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21-06-2022

Tiempo de danza

 

María Pagés

“El flamenco es el arte más denostado, poco valorado y estereotipado”

La bailaora sevillana asume el Premio Princesa de Asturias 2022, recibido junto a Carmen Linares, como “un compromiso con el arte que me trasciende”

 

BEATRIZ PORTINARI

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

María Pagés (Sevilla, 1963) tiene recuerdos asociados a la danza desde su infancia y cada momento vital ha estado unido al flamenco. Su primera oportunidad vino de la mano de Antonio Gades, a quien siguieron la compañía de Mario Maya, Rafael Aguilar o el Ballet de María Rosa, hasta que en 1990 decidió volar sola. La Compañía María Pagés dio lugar al Centro Coreográfico que lleva su nombre y que ella misma codirige en Fuenlabrada (Madrid) junto al dramaturgo y escritor El Arbi El Harti.

 

La coreógrafa y bailaora, que ha colaborado con grandes de la danza como Tamara Rojo o Mijaíl Barýshnikov en su búsqueda por modernizar el flamenco, ya había sido reconocida con galardones como el Premio Nacional de Danza para la Creación en 2002 o la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2014. A ese historial abrumador acaba de sumarle el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2022, que recibirá junto a la cantaora Carmen Linares. De Sherezade supone su último espectáculo, en el más amplio sentido de la palabra. Deja de bailar, pero no de crear y reivindicar el papel del flamenco en la sociedad.

 



 

Con cinco años subió al escenario por primera vez. ¿De dónde viene su pasión por la danza?

Curiosamente, mi familia, de orígenes catalanes y baleares, no tenía ningún vínculo con el flamenco, ni siquiera profesional. Mi padre daba clases de matemáticas y mi madre era una empresaria que sacaba adelante a sus cinco hijos. Pero viviendo en Sevilla resultaba fácil que desde pequeña te vistieran de flamenca y que hubiese predisposición a que aprendieras a bailar, casi más como un acto social. Del primer día que subí al escenario, con cinco años en una actuación del colegio, lo recuerdo todo. La espera detrás del telón, la familia aguardando para verte en el patio de butacas... Ahí empezó todo.

 

Enseguida contó el apoyo familiar para empezar en la Escuela de Tonadillera de Adelita Domingo. ¿Se acuerda igual de bien?

Adelita Domingo era una maestra a la que iba todo el mundo: era la maestra de las artes escénicas globales. No recuerdo aprender de ella pasos o técnicas, pero sí a salir al escenario, a romper ciertas barreras psicológicas y manejarte delante del público de forma natural. Empezabas a escuchar eso de “ser artista” y ese aprendizaje por observación me serviría a lo largo de mi vida. Después de 10 años estudiando y presentándome a los exámenes por libre, decidí dar el salto a Madrid, que vivía una época efervescente de danza.

 

Sola en Madrid, y con solo 15 años. No debieron de ser sencillos aquellos comienzos…

Lo difícil era estar lejos de la familia, pero yo tenía la ambición de aprender y mejorar cada día. Lo viví casi como una fortaleza, una manera de ser valiente. Además, supuso un cambio en el paradigma de enseñanza: en Sevilla estabas muy vinculado a tu maestro y no podías aprender de otros porque, de alguna forma, sería como una traición. Pero en la Escuela del Ballet Nacional y en Amor de Dios, todo eso no existía. Ahí podías aprender de distintos maestros y distintas disciplinas, cada cual participaba en un taller al lado de otro maestro. Incluso la manera de enseñar danza era diferente a lo que yo había aprendido.

 

 

No llegó a entrar en el Ballet Nacional, pero eso le abrió otras puertas.

En su momento lo viví con cierta frustración, pero yo no entraba en los cánones de lo que pedían en aquel momento. Recuerdo una maestra de mi etapa en Madrid que me decía todas las mañanas: “Mírate en el espejo, eres una ballena”. Ahí sí que me sentía sola y sin apoyo, y aun así tenía que sacar pecho, porque la alternativa habría sido hundirse. Aquella expresión dio lugar al Proyecto Ballena que El Arbi El Harti y yo codirigimos en el Centro Coreográfico de Fuenlabrada. Quizá fue una suerte que nunca me eligieran para el Ballet Nacional, porque el nivel de clásico era fundamental y el mío no era tan alto, pero sí lo tenía en flamenco o danza española. Y quizá eso fue clave para que yo eligiera otro camino. Ante la primera oportunidad, con Antonio Gades, salí de allí.

 

¿Pero en qué consiste ese Proyecto Ballena del Centro Coreográfico?

Además de ofrecer un espacio para que las nuevas generaciones puedan ensayar y descubrir, mantenemos conversaciones con ellos que a mí me habría gustado que alguien tuviera conmigo en aquella época. Tomar decisiones es una de las cosas más importantes en la carrera de la danza, a la hora de enfocar tu trayectoria. La vida de un bailarín es muy breve; por eso debes adoptar buenas decisiones, que te eviten perder un tiempo valioso o la oportunidad de aprender de otros. Primero debes descubrirte y definir la personalidad, sentando las bases de lo que al final te dará la posibilidad de crear e interpretar. Debes parar y pensar: “Aquí no puedo seguir, voy a seguir formándome, veo que donde más me hace falta es esta técnica…”. Ese tipo de decisiones solo la puedes tomar tú, no están escritas en ningún libro. Nadie te puede enseñar.

 

¿Cree que las dificultades con las que se encontró en aquellos momentos siguen repitiéndose ahora?

La situación laboral de la danza continúa siendo precaria y desordenada. La economía de la danza, siendo tan precaria y tan compleja y complicada, no es fácil de sobrellevar para ser independiente, desarrollar una carrera, vivir de ello, pagar una sala donde ensayar, un vestido y unos zapatos. Nunca puedes parar de bailar, porque en pocos meses pierdes la forma. Tienes que invertir en ti, y es muy complicado.

 

¿Cómo ha evolucionado su forma de bailar y coreografiar?

¿Mi evolución? ¡Continua! El día que ya no evolucione es porque ya paro. La danza es movimiento desde que empiezas hasta que te mueres, si quieres realmente dedicarte a esto. La evolución forma parte de la danza: evolucionas porque vives, observas, respiras, sientes que la transformación es continua en tu ser. Así es la vida, y la danza más aún. ¡Imagina si cambiamos a lo largo de la vida, cómo no va a cambiar nuestra forma de bailar! Las bailaoras y los bailaores saben que a la sala de ensayo, al escenario, entran de una manera y salen de otra, se van desarrollando y creciendo. Terminan un ciclo y empiezan otro.

 

 

Su último espectáculo, De Sheherazade a Yo, Carmen,  habla de la figura de dos mujeres fuertes. ¿Cómo se desarrolló el proceso creativo?

Surgió a partir de un encargo del Liceu de Barcelona, que quería hacer una revisión de Yo, Carmen. ¡Por fin entraba la danza dentro de la programación oficial! Pero llegó la pandemia, se canceló y, cuando retomamos el proyecto y salió adelante, planteamos la conexión con Sherezade. Con el desarrollo creativo nos dimos cuenta de que este personaje tomaba fuerza y lideraría la obra a través de su historia y su simbología: una mujer que venció al hombre violento a través de la palabra. Ese era el gran logro para dar valor a la palabra como instrumento para resolver conflictos, para comunicarse sin que sean necesarias las armas. Es importante la simbología en estos tiempos que tan poco están valoradas las palabras. Y ahí es donde aparecen otras mujeres universales, a través de la literatura, como Safo, Medea, Úrsula de García Márquez, Bernarda Alba de Lorca o Blimunda de Saramago.

 

Se ha escrito que quizá sea la última vez que suba al escenario. ¿Todas estas mujeres son un adiós?

El próximo año cumpliré 60 años y es importante comportarte en relación con tu edad y tus propias transformaciones; no luchar contra eso, sino acompañarlo. Sería muy goloso subir al escenario y revivir el contacto con el público, pero también para retirarse hay que saber hacerlo bien. Sherezade es un trabajo que ha sido muy costoso en muchos sentidos, que me ha exigido mucho. Creo que es el momento de ir dejando esta actividad frenética y esta exigencia, y acompañar a los años. Mantener una compañía no es solo subirse a un escenario, y aunque El Arbi tira de muchos vagones de este tren, esto de dirigir una compañía que se gestiona a sí misma, mantener la estructura, con su equipo técnico, bailaoras, músicos, implica una gran autoexigencia como intérprete y como directora. El Arbi y yo hemos alcanzado el acurdo de bajar el ritmo y hacerlo de forma saludable en cuanto ya cierre la etapa de Sherazade.

 

 

Antes de que llegue ese momento, ¿cuáles son sus próximos proyectos?

Después del Festival de Granada, en el Teatro del Generalife con De Sherezade, ponemos rumbo a Londres con otro espectáculo, Una oda al tiempo, y a Canarias para participar en un homenaje a Saramago. En el Teatro del Soho de Málaga nos presentaremos con El paraíso de los negros. Y después continuaremos con una gira en Brasil que nos está costando poner en pie por las restricciones derivadas de la pandemia, los precios de los vuelos, la protección nacionalista de la cultura que se ha dado en todos los países… Si algo trajo la pandemia es que estamos girando por España más que nunca.

 

Recientemente ha sido galardonada, junto a Carmen Linares, el Premio Princesa de Asturias de las Artes. ¿Cómo recibió la noticia?

Confiando en que sirva para que todas las instituciones sigan ayudando al flamenco. No se trata solo de una cuestión económica, sino de gestión cultural: no hay un proyecto de cultura en nuestro país. La cultura se ha fragmentado por ayuntamientos y autonomías. Carecemos de un proyecto cultural fuerte, organizado y coherente; no ocupamos un lugar preferente e intocable en el Estado, sino que estamos siempre a merced de los cambios políticos. Y, por supuesto, tampoco disponemos de un proyecto común en torno a la danza, a la que se le resiste el reconocimiento. Dentro de esta disciplina, el flamenco ha sido el más denostado, poco valorado y estereotipado. Por eso no se trata solo de poner los medios, sino de defenderlo como cultura.

 

 

– Mucha responsabilidad.

– Cierto. Los premios siempre se reciben con alegría y agradecimiento, pero también con gran responsabilidad. Yo abordo este premio pensando en mi compromiso con la danza y el flamenco, algo que me trasciende. Todo lo que haré será en nombre de ese arte, porque no soy yo sola, sino que represento a todo el universo flamenco.

 

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