóvenes: la que me daba mi madre: “¡nena, hay que leer!”.
  La frase que lo resume todo: la juventud está por encima de todo y es lo que siempre se echa de menos.

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