– Su padre prácticamente dejó este mundo sobre las tablas, haciendo ‘Diálogo secreto’, de Buero Vallejo, en 1984.
– Terminó la función del domingo y murió a las diez de la mañana del día siguiente. Se veía ya muy mal y quería morir sobre los escenarios. A Carlos Lemos le dijo que lo que a él le esperaba a la puerta del teatro era un coche fúnebre.
– ¿Usted trabajó en esta función?
– Estaba atontada. Quería estar tan cerca de él que diez días después, cuando Lola Cardona dejó la compañía, Gustavo Pérez Puig me ofreció sustituirla y acepté de cabeza. Tenía sensaciones muy extrañas. Lo veía por todas partes y finalmente, al cabo de un año, caí en una depresión.
– ¿Llegó a trabajar alguna vez con él?
– Muchas veces. La primera cuando formamos compañía, unos meses después de nacer Amparo, en 1963. No sonaba el teléfono, así que mi padre, Carlos [Larrañaga] y yo montamos nuestra compañía, la compañía capicúa: Merlo-Larrañaga-Merlo. Y él, con la generosidad que le caracterizaba, siempre quería que figurara mi nombre delante del primer “Merlo”.
– ¿La presencia de su padre en escena le daba seguridad o la intimidaba?
– Te clavaba la mirada de tal manera que te metía en situación, pero lo hacía con su hija y con el que acababa de llegar. No hacía distingos. Trabajar con él me hacía feliz.
– De no ser actriz o bailarina, ¿qué le hubiera gustado ser?
– Ninguna otra cosa me gustaba. Le contaré una hermosa coincidencia. Yo solo fui al colegio dos años, en Valencia. El resto de mi educación la recibí en casa con profesores particulares. Mi padre, que era de izquierdas, no quería que me adoctrinaran. El caso es que en aquellos dos años de colegio ya hice mi primera función escolar en un teatro que entonces se llamaba Casa de los Obreros. En ese mismo escenario, hoy llamado Teatro Talía, voy a actuar la semana que viene.
– ¿Qué papel hacía en aquella función?
– De Virgen María. Además había montado la coreografía de la adoración de los pastores. Y allí estaba yo, con mi niño en brazos y supervisando el baile. [Hace que acuna un bebé y se troncha]. Jamás pensé en hacer otra cosa, ni en retirarme, aunque me lo han pedido varias veces, como el padre de mis hijos.
– Sus hijos Amparo y Luis también escogieron la profesión, ¿esto le hacía sufrir o le enorgullecía?
– Sentía orgullo, porque inmediatamente vi en ellos talento y disciplina. La disciplina es oro; el talento, oropel. Hace falta talento y afición, de acuerdo, pero sin disciplina acabas tirado en la calle. Eso se lo he repetido muchas veces. La ventaja es que nuestra familia se codeaba siempre con los mejores: Bódalo, Lemos, Prendes... ¡Los doce hombres sin piedad!
Alude a la legendaria recreación del clásico cinematográfico de Reginald Rose que se hizo para Estudio 1 en 1973. En ella, junto a su padre, figuraban un buen puñado de los mejores actores de la época.
– Con ellos estaba Fernando Delgado, precisamente, que me dirigió mucho en Estudio 1 y que tantos vicios y errores me corrigió. Nuestras familias se conocían de toda la vida. Nuestras madres, si se descuidan, nos paren en un escenario. De hecho yo nací en un tren.
– ¡Caramba!
– Mi padre le dijo a mi madre [María Luisa Colomina] que dejara la función y se fuera a Valencia para que el niño fuera valenciano. Entonces no había ecografías [ríe traviesa]. Se puso de parto en el tren y, por los pelos, parió en el hospital. Porque era primeriza, si no...
– No se atrevía usted a salir a escena.
– Tardé un poquito. Luego no he parado de ir en tren.