María Casal
"Soy la persona menos actriz que puedes imaginar"
Lució pantalones cortos y gafas en el 'Un, dos, tres', fue 'influencer' de la época en 'Aplauso' y jefa de enfermería en 'Hospital Central'. La actriz conquistó la televisión y ahora busca la carcajada en el teatro con su cuarta obra como autora: 'Ballenas asesinas'
ESTELA BANGO (@estelabango)
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Comenzó su carrera en el Un, dos, tres con apenas 18 años, continuó en programas exitosos como Aplauso, compartió pantalla con actores de la talla de Juan Luis Galiardo o Florinda Chico y pasó a la historia de la televisión gracias a su papel de Elisa en Hospital Central. De casta le viene al galgo. Su padre, Antonio Casal, no solo despuntó en el cine, sino que también trabajó en el mítico Estudio 1 con obras tan relevantes como Doce hombres sin piedad o La bella Dorotea. Ella conoce desde niña lo complicado que es el oficio, aunque no por ello perdió la pasión que le ha llevado hasta donde está.
- Como hija de actores, ¿cómo era ver a Antonio Casal en la pantalla?
- De pequeña no me gustaba mucho que mi padre fuera actor porque en el colegio se metían conmigo. Pero cuando me puse a trabajar en esto yo no tuve que luchar como otras compañeras a las que sus familias no les permitían ser actrices. Eso yo no lo he vivido. Sí he vivido la parte dura de la profesión: los parones, los nervios cuando trabajas y por no trabajar… todo lo que tiene que pasar un actor. Esa parte oscura yo la viví desde que tenía uso de razón. No venía engañada.
- Su progenitor trabajó en Estudio 1. Usted ha trabajado en televisión y en teatro, pero por separado. ¿Ve posible el retorno del teatro a la pequeña pantalla?
- Habría que hacerlo bien, pero sí debería volver, sobre todo con obras de relevancia. En la infancia volvía del colegio y veía obras de Alejandro Dumas, de Victor Hugo… No eran esas telenovelas turcas que ponen ahora. Yo participé en la serie Los gozos y las sombras cuando era joven: aquello era cine, se hacía con cuidado. También tendría que emitirse danza, música… Ahora todos los programas musicales son concursos de chicos que están empezando.
- Ya que saca el tema de la música, a principios de los años ochenta presentó el espacio Aplauso. ¿Cómo lo recuerda?
- ¡Eso fue un bombazo! Una amiga un poco más joven que yo miraba el programa para ver cómo íbamos vestidas nosotras y así ponerse ella algo parecido por la tarde. Conocí a gente interesantísima, cantantes internacionales. Me acuerdo, por ejemplo, de Meat Loaf, que me pareció simpatiquísimo. Su representante era el exmarido de Diana Ross. Estuve hablando con ellos toda la tarde.
- Ya antes, con 18 años, se convirtió en lo que cualquier muchacha de esa época soñaba: azafata del Un, dos, tres.
- La cola de chicas para presentarse daba vuelta a la manzana. Yo ni siquiera había visto el programa, no sabía de qué trataba, en ese momento lo ponían entre semana y yo estaba en el colegio. Chicho [Ibáñez Serrador] me preguntó en la prueba si llevaba pantalón corto. Como no lo llevaba, volví otro día. Ya con pantalón corto, me preguntó nombres de flores, de premios Nobel… Le solté tres o cuatro: Benavente, Ochoa, Solzhenitsyn. Fue una experiencia bonita. Veías que el programa costaba muchísimo dinero, no te podías equivocar. Aquello te daba mucha disciplina.
- Después llegarían Menudo es mi padre o Vecinos. En las series hay continuidad, los personajes se desarrollan más en el tiempo. ¿Eso implica mayor nivel de exigencia?
- La diferencia estriba en hacer un episodio diario o uno semanal o cada 10 días. La última producción diaria que hice fue Mercado Central, donde me llevaban de un plató a otro, en una jornada podías grabar 13 secuencias de cuatro capítulos distintos. Con esa dinámica es más complicado memorizar texto. Sin embargo, cuando la emisión es semanal, hay mucha acción, y eso ocupa su tiempo. A la hora de trabajar, las series semanales al final son bastante parecidas a hacer cine. Es cierto que en una serie en la que llevas tres meses acabas conociendo a tu personaje mejor que quien lo ha creado.
- Hospital Central revolucionó la televisión española, siguiendo la estela de títulos como Urgenciasen Estados Unidos. ¿Cómo fue el reto de interpretar a Elisa?
- Los inicios fueron duros. Tras haber grabado tres capítulos, el productor, Goyo Quintana, dice que no nos emitirán. Nos fuimos todos a casa un mes. A nuestro regreso, pasamos de hacer una serie hiperrealista en la que íbamos sin maquillar a hacer una serie con tomas en las que operamos con el pelo suelto, gorrito y sin mascarilla. A mí me encanta trabajar con equipos muy grandes. Durante las cinco temporadas en las que estuve [de las 20 que duró Hospital Central] trabajé con 500 episódicos. Este último año ha sido duro: han muerto Jordi [Rebellón], Rosa [Mariscal] y Arturo Arribas.
- Ha intervenido en otra ficción larga, La que se avecina, aunque solo durante una temporada. ¿Por qué no continuó?
- Habría que preguntárselo a ellos. Mi personaje estaba muy bien dibujado, pero no tenía gags, tuve dos o tres en 12 capítulos. Creo que estoy dotada para la comedia, pero tienes que darme chistes, no soy una actriz que solo por mi cara haga gracia. Pero lo recuerdo con cariño. Pasaba mucho tiempo con Mariví Bilbao, era alguien increíble. Y junto a Isabel Ordaz gané el premio Shangay, que me hizo ilusión.
- En más de una ficción ha hecho de actriz. ¿Hace un poco de sí misma al interpretar a alguien de su profesión?
- En El Caso hice de actriz; en Vergí¼enza, de señora que quería ser actriz; y en Mercado Central también me tocó lo mismo. Así que empiezo a pensar: "¿Qué pasa? ¿Me estaré especializando en actriz que hace de actriz?". En absoluto hago de mí misma, soy la persona menos actriz que puedas imaginar. Todos esos personajes tenían un ribete cómico. Mi papel en El Caso era muy pequeño, es muy difícil escribir para señoras: si yo fuera un guionista varón de 30 años, a mí no se me ocurriría nada. Yo, que también escribo, sí puedo contar cosas sobre una chica joven o una señora de 50 por mi condición de mujer y porque he pasado por esas edades. Pero si me pongo a escribir el personaje de un chaval, soy incapaz, no sé qué tiene en la cabeza. Si hubiera más mujeres guionistas de cierta edad, habría más personajes para actrices de cierta edad. Me puse a escribir por eso: yo no puedo hacer siempre de amargada, de cornuda, de fracasada. Todo es así: mi marido no me habla, mi hijo no me quiere, me acuerdo de un aborto de antaño… Señores, ¿no tenemos más que decir? ¿Esto es lo que representamos en la sociedad?




