twitter instagram facebook
Versión imprimir
09-01-2023


María Kosty

“Siempre he tenido necesidad de libertad, y he pagado un precio por ello”

 


En su adolescencia la ficharon inesperadamente para el célebre programa de TVE ‘Escala en HI FI’ y quedó para siempre enganchada a la interpretación. Decenas de trabajos en cine, televisión y teatro jalonan una trayectoria marcada por la versatilidad y la independencia



PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

La adolescente María Soledad Mesa pasó de aplicada estudiante de secretariado a promesa arrolladora de la interpretación en España con el nombre artístico de María Kosty (Madrid, 1951). Ocurrió casi por puro capricho. Una tarde fue a ver cómo se hacía la televisión –y a los chicos guapos que aparecían en ella– y ya no salió de allí. A lo largo del último medio siglo ha trabajado en más de un centenar de películas y ha sumado una cifra similar de apariciones en televisión, en paralelo a su abrumadora carrera teatral. Y sin que se le haya resistido ningún género: desde la comedia comercial a los clásicos del teatro, del cine de terror a las zarzuelas para televisión. Semejante versatilidad cobra aún más valor porque la actriz no tuvo más escuela que la observación y el aprendizaje de los demás (entre ellos, algunos de los grandes) en escenarios y rodajes. Es espontáneo el talento que ha poseído siempre la madrileña Kosty, como lo fue su desembarco en un oficio al que ha permanecido fiel. Aunque sin ataduras. Como sucede en los amores de verdad.

 

– Lleva tiempo desaparecida de la primera línea. ¿Es un retiro voluntario?

– He tenido un tiempo de adaptación a mi nueva vida, a cuidarme más, a tomármela de un modo diferente. Me encanta mi profesión, es lo que más me gusta en el mundo, aunque también es cierto que la madurez en las mujeres está mal vista, es letal. Si con 40 años te consideran vieja… figúrate. Yo podría hacer de la abuela de Caperucita, pero me tendrían que maquillar [risas].

 

– Sigue usted en la brecha, entonces.

– No tengo ni representante… [risas]. Digamos que estoy en una situación de espera tranquila. Mi vida ha funcionado a base de casualidades. Lo admito, yo soy de las convencidas de que las cosas que tienen que pasar, pasan. Y como me dijo una vez un amigo: “Lo que es para ti, ni aunque te escondas; y lo que no es para ti, ni aunque te pongas”.



– Una casualidad fue su debut con Escala en HI FI en 1966. ¿Cómo fue?

– Un golpe del destino. Me fascinaba aquel programa, era una ventana abierta a otro mundo y a otra gente, con la música, la ropa, la belleza de aquellos chicos y aquellas chicas. El presentador, Fernando García de la Vega, anunció un día que necesitaban chicas para la nueva temporada, y allá que me fui con mi madre, pero no por conseguir un papel, sino como excusa para curiosear cómo se hacía aquello. Y también por ver de cerca a los chicos [risas]. Al llegar, había una fila de chicas impresionantes, guapísimas, arregladísimas. Y luego estaba yo con mi cara de niña. Casualmente, era justo eso lo que buscaban. En un santiamén me hicieron cambiar la falda escocesa y los calcetines blancos por unos velos y unas ropas de odalisca, pues había que hacer la historia de Barba Azul y sus mujeres, y allí salté yo con una fuerza que no imaginaba. Cuando acabó la grabación pensé que se había terminado todo, pero antes de marcharme me llamaron, me dieron un disco y me pidieron que me aprendiera las canciones para hacer el siguiente programa. No me lo podía creer. ¡No tenía ni tocadiscos! [risas]. Me quedé una temporada entera. Ahí empezó todo.

 

– Sin antecedentes artísticos en casa y con la complicidad de su madre, ¿cómo se lo tomó su padre?

– Estuvimos tiempo manteniendo el engaño, pero llegó un momento en que era imposible seguir así, así que tuvimos que contárselo. “¡Qué coño hace la niña en la televisión!”, gritó. Pero luego se le caía la baba al verme.

 

– ¿Y el salto al cine?

– Cuando terminé Escala en HI FI pensé en volver a mis estudios porque aún creía que aquello no había sido más que una aventura. Y una chica a la que había conocido en el programa me habló de que tenía un contacto con Ana Mariscal, que estaba buscando a una chica para la película taurina El paseíllo. La acompañé, Ana me hizo la prueba… y me dio el papel. A partir de ahí no paré de hacer cine.

 

– ¿Fue también ahí donde nació artísticamente María Kosty?

– Pues sí. Ana [Mariscal] me dijo que me iba a venir bien cambiar de nombre. Porque Marisol ya había una. Y María Mesa le parecía soso. Mientras repasaba mis apellidos, reparó en el segundo de mi padre: Kosty. Le gustó lo de María Kosty y con ese me quedé.



– Un largometraje importante de esa etapa fue La casa de las chivas (1973). Su argumento podía chirriar a la moral y la censura de la época, con un grupo de mujeres entre soldados en plena Guerra Civil. Y usted era jovencísima. ¿Qué recuerda de aquello?

– Estuvo ocho meses en cartel. No fue poca cosa. Y el argumento era duro, sí. Yo no tenía ni 20 años. De nuevo, llegué casi por casualidad. León Klimovsky me vio en una prueba y me escogió. Decía que tenía “cara de buena y ojos de mala”. En fin, no sé lo que vio. Quizá fue el contraste de que podía ser muy dulce y también tener muy mala leche [risas]. Pero apostó por mí y yo no dudé.

 

– Y luego se le abrieron las puertas del terror.

– Cuando acabamos de rodar, Klimovsky me dijo que quería contar conmigo para un filme que preparaba con Narciso Ibáñez Menta: La saga de los Drácula. A mí me faltó tiempo para decirle que sí. Además, trabajaba gente estupenda: Tony Isbert, Tina Sainz, Helga Liné… En el rodaje me ocurrió una anécdota tremenda. Estábamos en Talamanca del Jarama, en la Cartuja, un sitio precioso. Y en la cripta, donde había huesos y tumbas de verdad, colocaron el ataúd del conde Drácula. Aquellos días yo hacía simultáneamente una obra de teatro en Madrid y apenas dormía tres horas. Cuando en un descanso bajé a la cripta, vi el ataúd y lo blandito que estaba por dentro, me metí en él. Y me quedé dormida. Vestida de época, además, para el rodaje. Solo recuerdo que sentí un golpe, di un respingo y uno de los electricistas del equipo que andaba por allí empezó a gritar de terror. Al parecer, llevaban dos horas buscándome por todo el pueblo. El susto aún se recuerda [risas].

 

– Fueron años frenéticos de trabajo, compaginándolo todo.

– Sí. Cine, teatro y televisión. A los puristas no les parecía nada bien porque pensaban que era abarcar demasiado. Tenían muchos prejuicios. Yo no hacía caso, aunque fuese a contrapelo. Trabajaba mucho porque me encantaba. ¿Cómo decir que no a estar al lado de Narciso Ibáñez Menta? Era un aprendizaje continuo. Como también lo he tenido con muchos otros actores y actrices. Y el teatro era otra escuela diaria. Escuchar a Milagros Leal simplemente leer un texto… O estar en compañía de Pilar Bardem, Fernando Delgado, Juanjo Menéndez, Paco Valladares, Ángel Fernández Montesinos… Por favor, ¿cómo se puede renunciar a eso?

 

– Fue su escuela.

– Los maestros los tuve en el teatro y los platós. De todos y de todo aprendí. Me llamó Paco Martínez Soria para la obra Hay que educar a papá. Me pagaba el doble de lo que ganaba, así que no podía negarme. Pero tenía una forma especial de comportarse. Le respetaban y admiraban mucho todos. Y no sé si sería por eso o por otra razón, pero no quería que nadie de su alrededor llamara especialmente la atención. A mí me hizo cambiar de vestuario varias veces y estaba corrigiéndome cada dos por tres. Era un poco cargante. Rafael López Somoza, de los mejores actores que ha habido en nuestro país, me dijo al finalizar aquella temporada: “Esta lección ya la has aprendido”. Así que cogí mis cosas y me fui. Pero daba la casualidad de que la productora de mis películas también producía las de Martínez Soria. Para El calzonazos le impusieron que yo hiciera de su hija. Y don Paco ni rechistó.

 

– ¿Y cómo se ha llevado con los directores?

– Como actriz, los directores me han ayudado más cuando he hecho teatro que en el cine. He trabajado con José Luis Alonso, Miguel Narros, Pérez de la Fuente, González Vergel… Ese aprendizaje no tenía precio. Y tanto ellos como la mayoría de mis compañeros se han comportado con extraordinaria humanidad conmigo. Eso es lo que de verdad merece la pena en este trabajo.



– Respecto al cine, alguna vez ha comentado que se negó a participar en el destape por dignidad artística. ¿Cuánto perjuicio le ocasionó esa decisión?

– Me niego a admitir que, para una gracieta o gesto cómico, tenga que salir una actriz enseñando las tetas y un señor pellizcándola. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? ¿Para vender más? Klimovsky me decía que Glenda Jackson o Jane Fonda no habían tenido reparos en desnudarse. “Dame Woman in love, dame Clute, un texto, un guion que merezca la pena, que justifique mi desnudo”, le contestaba yo. Pero solo por vender, no. No es que yo sea precisamente una mojigata o una reprimida, que fui de las primeras en hacer toples en Alicante, es que me jode esa utilización del cuerpo de la mujer como excusa para gracias estúpidas. Ozores me dijo una vez: “No sabes el dinero que has perdido”. Y yo le respondí: “Sí, claro que lo sé. ¿Y qué? Aquí sigo”.

 

– ¿Se ha arrepentido de haber sido tan independiente?

– Qué va. Es cierto que ir a tu bola te hace perder muchas oportunidades. Hay productoras que se enfadan contigo si rechazas lo que te proponen. A ti te pueden decir que no, pero tú tienes que decir que sí… ¡Pues no! Ha sido duro a veces, me ha costado aprender algunas cosas, pero aquí estamos. Un actor debe tener la libertad de elegir porque eso también le ayuda en su carrera. Yo soy una persona que siempre ha tenido la necesidad de ser libre, y eso te obliga a pagar un precio. La soledad, por ejemplo. Pero nunca me ha importado.

 

– En las décadas de los setenta y los ochenta actuó sin parar. Y en los años noventa echó el freno. ¿Fue algo buscado o vino así?

– Simplemente me dediqué a hacer más teatro, con giras de meses. Lo que ofrecían el cine y la televisión no me interesaba. Y el teatro es un refugio seguro que te mantiene fresca y alerta. Las funciones nunca son iguales, siempre cambia algo, es algo muy vivo.



– Ha dicho que, si fuera una actriz joven, buscaría su futuro en el extranjero. ¿Tan mal ve la profesión en la actualidad?

– Parece más difícil abrirse camino. Aparentemente hay mayores oportunidades, los chicos y las chicas están muy preparados, pero ahora no existe una cosa muy importante de antes: cuando yo era joven, tenías posibilidad de hablar con el director o con el productor, te podía conocer directamente, veía de primera mano si le servías o no para un papel. Era lo normal. Hoy, no. Ahora existen numerosos filtros y controles previos antes de que el director o el productor decidan. No digo que no hagan falta, pero sí con un poco de flexibilidad. Porque por el camino se pierden muchos actores y actrices y muchísimo talento.

 

– Concluya esta entrevista contándonos una de las cosas extraordinarias que le han sucedido a lo largo de su carrera cuéntenos solo una.

– Lo mejor de este trabajo es la gente maravillosa a la que conoces. En otro oficio sería imposible. Me hice amiga de Antonio Buero Vallejo: era alguien maravilloso, le quise tanto… Decía que yo era su novia [risas]. Un día le conté la historia de mi padre, guardia de asalto durante la República, y él me contó sobre la vida en la cárcel, sobre su famoso dibujo de Miguel Hernández. Ambos coincidieron. Antonio hacía dibujos para el resto de los compañeros y los metía en las cartas que escribían a sus familiares y amigos para adornarlas. Aquello era como un regalo desde dentro de un lugar tan terrible como la cárcel. Me pareció hermosísimo.



El Rey Midas, del brazo de la Reina del Terror

A María Kosty le cundió su incursión en el cine de terror. Ese género comprendió media docena de largometrajes en una filmografía que supera el centenar de títulos, pero le valió para que la erigieran en Spanish Horror Queen. Así la presentaron en 2014 en la cartelería del Festival de Sitges, donde recibió premio honorífico. “No me lo podía creer. Ni eso, ni que hubiera una fila de personas para que les firmara un autógrafo. Chicos y chicas que podían ser mis nietos querían mi firma por seis películas de hace un montón de años”, se admira aún la actriz. Y eso que debería estar más que acostumbrada, pues desde el principio aquellas cintas le depararon sorpresas. Como la del Festival de San Sebastián en 1975, cuando acudió invitada por la Paramount. Tuvo un extraño encuentro: “En uno de los eventos me presentaron a un chico americano que presentaba su primera película como director. No me enteré bien de quién era, solo que nos emparejaron a los dos porque éramos los más jóvenes. Él era timidísimo, apenas hablaba. Y mi inglés no era muy bueno. Pero no se separó de mí en todo el rato. Hasta nos hicimos una foto. Luego supe que se llamaba Spielberg de apellido y que venía a promocionar en Europa Tiburón”.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados